Carlos Sánchez
La iluminación me obliga a la gratitud. Observo esas atmósferas tan cotidianas, en esas locaciones que son la casa, la calle, la ciudad que no es la misma y no sé porqué contengo el deseo de llevar las manos al rostro.
Tanto tiempo sin atinar a una película insultándome de tanta sensibilidad en el director, los actores, el fotógrafo, la iluminación, su música.
Cuán difícil es el inicio de un guión para cine, me comentan, es como el ejercicio de decidir cuál es el inicio de una nota informativa, acotan.
Yo sólo me dispongo en la sala, a merced de dos personas dentro del vacío de las butacas, porque esta peli no tiene, ni tendrá ráfagas publicitarias, porque no se sabe mucho del contenido, porque no aparece ni un Gael menos un Diego porque Hollywod es primero y las salas adjuntas ofrecen a la misma hora la función estelar.
En cartelera nada importa si la sinopsis anuncia una película mexicana, menos si el argumento tiene que ver con nuestra realidad.
Pude durante el desarrollo de la cinta, llenarme de emoción ante la perfecta actuación de Margarita Sanz. Cómo puede una persona entrar en la mente de otra, con esa enfermedad que es la nostalgia, el amor ido, la desmemoria, de manera tan perfecta como lo hace esta actriz. Me pregunto también sobre las habilidades del guionista y el iluminador, no sólo para intuir la atmósfera precisa en los colores, sino para llenar cuando es necesario, un instante lúdico en un programa de radio.
También indago sobre lo que le caracteriza a este guión, y vuelvo al escritor, director, Juan Pablo Villaseñor, a quien no dejo de ver cargando toneladas de sensibilidad dentro de su piel. Intuición.
Cuán ocioso resulta llegar a la esquina del barrio, después de hacer el amor con una película en la pantalla grande, cuán infructuoso será contarles a los camaradas la anécdota, de nada servirá, porque así como en las otras salas los murmullos de la multitud evidencian las preferencias sobre el tipo de películas, así entre la raza los lamentos por la derrota de la selección mexicana de futbol llenan la cuadra y el barrio entero. Parecería no importarles nada más. Los medios se posicionan implacables. Y forman conductas.
Me exonera tal vez la felicidad en el recuerdo de observar una peli después de evadir la carretera y mejor comprar palomitas y un té, en la gana por descubrir lo que nunca pensé: un filme preciso para abundar sobre la nostalgia de esos seres que fueron nuestros padres, tan llenos del reflejo de la película como espejo.
Hace unos meses conversé con Juan Pablo Villaseñor, y ayer al ver Espérame en otro mundo, sentí un placer completo de verlo por anticipado, es decir, antes de esta historia que nos da.
Siento tantas ganas de abrazar a la actriz Margarita Sanz, tan llena de esa melancolía por el amor perdido, y deseo igual pararme sobre la duela de un salón de baile donde trabaja Marcela (Natalia Esperón), o bien echarme un trago con el padre protagonista que aterriza sus penas en el alcohol, siento tantas ganas de esto como de volverme a mirar en los ojos de Juan Pablo.
Qué obtendría con el hecho de mirarme en los ojos de él, resumo y concluyo: la oportunidad de agradecerle por este texto, este filme, la perfecta historia de lo que un corto tiempo habremos de vivir muchos de los que ahora nos sentimos jóvenes.
Ir al cine la tarde de jueves, fue atinar y refrendar, confirmar una vez más que el arte me puede instalar en un globo hasta tocar el cielo.
viernes, 13 de febrero de 2009
martes, 10 de febrero de 2009
ahora que las hojas se menean con el viento
carlos sánchez
Las nubes avasallan mis pupilas. Anoche soñé a mi padre en su cama sucia y lleno de alcohol en la panza. Miento si digo que estaba ebrio. Nunca se emborrachaba. Siempre tomaba.
Mi madre me ha dicho que necesita luz, que encienda una veladora. Yo me dispongo en la imaginación a tomar una escoba para limpiar su tumba. ¿Su tumba? Si sólo hay una plancha de cemento a medio terminar. Esa es su tumba. Y olvido la dirección, sólo doy a veces con ella y por inercia del recuerdo de ese instante de entrarlo en una caja en el vació del hoyo.
Las nubes se estrellan en la memoria y dibujan las palabras que mi padre pronunciaba lleno de felicidad cuando ya el chubasco inundaba el techo, el patio, los rincones de la casa.
