jueves, 16 de agosto de 2007
barrio callejón
Sospecho en tu frente el mejor horizonte que veré. Deseo enterrar mi cuerpo ahí, en tus breves arrugas. Me curo con agua de estar viva y cierro la llave de la regadera con ganas de toda apagar. Caen las gotas de las puntas de mi pelo como un llanto quedo que me va mojando la camisa. Olvido mi cuerpo, lo dejo llorar. Miro en tus ojos un árbol que se mueve leve con el viento. Yo no sé si estas calles son nuestras, pero sé amorosamente mis días en tus pasos. Sé del amor porque tu ritmo al andar es una cuerda que me vibra. Sé del amor cuando miro en tus ojos las manos del dolor, temblando.
lunes, 13 de agosto de 2007
agradecer
me parece formidable este comentario que alguna admiradora me envío el 12 de agosto. ella (pobre) no firma su texto, donde me acusa de lo que me acusa. y miente al decir que critico sin dar la cara, jamás publicaría un texto sin mi firma. un abrazo a ella por su tiempo. y compartir con ustedes su frustración. vale:
Carmen Maria dijo...
Pues si, no agradeces pero bien que te chutas la lana
Que fácil escribir sin dar el rostro, que facil tirarle a las instituciones cuando te aprovechas de las instancias y las "amigas" pa trascender a traves de tus "contactos" porque los viajecitos no te los estas pagando tu. Asi que dejate de andar con habladas si tu eres un huevon de marca que nunca se ha esforzado y cuando alguien te hecha la mano, si tiene vieja luego se la quieres tumbar y si no es la vieja es la lana. Yo creo que si deberias agradecer que no te hayan dado una madrina como la que te mereces vividor.
12 de agosto de 2007 14:04
Carmen Maria dijo...
Pues si, no agradeces pero bien que te chutas la lana
Que fácil escribir sin dar el rostro, que facil tirarle a las instituciones cuando te aprovechas de las instancias y las "amigas" pa trascender a traves de tus "contactos" porque los viajecitos no te los estas pagando tu. Asi que dejate de andar con habladas si tu eres un huevon de marca que nunca se ha esforzado y cuando alguien te hecha la mano, si tiene vieja luego se la quieres tumbar y si no es la vieja es la lana. Yo creo que si deberias agradecer que no te hayan dado una madrina como la que te mereces vividor.
12 de agosto de 2007 14:04
A veces voy a la caja donde late tu corazón. Tiene un rótulo “censurado” por la necesidad de no golpear más de incertidumbre estos días ya tan ajenos a nosotros. Estas calles no son de ti ni de mí. Tienen nombres y sus dedos conducen el control de nuestros pasos. Esa caja donde lates está en el anaquel. A veces brinca, vibra. Seguirá allí.
martes, 7 de agosto de 2007
Periodismo y literatura van de la mano
El autor sonorense presentará su libro “De la Habana a Camagüey” en Cuba
por Carlos Sánchez
Paradójica su personalidad. Relajada su manera de ir por la vida, despreocupado del atuendo galante. Inmediato para la risa. Serio en el oficio. Certero en la gramática. Irreverente capaz de limpiarse los zapatos con la foto de Fidel Castro y Hugo Chávez impreso en un Granma, en el corazón de Cuba.
Arturo Soto Munguía cultiva en su rostro un candado como barba, que sólo sirve para burlarlo con palabras. Fluyen las ideas porque claras están desde siempre, desde ese día post preparatoria en el que ya sabía hacia adonde apuntaba la vocación.
Quiso entonces investigar un homicidio efectuado en su ciudad, la brújula marcaba un solo rumbo: las letras.
Ingresó a la Ciencias de la comunicación y tal vez sólo fue la corroboración del oficio: escribir. Allí nació aquel cuento de título cuasi interminable, que el autor en lo sucesivo del texto nos comentará sobre la anécdota del mismo.
En su trayectoria destaca como periodista, pero en su estilo la narrativa se desborda. ¿Cómo es ese salto del periodismo hacia la literatura, o la literatura estuvo antes que el periodismo?
“Siempre será difícil abundar sobre esos linderos. Periodismo y literatura van de la mano. Los grandes periodistas de antaño eran proclives a inventar y jugar con las palabras, a tener una narrativa mucho menos rígida de la que el periodismo exige. El periodismo ha tratado de disfrazarse de objetividad con esquemas muy rígidos, particularmente en la nota informativa. Los clásicos manuales hablan de las preguntas obligadas en la nota: qué, cómo, cuándo y por qué; uno como periodista termina haciendo eso de manera mecánica.
“He tratado de explorar un poco más allá, quizá suene pretencioso decir que es literatura, pero en la construcción de mis crónicas trato de dejar de lado los cartabones del periodismo, jugando un poco más con las palabras, intentando una narrativa de cosas que el periodismo no observa o no le pone mucha atención, porque el periodismo se va sobre lo más evidente, lo más vendible en términos de información, aunque la información se encuentra en todos los géneros periodísticos, en la crónica particularmente”.
Cómo quitarle el color amarillo a la nota roja
Si un día el periodismo eligió a Soto Munguía, la literatura lo hizo antes. Existe como vestigio su primer cuento intitulado “La increíblemente historia de cómo un sujeto no identificado se dio a la fuga después de asesinar a otro sujeto mismo que de no ser reclamado dentro de los siguientes tres días será sepultado en la fosa común; o cómo quitarle el color amarillo a la nota roja”. Este cuento cuyo título, a decir de el extinto crítico literario, Darío Galavíz Quezada, es una réplica de los textos del siglo XVIII, surge a partir de un hecho real, por ese gusto del autor como lector de la nota roja.
“Y porque me cautiva la gran capacidad de los redactores de la policiaca para hilvanar frases comunes, clichés, frases hechas. Como la del título de ese cuento, que son frases típicas de la nota roja.
“Cuando ocurre lo de ese cuento yo iba a entrar a la Universidad, se dio un asesinato en Obregón, de donde vengo, y desde el título de la nota ya estaba para un cuento. A los personajes, que son reales, a uno le decían el Guango, al otro el Roñas, uno mató al otro con una pata de catre, le dio en la cabeza, entonces el asesinato en sí ya da para el cuento.
