martes, 25 de septiembre de 2007

“Me gusta convertir el recuerdo en un mito... un cuento que contar a los demás”


“Nunca, pero nunca he logrado dormir antes de un rodaje. El corazón late muy fuerte, dan ganas de levantarse y empezar a rodar en ese mismo instante. Pero en el cine uno tiene que ser muy paciente”.

La cineasta María Fernanda Galindo y un fragmento de su guión de vida


Carlos Sánchez
Hermosillo.- Es la plaza Emiliana de Zubeldía. Es el sol poniéndose visto desde el umbral de la Universidad de Sonora. Hay árboles alrededor, algunas bancas que prestan su cuerpo a la actitud crapulosa de quienes nada tienen que perder. Hay pasto y sobre él nosotros. Hay tema de conversación y es el arte como oficio.
Es María Fernanda Galindo el cine corriendo por las venas. Es la búsqueda, el encuentro, la pasión como argumento para vivir el guión de su largometraje que es la vida.
Si las hormigas se pasean por sus pies en ese momento, por su mente caminan las escenas de ese encontrarse con el cine. Y comparte lo vivido. ¿Qué prefiere entre esa línea invisible que es el corto o largometraje? María parla jugando entre sus manos un verde hierba reflejado en sus ojos.
“Son géneros distintos, cada uno cuenta las cosas de diferente manera. En todo caso depende del momento. A mí me pasó que empecé escribiendo un guión de cortometraje y ahora se convirtió en largo. Me gustan los dos, cada uno en momentos distintos, tanto para escribir como para ver”.
Hay carretas de hot dogs. El tráfico en la arteria mayor de la ciudad. Hay más motivos para la charla. Es el cine todo. Y la sensación de rodar un guión tiene significado en María, quien lo describe.
“El primer corto que rodé fue la adaptación de un cuento de mi autoría que se llamaba Te busqué. A partir de ese texto hice la adaptación a un guión de cortometraje que se llamó La ruda. También lo produje, pero no lo dirigí. Fue mi primera experiencia como guionista y productora y fue un desastre, pero por fortuna las cosas salieron. En ese caso la sensación de rodar un guión, fue, por un lado la emoción de que la historia imaginada se encarnara en los actores –que además eran un gran reparto: José María Yazpik, Gabriela Canudas y Jesús Ochoa- pero por otro lado mi atención estaba alrededor del rodaje, en la realidad, en las cosas que tenía que controlar en cuanto a la producción. Tiempo después, en Madrid, se rodó otro guión mío de cortometraje. Teníamos que hacerlo en un día. La sensación fue angustiante, porque además yo era la script, que en cine es quien se encarga de la continuidad. Se llamó Rituales. El director no tenía mucha experiencia y no supo cómo capturar los detalles que en mi guión eran importantísimos, eran los que hacían la historia y finalmente se le escaparon. La presión del tiempo tampoco ayudó mucho. Ya nos habían advertido de la dificultad del guión y el riesgo de su realización. Así que el rodaje fue un tanto desesperante, aunque siempre existe esa emoción de ver que las historias imaginadas adquieren realidad. Y lo mejor es que mucha gente está detrás de la cámara enfocada en esa realidad de la ficción que uno escribió durante muchas horas”.
Hay una especie de letargo en la ciudad, tal vez por el calor que rebasa los 45 grados. Atrás de nosotros está el edifico de Museo y Biblioteca, los talleres de música y teatro.
Las ideas de María están puestas en el oficio. Hay ahora un recuento sobre el cómo y por qué elegir una carrera donde se antepone la pasión, la honestidad, el alma.