Esta mañana después de evocar a mi padre en sueños, he llegado a la casa de la Cuca, y se apersonan los recuerdos de los camaradas muertos: el Juanito, David, Víctor Hugo. A unas cuadras de esta casa vivió el Abigael, poeta de apellido y de pasos indagando siempre la ciudad con sus naranjos en los camellones del boulevard de la opulencia.
Qué si camino hacia el norte y entro en el camposanto para ver si los muertos se levantan para disfrutar conmigo el dolor de las nubes entrando en el cuerpo. Me he dicho. Y me aposento mejor a ver el horizonte debajo de los árboles de la casa de la Cuca. Porque no tengo el valor de increpar los nombres de mis muertos dentro ya de su casa que es la única verdad en este imaginar.
A mi padre creo que lo evoco siempre porque fue el constructor de un discurso sin violencia, a diferencia de los gritos en boca de la otra familia que encontraba en mi existencia un desahogo para sus frustraciones.
Ahora que he crecido en los años los amigos se le parecen a mi padre con su voz pausada, y es inevitable recordarlo a diario. Y ahora mis amigos me protegen y me tienden como capa sobre las piernas una tela para amainar el frío. Y sirven café para mis tripas.
En ese trance de la disyuntiva, de ir al panteón, la voz de María Dolores Pradera ronda entre los olores que emanan desde la cocina de la Cuca. Yo la veo existir otra vez y sus máscaras de cerámica me espantan la conciencia. Me río de la gente que envidia por la calle, según dice la Pradera, yo ahora envidio la muerte de mi hermana que decidió irse hace un año con una inyección que le sofocara los pulmones hasta hacerlos reventar. También ella me llama entre sueños.
Al son de una guitarra las nubes duelen menos. Y la Cuca grita impávida y espontánea, resalta la lindura de mi rostro con la boca abierta: “Ni en California te tratarán así”, y es el trapeador que ya mueve sus manos entre el susurro que acompaña otra canción.
Las nubes, cierto, vienen como arpón para regresarme la piel descalza en esos días de correr los charcos, de subir las piedras del barrio. Viene la nostalgia de una tarde de lluvia caminando el pavimento al lado de una dama que ya no es, que me grita en el recuerdo la existencia de alguna vez la felicidad.
La Cuca parte canturreando entre olores de verduras que hierven. Yo no doy más en este texto, debo agachar la pasión del sentimiento cuando me apresa el clima y su frío del recuerdo. Debo cerrar la puerta de la casa de mi padre, llenar los pulmones de mi hermana para que nazca de nuevo. Debo alzar la vista para saber que los nombres de mis amigos estarán siempre inventando motivos para la existencia. Joder.
Por si estos párrafos necesitaran un colofón, la Cuca dice que a veces se asoma al cuarto de Juan porque escucha ruido, sirve otro café y jala una silla. Por la ventana sus ojos encuentran las nubes.
Las nubes avasallan mis pupilas. Anoche soñé a mi padre en su cama sucia y lleno de alcohol en la panza. Miento si digo que estaba ebrio. Nunca se emborrachaba. Siempre tomaba.
Mi madre me ha dicho que necesita luz, que encienda una veladora. Yo me dispongo en la imaginación a tomar una escoba para limpiar su tumba. ¿Su tumba? Si sólo hay una plancha de cemento a medio terminar. Esa es su tumba. Y olvido la dirección, sólo doy a veces con ella y por inercia del recuerdo de ese instante de entrarlo en una caja en el vació del hoyo.
Las nubes se estrellan en la memoria y dibujan las palabras que mi padre pronunciaba lleno de felicidad cuando ya el chubasco inundaba el techo, el patio, los rincones de la casa.
Esta mañana después de evocar a mi padre en sueños, he llegado a la casa de la Cuca, y se apersonan los recuerdos de los camaradas muertos: el Juanito, David, Víctor Hugo. A unas cuadras de esta casa vivió el Abigael, poeta de apellido y de pasos indagando siempre la ciudad con sus naranjos en los camellones del boulevard de la opulencia.
Qué si camino hacia el norte y entro en el camposanto para ver si los muertos se levantan para disfrutar conmigo el dolor de las nubes entrando en el cuerpo. Me he dicho. Y me aposento mejor a ver el horizonte debajo de los árboles de la casa de la Cuca. Porque no tengo el valor de increpar los nombres de mis muertos dentro ya de su casa que es la única verdad en este imaginar.
A mi padre creo que lo evoco siempre porque fue el constructor de un discurso sin violencia, a diferencia de los gritos en boca de la otra familia que encontraba en mi existencia un desahogo para sus frustraciones.
