domingo, 15 de marzo de 2009

El mayor desafío al Abismo


Philippe Petit cometió un crimen de belleza sublime en 1974 al caminar por un cable de acero entre las Torres Gemelas de Nueva York. Un documental ganador del Oscar narra sus hazañas. Conversamos con el hombre que sueña con alcanzar las nubes.

por Barbara Célis / El país

Hay poetas que no utilizan la palabra. Prefieren las nubes. Y además, sonríen cuando se acercan a ellas. El francés Philippe Petit escribió la poesía más arriesgada del funambulismo un 7 de agosto de 1974, al colocar ilegalmente un cable de acero entre las Torres Gemelas de Nueva York y caminar entre los 43 metros que separaban los dos edificios durante casi una hora. Realizó ocho viajes a través del cielo, con los que desafió las leyes de la naturaleza y embrujó al planeta entero. “Me sentía como un explorador en un mundo diferente. Ningún ser humano había caminado sobre aquel vacío, así que para mí era como descubrir un nuevo continente. Me emocionó la belleza y la simplicidad de aquel acto, aunque no llegué a llorar. Un funambulista necesita sus ojos nítidos cuando está en el aire”. Pero sí sonrió, extasiado. Lo dicen las fotografías que tomó su amigo Jean Louis Blondeau, uno de los cómplices que hicieron posible aquel acto extraordinario que Petit aún califica a través del teléfono como “artístico-criminal”.
Son las únicas pruebas que existen de que estuvo allí arriba, puesto que sus co-conspiradores no pudieron grabar el golpe: la policía apareció antes de lo previsto y abortó la filmación.“Quedan las fotos y las historias orales de las miles de personas que, desde abajo, asistieron al espectáculo de ver a un hombre caminar por el cielo como si fuera un pájaro. En aquel momento me enfurecí, pero hoy me alegro. Soy un poeta y creo que es más bonito así, sin imágenes en movimiento, lo convierte en algo más legendario, como un cuento”.
A punto de cumplir 60 años, este mago, escritor, malabarista, emperador del equilibrio y, sobre todo, autor de lo que el escritor Paul Auster definió como “un regalo a Nueva York de asombrosa e indeleble belleza”, habla desde su escondite en un pueblo cercano al mítico Woodstock (al norte de Nueva York). Acaba de regresar de Los Ángeles, donde el pasado 22 de febrero hizo equilibrismos sobre el escenario del Teatro Kodak con el Oscar al Mejor Documental del año, Man on wire, del que es protagonista. Así bautizó la policía neoyorquina el crimen perpetrado por Petit, quien decidió aceptar en 2006 la propuesta del director británico James Marsh de transformar aquella persecución de la utopía en un documental que Robert Zemeckis planea ahora transformar en una película de ficción.
Basado en parte en el libro Alcanzar las nubes (Alpha Decay), escrito por Petit en 2002, el documental funciona casi como un thriller en el que el propio artista y sus cómplices (ex novia y amigos) narran cómo trabajaron durante seis años para hacer realidad el sueño de un visionario que se enamoró de las Torres Gemelas cuando aún eran sólo un proyecto. Petit vio en 1968 un boceto en una revista. Cerró los ojos y las unió instintivamente con una línea de bolígrafo. Quizá si no se hubiera encontrado casualmente con aquella imagen en la sala de espera de un dentista de París, hoy sería Funámbulo, el torero. “Ése hubiera sido mi nombre artístico. Torear era mi otra gran pasión. Empecé a hacerlo de adolescente, y a los 18 años viajé por España y Francia con dos toreros franceses con los que hacía de mozo de espada. Al mismo tiempo empecé a probar las alturas. Se me daba muy bien y me fui entregando a ellas”. Uno de sus sueños incumplidos es unir ambas pasiones: dibujar una línea sobre el cielo de una plaza de toros española y caminar sobre ella. Incluso inventó un paso, el torero, que, por supuesto, también practicó sobre el World Trade Center.