“En esos años yo me preguntaba qué habrá detrás de esos personajes, porque no son solamente material de la sección policiaca, también son seres humanos, jóvenes que debían de tener una historia de vida. Me tracé la idea de investigar el caso, cosa que no logré porque me vine a Hermosillo a estudiar, pero lo que no pude hacer con investigación lo inventé: le di vida a los personajes, incluso en algún momento pensé en trabajar el material como una novela, darle un mejor acabado, pero por muchas cosas no lo hice y quedó en un cuento que ni siquiera lo conservo”.
Observar la otra cara de los protagonistas de la nota roja es la cautivación vigente en el oficio de Arturo, y sigue en pie esa idea de alguna vez desarrollar un texto más amplio, por esa nobleza de la materia: inagotable.
De la Habana a Camagüey
El día en que se parte el mes de agosto, en la Habana, Cuba, Arturo Soto presentará su libro De la Haba a Camagüey, crónicas, de esos instantes de encontrar la mítica, sensual y húmeda isla.
Fue un chapuzón de diez días el que el escritor se dio hace un año entre las calles, el malecón, sobre las guaguas, y en sus oídos la trova de la revolución. De ahí ese contar a manera de crónica la cotidianeidad cubana.
Nace este ejemplar por la sugerencia de uno de sus camaradas, dice Soto Munguía. Y cuenta el cómo y por qué.
“Yo no iba con la idea de escribir nada, pero a la llegada a la Habana tuve un incidente con agentes aduanales, y una recomendación de no escribir, que viene por cierto en el libro a manera de anécdota. Los aduanales me pidieron que no escribiera por aquello de las condiciones que se viven en la isla, lo que ellos llaman un estado de guerra permanente, con respecto a periodistas que han pasado sin acreditarse como tales y luego publican en sus países trabajos cuyo objetivo es magnificar la imagen de dictadura que se ha hecho sobre Cuba.
“La recomendación de no escribir me dio pie para escribir. Los textos los hice sin anotaciones previas, la mayoría, con puros golpes de memoria e imágenes que fui capturando al irse llenando mis ojos de sorpresa, de asombro, de muchos sentimientos encontrados a veces y sobre todo de cosas desconocidas, certezas que se confirman o mitos que caen, o simplemente por las ganas de corroborar sobre lo que se dice de la isla y los isleños.
“Así es como nace este libro, ya a la hora de hacer una recapitulación del viaje, fueron brincando personajes, situaciones, anécdotas que al final formaron las crónicas”.
La alegría se desborda en las palabras. Asistir a Cuba a presentar un libro de su autoría es más que motivo de celebración. Soto Munguía sabe de esa incertidumbre que implica que los cubanos se encuentren en los textos de un autor que escribe lo cotidiano con ojos extranjeros. De cualquier manera en el programa de presentación, en el Jardín a puertas abiertas, en la biblioteca Rubén Martínez, músicos cubanos celebrarán la existencia: “De la Habana a Camagüey”.
breve reseña
Un paseo por la nostalgia, la resistencia, por la pasión arraigada en los genes de los cubanos.
“De la Habana a Camagüey” (ediciones La Cábula, 2006) nos regala en siete crónicas la lúdica crueldad de personajes presos en el paraíso -visto por extranjeros-, que significa la isla.
Treparse a un Camello (transporte habanero) resulta para el cronista Arturo Soto Munguía un deporte extremo donde se impregna de los olores de una frondosa cubana que apunto está de vaciar sus líquidos intestinales en la humanidad del escritor.
Con su agudeza natural el cronista resuelve con la risa el dolor que el olfato le transmite a su vientre. Y antes que tratar de huir de la situación, concluye con la posibilidad de sablear a la dama para que ésta le venda un cuartito de la cruda que se carga.
Reírse de lo más trágico está en las páginas de este libro, estilo, más que extremo, bordado desde siempre en los textos de Soto Munguía.
Un par de horas basta para que el lector goce en su recorrido las páginas de esta Habana cronicada, y un par de líneas son suficientes para acceder a la entraña de la nostalgia, esa que el autor se trajo dentro de la bolsa de su pantalón impresa en un papel a menara de carta.
La nostalgia es sinónimo de dolor si la mirada se topa con esas líneas redactadas a prisa, a las siete de la mañana, en el Aeropuerto Internacional de Cuba. Y se agudiza si la caligrafía pertenece a una dama que rebasa los cuarenta y ve en el tipo que se aleja, la partida de su último tren. ¿Qué estaría pensando el azar al momento de elegir a Soto Munguía como la posibilidad del mensajero para que la misiva llegara a las manos del amado que parte?
Arturo suelta en la crónica que cierra el libro, la historia de esa carta que transcribe íntegra, y que la arroja a los lectores como una botella al mar, con la esperanza puesta en la posibilidad de que algún día el contenido llegue a la mirada del destinatario.
De la Habana a Camagüey más que breve es concisa, precisa, y propone una Cuba divertida, aferrada a esa situación de resistencia. Incluye también las virtudes de los cubanos: prestos a la revolución, la música, el deporte, la pasión.
por Carlos Sánchez
Paradójica su personalidad. Relajada su manera de ir por la vida, despreocupado del atuendo galante. Inmediato para la risa. Serio en el oficio. Certero en la gramática. Irreverente capaz de limpiarse los zapatos con la foto de Fidel Castro y Hugo Chávez impreso en un Granma, en el corazón de Cuba.
Arturo Soto Munguía cultiva en su rostro un candado como barba, que sólo sirve para burlarlo con palabras. Fluyen las ideas porque claras están desde siempre, desde ese día post preparatoria en el que ya sabía hacia adonde apuntaba la vocación.
Quiso entonces investigar un homicidio efectuado en su ciudad, la brújula marcaba un solo rumbo: las letras.
Ingresó a la Ciencias de la comunicación y tal vez sólo fue la corroboración del oficio: escribir. Allí nació aquel cuento de título cuasi interminable, que el autor en lo sucesivo del texto nos comentará sobre la anécdota del mismo.