Ahora que he crecido en los años los amigos se le parecen a mi padre con su voz pausada, y es inevitable recordarlo a diario. Y ahora mis amigos me protegen y me tienden como capa sobre las piernas una tela para amainar el frío. Y sirven café para mis tripas.
En ese trance de la disyuntiva, de ir al panteón, la voz de María Dolores Pradera ronda entre los olores que emanan desde la cocina de la Cuca. Yo la veo existir otra vez y sus máscaras de cerámica me espantan la conciencia. Me río de la gente que envidia por la calle, según dice la Pradera, yo ahora envidio la muerte de mi hermana que decidió irse hace un año con una inyección que le sofocara los pulmones hasta hacerlos reventar. También ella me llama entre sueños.
Al son de una guitarra las nubes duelen menos. Y la Cuca grita impávida y espontánea, resalta la lindura de mi rostro con la boca abierta: “Ni en California te tratarán así”, y es el trapeador que ya mueve sus manos entre el susurro que acompaña otra canción.
Las nubes, cierto, vienen como arpón para regresarme la piel descalza en esos días de correr los charcos, de subir las piedras del barrio. Viene la nostalgia de una tarde de lluvia caminando el pavimento al lado de una dama que ya no es, que me grita en el recuerdo la existencia de alguna vez la felicidad.
La Cuca parte canturreando entre olores de verduras que hierven. Yo no doy más en este texto, debo agachar la pasión del sentimiento cuando me apresa el clima y su frío del recuerdo. Debo cerrar la puerta de la casa de mi padre, llenar los pulmones de mi hermana para que nazca de nuevo. Debo alzar la vista para saber que los nombres de mis amigos estarán siempre inventando motivos para la existencia. Joder.
Por si estos párrafos necesitaran un colofón, la Cuca dice que a veces se asoma al cuarto de Juan porque escucha ruido, sirve otro café y jala una silla. Por la ventana sus ojos encuentran las nubes.
lunes, 9 de febrero de 2009
Paté de Fuá: nostalgia inteligente y música de corazón

Carlos Sánchez
Hermosillo, Sonora.- La plaza Alonso Vidal es un mar de concreto. Paté de Fuá una balsa en la que viaja el ritmo: lúdica propuesta de nostalgia y corazón.
Estos músicos con raíces argentinas, se presentan para cumplir el contrato con el Festival Alfonso Ortiz Tirado, y en ese tiempo nocturno de martes hay la urbanidad en las letras y un toque melancólico en la acordeón que suena como bandoneón.
El contexto es festivo; hay locales comerciales bajo estructuras metálicas y lonas que ofertan souvenirs hechos a mano, cóctel de elote, duros de harina, champurro de galleta.
En ese mar de concreto y desde esa balsa de ritmo lúdico nostálgico el vocalista y guitarra, Yayo González, narra en versos la historia de un trío amoroso entre un hombre, una mujer y un super mercado. En la calle donde el hombre vivió, en el hogar de la dama amada un Walmart se entromete en la relación.
Hay en la interpretación de esta canción un tono de aquellas canciones del cine de Chaplins. Hay sucediendo a esta historia, el drama de un tango sugerido al narrar la historia de don Serafín, ese músico perseverante que sólo cantó una canción en toda su vida.
La vigencia del vals interpretado por don Serafín encuentra el deceso ante la falta de respiración del músico. Morir juntos es sólo consecuencia.
Las historias fluyendo tienen vida y corazón, un viento apacible como música saliendo de la creación de Yayo González, el compositor, cantante, coordinador de los Patés.
Hay en esta banda la trompeta como un pincel adornando las estrofas. Llega indispensable y como remo en la balsa, el contrabajo. La nostalgia es de rigor si se habla de la acordeón haciendo bandoneón. Infaltable la batería para el estruendo paradójicamente apacible; son los timbales un gesto de caricias entre las notas. El timón radica en la guitarra y es la decisión de aferrarse en ella para llegar a buen puerto.
En Hermosillo, y como sub sede, hay un público que si bien no se puede catalogar de melómano, dice presente en estos conciertos que llegan como pausa y respiro para esas ráfagas constantes de música fútil que despliegan como consigna de no formar públicos, en las radios comerciales. Bendito FAOT.
Sones cubanos-mexicanos

carlos sánchez
Álamos, Sonora.- Bailar es también la aprobación de un ritmo que seduce. En una tarde de sábado se construye la euforia. En el escenario de la alameda el grupo Son del alma es augurio de un fin de semana para recordar, dentro de la 25 edición de Festival Alfonso Ortiz Tirado.