Antes de conquistar ilegalmente el cielo de Nueva York, se paseó por encima de Notre Dame, en París, y sobre la Ópera de Sidney. Y tras viajar por primera vez a la Gran Manzana en enero de 1974, puso en marcha un plan semicriminal que jamás se hubiera materializado sin los amigos que creyeron en su sueño (o en un mundo pos 11-S, obsesionado con la seguridad). Estudiaron planos, falsificaron identidades, introdujeron ilegalmente en las torres cajas y cajas de materiales y llegaron hasta sus azoteas. Pasaron toda la noche colocando y tensando el cable, hasta que llegó el momento de que Petit diera el primer paso sobre un vacío de 417 metros de altura.
“Nunca tuve miedo. No puedes tener miedo. Yo sólo lo siento cuando el espectáculo ha terminado. Una vez que avancé un poco, sentí una inmensa alegría de estar allí. Uno de los momentos más bellos fue cuando me tumbé mirando al cielo y vi una gaviota que se acercaba a curiosear. Mantuve un diálogo silencioso con ella, hasta que se fue. Hablé con todos los dioses, aunque no soy religioso. Cuando estoy ahí arriba, mis sentidos se agudizan. Soy como un animal salvaje que tiene su vida en sus manos y tiene que preservarla. Recuerdo una sinfonía de sonidos: la gente moverse y hablar a los pies de las torres, mi corazón latiendo fuerte, el sonido de mis pies sobre el cable de acero, el ruido que hacían las torres al ser balanceadas por el viento…”. Escuchar a Petit con su fuerte acento francés es como inyectarse una sobredosis de amor por la vida. Aunque su pasión, el funambulismo, esté inextricablemente unida al coqueteo con la muerte. “Es una asociación errónea; para caminar por ese cable hay que estar enamorado de la vida. Reproduces el milagro de vivir. Eso es lo que te empuja a pensar cada paso”.
Pero ¿qué le empujó entonces y qué le empuja todavía a abandonar tierra firme para convertirse en “un ser aéreo” que ha realizado más de 75 espectáculos en las nubes y aún sueña con cruzar el Cañón del Colorado? “Desde niño odié que me dieran órdenes. Aprendí a subirme a los árboles. Quería actuar en el circo, pero ninguno me admitió. El funambulismo fue una evolución natural. Hay una parte de mí que no quiere estar en la tierra. Me gusta volar sobre ella, mirarla desde arriba, ser inalcanzable. Además, después de haber sido arrestado más de 500 veces, es el único lugar donde la policía no pudo tocarme”.
Practicar mimo, magia o malabares en la calle, cosa que aún hoy hace por sorpresa en Nueva York, ha sido la causa de esos arrestos. Tras permanecer 45 minutos en el aire, también le detuvieron en las Torres Gemelas. Pero la presión popular obligó a liberarlo con la única penalización de hacer un espectáculo para los niños neoyorquinos. Petit se convirtió en héroe, se instaló en Manhattan, le llovieron propuestas para colaborar con artistas como Baryshnikov o Milos Forman… No aceptó venderse. “Un hombre en el cielo es un milagro, y esa sensación de que puedes cambiar tu vida, de que lo imposible puede ocurrir, dejaría de ser bello si se utilizara para vender un producto”.
Con su osadía catapultó al estrellato dos torres que entonces todos despreciaban en Nueva York. Las convirtió en uno de los símbolos de una ciudad que ha encontrado en Man on wire un elegante tributo: el filme evita mencionar el desastre del 11-S. Petit se niega a explicar lo que sintió cuando una vecina le llamó para decirle que se acercara a su televisor (él nunca ha tenido) para ver lo que estaba ocurriendo aquel trágico día. “Miré al cielo, era una mañana azul y soleada. Supe que no era un accidente. Pero demasiada gente perdió la vida para que yo hable de mis sentimientos personales. Además, es fácil imaginárselo, en mi corazón las Torres Gemelas estaban vivas”.
El documental ‘Man on wire’, ganador del Oscar, se estrena en España el próximo 18 de marzo.