En su trayectoria destaca como periodista, pero en su estilo la narrativa se desborda. ¿Cómo es ese salto del periodismo hacia la literatura, o la literatura estuvo antes que el periodismo?
“Siempre será difícil abundar sobre esos linderos. Periodismo y literatura van de la mano. Los grandes periodistas de antaño eran proclives a inventar y jugar con las palabras, a tener una narrativa mucho menos rígida de la que el periodismo exige. El periodismo ha tratado de disfrazarse de objetividad con esquemas muy rígidos, particularmente en la nota informativa. Los clásicos manuales hablan de las preguntas obligadas en la nota: qué, cómo, cuándo y por qué; uno como periodista termina haciendo eso de manera mecánica.
“He tratado de explorar un poco más allá, quizá suene pretencioso decir que es literatura, pero en la construcción de mis crónicas trato de dejar de lado los cartabones del periodismo, jugando un poco más con las palabras, intentando una narrativa de cosas que el periodismo no observa o no le pone mucha atención, porque el periodismo se va sobre lo más evidente, lo más vendible en términos de información, aunque la información se encuentra en todos los géneros periodísticos, en la crónica particularmente”.
Cómo quitarle el color amarillo a la nota roja
Si un día el periodismo eligió a Soto Munguía, la literatura lo hizo antes. Existe como vestigio su primer cuento intitulado “La increíblemente historia de cómo un sujeto no identificado se dio a la fuga después de asesinar a otro sujeto mismo que de no ser reclamado dentro de los siguientes tres días será sepultado en la fosa común; o cómo quitarle el color amarillo a la nota roja”. Este cuento cuyo título, a decir de el extinto crítico literario, Darío Galavíz Quezada, es una réplica de los textos del siglo XVIII, surge a partir de un hecho real, por ese gusto del autor como lector de la nota roja.
“Y porque me cautiva la gran capacidad de los redactores de la policiaca para hilvanar frases comunes, clichés, frases hechas. Como la del título de ese cuento, que son frases típicas de la nota roja.
“Cuando ocurre lo de ese cuento yo iba a entrar a la Universidad, se dio un asesinato en Obregón, de donde vengo, y desde el título de la nota ya estaba para un cuento. A los personajes, que son reales, a uno le decían el Guango, al otro el Roñas, uno mató al otro con una pata de catre, le dio en la cabeza, entonces el asesinato en sí ya da para el cuento.
“En esos años yo me preguntaba qué habrá detrás de esos personajes, porque no son solamente material de la sección policiaca, también son seres humanos, jóvenes que debían de tener una historia de vida. Me tracé la idea de investigar el caso, cosa que no logré porque me vine a Hermosillo a estudiar, pero lo que no pude hacer con investigación lo inventé: le di vida a los personajes, incluso en algún momento pensé en trabajar el material como una novela, darle un mejor acabado, pero por muchas cosas no lo hice y quedó en un cuento que ni siquiera lo conservo”.
Observar la otra cara de los protagonistas de la nota roja es la cautivación vigente en el oficio de Arturo, y sigue en pie esa idea de alguna vez desarrollar un texto más amplio, por esa nobleza de la materia: inagotable.
De la Habana a Camagüey
El día en que se parte el mes de agosto, en la Habana, Cuba, Arturo Soto presentará su libro De la Haba a Camagüey, crónicas, de esos instantes de encontrar la mítica, sensual y húmeda isla.
Fue un chapuzón de diez días el que el escritor se dio hace un año entre las calles, el malecón, sobre las guaguas, y en sus oídos la trova de la revolución. De ahí ese contar a manera de crónica la cotidianeidad cubana.
Nace este ejemplar por la sugerencia de uno de sus camaradas, dice Soto Munguía. Y cuenta el cómo y por qué.
“Yo no iba con la idea de escribir nada, pero a la llegada a la Habana tuve un incidente con agentes aduanales, y una recomendación de no escribir, que viene por cierto en el libro a manera de anécdota. Los aduanales me pidieron que no escribiera por aquello de las condiciones que se viven en la isla, lo que ellos llaman un estado de guerra permanente, con respecto a periodistas que han pasado sin acreditarse como tales y luego publican en sus países trabajos cuyo objetivo es magnificar la imagen de dictadura que se ha hecho sobre Cuba.
“La recomendación de no escribir me dio pie para escribir. Los textos los hice sin anotaciones previas, la mayoría, con puros golpes de memoria e imágenes que fui capturando al irse llenando mis ojos de sorpresa, de asombro, de muchos sentimientos encontrados a veces y sobre todo de cosas desconocidas, certezas que se confirman o mitos que caen, o simplemente por las ganas de corroborar sobre lo que se dice de la isla y los isleños.
“Así es como nace este libro, ya a la hora de hacer una recapitulación del viaje, fueron brincando personajes, situaciones, anécdotas que al final formaron las crónicas”.
La alegría se desborda en las palabras. Asistir a Cuba a presentar un libro de su autoría es más que motivo de celebración. Soto Munguía sabe de esa incertidumbre que implica que los cubanos se encuentren en los textos de un autor que escribe lo cotidiano con ojos extranjeros. De cualquier manera en el programa de presentación, en el Jardín a puertas abiertas, en la biblioteca Rubén Martínez, músicos cubanos celebrarán la existencia: “De la Habana a Camagüey”.
breve reseña
Un paseo por la nostalgia, la resistencia, por la pasión arraigada en los genes de los cubanos.
“De la Habana a Camagüey” (ediciones La Cábula, 2006) nos regala en siete crónicas la lúdica crueldad de personajes presos en el paraíso -visto por extranjeros-, que significa la isla.
Treparse a un Camello (transporte habanero) resulta para el cronista Arturo Soto Munguía un deporte extremo donde se impregna de los olores de una frondosa cubana que apunto está de vaciar sus líquidos intestinales en la humanidad del escritor.