“La pasión es el motor que a veces no te deja dormir y que definitivamente no me ha dejado hacer otra cosa en la vida que no sea esto. Es como un ruidito que te persigue. Lo siento en el cuerpo. Es agradable y angustiante. A veces me pregunto por qué no elijo ser una persona “normal”, sobre todo porque la materia con la que yo trabajo en la escritura, por ejemplo, es mi propia vida. Hago mucho ejercicio autobiográfico para crear. Me doy unos clavados profundos al pasado, mi infancia, escarbo en cada cosa que he vivido, en el por qué de cada circunstancia. No creo que esto lo haga una persona “normal”, porque no tiene sentido si no es para convertir toda esa materia en arte. Es obvio que esto también se hace en el psicoanálisis, escarbar en la vida de uno. Me gusta convertir el recuerdo en un mito, una historia que le da sentido a mi vida, un cuento que contar a los demás, en donde los demás puedan ver algo de sí mismos. Yo no encuentro otra forma, es una necesidad. Y aquí, por ejemplo, entra la honestidad. Uno no puede engañarse a sí mismo cuando escribe, porque en algún momento la historia o algún personaje voltea a verte a los ojos y te grita que estás mintiendo. La verdad siempre canta. La verdad se revela por sí misma”.
En la plaza está el sonido de los claxon, el ruido enérgico en los pasos de los estudiantes que desfilan al reencuentro de sus hogares. Es casi de noche y sobre la noche previa a un rodaje ocurren cosas en la mente de María.
“Nunca, pero nunca he logrado dormir antes de un rodaje. El corazón late muy fuerte, dan ganas de levantarse y empezar a rodar en ese mismo instante. Pero en el cine uno tiene que ser muy paciente”.
--¿Qué te ocurre en las venas?
Pues si pensamos que las venas es lo que está debajo de lo visible, en las venas ocurre toda mi vida. Soy una persona que vive mucho hacia adentro. Una vez un amigo andaluz definió mi personalidad en una frase. Dijo que tenía un mundo interior muy poderoso. Hasta ese momento yo no había percibido que fuera así, o tal vez creí que era muy normal ser así.
--¿Existe el insomnio?
¡Existe durante la noche previa a un rodaje, sin ninguna duda!
--¿Cuál es la película o el corto que te interesa escribir, producir?
Estoy escribiendo un largometraje y también quiero producirlo y dirigirlo. Pero ya tengo otro perfectamente claro, para el cual tendré que hacer mucha investigación. El primero es más autobiográfico. Es uno de esos casos que te mencionaba antes, donde tengo que sumergirme en mi historia personal. El que planeo es un reto nuevo y distinto, porque trata de la vida de un personaje histórico.
--¿Qué te seduce más, la sugerencia o la elocuencia?
La sugerencia, definitivamente. Pienso en cualquier creación: teatro, cine, danza...hay grandes sugerencias que pueden hacer que se te mueva el piso, que comprendas algo perfectamente. De hecho yo creo que la mejor manera de comprender es a través de la sugerencia. Cuando las cosas son demasiado evidentes es más fácil ignorarlas.
--¿Si tuvieras que escribir un guión sobre tu tierra, Sonora, qué escribirías y por qué?
Escribiría una película sobre personajes adolescentes marginales que crean su propio mundo en medio del mundo cotidiano que se da en la ciudad de Hermosillo. Una historia en la que se muestren los contrastes que se dan en esta ciudad, que son muchos. Eso en medio de este paisaje desértico tan apabullante, con estos atardeceres capaces de generar toda una mística. En resumen, explorar la magia alrededor de lo más cotidiano y simple.
--El sol en esa resistencia de doblegarse ante la tarde, magnifica la intensidad de su luz. Hay un naranja que se cae de lila estrellándose en las paredes del Museo. María, mientras tanto, observa, huele, siente, respira cine. Y vuelve su mirada hacia adentro para revelarse la vida.