Morales entrega a los indígenas la tierra que confiscó a terratenientes extranjeros


Amparado en la Constitución recientemente reformada, el presidente Evo Morales ha iniciado la reforma agraria, que, según explicó, "pondrá fin al latifundismo en Bolivia"

Tomado de El país

El presidente boliviano Evo Morales ha entregado este sábado 34 títulos de propiedad de tierras a pobres indígenas guaraníes beneficiados con la expropiación estatal de campos de ricos terratenientes -propietarios de extensiones mayores a 5.000 hectáreas-. La política contra los latifundios está amparada en la nueva Constitución, aprobada por referendo en enero de este año. Morales ha distribuido alrededor de 38.000 hectáreas que pertenecían a cinco grandes estancieros extranjeros. Los propietarios fueron acusados de emplear a trabajadores en condiciones de semi esclavitud.
Miles de guaraníes asistieron al acto de entrega de las tierras en la localidad
boliviana de Santa Cruz. La concentración tuvo lugar a apenas 100 metros de distancia de una de las fincas expropiadas. Los títulos de propiedad que recibieron las familias indígenas no las habilitan para entrar a ocupar la tierra porque está pendiente de resolución la demanda que los terratenientes expropiados interpusieron ante los tribunales.
"La propiedad privada siempre será respetada, pero queremos que la gente que no está interesada en la igualdad cambie su mentalidad y se concentre más en las necesidades del país que en el dinero", ha expresado Morales en el discurso que pronunció antes de repartir los títulos. Entre los afectados por la política de distribución de tierras está el ganadero Ronald Larsen, que se ha convertido en uno de los principales opositores a la reforma agraria. Larsen y los otros cuatro estancieros han amenazado con bloquear la entrada de los indígenas a las tierras.
"Hoy comenzamos a poner fin al latifundismo en Bolivia", ha anunciado Morales. La transferencia de los campos ocurre seis semanas después de que el presidente aymara celebrase la adopción de una nueva Constitución socialista, que da más poder a la mayoría indígena, autoriza la reelección del presidente y asigna más facultades al Poder Ejecutivo para intervenir en la economía. La Constitución también limita la extensión de los campos, que no podrán superar las 5.000 hectáreas, y establece que la actividad agrícola y ganadera debe cumplir ciertas funciones económicas y sociales.
"Estas tierras no eran improductivas sino que en ellas se producían violaciones a los derechos humanos de los guaraníes, que, a partir de ahora, serán sus nuevos dueños", ha declarado el presidente boliviano. Morales, líder cocacalero, es el primer presidente indígena (lleva tres años en el poder). El mandatario es especialmente popular entre la población más pobre y los grupos indígenas aymara, quechua y guaraní que sufrieron siglos de discriminación en el país más pobre de Sudamérica.

sábado, 14 de marzo de 2009

Cuaderno de un reportero cultural


¿Qué pasa con la labor del reportero cultural hoy, ante un “Estado patrocinador” que impulsa proyectos culturales de poca calidad y destina gran parte de su presupuesto a la burocracia?

por Braulio Peralta/tomado de suplemento Laberinto, de Milenio

Pocos recordarán un filme de los 90, Cita con Venus, cuyo argumento planteaba el encuentro entre los, supuestamente, mejores cantantes, hombres y mujeres del mundo de la ópera, en París, para representar Tannhäuser. No era una película de buena factura según la crítica de cine, pero las dificultades que la trama muestra para montar la obra de Wagner, por los problemas sindicales, de divismo, de comunicación y de ausencia de amor por el arte, entre otras cosas, no está muy lejos de lo que sucede en nuestro país entre los artistas, el Estado e incluso las universidades, patrocinadores de las artes sin más interés, se dice, que brindar cultura a los mexicanos.