Con su agudeza natural el cronista resuelve con la risa el dolor que el olfato le transmite a su vientre. Y antes que tratar de huir de la situación, concluye con la posibilidad de sablear a la dama para que ésta le venda un cuartito de la cruda que se carga.
Reírse de lo más trágico está en las páginas de este libro, estilo, más que extremo, bordado desde siempre en los textos de Soto Munguía.
Un par de horas basta para que el lector goce en su recorrido las páginas de esta Habana cronicada, y un par de líneas son suficientes para acceder a la entraña de la nostalgia, esa que el autor se trajo dentro de la bolsa de su pantalón impresa en un papel a menara de carta.
La nostalgia es sinónimo de dolor si la mirada se topa con esas líneas redactadas a prisa, a las siete de la mañana, en el Aeropuerto Internacional de Cuba. Y se agudiza si la caligrafía pertenece a una dama que rebasa los cuarenta y ve en el tipo que se aleja, la partida de su último tren. ¿Qué estaría pensando el azar al momento de elegir a Soto Munguía como la posibilidad del mensajero para que la misiva llegara a las manos del amado que parte?
Arturo suelta en la crónica que cierra el libro, la historia de esa carta que transcribe íntegra, y que la arroja a los lectores como una botella al mar, con la esperanza puesta en la posibilidad de que algún día el contenido llegue a la mirada del destinatario.
De la Habana a Camagüey más que breve es concisa, precisa, y propone una Cuba divertida, aferrada a esa situación de resistencia. Incluye también las virtudes de los cubanos: prestos a la revolución, la música, el deporte, la pasión.
lunes, 6 de agosto de 2007
Agradecer
por carlos sánchez
Vivo con el sueldo de una beca. Cinco mil pesos mensuales que alcanzan para repartirlos en un par de días. Dicen que debo agradecer a la institución, con una leyenda al margen del libro si es que se concreta su publicación al final de mi trabajo de investigación.
Agradecer a Dios la vida, agradecer los madrazos de los padres, agradecer a la autoridad que te ordena darte vuelta en “u” porque está prohibido circular por el carril que llevas. Agradecer: reverencia a los que dictan el rumbo perverso de la vida desde nuestro nacimiento.
Dicen que los políticos están para servirnos, porque se llenan las bolsas de dineros de nuestros impuestos, por eso deben atender nuestras demandas. Dicen que la frase servidores públicos significa servir a la sociedad.
He visto infinidad de veces al miserable en la antesala de la muerte que es sinónimo de congreso del estado, del ejecutivo, de los hospitales, de las comandancias, los juzgados –dicen que los nombres de las instituciones deben de llevar mayúsculas, me pregunto porqué.
Los he visto doloridos del vientre, con la derrota en sus rostros, los he visto besando manos del señor diputado, licenciado.
Soy uno de ellos señores, cada mes esperando mi ración, la cifra en el cajero automático que proviene del erario, acatando la incongruencia de lo que estoy hecho. Pero no me gusta agradecer, no tengo capacidad para gritar mi gratitud a la autoridad cultural, estatal.
Dicen que los comunes y corrientes, como yo, debemos ceder la cera al del zapato brillando, saludar al señor de la corbata, adular la valentía del político que come mierda sin hacer gestos.
Dicen que debemos aplaudir la entereza del señor gobernador, ese que se anuncia en los medios hablando de valores, de justicia, de generación de empleos.
Ese mismo señor cuya soberbia que demuestra incluso en un calendario fotográfico con diversas posturas ególatras, ese que sólo es capaz de imprimir su firma en un cuaderno de exposición de arte plástica, por la incapacidad de verter un comentario respecto de las obras.
Agradecer la soberbia, aplaudirla, sí, cómo no, mi gober, lo que usted diga.
Tengo - tenemos- que vivir sin decir lo que sentimos, lo que pensamos, suplirlo por la gratitud es más conveniente, porque si gritamos lo que somos el riesgo de la marginación está a un paso de nuestro nombre. ¿Marginación, de qué? Más no se puede, sólo basta volver la mirada hacia esas colonias de la periferia, algunas veces incluso es cuestión de un paseo por el área del centro de la ciudad, allí atracito del cerro de la campana, allá en la Hacienda de la Flor, la Matanza, las Pilas.
Allí se sigue viviendo la violencia, la drogadicción, porque mientras las campañas de combate al narco se ejecutan y publicitan en los medios (que sólo sirven –servimos- para hacer eco a las victorias de los gobernantes) en el barrio el Canalla le metió un balazo en la cabeza a su primo. Lo hizo, sí, bajo los efectos de la droga. Lo hizo, sí, porque a él no le han dicho que el amor existe, que las oportunidades existen, que no son sólo anuncios políticos. El Canalla no se ha enterado que existe un sitio llamado escuela, porque creció a la brava, en el barrio, comiendo lo poco o nada que sus padres le pudieron dar.
Agradecer, decir que sí, recibir la despensa en época de campaña proselitista. Agradecer, decir que sí a la rebaja del impuesto en el predial, el convenio en el recibo del agua, el convenio en la reconexión de la luz previo compromiso de poner una mufa nueva. Agradecer. Debemos ser bondadosos, y rendir pleitesía al arzobispo que todos los domingos nos dice cómo comportarnos para tener mejor vida, más aceptación social, mayor oportunidades de alcanzar el cielo. Agradecer a los medios que todos los lunes, religiosamente, nos informa de qué humor amaneció su santidad la mañana anterior.
Agradecer la bondad de informar cómo tener recursos para llevar el pan a la casa del obrero, es imposible. Primero es el diezmo.
Agradecer, sí, que en este instante puedo escribir, porque tengo oxígeno en la sangre, el mismo que dentro de poco deberé agradecer en un desplegado, porque es gratuito y aún no repara en negociarlo nuestro querido dios el gobernador, quien últimamente ha manifestado su cariño por Carlos Slim: uno de los principales gestores de la miseria en este país. Agradecer.
Vivo con el sueldo de una beca. Cinco mil pesos mensuales que alcanzan para repartirlos en un par de días. Dicen que debo agradecer a la institución, con una leyenda al margen del libro si es que se concreta su publicación al final de mi trabajo de investigación.