Se destapa un refresco ambarino en las manos del espectador que no sólo celebra el ritmo, sino la alegría que obedece a los mejores pasos de la pareja sexagenaria que enseña la coordinación del baile: el movimiento perfecto, los mejores desplantes, la vigencia de la alegría que funda la música.
Suena la trompeta en un cuasi solito acompañado por un desempeño discreto de percusiones, bajo y guitarras. Roberto Ortega es el Betín, músico que apenas rebasa el metro de estatura, y no obstante, desde sus pulmones llena de aire el instrumento: surgen notas para hospedarse en la emoción de quienes bailan o tararean con golpes de palmas sobre sus rodillas.
No hay mejor cura para el alma que una buena nota musical. El grupo Son del ídem lo refrenda. Entonces en el repertorio una y otra canción de antaño, de esas sin margen para el error: Lágrimas negras, Dos gardenias, Chan chan. Y por ahí el repertorio.
Cuenta Juan Pablo Maldonado, director musical del grupo, que esto de los sones cubanos, con arreglos muy mexicanos, surgieron como idea en un viaje que tuvo a La Habana, Cuba. De ahí entonces la necesidad de compartir lo aprendido en ese tiempo de indagar el origen y propuestas del género de marras.
Cuentan también los conocedores, que Carlos Sau, guitarrista del grupo, es la panacea interpretativa en este territorio que es Sonora, origen territorial del grupo. Argumentan también que la chispa y el ángel de Gustavo Asencio, percusionista, le viene de sus raíces en Cuba, su tierra natal. Tiene este músico la precisión para conversar con los espectadores, convocarlos y convencerlos para juntos construir la alegría. Son del alma da su concierto, los invitados bailan y cantan. El percusionista contamina de felicidad a los bailadores, los escuchas y observadores.
El bajo suena, hace vibrar el pecho. Carlos Bejarano, además de tocar dirige los destinos del grupo, afina los proyectos, pone el ojo en el siguiente espacio para ejecutar el talento, la pasión: ejercicio de la vocación para vivir de lo que se ama.
Son del alma es, pues, la perfecta interpretación de un género (los arreglos son autoría del grupo), cuya estafeta es garantía para arrancar de la mente los pendientes, las deudas e historias de crisis. Son del alma es argumento perfecto para soltar las amarras de la inhibición, y bailar, bailar… bailar con libertad. Celebrar con las palmas fue inevitable. Gratitud al trabajo que se desempeña con honestidad y alegría.
jueves, 5 de febrero de 2009
Los actos políticos empiezan realmente desde la cama

Jaime López: Negar a Dios es afirmarlo
Me quedé dormido / con la televisión prendida / con la radio prendida / lavadora prendida / licuadora prendida / con el cigarro prendido / y prendí fuego a la casa / con mis sueños lucidos / de bonzo de Bonzo.
Se quedó dormida / con mi conversación prendida / a la almohada prendida / con las luces prendidas / y las ganas prendidas / tan apagada a la orilla / que prendí fuego a la cama / mientras ella dormía / de bonzo, de bonzo.
Y me fui al cielo / poco después de aquel incendio / con el alma entre fuego / con aureola de fuego / tan aprendido por fuego / que prendí fuego en el cielo / Dios está en el infierno / de bonzo, de bonzo... (Bonzo, Jaime López, 1982).
Carlos Sánchez
Álamos, Sonora.- En la frontera de Nogales, Sonora, habita el recuerdo de una infancia que trajo como consecuencia el carácter extremo. Allí Jaime López, compositor y cantante, cronista y poeta, era un buqui trepado en el tren de carga, carnales. “… si soy un poco extremoso no es por mi culpa amor mío / desde pequeño a lo loco / voy del calor a lo frío…
Un día después de completar los cincuenta y cinco años de existencia Jaime López se presenta de nuevo en este estado donde alguna vez los tropezones en sus pies fueron contra los durmientes de la vía del ferrocarril. Viene a cantar en el Festival Alfonso Ortiz Tirado. Y en una pausa a la vista de ese paisaje de callejones y casas de arquitectura colonial, de la ciudad sede, Álamos, atiende a los (algún tiempo), colegas de la prensa. Jaime también ejerció el periodismo, según cuenta su vite.
Espigados los brazos y el cuerpo, una sonrisa desde sus labios llenando la sala para la entrevista. La conversación como preguntas y respuestas, la inquietud por la ansiedad de treparse en unos instantes más al escenario. Jaime atiende de buen humor enfundado en su inseparable jeans, y esa vestimenta informal que como religión impone una camiseta.