sábado, 15 de septiembre de 2007

claudicar


el óxido entró hasta el pecho. pude ver la derrota, el claudicar involuntario del metal que antes fuera un barco. me recordó al alción de la última escala del tramp stemer. comprender el dolor de mutis vino en ese instante. se abotagaron los ojos. repartí el filo de la herida para con los asistentes a la presentación de señales versos, allá en el instituto tecnológico de guaymas. me abrazaron todos con preguntas, comentarios inquietos en el deseo de saber. me abrazaron después la pina y el bruno, la laura y el manuel, la claudia. me llevaron de la mano por ese puerto donde la violencia es constante. paradoja porque la solidaridad rebasa. son sus habitantes un ancla en la necesidad de volver. está el color del óxido dentro de mis ojos. inclinada la posición de lo que antes fuera un barco que no termina de ahogarse. está cortando la respiración desde ese encontronazo. continúa el estruendo. la carretera y la música nada han podido hacer para amainar la crueldad de la deserción de la vida. hay un barco que me enseña el camino por donde voy. sé que pronto lo alcanzaré. (carlos sánchez)

domingo, 26 de agosto de 2007

Empalme es más que una ciudad ferrocarrilera

Y el nombre Alfredo se sigue escuchando por donde quiera

por carlos sánchez

Empalme sigue su curso. Y no es sólo el nombre consecuencia de la unión de las vías del ferrocarril. Ni la anécdota de uno de los matrimonios de Charles Chaplins. Ni el llanto por la desaparición de un reportero llamado Alfredo Jiménez Mota.
Empalme late y en sus arterias va la vida del estudiante, el mecánico, el chofer, el cocinero, la señora gorda que en la terminal presta su cuerpo a las moscas. Hay también tiempo para la celebración de La Guelaguetza en la plaza del Tinaco, y recibir así las artesanías de los oaxaqueños que expenden lo que elaboran.
Empalme es el grito prolongado del tren, el mismo que anuncia la muerte de un ferrocarrilero; Empalme es la solidaridad con los trampitas, asistidos por los vecinos, los que le dan de comer sin esperar nada a cambio.
Empalme es la búsqueda de la impartición de la cultura vía el arte. Un taller de fotografía en fin de semana en la Casa de la Cultura.
Empalme es la evacuación de humanos el viernes por la tarde al terminar el horario en la maquiladora; Empalme es la red, el chinchorro, la cuerda que espera septiembre para tenderse sobre el agua y esperar la captura del camarón.
Empalme es la nostalgia de esos gritos ofertando tortas y tacos en la desaparecida estación del ferrocarril.
Empalme es ahora la frustración por la pérdida irreparable de ese mural del pintor Delgadillo, cuyo tema era la huelga del ferrocarril. Al director del Cobach se le ocurrió borrarlo, y con pintura de aceite.

El nombre Alfredo

Mueve el trapeador y al escuchar la voz su mirada es un impulso que se topa con el rostro que hace un par de años vio en ese mismo lugar. El lugar es la casa de Esperanza, madre del aún desaparecido periodista que militara en la sala de redacción de El Imparcial: Alfredo Jiménez Mota.
--Soy Carlos, hace tiempo nos conocimos por acá.
--Sí, ya recuerdo, nunca volviste.
Esperanza Mota describe con su actitud el hartazgo por la informalidad de los reporteros que han explotado más que explorado, el caso de Alfredo.
“No volvieron los de Univisión, que dijeron volverían, ni el de Milenio, Víctor Ronquillo, ni Sergio García, ni Michael Marisco, un reportero de Estados Unidos que está escribiendo un libro sobre Alfredo”.
Apacible su mirada, sus brazos al moverse, sus palabras describiendo a ese Alfredo de niño, aún con vida, aún en presente en su conversación.
En el recuerdo de su infancia está la risa, es la evocación de su hijo consentido un motivo para la alegría.
Esperanza cuenta sobre esos días en los que Alfredo marcaba para su casa, desde Guaymas, para avisarle a su madre que estaba por llegar, que hiciera desayuno, como a él le gustaba. En esos días él escribía en El Imparcial, y lo hacía sobre el narcotráfico, aparente motivo de su desaparición.
“Entonces yo le preparaba su licuado, grande, sus salchichas y tocino frito, sus huevos estrellados. Mi hija se encelaba, decía que Alfredo era el chipilón, como le dice su papá”.
Al ritmo de la mecedora, Esperanza cuenta de esos años de viajar en tren a Navojoa, todos los veranos, en esos viajes en que Alfredo ya era muy comelón.
Luego vino la edad de la preparatoria, la universidad, el trabajo en la policía, de comunicador, después en el Debate de Culiacán, y como consecuencia esos premios a su trabajo.
Esperanza Mota es oriunda de Torreón, Coahuila, desde muy chica la trajeron a Empalme, a un rancho donde trabajaba su padre, el mismo que después compró una casa en Navojoa, lugar donde se quedaría a vivir hasta el momento de su muerte. Su madre también vivió a su lado, hasta su deceso.
En la casa de la familia Jiménez Mota el ruido del tren es permanente, porque está cerca, muy cerca, de la estación del ferrocarril, donde trabaja su esposo, José Alfredo Jiménez.
Es fortuito, ocurre, que durante la charla el tren prolongue su pitido, y Esperanza explica que cuando eso pasa puede ser que por un accidente se quedó el tren pitando, o tal vez porque algún empleado del ferrocarril ha muerto.
“Una vez que murió un empleado, se juntaron el pitido de tres trenes, un cuñado mío le dijo a mi esposo: así va a sonar cuando mueras tú, mi esposo se quedó muy serio, mi cuñado soltó la carcajada”.
El esposo es maquinista, y al momento de la conversación se encuentra conduciendo un tren hacia Hermosillo.
En la casa de Alfredo la puerta que ahora está abierta, tiene un engomado donde dice que esperan su regreso. Y hay un número cero ochocientos donde pueden dar informes sobre su paradero.
En la casa de Alfredo vive Leticia, su hermana, quien desde hace un tiempo escribe anécdotas de su hermano, tal vez para que éste permanezca en los temas cotidianos, tal vez como una estrategia para retenerlo. Y dosificar el dolor de la ausencia.
La familia de Leticia también celebró la develación de la placa con el nombre de Alfredo, en la plaza del Tinaco, el 2 de abril próximo pasado cuando se cumplieron dos años de su desaparición.
En el hogar de los Jiménez Mota existe la esperanza de que algo ocurra ya, que se aparezcan indicios que den razón del hijo chipilón.
Esperanza comenta que hace unos días aprehendieron al operador del Chapo Guzmán, ese narcotraficante al que alguna vez el extinto periodista Jesús Blancornelas señalara como el responsable de la desaparición de Alfredo Jiménez Mota.
En la casa de Esperanza no se dice nada, pero se siente el descontento, la pena de que a El Imparcial no le duela ahora el nombre Alfredo.