Agradecer a Dios la vida, agradecer los madrazos de los padres, agradecer a la autoridad que te ordena darte vuelta en “u” porque está prohibido circular por el carril que llevas. Agradecer: reverencia a los que dictan el rumbo perverso de la vida desde nuestro nacimiento.
Dicen que los políticos están para servirnos, porque se llenan las bolsas de dineros de nuestros impuestos, por eso deben atender nuestras demandas. Dicen que la frase servidores públicos significa servir a la sociedad.
He visto infinidad de veces al miserable en la antesala de la muerte que es sinónimo de congreso del estado, del ejecutivo, de los hospitales, de las comandancias, los juzgados –dicen que los nombres de las instituciones deben de llevar mayúsculas, me pregunto porqué.
Los he visto doloridos del vientre, con la derrota en sus rostros, los he visto besando manos del señor diputado, licenciado.
Soy uno de ellos señores, cada mes esperando mi ración, la cifra en el cajero automático que proviene del erario, acatando la incongruencia de lo que estoy hecho. Pero no me gusta agradecer, no tengo capacidad para gritar mi gratitud a la autoridad cultural, estatal.
Dicen que los comunes y corrientes, como yo, debemos ceder la cera al del zapato brillando, saludar al señor de la corbata, adular la valentía del político que come mierda sin hacer gestos.
Dicen que debemos aplaudir la entereza del señor gobernador, ese que se anuncia en los medios hablando de valores, de justicia, de generación de empleos.
Ese mismo señor cuya soberbia que demuestra incluso en un calendario fotográfico con diversas posturas ególatras, ese que sólo es capaz de imprimir su firma en un cuaderno de exposición de arte plástica, por la incapacidad de verter un comentario respecto de las obras.
Agradecer la soberbia, aplaudirla, sí, cómo no, mi gober, lo que usted diga.
Tengo - tenemos- que vivir sin decir lo que sentimos, lo que pensamos, suplirlo por la gratitud es más conveniente, porque si gritamos lo que somos el riesgo de la marginación está a un paso de nuestro nombre. ¿Marginación, de qué? Más no se puede, sólo basta volver la mirada hacia esas colonias de la periferia, algunas veces incluso es cuestión de un paseo por el área del centro de la ciudad, allí atracito del cerro de la campana, allá en la Hacienda de la Flor, la Matanza, las Pilas.
Allí se sigue viviendo la violencia, la drogadicción, porque mientras las campañas de combate al narco se ejecutan y publicitan en los medios (que sólo sirven –servimos- para hacer eco a las victorias de los gobernantes) en el barrio el Canalla le metió un balazo en la cabeza a su primo. Lo hizo, sí, bajo los efectos de la droga. Lo hizo, sí, porque a él no le han dicho que el amor existe, que las oportunidades existen, que no son sólo anuncios políticos. El Canalla no se ha enterado que existe un sitio llamado escuela, porque creció a la brava, en el barrio, comiendo lo poco o nada que sus padres le pudieron dar.
Agradecer, decir que sí, recibir la despensa en época de campaña proselitista. Agradecer, decir que sí a la rebaja del impuesto en el predial, el convenio en el recibo del agua, el convenio en la reconexión de la luz previo compromiso de poner una mufa nueva. Agradecer. Debemos ser bondadosos, y rendir pleitesía al arzobispo que todos los domingos nos dice cómo comportarnos para tener mejor vida, más aceptación social, mayor oportunidades de alcanzar el cielo. Agradecer a los medios que todos los lunes, religiosamente, nos informa de qué humor amaneció su santidad la mañana anterior.
Agradecer la bondad de informar cómo tener recursos para llevar el pan a la casa del obrero, es imposible. Primero es el diezmo.
Agradecer, sí, que en este instante puedo escribir, porque tengo oxígeno en la sangre, el mismo que dentro de poco deberé agradecer en un desplegado, porque es gratuito y aún no repara en negociarlo nuestro querido dios el gobernador, quien últimamente ha manifestado su cariño por Carlos Slim: uno de los principales gestores de la miseria en este país. Agradecer.
domingo, 8 de julio de 2007
Infarto masivo / carlos sánchez
En la gorra azul un perro impreso cuida las gafas negras. Debajo de la visera los ojos empañados tiene luz intermitente. La barba cana sugerida es vestigio de esos años de cuando Ramón Gradillas trabajaba en los barcos camaroneros.
Es de Caborca, Sonora, tierra de poetas, pero su cuerpo lo ha llevado a Magdalena de Kino, tierra de mártires, donde quizá dentro de algunos años la muerte se apersone en su humanidad, vía un infarto masivo.
Sus manos, dos muñones que con habilidad se extienden para hilvanar versos, motivan la esperanza de que algún día su nombre firme la portada de un libro.
Le gusta la poesía. Vender mazapanes y chicles en la plaza le da los dineros para llenar de saldo su celular. Le gusta cortejar las nubes, el mar, la mujer tan presente en lo que escribir ya es un padecimiento. Porque sin saldo en su teléfono imposible sería escuchar la voz de su hija.
Apenas ayer lo vi trepado en su silla de ruedas por los pasillos del asilo, en efusivo abrazo con sus visitas, esas personas que le llevaron como vida un leño para avivar el fogón de sus sesenta almanaques.
Le contó su amiga Claudia, que un señor de la capital iría a charlar con él, que última hora y se pondrían de acuerdo para que la publicación de un libro se cuajara.
Apenas ayer entraba a la vida esta con la que ahora escribo, apenas ayer y ya sé que será para siempre.
Ramón tiene la inocencia construida en su vagancia, en ese tiempo de trampear en el tren carguero y escudriñar la república entera, desde Tijuana hasta Yucatán, volándole la greña jovial, entonando un son entre sus dedos, sus labios, de la verde limón, de la olor a zorrillo.
Cuenta de lo que ahora importa: escribir para decir por dónde es más fácil la vida, escribir para ellos los jóvenes. Eso dice.