En su exposición hay tiempo para contar su capacidad para la tristeza, y ejemplifica: “En una ocasión hice un jingle para unos cigarros que ya no existen, y hay voy yo bien entusiasmado (a entregar el jingle), y no, me lo rechazaron, me dijeron qué cosa tan triste, no tienes algo más alegre, y dije, es lo más alegre que he hecho. No se me da la alegría”.
Jaime López es la paradoja en algunas de sus letras contrastando con el ritmo de su música. La alegría se desborda en la guitarra, la armónica, y es la nostalgia un alud dentro de los versos.
Hablar de los tecnicismos en materia de composición es respuesta ante la interrogante. Dice Jaime López que “el compositor es el que hace la música, autor es el que hace la letra, eso es formalmente, a mí lo de cantautor se me hace una cacofonía… soy un lector y la literatura me ha enseñado más que la propia música, uno como letrista es músico, uno trabaja la letra desde la óptica o perspectiva musical.
“Si la literatura me enseñó mucho de música, el inglés me enseñó mucho de mi idioma musicalmente. La labor de un letrista es de un músico, no es un poeta. Una vez en broma, y casi me linchan, en una convención de poeta a la que me invitaron como mariachi, un colega de prensa preguntó: usted es poeta también, yo dije: no, yo sí trabajo. Esa es la diferencia entre letristas y poetas, y espero que no haya un poeta en la sala”.
Poetas no había en la sala, la risa un estruendo entre las paredes, sí.
En el paso del tiempo la formación de la infancia rebota en las obsesiones del artista. La religión inevitable, sería como hablar del sistema político mexicano y omitir la corrupción.
En el repertorio de Jaime López un cuento surrealista está hecho canción. No me podría morir sin tener tu respuesta ante la pregunta, le confieso al esperar turno para poder lanzar la interrogante. Después de otros comentarios, más risas, polémica sobre vicisitudes y netas, el turno para levantar la voz llega. ¿Cómo nace la canción Bonzo? Jaime López da un grito como aprobando la pregunta, y es la respuesta una emoción constante.
“Es una larga historia. Yo no sé si nací naturalmente incrédulo, ateo o qué, no sé si leí el evangelio según san mateo, pero independientemente de que nací en la frontera donde no está muy regulada la religión, la política y demás, vengo de una familia que sí es sumamente católica, realmente nunca tuvimos una disciplina católica, pero sí costumbres porque en México hasta los ateos son católicos.
“Mi primera gran blasfemia la dije como a los cinco años de edad, yo oía siempre a mi mamá, cuando me pasaba algo, decir ya vez te castigó Dios y lo único que logró es que yo odiara más a Dios. Las figuras mesiánicas no me atraen, con pasamontañas o sin pasamontañas, con coronas de espina o sin ellas. Un día que mi madre me dijo Dios te castigó yo voltee al cielo y dije, pos chinga a tu madre pinche Dios. Mi amá se quedó así como qué onda ese, de ahí salió Qué onda ese (la canción). Mi mamá irónicamente se llama Ángela, y tuvo siete hijos, y creo que puros hombres, aunque todavía no me consta, y mi mamá tuvo la fama de tener a puro ateo y aunque no nos pusimos de acuerdo ninguno de mis hermanos cree en Dios.
“Alguna vez fui adolescente, alguna vez fui mamón, y no se me ha quitado, pues ahí fue cuando más duro me dio el ateismo, hasta que una vez me relajé, gracias a mi madre y que tuve estudios filosóficos en la prepa con don Pedro Chávez, y a partir de allí me dije, bueno, por una elemental dialéctica, negar a Dios es afirmarlo, no hay nada peor que ser ateo porque estás afirmando a Dios, entonces después de pensar tanto en esas cosas inútiles, pasó mucho más tiempo hasta que creo que en Bonzo quedaron resuelto los problemas de creer o no creer, al final de cuentas vienes de la descomposición para ir a la composición, la cosa es no pararse en el proceso, uno empieza componiendo porque descompone y al final de cuentas yo no quiero creer en Dios, quiero que Dios crea en mí, si es que existe.