Vivir del mar

Levanta la mirada y agradece al cielo. Todo lo que ve en su horizonte le pertenece. Sin embargo, el día que le pidan desalojar el predio, lo hará sin refutar: “porque todo ser pacifista sabe que nada es para siempre, ni la tierra, ni el mar”.
Francisco Carlón vive de vender mariscos, en su restaurante a la orilla de la carretera, de donde ha salido ya para comprar su bicicleta, su triciclo y su camioneta.
El predio del negocio no está regularizado, ni tiene Francisco cómo comprobar la posesión, por eso el día que le digan que se vaya, lo hará con los brazos cruzados, aunque él ha estado al pendiente de la limpieza del lote desde diez años a la fecha.
Entre sus necesidades vitales está el comunicarse, por eso desde que ve al reportero disparando ediciones con su cámara, se le apersona para informarle la situación de la bahía, el desatino de las fábricas donde queman sardina para hacer purina, las causas posibles de la muerte del pelícano que el fotógrafo archiva en su cámara.
Es un mar embravecido de palabras. Francisco no titubea y levantando sus brazos ilustra “todo esto” que es la playa donde se ha pasado horas y horas limpiando. “Pero la gente es muy cochina, y contaminan tirando todo para acá. Ese pelícano murió por el combustóleo, por el aceite que echan al mar, se le mojaron las alas y ya no pudo volar. Deberían de investigar y escribir para que nos ayuden aquí con la limpieza, por favor”.
En su exposición, el restaurantero dice que el trabajo es una bendición, y que Empalme le ha dado de comer en estos diez años viviendo allí.
Si en sus ojos está el horizonte que es el mar y su sonido que arrulla, provoca, evoca y cuenta historias, en su mente vive el recuerdo de eso días de “vida trágica”, cuyo protagonismo da para el símil de guión de una película de Buñuel.
Huérfano de padre y madre, desde niño Francisco trabajó para seguir en la vida, con eso del comer, sobrevivir.
Tiene, a confesión de parte, la virtud de la palabra en la lectura, esa que lo ha librado “de ser un animalito, un analfabeta que no conoce ni la a”.
Divina es la Biblia, su contenido –dice-, porque allí está todo, incluidos los incestos del Rey David.
Incomprendido por sus lecturas, por su terquedad de regresar a los pedales de la bicicleta, criticado por la aparente incongruencia que arranca gritos de sus hijos cuestionándole por qué si tiene carro, se la vive transitando en la bicicleta.
Francisco dice que jamás lo entenderán, porque no saben, ni quiere explicarlo, que en la bicicleta encuentra el ejercicio, los antioxidantes, la manera más eficaz de mantenerse en forma.
“Porque yo cuando no trabajo me enfermo. Ayer que fui a Nogales a comprar esa troquita, me dio calentura, porque no hice mi trabajo de rutina, porque no me la pasé en la chamba, puro maneje y maneje, me atiricié”.
En el trabajo está la vida, en Empalme y su nobleza la existencia. En los mariscos la fuente que da de comer.
Francisco convoca al reportero a visitarlo de noche, para que éste vea la cruz de la esperanza que se traza en el cielo, justo en el lugar donde él vive.
“Es la evidencia más clara de que Dios existe”.
Y en el mar los mariscos que te dan de comer, acota el reportero. Quien si vuelve de noche a la playa, detrás del restaurante, será para engullir un par de almejas que Francisco dijo le regalaría en reciprocidad del libro que le obsequió, ese donde hay también historias de incestos.
Antes de marcharse, el reportero entiende la definición religiosa de la palabra “amén”. El marisquero ilustra: “amén significa amen, que amemos, es la sugerencia del señor”.