Del hedor de descomposición que prevalece en el ámbito del Estado patrocinador de la cultura y el de los artistas y sus intelectuales, hay una corresponsabilidad tan grande que, todo indica, parece no tener fin. México cuenta con instituciones culturales de una infraestructura laboral que absorbe poco más del 60 por ciento del presupuesto anual asignado, dinero que tendría que invertirse en apoyo a los creadores de arte para que éstos generen, precisamente, obras artísticas, y que no obstante se destina a funcionarios y trabajadores del ramo. Salarios para sindicalizados. El resto del presupuesto es para los artistas e intelectuales de este país. (Nada tengo contra los trabajadores. Pero sí cuestiono el mal endémico de la burocracia en un país que no supo crecer adecuadamente, convirtiendo a sus trabajadores de la esfera cultural en la trampa para un enjambre por su envenenada ineficiencia, prepotencia y en no pocos casos su arribismo y saña, tal como lo describe a la perfección Gogol en el cuento El capote.)
El Estado, que funge como mecenas de la cultura, sostiene en realidad un aparato burocrático que mantiene más de mil espacios culturales públicos con escasa presencia de los artistas en sus foros. El recuento ya lo hizo muy bien Héctor González en estas mismas páginas de Laberinto, lo mismo que Juan Domingo Argüelles en un tenor similar. No me detendré en ello. Es muy fácil echar culpas por doquier sin encontrar las propias. Lo que siga corresponde a los funcionarios en turno y, sin duda, al trabajo digno, ético que hagan los medios de comunicación como intermediarios de esas políticas gubernamentales; que no se conviertan en simples voceros, sin cuestionamientos de ninguna especie. Hubo un tiempo en que el trabajo del reportero cultural era un oficio digno, sin boletines de prensa. No se trata de vomitar declaraciones y discursos de buenos principios, y publicarlos, sino de sugerir cambios, cuando se amerite, sobre las formas de producción cultural. El reportero de cultura tiene que investigar esos fondos y sus usos. Es un trabajo necesario. La descomposición no está para bombo y platillos.
A mi parecer, un artista, un escritor, un creador escoge el oficio por gusto, más allá de lo que determine el destino de sus obras, más incluso del éxito que pueda tener un hombre o mujer que se dedica a la creación. ¿Cuántas obras de arte dejan de existir a causa de que un artista se ve forzado a entrar en las rebatingas por las becas de las instituciones culturales? Por sí mismas las rebantingas son insostenibles desde cualquier punto de vista. ¿Bajo qué criterios se dan las becas, a quiénes y por qué?; ¿quién decide quién las otorga? ¿Un jurado que no siempre es justo en sus apreciaciones, que tiene intereses de grupo, que forma parte de una generación? Menudo problema tienen las instituciones culturales para ser árbitros de semejante dilema. No estoy en contra de que se otorguen becas pero sí de los procedimientos. Hay pruebas irrefutables de jurados que concedieron a sus amigos el dinero del Estado preservado para la creación. No hay criterios plenamente artísticos sino de connivencias. Y los nombres de los beneficiarios de estos procederes son secreto a voz en cuello. Es necesario que el Estado administre este malestar de la cultura donde los artistas pueden hacer lo que quieran con su obra pero no con el dinero de los impuestos de los mexicanos. Porque son los propios artistas e intelectuales los que han cometido estas anomalías. No el Estado. El Estado les ha permitido actuar de manera disipada, sin trabas. Sin razón el Estado se lava las manos. Hay becados que ya parecen vitalicios, sin que hayan experimentado ningún reconocimiento por parte del público, ni sus obras de un tiempo mínimo necesario. No menciono nombres, tan conocidos en el medio, y ni siquiera en investidura de fantasmas ante el público que los patrocina con sus impuestos.