“Cuando llegué a Bonzo fue como alrededor de los veinticinco años, yo estaba muy clavado con una mujer que me llevaba muchos años, ahí fue cuando hice el papel de graduado, y fue una relación muy intensa y no quiero entrar en detalles porque todavía vive, ahora es mi abuela, y había cuestiones que discutíamos para bien, además no hay cosa más chingona que coger y hacer un parlamento en la cama: los actos políticos empiezan realmente desde la cama, entonces era una gran discusión sobre Dios, el partido comunista y demás, entonces yo en ese tiempo hice sin proponerme eso que llaman trilogía con Adiós a los dioses, Mano del mando, y Bonzo. Una planteaba más la cuestión de la religión como poder político, metafóricamente, pero curiosamente Bonzo salió así de tas, yo creo que todavía es una canción imperfecta, pero es irónica porque en el trabajo del letrista una rima innecesaria echa a perder todo, se nota cuando nada más es una rima y no le crees a alguien (al compositor), en Bonzo no hay problema porque tiene un sentido diferente en lo que está antes de la rima, este fue el acto más racional que pude haber tenido y que es de estilo, pero el contenido que al final de cuentas es el resultado de la forma y siempre creo más en ese proceso, en la forma. Con Bonzo me exorcizo en los problemas de creer o no, desde entonces estoy en paz con Dios y conmigo. Ahora puedo presumir que no me importa si hay más allá, si hay Dios o no, el problema es si yo existo o no”.
En la alameda: tararear, bailar
Después con tacuche y tando, la alameda en el corazón de Álamos tuvo como cereza del pastel el canto de Jaime López: trova-rock. El sentimiento y la urbanidad. Historias de camioneros y un grito solicitando el destierro de la historia en: Sácalo.
Aprovechar el trabajo y la diversión. Los ñeros con jorongo y huarache, dos de ellos, (venidos del sur del país en plan de empleo), con el pelo despreocupado, una cerveza corona como arma, entonaron las rolas del ese, el chilango bando.
La armónica ahora en vivo y un estruendo entrando en los cuerpos. La lira exacta y la voz en su manipulación llenaron incluso los árboles en derredor. Si señores, la banda sono-sinaloense calló para otorgar el paso a las rolas del nativo de Matamoros, Tamaulipas, ese delgado caballero que en la muñeca de su mano derecha tiene tatuado en una tira de tela el nombre de su ciudad.
La raza, fan o no, en el empeño de la alegría moviendo los cuerpos. No ha falta el contenido de las letras al pie de la letra. Tararear y bailar.
Fueron poco más de sesenta minutos, fueron más de diez rolas, fue un coro cuasi generalizado que detuvo al bate de la guitarra para que no abandonara el escenario antes de echarse otra. Complació y convenció. Un salud para los colegas de la prensa. Antes de partir, lo inevitable, la rola del tema previo al concierto: Bonzo. La emoción que se desborda.
lunes, 2 de febrero de 2009
Vallejo contra la Iglesia
"La Iglesia Católica nos puso la venda de la moral a todos al momento de nacer. Yo logré quitármela y por eso denuncio todo la hipocresía que la rodea. Detrás de las grandes masacres de la historia de la humanidad están los papas y demás jerarcas de la Iglesia", señaló Vallejo, otro de los asistentes al Hay Festival durante una entrevista con la agencia AFP.
El escritor, que regresó a este balneario del Caribe después de 37 años, disertó la noche del sábado sobre 'Los crímenes del cristianismo', en una conferencia que produjo polémica e hizo que muchos de los asistentes al Teatro Heredia se levantaran y marcharan del lugar, como protesta a sus polémicos dichos.
Según Vallejo, el criticar a la Iglesia Católica y a sus jerarcas le ha llevado a investigar a profundidad la historia donde, dijo, "he encontrado que a los seres más extravagantes, patéticos, llenos de defectos y macabros los nombran sumos pontífices".
"Miren al llamado Juan Pablo II, nos pidió perdón por los crímenes de su Iglesia pero él mismo no fue capaz de explicar por qué la Iglesia que representa siempre fue complaciente con el régimen Nazi y vivió feliz con las limosnas que los genocidas alemanes seguían donando", disparó entre otros dardos.
El escritor, que regresó a este balneario del Caribe después de 37 años, disertó la noche del sábado sobre 'Los crímenes del cristianismo', en una conferencia que produjo polémica e hizo que muchos de los asistentes al Teatro Heredia se levantaran y marcharan del lugar, como protesta a sus polémicos dichos.
Según Vallejo, el criticar a la Iglesia Católica y a sus jerarcas le ha llevado a investigar a profundidad la historia donde, dijo, "he encontrado que a los seres más extravagantes, patéticos, llenos de defectos y macabros los nombran sumos pontífices".