Empalme estrena una cámara Nikon

Cuenta que una vez le caló hondo que un par de briagos se refirieran a Empalme como una ciudad bicicletera.
Iba en el camión. Contuvo sus impulsos. Pero le caló. Para su regocijo, al chofer del camión también le agredió la ofensa a su puerto, y bajó a madrazos a los altaneros.
Ama a Empalme, aunque no vive en ella, pero allí trabaja, y le debe la vida.
Son más de treinta años laborando en el Observatorio Metereológico. Se llama Oliver Robles y es un apasionado de la fotografía.
Testigo de la transformación del puerto, Oliver sabe de su gente, la nobleza y la honestidad. Escucha del reportero la transparencia que le sorprende al encontrar un café de seis pesos, una avena de doce, en el mercado.
Oliver se apareció en el taller de fotografía que un desconocido impartiría en la casa de la cultura. Cámara en mano llegó a la sede y sus oídos fueron igual de agudos que sus ojos, sus palabras.
Contó de la historia de la fotografía en su vida. Trepó a un avión en la memoria, fotografió a Empalme que es un cuadro de ajedrez desde las alturas.
Como niño con juguete nuevo, Oliver expuso las características de su Nikon automática, con un lente 18-135. Una joya, la realización de un sueño que siempre tuvo.
El trabajador del observatorio vive en Guaymas, y desde treinta años viaja diario a sus labores. No claudica en su rutina, porque de ahí lleva el pan a la casa.
Feliz está ahora Oliver con su Nikon nueva, con la que mañana domingo arrancará su ejercicio de capturar imágenes como tarea del taller.
Un pretexto más para agradecer a Empalme su existencia, aunque en esta ciudad no haya cines, ni revisterías, ni exposiciones, ni un lugar para comentar la nota más importante del día.
Oliver se forjó en la vida con la enseñanza de su padre, jubilado de correos; llegó desde Oaxaca para quedarse, y es hasta ahora que está a punto de participar en una exposición de fotografía, un como anhelo desde siempre.
Sabe de la importancia del arte, de la inmensa posibilidad que da una cámara para crear. Está a punto de materializar una serie completa, y exponerla con colegas que se engancharán en el tema que les late. Pronto las fotos serán un desfile de historias ante sus ojos, y habrá un motivo más para agradecer la existencia de Empalme.

Prudencia en la mirada

Volver al día siguiente a la casa de Esperanza Mota es encontrar a José Alfredo Jiménez, padre del periodista desaparecido.
Encontrarlo con pantalón corto, sin camisa es sólo síntoma de un día de descanso.
Y es que ayer tuvo trabajo trasladando unos carros que pronto utilizaran en Hermosillo en la filmación de una película sobre la frontera.
Estarán rodando, a decir de José Alfredo, en Estación Ortiz. “A ver cómo les va con el calor a los actores”.
Certera y prudente la mirada. Esperar es la consigna. Porque no conviene aventurarse en los comentarios, en las declaraciones, porque la fe está puesta en la policía que investiga.
El padre de Alfredo se sabe ahora la historia de los integrantes de la SIEDO, los trámites que debe correr quien busque a un hijo desaparecido.
Hay en su voz la paciencia (porque no queda de otra) para esperar información sobre el paradero del reportero.
No adelanta vísperas. Y la fortaleza significa no perder las esperanzas. Treparse al tren es una distracción, una fuente de empleo, volver con los alimentos a la casa, encontrar a sus mujeres, su esposa y su hija.
Volver a Empalme significa encontrar el recuerdo de los pasos de su hijo, ese que “si tenemos buenas esperanzas, aún está vivo”.