Pero no sólo ocurre en la esfera de la cultura gubernamental. También en las universidades se cuecen habas de mala manera. Vean si no el elefante recién inaugurado en el Centro Cultural Universitario de la UNAM: el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, MUAC. Desde que empezaron a cobrar por entrar disminuyó enormemente el número de visitantes que, se presumía, eran muchos cuando la entrada era gratis. El MUAC, ya se ha denunciado bastante, es inoperable, objetable, vacío de contenido (como lo es el Centro Nacional de las Artes convertidos ahora sus espacios más hermosos en oficinas burocráticas, o la propia Biblioteca Vasconcelos, sólo por mencionar los casos últimos de dudosa reputación). Nadie entiende en qué se gastaron tanto dinero. Y no hay manera de saberlo salvo que las autoridades universitarias abran la caja de Pandora que tienen en sus arcas. Se dijo por ahí que iba a exigírsele al MUAC una auditoría por el costo de la adquisición de obra que se llevó a ese museíto. Nadie sabe por qué se detuvo. Hablo de la máxima casa de estudios. Imagínense cómo estará el resto de las universidades. Hablo de los impuestos de los mexicanos, a los que nadie rinde cuentas, salvo el pretexto anual del informe presidencial.
Recordaba las memorias de Voltaire sobre su tiempo: “malos libros impresos con aprobación y privilegio del rey”. Como aquí, que no en París, pensaba. Un ejemplo: la literatura. Las editoriales que no viven de las ventas de libros sino del presupuesto estatal sólo piensan en cómo emplear el fondo que se les concede, sin pensar siquiera en un remanente para devolver aunque sea un piquito al erario nacional. Que el Estado o las universidades publiquen a autores que ya dieron claras muestras de que nada tendrían que hacer en la literatura y siguen publicando ahí porque nadie lo haría en otra parte, pues quiere decir que algo no está bien del todo, ¿o no? Peor si esa editorial no tiene una cadena de distribución de libros cuya mayoría queda en bodegas exclusivas como si fueran reservas de papel inútil hasta el confín de los tiempos. La UNAM es un ejemplo ya reporteado innumerables veces. Los autores mismos se encargan de decirlo en las entrevistas motivadas por la publicación de sus libros en la UNAM: que no circulan.
Otro ejemplo de dispendio es la colección La Centena, dedicada “a recuperar esas obras significativas y a valorar a sus autores”, que desde su concepción ha sido un fracaso rotundo —la bodega oficial está saturada de miles de esos libros de autores que ya habían agotado su ciclo en sus ediciones originales—, o sea, un presupuesto destinado a la basura por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Conaculta de “Hacia un país de lectores”. Podría uno salvar de esos títulos apenas un diez por ciento quizá del total de autores publicados. No se comprende el criterio de la selección que más bien parece un comodato de nombres y generaciones que una selección rigurosa de lo prestigiado y sus nuevas tendencias. No es nada personal, aclaro. Es una defensa de los impuestos.
Un ejemplo más: la colección de Periodismo Cultural: obsoleta y sin criterio definido. Conste: asumo que caí en el defecto de verme publicado allí. Recibí 10 mil pesos y 100 ejemplares como pago. Habrá que redefinir las causas y los efectos de esa colección. Una editorial debería tener proyecto, ideas y metas. La colección ha sido manejada según el funcionario en turno, y de forma discrecional, sin explicación pública de los cometidos y alcances. Ahí tendría que estar lo mejor del periodismo cultural. No es el caso. Asumamos la autocrítica para que no se diga que nada más somos simples golpeadores de café. Un ejemplo contrario y bien definido es la colección de teatro que realiza Ediciones El Milagro en coedición con el Conaculta. Libros de impecable factura. Proyecto, ideas y meta. El Milagro tiene un gusto exquisito. Ahora necesitaría expandir su comercialización. Acaso el camino de la edición esté mejor sustentada por el de las coediciones, siempre y cuando haya pluralidad en el otorgamiento de los recursos. Se sabe cómo se le quiere, por ejemplo, a editoriales que se dicen independientes. Qué fácil es sobrevivir bajo la protección estatal. Es notoria la concesión discrecional de esas coediciones a los amigos de casa, contra otras editoriales —no comerciales— que quedan fuera del presupuesto. Eso tiene que cambiar.