En ese apenas ayer duele la imposibilidad de retratar todo en un texto, duele tanto como la derrota de la anciana que con sus manos cubría la cara porque no había cómo detener la cabeza. Era su cuerpo el perder ante la vida como un nocaut infausto que le llegó quién sabe qué día, quién sabe a qué hora y quién sabe por qué seguir con ese corazón latiéndole.
En ese entorno el tic tac en el pecho es una traición a la dignidad. ¿Por qué no se apaga la vida si vivir es nada más necesitar la muerte?
Ramón enciende su sonrisa cotidianamente, y se pierde entre las calles hacia abajo para llegar a la plaza, allí en derredor de esa capilla a la que diario llegan fieles a concentrar sus fuerzas para mover el plástico en un hábito que da vida a un santo famoso y aclamado.
Bendito lugar para Ramón, porque de ahí sale para los cigarros, para los chuchulucos, para el saldo del celular, que tal vez sea lo que menos importa, porque allí, en ese concreto que sirve de plaza, sale también para la ilusión de seguir siendo.
¿Soy poeta?, preguntó Ramón dejando escapar al niño tan presente en sus palabras, su discurso. Todos contestamos que sí. Porque realmente lo es, porque no sólo de versos existen los poetas, porque una imagen de resistencia sobre las calles es también una metáfora, la sutileza sugerida de la vida en movimiento.
Nada es tan poético como la inocencia y la necesidad de seguir viviendo, nada puede ser más poesía que el esfuerzo por esa fe en la ironía y el humor que Ramón posee.
Ya antes había confesado ser de la tierra de Abigael Bohórquez, el porta mayor de Sonora, y secundó una de sus frases, esa que por accidente escuchó en un programa de radio, donde el vate Bohórquez declaró que para escribir no hay edad.
Para Ramón la concepción de Abigael, es un remo en el mar crecido que significa escribir. Una herramienta para quitar el freno de la indecisión. Por eso ahora escribe, escribe, escribe. Y declama sus textos de memoria, de corrido, y sus ojo se encienden al hacerlo.
En Magdalena algunos lo conocen y reconocen su valentía de escribir. En Magdalena nos encontramos apenas ayer, y hoy sé que será para siempre.
No de barbas su nombre insiste en mi memoria, no de casualidad en esa huída del dolor del asilo, cuando hube ya trepado el camión, el celular timbró y contesté sólo para escucharle a Ramón decir: No te olvides de mí.
Hicimos un compromiso que es un pacto. De ahora en adelante estaré visitándolo, él escribirá la vida y yo entraré en ella. Porque me interesa esa historia de la Totoaba inmensa que un día pescó, sin red, sin cuerda y sin anzuelo.
Ramón en ese registro de su memoria, tendrá motivos para vivir, escribir, soñando que un día (es) será poeta. ¿Alguien pasará por Magdalena? Rayte.
En la gorra azul un perro impreso cuida las gafas negras. Debajo de la visera los ojos empañados tiene luz intermitente. La barba cana sugerida es vestigio de esos años de cuando Ramón Gradillas trabajaba en los barcos camaroneros.
Es de Caborca, Sonora, tierra de poetas, pero su cuerpo lo ha llevado a Magdalena de Kino, tierra de mártires, donde quizá dentro de algunos años la muerte se apersone en su humanidad, vía un infarto masivo.
Sus manos, dos muñones que con habilidad se extienden para hilvanar versos, motivan la esperanza de que algún día su nombre firme la portada de un libro.
Le gusta la poesía. Vender mazapanes y chicles en la plaza le da los dineros para llenar de saldo su celular. Le gusta cortejar las nubes, el mar, la mujer tan presente en lo que escribir ya es un padecimiento. Porque sin saldo en su teléfono imposible sería escuchar la voz de su hija.
Apenas ayer lo vi trepado en su silla de ruedas por los pasillos del asilo, en efusivo abrazo con sus visitas, esas personas que le llevaron como vida un leño para avivar el fogón de sus sesenta almanaques.
Le contó su amiga Claudia, que un señor de la capital iría a charlar con él, que última hora y se pondrían de acuerdo para que la publicación de un libro se cuajara.
Apenas ayer entraba a la vida esta con la que ahora escribo, apenas ayer y ya sé que será para siempre.
Ramón tiene la inocencia construida en su vagancia, en ese tiempo de trampear en el tren carguero y escudriñar la república entera, desde Tijuana hasta Yucatán, volándole la greña jovial, entonando un son entre sus dedos, sus labios, de la verde limón, de la olor a zorrillo.
Cuenta de lo que ahora importa: escribir para decir por dónde es más fácil la vida, escribir para ellos los jóvenes. Eso dice.
En ese apenas ayer duele la imposibilidad de retratar todo en un texto, duele tanto como la derrota de la anciana que con sus manos cubría la cara porque no había cómo detener la cabeza. Era su cuerpo el perder ante la vida como un nocaut infausto que le llegó quién sabe qué día, quién sabe a qué hora y quién sabe por qué seguir con ese corazón latiéndole.
En ese entorno el tic tac en el pecho es una traición a la dignidad. ¿Por qué no se apaga la vida si vivir es nada más necesitar la muerte?
Ramón enciende su sonrisa cotidianamente, y se pierde entre las calles hacia abajo para llegar a la plaza, allí en derredor de esa capilla a la que diario llegan fieles a concentrar sus fuerzas para mover el plástico en un hábito que da vida a un santo famoso y aclamado.
Bendito lugar para Ramón, porque de ahí sale para los cigarros, para los chuchulucos, para el saldo del celular, que tal vez sea lo que menos importa, porque allí, en ese concreto que sirve de plaza, sale también para la ilusión de seguir siendo.
¿Soy poeta?, preguntó Ramón dejando escapar al niño tan presente en sus palabras, su discurso. Todos contestamos que sí. Porque realmente lo es, porque no sólo de versos existen los poetas, porque una imagen de resistencia sobre las calles es también una metáfora, la sutileza sugerida de la vida en movimiento.
Nada es tan poético como la inocencia y la necesidad de seguir viviendo, nada puede ser más poesía que el esfuerzo por esa fe en la ironía y el humor que Ramón posee.