jueves, 23 de agosto de 2007

Los cantares de Juan Pablo

por carlos sánchez

Encendí la grabadora pretendiendo una entrevista. Se dispuso la voz que sólo es alegría, festejo de la vida.
Me contó el entrevistado, en esas respuestas que se extraviaron en esa cinta que dejé quién sabe dónde y por qué, que de niño escuchaba como canciones de cuna a John Lennon. “Mis papás no me enseñaron a Cri cri”, dice Juan Pablo Maldonado, guitarrista y vocalista del grupo Son.
En esa charla cuya pérdida de la grabación aún me jode, encontré a un cantante tocante ejecutante del placer sinónimo de música en su existencia, la sencillez, la pasión, la humildad de quien todo lo tiene porque ejerce su vocación.
Lo entrevisté al lado de Carlos Bejarano, alguien similar al primo Nano que tiene Joaquín Sabina, y compañero de aventura en esto de vocacionar con instrumentos los días, las noches, los instantes todos.
Lo escuché hablar con ironía, lo vi reírse de sí mismo, apuntando en juego las respuestas a las preguntas. Lo camarié con actitud de profesional del periodismo, algo que jamás alcanzaré aunque lo intente. Él generoso aceptó la charla.
Fue lindo el encuentro, además las respuestas, las preguntas, la actitud de él es lo que más se queda ahora en la memoria. Insisto: cuánta enseñanza de alguien que con acariciar la música todo lo tiene.
Dos noches después de ese día fui al bar de la No reelección, Peñón de las ánimas, se llama.
Desmentido quedó Juan Pablo ante esa aseveración de que él sólo canta boleros. Con los ojos llenos de emoción y los oídos agradeciendo los arreglos, la voz, la pasión, puede sentir como un loco que baila en la calle, la libertad de la propuesta musical del grupo Son.
Tomamos, Imanol camarada y yo, un par de cervezas; en un instante de no resistir el placer, nos instalamos lo más cerca posible del grupo sólo para ver la magistral capacidad del baterista que haciendo la función de pulpo tocaba la batería, percusiones, y hacía segunda voz.
A Juan Pablo se le hinchan las venas del cuello cuando canta. Y es la guitarra un chillar eterno.
Lo había visto antes en una obra de teatro, cantando corridos de la revolución mexicana. Lo había visto en otros escenarios, acompañando a una voz femenina con su guitarra, tal vez sea la memoria que inventa haberlo visto, pero esa noche de penar el ánima juro por el cerro de la campaña que allí estaba, era él.
Me conmovió la historia de Juan Pablo por esa infancia de canciones del grande, el enorme Lennon, me conmueve Juan Pablo por los padres que no se anduvieron con mamadas y supieron darle herramientas al morrito que no pudo escapar de la música como vocación, me conmueve la inteligencia por amor que en él depositaron.
Traigo un sentimiento de culpa, un remordimiento, unas ganas de chillar por el extravío de esa cinta con su voz, es la sensación de la pérdida de la mirada de una chava que te sorprende de soslayo, la nostalgia de un tren partiendo, de esas vidas que no volverán.
Es la crueldad de extraviar la honestidad contando, bromeando, ironizando. Juan Pablo entró por mis oídos esa tarde y no se ha ido, ni se irá. Lo evoco constante, más que en la mirada lejos, distante, en el ritmo de las notas de su guitarra.
Espero otras noches como la del Peñón, otros instantes de azar topándomelo en la calle, en el escenario, en los boleros bossanoveros, bluseros, salseros, que magistralmente interpreta.
Y que los arreglos son de él, me cuentan, y que los dicta haciendo sonidos con la boca, y que los carnales colegas le agarran la pichada y así la construcción desmadrada de sus versiones.
Juan Pablo se ha ido en la voz de esa cinta a la impotencia de no transcribir al pie de la letra sus respuestas, sus recuerdos de niño, de esa infancia rodeado de música e instrumentos.
Juan Pablo se ha quedado en la memoria como un ser eterno rasgando la guitarra. A Juan Pablo lo encontraré cualquiera de todos los días para escucharlo de nuevo y reiterar la pasión en las venas de su cuello que se le hinchan. Y cantar. abigaelsc@hotmail.com