Los impuestos dedicados a la cultura me parece que deben tener una transparencia (de la que tanto se habla), sin exceptuar ningún renglón administrativo. Nuestro país es un caso extraño: en el medio cultural son constantes las quejas de artistas e intelectuales que sin embargo son atendidos a cuerpo de rey a pesar de su escaso talento. No hay remedio. La mediocridad es un pozo de frustraciones. Un ego robusto que con la edad se acerba, ahoga y mata. Conozco la frase: “le dimos la beca porque está enfermo” o “ya está viejo, va a morir pronto”, o simplemente: “fue dedazo”. Todos nos hacemos oquis. Nadie quiere ver esa realidad. Como el otro pretexto es el hecho de que “es muy joven”, “que haga méritos”, “no tiene la suficiente trayectoria”, “quizá el año siguiente”.
No es tan fácil ser sincero en materia de cultura. Porque además lo que se diga tendrá siempre el enfoque de lo incierto, aquello que uno cree pero no todos piensan igual. Aunque si has tenido la oportunidad de cubrir los medios culturales, digamos, alrededor de 30 años, hay algunas pistas de las cuales puede uno fiarse. He visto pasar generaciones de escritores, por ejemplo, que fueron importantes en su momento y hoy a nadie interesan. Recuerdo un título de nota en el diario El Nacional donde una escritora señalaba que no ganar el Nobel no le quitaba el sueño. Una fortuna porque querrá decir que hoy duerme tranquila, pues todo indica que no lo ganará. ¡Se dicen tantas cosas!... Pero la gente olvida. No hace mucho un bieninformado declaró en un programa televisivo que un escritor mexicano, amigo suyo por cierto, debiera ganar el Nobel dentro de algunos años. Lo dijo como si nada. Y no digo el nombre del escritor porque estoy seguro de que se avergonzaría de lo dicho por el zalamero que está en todas partes y no da una. He sabido de otros que incluso hablan de la indumentaria que portarían en el momento de recibir el tan anhelado premio.
La cultura en México vive una especie de letargo que se ha prolongado ya demasiado tiempo. Parece la versión tardía de lo que significó el PRI en la política, cuando nos gobernaron por más de 70 años. Nombres que quedan pero que ya no escriben. Que lo que escribieron ya dejó de leerse. Se lo comió el tiempo, único criterio universal para el arte. Pero les queda el nombre. Vivir homenajeando un nombre sin obra, o con una obra de valía menor, sí que es el fracaso de la cultura de un país. Parece que el PAN, como gobierno, no se ha enterado de que es necesario aniquilar a ese priismo cultural que nos está aniquilando como posibilidad cultural, como país. La cultura no es una moda, aunque así se quiera hacer creer, como podemos ver con el pésimo ejemplo del MUAC, donde el arte contemporáneo no es otro que el trazado y dictado por curadores. La cultura se impone, como se levanta una figura que crece como si fuera un monumento. No basta con que le hagan a muchos pintores su museo: eso no los catapultará. No.
Adquisiciones de obras de artistas plásticos y de grandes colecciones realizadas por particulares es un tema difícil pero necesario. No hay política de adquisiciones. No hay defensa de colecciones en litigio. (Ahora mismo estamos viviendo la posibilidad de perder la de Jacques y Natasha Gelman, con pinturas patrimonio de México y aun el Estado sigue callado, sin defensa de esa colección que debería quedar en nuestro país. El trabajo de investigación de Arelí Quintero en la revista Nexos desnuda la necesidad de denunciar más este tipo de anomalías legales, contra las coberturitas de eventos que más que culturales parecen sociales.) Los museos necesitan de las nuevas vanguardias. No hay política definida y es necesario incrementar los acervos. ¿Hasta cuándo? Dejemos las fiestas de presentación y boato y vayamos al fondo de los problemas. Rinde más frutos hacia el futuro aunque tenga menos aplausos fáciles con eventos públicos.
Egoístas por naturaleza, los creadores creen que merecen todo. Pero necesitan acotarse, ajustarse a las leyes de todos. No hay razón para que sean la excepción. Becas, sí, pero con ética. Exposiciones, sí, pero de calidad. Espacios, sí, pero ganados con eficacia. No dádivas. No prebendas. No sé si realmente el Conaculta sea capaz de imponer la pauta, un cambio de un priismo cultural que se siente ya adocenado, copiado por el PAN y su gobierno y que necesita renovarse hacia una nueva forma de que los artistas y creadores se sientan libres pero comprometidos. Que se les atienda sin detrimento de los nuevos valores. El tiempo apremia. No basta con mencionar interminablemente a José Vasconcelos.