Ya antes había confesado ser de la tierra de Abigael Bohórquez, el porta mayor de Sonora, y secundó una de sus frases, esa que por accidente escuchó en un programa de radio, donde el vate Bohórquez declaró que para escribir no hay edad.
Para Ramón la concepción de Abigael, es un remo en el mar crecido que significa escribir. Una herramienta para quitar el freno de la indecisión. Por eso ahora escribe, escribe, escribe. Y declama sus textos de memoria, de corrido, y sus ojo se encienden al hacerlo.
En Magdalena algunos lo conocen y reconocen su valentía de escribir. En Magdalena nos encontramos apenas ayer, y hoy sé que será para siempre.
No de barbas su nombre insiste en mi memoria, no de casualidad en esa huída del dolor del asilo, cuando hube ya trepado el camión, el celular timbró y contesté sólo para escucharle a Ramón decir: No te olvides de mí.
Hicimos un compromiso que es un pacto. De ahora en adelante estaré visitándolo, él escribirá la vida y yo entraré en ella. Porque me interesa esa historia de la Totoaba inmensa que un día pescó, sin red, sin cuerda y sin anzuelo.
Ramón en ese registro de su memoria, tendrá motivos para vivir, escribir, soñando que un día (es) será poeta. ¿Alguien pasará por Magdalena? Rayte.
viernes, 6 de julio de 2007
Echaré la emoción en una bolsa de hule. En ella cabrán los timbres que te evocan. Puedo, por ejemplo, meter ahí la liga que recogía tu pelo, esa que dejaste olvidada una tarde de viernes cuando llegaste con un pastel de manzana.
Sabían tus ojos a nieve de vainilla, porque el sonido de un carro te asustó y el arrebato te hizo embarrarte la cara. Era de garrafa y la compraste en catedral, que para sorprenderme con ella, que para que refrescara esa puesta de sol, que porque el dulce tal vez podría arrebatarme el ceño fruncido de mi frente.
Siempre has sido huraño, exclamaste mientras quitaba con mis dedos la miel de tus párpados, a prisa, con el temblor en mis manos que tu olor de niña me arrancaba.
Encuentro debajo de este libro, del cual te leí un poema esa tarde, el que también echaré a la bolsa, la nota de remisión de los lentes oscuros, los que trajiste para mí. Para que no te vean los ojos cuando ves a las personas, me dijiste, porque siempre escudriñas los rostros como si desearas saber la historia de la gente, de toda la gente.
Te preocupaba mi manera de observar, porque no todos son pacientes, porque no todos saben lo que imaginas, hacia donde vas con los ojos. Insistías en que persiguiera la prudencia, que no me abalanzara hacia los rostros en la calle.
Los lentes ahora penden de las orejas y la nariz de esa cara de barro, la que construiste con tus manos, en tus clases en la universidad, donde aprendiste a amar la tierra.
A un costado de la cama está tu overol, el delantal y las espátulas. A veces me despierto para enterarme que dormí abrazado a ellos; debe ser que el olor a tierra mojada sigue impreso en el mango de la espátula, y en el overol tu sudor permanece.
En esta bolsa de hule deben caber las cosas que llenan mi cuarto de ti. Las canciones en la calle, el ruido del tren, los pájaros que emigran en estas fechas y se amontonan para desgajar un poco más, jamás sabré cómo apagarlos.
Allí frente a la mesa de luz, donde recorto las palabras para ordenar las ideas, está la escuadra de madera, aquella que rescataste de un bazar porque según tú lo viejo es más estético. No podré deshacerme de ella, mientras no encuentre con qué sustituirla.
Me recuesto con las manos debajo de la nuca, veo el techo y hay un graffiti que dice tu nombre, lo tatuaste con un encendedor, me enseñaste la técnica y parece imborrable la música de las sílabas que te nombran.
¿Recuerdas a Bach? Preguntaste cuando la lluvia entraba en nuestros pies al caminar por la avenida que rodea la universidad. No lo conocía, pero actúe perfecto y te conté una anécdota de un piano con el cual el compositor construyó una de sus canciones. La más famosa.
Que hombre perfecto, concluiste sin decirlo, me lo transmitiste con la mirada. Yo sonreí hacia a mí, sin exaltarme, creyendo en esa historia que improvisé por soberbia, por pudor, por lo que fuera, por la necesidad de hablar mientras nuestras manos chocaban con las gotas de verano y otra vez sin sol.
Me gusta la ceniza del cigarro. Decías que era como comerte el alma de quien lo fumaba. Aprendí a comerla despacio, esperando que creciera en cada bocanada, ponerla en mi lengua, desparramarla en mi boca, llenando las paredes de carne con ese sabor ácido.
Te comías el alma de quien te guiñara el corazón con la mirada. Cada tarde venías a contarme lo de la noche anterior, el pitar de los carros en los cruceros al verte pasar los conductores con su libido. Había también las historias mañaneras, la del carnicero en el mercado, dando gramos de más, complacido por tu blusa escotada.
Bailar. Cerrar los ojos para evocarte bailando está prohibido. Lacera ver tu pelo cayendo en tu espalda, tu cintura una avalancha que exige un marcapasos, una bomba para seguir con presión en las venas.
En esta bolsa van cayendo los objetos. Es pequeña pero suficiente. No son grandes como sí lo es la necesidad de aventarlos por ahí.
Me enseñaste una vez el valor de darse no por placer, tal vez por complacer a quien lo necesita. Dijiste que el cuerpo es sólo cuerpo, y que a veces un instrumento para que otros se sientan vivos.
Aquel vino sigue blanco, a pesar de los dos veranos dentro de la caja de madera. Lo trajiste un medio día, venías de recorrer la isla, dijiste. Te tumbaste los huaraches de vaqueta, un sombrero de palma cayó sobre la mesa de luz y sin más circo levantaste tu falda. Hacía calor y mostrabas las cicatrices de las aguasmalas. Te picaron cuando te quedaste dormida en la playa de Varadero. Amaneciste desnuda en una cama de una casa desconocida. Con la misma agua de mar te curaron. Era la abuela del cubano que durante el día anterior y parte de la tarde noche, te rodeaba la cintura con sus labios. Platicas que nadie ha tenido tanto calor en su lengua como él. Aquí en el cuadro de enfrente está tu foto e incrustado en el marco unos rizos de pelo negro, que juras son eróticos, que de tan sólo verlos encienden tu garganta y los dedos de tus manos se acalambran.