lunes, 20 de agosto de 2007

Los mismos dolores

por Carlos Sánchez

Me dicen que deje de joder con los temas de la raza.
Que me olvide ya de “los malandrines”, apodo peyorativo del Beto Bandido, perfecto dramatizador de las tragedias ajenas, panegírico a veces de los hombres que dictan las reglas del juego. Servidor, pues, de la gente bien, de esos empresarios que llenan de anuncios su programa Bandas y bandidos. Idem.
Me dicen que ya chole con esas historias de los que nada tienen, los que nada aportan, sino al contrario, afectan y afean la ciudad.
Terco me aferro por inercia, por una rara e inexplicable vocación de regresar a allá, a las cárceles donde viven esos apestaditos que en su historia de vida, en sus acciones, han dictado la nota roja que construye el rating del programa de marras.
Imparto desde hace un buen de años, talleres en las prisiones. El objetivo (antes que provocar que los presos lean o escriban, antes de informarles que existe el arte como herramienta para enfrentar la vida), es que los presos pasen dos horas de su tiempo fuera de sus celdas.
Vamos bien. A veces viendo películas para analizar el guión, a veces leyendo un cuento, un poema, reflexionando acerca de algún texto construido por uno de los asistentes. Hay también quebrada para el patear de balones cuando necesario es tirar la formalidad, la concentración en las clases.
Ayer, por ejemplo, los ojos todos estuvieron atentos a Sólo Dios sabe, película que dirige Carlos Bolado. Anécdota de una Brasileira que extravía su pasaporte en Tijuana y viaja a México con la esperanza de encontrarlo u obtenerlo de nuevo.
La peli quedó inconclusa en la mirada de los alumnos. Los apagones impidieron la conclusión.
Salí del penal poco después de las doce medio día, justo cuando la bendición de la yegua se apersona en las ollas de aluminio, y la cola hecha por la raza se deleita en la espera de esa llegada del carrito feliz.
Salí no sin antes ir a la clínica de desintoxicación, porque desde allá me envió un recado el Judas, un chavo del Cerrito de la Cruz. El recado decía que lo visitara, que si no había asistido a la clase era porque estaba internado y la consigna, cuando se está en la clínica, es permanecer allí por algunas semanas.
Él inició el curso de literatura. Aplicado desde el primer día sorprendió con la agilidad de su lápiz. Lo extrañamos en clase.
Llegué a la reja que da a la clínica, luego el Judas levantó su mano, saludó y me dijo que qué bien que le caía, que qué chilo el paro del Carlitos, hijo del Pancho Oviedo, el que me hizo llegar el recado.
“Le dije al carlillos que vinieras, porque tengo un texto que hice, me interesa que te lo lleves”.
Subió el Judas al lugar donde guarda sus pertenencias. Trajo algunas hojas que puso en mis manos. Advirtió antes que “es una historia de cuando estaba chavo”.
Disponerme a la lectura del texto del Judas, fue encontrar la llave otra vez de la nostalgia. En las primeras líneas descubro la adolescencia aquella en la que me trepaba por vez primera al baile, allá en el Rafles, ese congal de Villa de Seris.
Encuentro en la narración la existencia del José, ese chavo del Cerrito de la Cruz al que nosotros apodábamos el Parral.
Cuenta el Judas en su texto, los motivos para entrarle recio al desmadre, el inicio de su ejercicio en la delincuencia, los días de ponerle a la marihuana, a las píldoras. Se trepa el narrador en las piedras del Cerro de la Campana, en los callejones del barrio las Pilas.
Párrafos que me enseñan mi historia, mis calles, mi escuela secundaria, la veinticuatro. Letras construyendo oraciones como golpes contundentes en la memoria.
Me dicen que deje de joder con las historias del barrio, que la vida está hecha de otras cosas, de polémicas políticas, por ejemplo; de ciclones y alza a las tarifas eléctricas, la gasolina, el transporte.
Me dicen que hay una realidad que se llama manutención, que deje de soñar y cobre por lo que hago.
Me instruyen para que voltee a otro lado, a otras vidas, otras historias. Me critican hasta juzgarme.
Mientras esas voces se esfuerzan por abrirme los ojos, el Judas me los llena de lágrimas al contarme en su texto cómo el José su carnal murió de un tiro en la cabeza, detrás de su casa, una madrugada cualquiera. Y desde ese momento, me cuenta, su vida se transformó, porque lo amaba, porque su hermano lo protegía. Lo ilustra diciendo que el José le compraba ropa, lo traía bien línea, “quería para mí lo mejor”.
Dejo de leer y me dispongo a obedecer al instinto. Deseando que amanezca ya para encontrarme con la mirada del Judas y confesarle al través de este texto, que su carnal era mi carnal.

domingo, 19 de agosto de 2007

desgajo

por carlos sánchez

es como una canica en el recuerdo. ahogada en la circunferencia. duele como el niño que resbala en la memoria. es el llanto de un hijo hambriento. es como las lágrimas de la madre llorándole a la madre enferma. es el soslayo del primogénito que se enamora de la emoción en los colores de la pantalla. es como un cigarro que se pierde en plena madrugada. era el único, el último. es un trago de cerveza caliente en una mañana de cruda. es como la mar que de nada sirve si la veo sin tus ojos. es domingo.