Braulio Peralta, editor y periodista. Autor de los libros El poeta en su tierra, Diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro y Los nombres del arco iris (Premio Testmionio Chihuahua 2007).

viernes, 13 de marzo de 2009

grandes son las raíces del árbol de la soberbia

martes, 10 de marzo de 2009

tarde para seguir viviendo al son del viento

La tristeza es sólo un plus para el corazón

Carlos Sánchez

El madrazo es certero. En plena frente con el marrón. Cae inerme el sentimiento. Y a esas horas de la noche, donde la ciudad presta sus calles para la algarabía del poder, yo entro en la casa a lidiar mis tristezas.
Mi hijo me consuela con una sonrisa. Supo él de la jornada, de las esperanzas puestas en un hombre que en sus pasos construye la palabra ecuanimidad.
Algunos dicen que soy poeta y que no debiera expresar lo que siento respecto de las contiendas electorales propias de un partido que se ha encargado de explotar al país y fabricar la pobreza.
Dicen estos cuantos que la revolución es estar en contra de éstos políticos, que hacerles una seña obscena es lo que procede, que me deje ya de análisis y sobre todo, que los jodidos siempre estaremos jodidos.
Pueda que coincida con este paso por la vida siendo un jodido. Pero entonces me llega la lucidez y levanto la voz: no se trata de intentar dejar de estar jodido (que no estaría mal) se trata en todo caso, de que a través de la palabra, uno escuche y concluya quién conviene más para dirigir las funciones gubernamentales de un pueblo.
Es entonces que me sumerjo en las razones y me digo, les digo: cómo puede una persona aspirar a gobernar sin siquiera saber cómo exponer las intenciones, malas o buenas, que tenga para con la sociedad.
Hace un buen que me vengo preocupando, emocionando, relacionando con la lectura. Y propago esta emoción con la raza vulnerable, en las cárceles, en los barrios, con los camaradas. Y ante esta vocación, me duele entonces más la tristeza de escuchar las peroratas que provienen de un señor que por el hecho de tener dinero y cobijo político siente que merece las riendas de un estado como si fuera cualesquier caballo, o burro.
La tristeza me invade y es contundente de saber que nos hemos convertido en un estado metáfora de un potro dócil, complaciente.
Tal vez desatino en mi conjetura, tal vez debiera pensar más en los “perdedores”, ciudadanos éstos a los que un tropel nos arrastró con saña, enseñando el temor de entrarle a una carrera pareja. Estamos ahora con la tristeza en la mirada, pero incólume la dignidad.
Ni un peso nos costó decidir hacia dónde estaba mejor el porvenir. Que nos hayan mutilado la posibilidad, es cosa de una barbarie construida en el ansia del poder. El estado es su empresa, les pertenece, no quitarán el dedo del botín.
Después de esas horas trágicas, llegar casa es intentar apagar la luz del pensamiento, para abrir las puertas del sueño con ganas de encontrar historias dóciles, esperanzadoras, que se apersone otra realidad por lo menos en la vigencia de un sueño.
Despertar después es tener la oportunidad de gozar la supuesta derrota, acariciar la angustia que no es sino producto de la persecución de la congruencia, de apostarle a quien desobedece, a quien no pueden tener en un puño, al que no pueden mutilarle las ideas.
En el día post y de lunes para ser exactos, tuvo que venir la palabra para rescatarme, rescatarnos, otra vez de esa desazón vía el agravio de los todopoderosos. Y estuvimos para escuchar las conclusiones de un hombre al que decidieron, pero no lograron, cortarle las alas y la capacidad de exposición.
Así las cosas, existen quienes nacen para gozar con lo robado. Y su victoria, utilizando los elementos que sean, jamás les causará pudor, porque han nacido para disfrutar el dolor ajeno.
En esta triste mañanita de martes, gozo la libertad y dignidad incólume, porque pueden maquillar las voluntades con cifras compradas desde un billete de doscientos en esos rostros llenos de necesidad, y cómo decir que no cuando no se tiene ni para comer; pueden ahora hacer una seña obscena con el pecho erguido gritando “la victoria”, pueden seguir sintiéndose dueños de un estado, pero jamás, ni por asomo, tendrán en sus coeficientes, ni emocionales ni intelectuales, la capacidad para la sensibilidad y el encuentro con la honestidad.
Cómo pensar que un ser que miente, roba, manipula, puede tener la autoridad moral para ver a sus hijos a los ojos.
¿Ganamos, papá?, preguntará la hija, el hijo.
Ganamos será la respuesta, por dentro pulsará la culpa, en el punto exacto donde debiera existir el corazón.

lunes, 2 de marzo de 2009