En esta bolsa de hule caben esos objetos que te pertenecen o me pertenecen. Cabe el ruido del botón del overol golpeando la espátula, el olor hecho un arcoiris. Cabe la inevitable necesidad de arrancarte de mí. Caben los ojos oscuros aplastados en esos lentes. Cabe todo, excepto la gana loca de saberme muerto en tu memoria. Y es un cuchillo que se embarra en mi recuerdo los días constantes.
Sabían tus ojos a nieve de vainilla, porque el sonido de un carro te asustó y el arrebato te hizo embarrarte la cara. Era de garrafa y la compraste en catedral, que para sorprenderme con ella, que para que refrescara esa puesta de sol, que porque el dulce tal vez podría arrebatarme el ceño fruncido de mi frente.
Siempre has sido huraño, exclamaste mientras quitaba con mis dedos la miel de tus párpados, a prisa, con el temblor en mis manos que tu olor de niña me arrancaba.
Encuentro debajo de este libro, del cual te leí un poema esa tarde, el que también echaré a la bolsa, la nota de remisión de los lentes oscuros, los que trajiste para mí. Para que no te vean los ojos cuando ves a las personas, me dijiste, porque siempre escudriñas los rostros como si desearas saber la historia de la gente, de toda la gente.
Te preocupaba mi manera de observar, porque no todos son pacientes, porque no todos saben lo que imaginas, hacia donde vas con los ojos. Insistías en que persiguiera la prudencia, que no me abalanzara hacia los rostros en la calle.
Los lentes ahora penden de las orejas y la nariz de esa cara de barro, la que construiste con tus manos, en tus clases en la universidad, donde aprendiste a amar la tierra.
A un costado de la cama está tu overol, el delantal y las espátulas. A veces me despierto para enterarme que dormí abrazado a ellos; debe ser que el olor a tierra mojada sigue impreso en el mango de la espátula, y en el overol tu sudor permanece.
En esta bolsa de hule deben caber las cosas que llenan mi cuarto de ti. Las canciones en la calle, el ruido del tren, los pájaros que emigran en estas fechas y se amontonan para desgajar un poco más, jamás sabré cómo apagarlos.
Allí frente a la mesa de luz, donde recorto las palabras para ordenar las ideas, está la escuadra de madera, aquella que rescataste de un bazar porque según tú lo viejo es más estético. No podré deshacerme de ella, mientras no encuentre con qué sustituirla.
Me recuesto con las manos debajo de la nuca, veo el techo y hay un graffiti que dice tu nombre, lo tatuaste con un encendedor, me enseñaste la técnica y parece imborrable la música de las sílabas que te nombran.
¿Recuerdas a Bach? Preguntaste cuando la lluvia entraba en nuestros pies al caminar por la avenida que rodea la universidad. No lo conocía, pero actúe perfecto y te conté una anécdota de un piano con el cual el compositor construyó una de sus canciones. La más famosa.
Que hombre perfecto, concluiste sin decirlo, me lo transmitiste con la mirada. Yo sonreí hacia a mí, sin exaltarme, creyendo en esa historia que improvisé por soberbia, por pudor, por lo que fuera, por la necesidad de hablar mientras nuestras manos chocaban con las gotas de verano y otra vez sin sol.
Me gusta la ceniza del cigarro. Decías que era como comerte el alma de quien lo fumaba. Aprendí a comerla despacio, esperando que creciera en cada bocanada, ponerla en mi lengua, desparramarla en mi boca, llenando las paredes de carne con ese sabor ácido.
Te comías el alma de quien te guiñara el corazón con la mirada. Cada tarde venías a contarme lo de la noche anterior, el pitar de los carros en los cruceros al verte pasar los conductores con su libido. Había también las historias mañaneras, la del carnicero en el mercado, dando gramos de más, complacido por tu blusa escotada.
Bailar. Cerrar los ojos para evocarte bailando está prohibido. Lacera ver tu pelo cayendo en tu espalda, tu cintura una avalancha que exige un marcapasos, una bomba para seguir con presión en las venas.
En esta bolsa van cayendo los objetos. Es pequeña pero suficiente. No son grandes como sí lo es la necesidad de aventarlos por ahí.
Me enseñaste una vez el valor de darse no por placer, tal vez por complacer a quien lo necesita. Dijiste que el cuerpo es sólo cuerpo, y que a veces un instrumento para que otros se sientan vivos.
Aquel vino sigue blanco, a pesar de los dos veranos dentro de la caja de madera. Lo trajiste un medio día, venías de recorrer la isla, dijiste. Te tumbaste los huaraches de vaqueta, un sombrero de palma cayó sobre la mesa de luz y sin más circo levantaste tu falda. Hacía calor y mostrabas las cicatrices de las aguasmalas. Te picaron cuando te quedaste dormida en la playa de Varadero. Amaneciste desnuda en una cama de una casa desconocida. Con la misma agua de mar te curaron. Era la abuela del cubano que durante el día anterior y parte de la tarde noche, te rodeaba la cintura con sus labios. Platicas que nadie ha tenido tanto calor en su lengua como él. Aquí en el cuadro de enfrente está tu foto e incrustado en el marco unos rizos de pelo negro, que juras son eróticos, que de tan sólo verlos encienden tu garganta y los dedos de tus manos se acalambran.
En esta bolsa de hule caben esos objetos que te pertenecen o me pertenecen. Cabe el ruido del botón del overol golpeando la espátula, el olor hecho un arcoiris. Cabe la inevitable necesidad de arrancarte de mí. Caben los ojos oscuros aplastados en esos lentes. Cabe todo, excepto la gana loca de saberme muerto en tu memoria. Y es un cuchillo que se embarra en mi recuerdo los días constantes.
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