"Miren al llamado Juan Pablo II, nos pidió perdón por los crímenes de su Iglesia pero él mismo no fue capaz de explicar por qué la Iglesia que representa siempre fue complaciente con el régimen Nazi y vivió feliz con las limosnas que los genocidas alemanes seguían donando", disparó entre otros dardos.
domingo, 1 de febrero de 2009
Cuba, un país con ángel y futuro inevitable
Polito Ibáñez conversa sobre su formación como músico, su familia y su infancia en el batey
Carlos Sánchez
Polito Ibáñez se recuerda en la infancia mirando un charco de agua. Observa también en ese tiempo las piedras en sus manos intentando derribar una tojosa entorno a un batey que significa comunidad campesina asentada en La Habana, Cuba.
Polito ahora vive de cantar. Y en este viaje a México que también es Sonora y con motivo de celebración de la 25 edición del Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT), el cantante regresa en la memoria a esos días de infancia, cuenta también su formación y consecuencia de ésta los temas de creación.
En un cuarto de hotel Polito habla con fruición, las palabras son un gozo y crece la alegría en la mirada cuando se toca en una pregunta el origen de su llegada a la música.
A la música no se llega ni de manera profesional, ni como aficionado, -argumenta el cantante cubano-, simplemente se llega, después se decide cómo se toma el camino. Yo llegué a la música de manera casual. Vengo de una familia campesina, de un batey, palabra indígena cubana que es una especie de lugar en la selva donde se reúne una comunidad.
Mi padre tenía un grupo musical, un sexteto que hacía música tradicional de todos los tiempos. Él intentó desde muy pequeño enseñarme a tocar la guitarra y el tres, pero a mí realmente no me interesaba, yo quería estudiar oceanología, desde niño estaba obsesionado en el mar, pero fue a los trece años que conocí a Pepe Salas, en la secundaria, y él cambió mi vida porque cantaba canciones románticas y enamoraba a las muchachas, entonces fue así que me acerqué a la guitarra, le pedí a mi padre que me enseñara a tocar para enamorar a las muchachas.
Vale la pena comentar que luego yo cantaba a otros autores, hasta que realmente vine a estudiar al Instituto Superior de Arte la carrera de actuación, de donde me gradué, y ahí ya me impliqué más en el mundo de la canción inteligente, de esto que viene a ser la nueva trova, y fue que Polito Ibáñez fue conquistando algunos espacios: este pequeño teatro de La Habana, algunas peñas que se hacían fundamentalmente en los museos, en algunos lugares emblemáticos de la ciudad, como es por ejemplo el Museo Nacional de Bellas Artes, o el Museo de Artes Decorativas, y empecé a hacer un movimiento en la década de los 80 y que implicó mucho, en el campo socialista, en el derrumbamiento del muro de Berlín. Polito Ibáñez fue haciendo esa trayectoria hasta que llegó el 30 de junio del 91 a hacer un gran concierto, (el más importante de mi vida) en el Teatro Mella, un concierto de gran intensidad y mucha tensión porque era un momento histórico de Cuba muy tenso.
--Un recuento de lo que es Cuba en la memoria, la ideología de Polito. El músico fluye en la conversación mientras la luz de una ventana es el saludo de una tarde esperando caer.
De Cuba no se habla nunca de su capacidad de sobreponerse a los momentos históricos y cómo tiene en su magia y destino siempre un paso y un salto especial y singular en la historia, porque fue el primero en América latina en tener telégrafo, el tren, es un país muy próspero en el sentido capitalista que lo era hasta el 59, y después fue un país próspero en otras características y otro sentido. Siempre creo que si algo de Cuba se puede hablar y que no se dice todos los días, es que el ángel que tiene, la aureola que la cubre, lo hace ser un país especial y de futuro inevitable.
Familia y formación
Mi familia es muy humilde y nació, como decía, en un campo. Tiene su sentido de moral extremo, al menos en mis padres. Éstos consideran una familia con un concepto moral arraigado donde es muy importante que mis hermanas se casaran sin haber tenido relaciones sexuales, estas cosas que definen un poco la moral a lo occidental y que realmente tiene algo de sano e importante porque las personas llegan a un estado de madurez sin haber violentado ciertos procesos.
Ese sentido de la moral y la dignidad, el respeto a la persona, al amigo, al hermano, a la esposa del amigo, al compañero, al vecino, ese respeto me creó una escala de valores sólida, y creo que está arraigada en mi personalidad y ha sido decisiva en la cuestión de arrojar ciertos valores en mis canciones a la hora de componer; cuando me comprometo con temas sociales o cualquier cosa, lo que está ocurriendo realmente es que está saliendo el Polito del batey con su naturaleza conceptual, soy muy poco dado a quebrar las reglas, me encanta que confíen de mi persona, practico eso, lo ejercito, más allá de la tentación de que la vida siempre está invitando a no ser amigo, a traicionar, ese tipo de cosas yo las conservo y creo que tiene mucho qué ver con la familia, donde pueden ocurrir cosas que rayan en el tabú, como que nunca he visto a una de mis hermanas desnudas, ni en ropa interior, estas cosas que resultan a veces extremas pero que te definen porque si no, no te vas a dar cuenta hasta donde fuimos una familia ortodoxa, clásica, bien educada y entrenada en el respeto a las personas y a sí mismo.