viernes, 17 de agosto de 2007

duelo

por carlos sánchez

Hay en esta triste tristeza en que me hundo un sorbo de café. Es domingo y Andrés Calamaro canta Sus ojos se cerraron. La mirada que se refleja en el agua oscura tiene la borrosidad de siempre. Pesa el desvelo y un solo zumbido cobra fuerza en el cerebro.
Mi hermano tiene un cuerpo de carrizo, es débil, frágil, vulnerable.
Tiene también la honda pena de la muerte. Porque se le apareció certera en la vida de su mujer. Ella le dijo que ya, que el cuerpo tiene límites para el dolor, que necesitaba el caer de sus pestañas para no levantarlas más, porque no las podía, porque los metros cúbicos de químicos son sarro en las venas y mutilan las ganas, las fuerzas.
En el llanto de mi hermano encontré el mío. Aunque él valiente indicándole al doctor que apagara las burbujas del agua dentro del cristal, la que mantenía en tic tac del corazón, y ella agradeciéndole con el último apretón de manos. Y yo no soy ni una mínima parte de la razón para entender el final.
Arropado en el cajón, hecho un harapo de ruido permanente saliéndole del pecho, mi carnal tuvo la osadía de gritarle que se fuera ya. Échenla ya, llénenla de tierra, báñenla de flores, que se muera de veras, que no sea más su presencia un piano desafinando el temblor de mis piernas. Mi hermano era un grito llenando la funeraria.
Lo tomé de su espalda, lo abracé como cuando era niño y debía calmarlo por el dolor de sus caprichos.
En eso pareciste, llena otra vez de infancia, con tus pantalones rotos de las rodillas, con un rosario en tus manos, porque venías a rezar por ella, a estar conmigo, para que yo viera que no sólo de nihilismo estabas hecha.
Tomaste un crisantemo violeta que estaba encima del cristal empañando el rostro muerto, lo metiste en tu boca, lo sacaste para frotarlo en mis mejillas, en mis pestañas. Me tomaste de la mano, fuimos a ponernos debajo del cielo, era madrugada y el sereno nos bañaba de frío. Trajiste un té de flores, me condujiste luego al interior del Vocho, sacaste un cassete de tu mochila negra, lo insertaste en el estereo, salieron de ahí aquellas rolas con las que empezamos a bailar la tarde que te conocí secundariana, en un baile pro beneficio de la candidata a reina.
El tiempo fue aumentando el calor en tus manos, siempre niñas. Las pusiste en mi cuello como unas tenazas al rojo vivo, acercaste tu boca a mis labios, te la comías efusiva, acelerada como tus pasos al encuentro con tu ritual nocturno.
Descendiste por mi pecho, arrancaste de un tiro el pantalón y un bocado bastó para que pusieras mis ojos en blanco.
El interior del Vocho de mi hermano ha sido el mejor lugar donde construimos un abrazo. En la funeraria el desconcierto, en el asiento de atrás una y otra vez tus piernas enredándose de mi cintura.
Las canciones continuaron, haciéndonos evocar los días de la tierra dentro de nuestros zapatos, porque huíamos de las clases, nos poníamos a jugar en las cribas, escalando esas montañas de arena que nos hacían rodar de inocencia y carcajadas.
Adentro mi hermano seguía siendo un piano desafinado con sus notas maltrechas siempre construyendo un nombre de mujer.
La luz del día entró por la aleta del Vocho para estrellarse en tus ojos, moviste tus pestañas y tus manos en automático frotaron mi pecho, te oí decir que los carros se alistaban para salir al cortejo. Como pudimos desmodorramos nuestras cabezas, encendimos el auto y fuimos los segundos de la fila.
En la carretera no dejabas de cantar, le cantabas a ella, a la que nunca te quiso porque sólo me usabas. Un bolero siempre cae bien como despedida, decías, y encontrabas una hilera interminable de títulos, y los entonabas todos, eras la compulsión sonora llenando el Vocho.
A la entrada del pueblo nos recibió la lluvia. Había un santo grande abriendo sus brazos en la iglesia de San Marcial, lo abrazaste y besaste sus labios, tocaste traviesa el área donde el ombligo divide el cuerpo, la tiene más dura que tú, dijiste sonriendo sin dejar de frotar al santo.
Qué habrá dentro de ese cuarto, preguntaste, y sin dejar de caminar hiciste que te siguiera hasta encontrar las escaleras hacia un sótano al que descendimos. Había allí batas blancas y negras, tomaste dos, de distintos colores, la negra cayó en mi cuerpo, la blanca caía hasta rebasar tus pies.
Mientras arriba los cantos y rezos se vestían de ancianidad por esas señoras de experiencia para el ritual de la iglesia, tú levantabas despacio la bata, y hundías un dedo entre tus piernas. La señal para que me acercara la diste succionándote el dedo índice. Pediste que llegara más, obedeciendo levanté tu cuerpo y despacio lo fui soltando, al encajarte en mí se inventó la vida.
Tu olor con el mío. La madera vieja presa de los adobes, la cerca en el piso. Un sótano lleno de olor ahora con el tuyo agregado. Las batas mojadas de ti, la tierra de tu pelo cayendo sobre el cartón de esas pastas de Biblia oliendo a viejo. Todo ese olor reposa eterno en mi garganta.
Un suspiro lleno nos hizo abandonar el sótano, afuera la lluvia nos acompañó hasta el panteón, donde los versos de Te vas ángel mío marcaron la pauta para que la tierra tapara para siempre el cuerpo de la mujer de mi hermano. Él vino sonriendo, y de su voz emergió la frase que me hace recordarte: las mujeres jamás han de morir, esta noche me acostaré con ella.
Dejamos atrás el pueblo y volvimos a la ciudad, donde ahora te pierdes sin dejar rastro.