--Polito Ibáñez en su conversación revive los años de infancia y adolescencia, de formarse en la ternura natural de una casa de madera y las sorpresas de cambio de vida al arribar a un barrio.
En este batey yo estuve hasta las cinco años, y me recuerdo tratando de matar tojosas con una piedra (tojosa es una palomita pequeña), me recuerdo mirando el agua en una charca de un río pequeño al lado de la casa nuestra que era de madera de palma y que tenía el techo de guano y piso de tierra que se baldeaba con la ceniza del carbón y que eso hacía que se pusiera como cemento y eso implicaba que la madre se esmeraba siempre para tener el espacio impoluto.
Me crié en ese espacio hasta los cinco años, después fui a vivir a un pueblo donde me crié en un barrio letal, difícil, donde ocurrieron cosas tan simples como por ejemplo que Luis le dio un arponazo a su padre y lo mató. Un barrio hostil, complicado, donde pude sobrevivir. Me crié entre gente violenta, con carácter de delincuente, pero elegí estudiar y así salir adelante, no obstante el ambiente.
Siempre me caracterizó una nobleza y una especie de distancia de todas las cosas que consideraba malas y a mí no me gustaba hacerle maldad a la gente.
Creo que ese ambiente infantil primero en el campo, en el río, con la tojosa, y después con este barrio donde los chicos se tiraban lanzas y se hacían heridas, esta combinación hizo mis ángeles y demonios, no creo que yo sea una combinación de ángeles y demonios perfectos porque sería un genio, pero hasta donde yo he podido y he sacado como artista, creo que tienen qué ver con esa combinación de ángeles de un campo y demonios de un barrio donde había delincuencia.
La creación sobre temas sociales y el amor
Soy un enamorado de las cosas. He tenido siete relaciones de muchos años, me encanta tener relaciones bien, no soy un hombre que cambie constantemente de pareja, no me gustan. En cada una de esas parejas he sido feliz y he sufrido desengaños, eso te hace madurar desde el punto de vista de la perspectiva de lo que significa el amor, de lo que puede ser bueno o malo, también te enseña a que todo lo que ocurre en el amor es casi siempre bueno, aunque te hayan golpeado es bueno porque sientes, porque sufres, porque vibras, porque te hace sentir una persona con pasión, y es difícil pasarse la vida entera huyéndole al amor o al miedo que provoca enamorarse y que no te sean fiel, creo que esto te hace de una susceptibilidad tremenda en la vida porque uno experimenta la belleza de haber estado enamorado.
Creo que el desamor también enseña, he estado digamos en relaciones en las que de antemano sé que no pasará nada, y eso me ha provocado componer una canción. Me considero un autor que puede combinar estas dos cosas. De hecho compongo más la canción social que la canción de amor, pero he podido combinarlas sin sentir un canto romántico, he compuesto estas canciones: Como a mujeres, Dudas como espejo, Evocaciones. En ésta última le canto a la virgen de la caridad y la gente cree que es de amor, pero son a deidades.
Creo que hay un Polito Ibáñez que tiene una mirilla en su escopeta que le lanza fuego lo mismo al espectro social que significa como el blanco donde quiero dar y al corazón de los seres humanos que es en este caso el amor y donde también quiero dar.
--¿Qué significa, para ti, la existencia de FAOT?
Una oportunidad tremenda de venir, primero, con independencia de algunos detalles, extremadamente organizado. Me he sentido bien, la vez pasada y ahora. Todo aquí fluye y esto me hace sentirme un artista atendido, más que un artista importante. Creo que lo he asumido con humildad, porque soy humilde, aunque es complicado hablar de uno mismo, pero siento que soy así.
FAOT me ha tratado bien, y las personas que organizan este evento son muy respetables con los artistas y han organizado un evento, que yo sé que pudiera ser mejor, pero donde la experiencia mía y un grupo de músicos que traje el año pasado y otro grupo que traje ahora, me dice que hay una atención al proyecto, y que es un proyecto, aunque yo no venga nunca más, que debiera continuar por los artistas de este mundo, que tengan la oportunidad de venir.
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