miércoles, 15 de junio de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
árboles voces
He vuelto a casa de la tía Lola. Vine a regar las plantas. Enamorado del limón que ya tiene crías converso con él. Le cuento que partiste una tarde en tranvía, sin dejar siquiera un número de teléfono, algún código postal. Vuelvo y le digo a los árboles tu nombre, el viento los mueve a la par de las sílabas desde mi voz. Al invocarte también se estremecen.
Los veo y sus ramajes me reviven la textura de tu piel. Recuerdo. Solíamos abandonar la penúltima clase de universidad, trepar el camión después de burlar el contador con una sola tarjeta.
Apenas nos completábamos para avanzar por la ciudad. Teníamos mochila y dentro de ella un montón de sueños. Tú cantabas para que yo bailara y así solicitar monedas a los usuarios. Un día tuvimos para un paquete de salchichas, pan integral y un frasco de mostaza. Primero mercamos una lata de mariguana, de la verde limón.
He vuelto a la casa de la tía. La tierra en mis ojos me construye una alegría perdida, vuelvo acá y te encuentro en toda la casa, dentro del patio. Te encuentro sin encontrarte. Una canción de Joaquín Sabina hace énfasis en su armónica. Aún conservo la Honnher azul que un día me regalaste. O me la prestaste y me la quedé. La canción de Sabina se va extinguiendo a la par del sol en el horizonte. ¿Habrá algo más nostálgico que una tarde llena de fuego en el cielo al ponerse el sol?
No voy bien con eso de las imágenes para decirte que volver a la casa de la tía me pone un tizón en la panza. Ni qué hacer ni cómo contarte que el comedor huele a ti. Te veías linda detrás de la estufa, inventando recetas de cocina, preparando panes mexicanos con harina francesa, y en un baño de miel elaborada de azúcar con agua.
Sabía rico el postre después de fumar. Y reíamos de las pobrezas. La precariedad era un incentivo para la felicidad. Reíamos de todo. Incluso de los ojos rojos manifestando sueños de tanto humo en el cerebro.
Vengo a la casa de la tía porque necesario es saber que un día estuviste. Que también hubo un momento, o muchos, de abalanzarnos sobre la emoción. Vengo acá para refrendar los días de inventar la vida feliz nomás por la fortuna de acompañarnos.
Sé, porque me lo han dicho los años, que los sicólogos mienten, pero que a veces las teorías que utilizan, a partir de la ciencia, también es un acierto. Y entiendo sin entender que la alegría permanece unos meses, las coincidencias sólo un tiempo, y mientras éstas estén, aprovecharlas, intentar mojar más los árboles de la memoria para así tener un buen recurso cuando ya el sol de las coincidencias se apague con las noches de paranoia, de incomprensión. O simplemente se marchiten porque ya era hora.
En la casa de la tía me contabas historias, despacio, apenas articulando oraciones. Las que más me gustaban eran esas aventuras que veía a través de tus ojos, cuando los ponías lejos, sin un punto fijo, entonces yo entraba en ellos y me trepaba en tu memoria, y allí encontrar la infancia, los dolores y alegrías. Reías mientras yo me asustaba de tu expresión.
Me gustaba verte correteando entre los árboles, escucharte conversar con los pájaros, aunque no entendiera tus palabras, te veías feliz. Tus huaraches mojados, tu pelo largo tendido sobre tu espalda para hacerte ver más niña, casi un ángel. Un día interrumpiste la llamada y sólo alcancé a escuchar el ruido del tranvía.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tengo una Catarina en medio del corazón
martes, 4 de enero de 2011
La vida otra vez
Carlos Sánchez
El ruido de la escoba es música posterior a las canciones de celebración. Ayer despedida, hoy bienvenida. Un año más, un año menos.
Después de un letargo, el ruido de los automóviles llena la ciudad y es síntoma de que la vida recobra su rutina, sus hábitos, los horarios establecidos para seguir: el empleo, la escuela.
Hace apenas un par de noches atrás las copas para estrecharse, el grito en la garganta, los cuetes en el cielo. Hace apenas un par de noches la antigüedad en el calendario de un año marcado por el diez. Hoy es dos mil once y los proyectos de ciudadanos, usted y yo, él y ella, compañeros, inician su curso hacia la realización.
***
En noche buena comimos tamales, bebimos café. Brindamos dentro de una prisión, detrás de la barda al final de la calle en el barrio, en torno a una lumbrada. En navidad jugamos a ser niños, quebramos piñatas, saboreamos dulces, escuchamos la radio y le subimos al volumen para seguir bailando. En navidad nos entristecimos de alegría y lloramos de felicidad.
En noche buena jugamos a los mejores vestidos, el pantalón para estrenarse, las botas de avestruz, la zapatilla de tacón dorado. Jugamos a las sonrisas, a la bastedad de la comida, a las luces llenando las paredes frontales de la casa, a la rendija en el techo de cartón por donde se cuela el viento. En noche buena todos los rincones fueron sinónimo de fiesta, aun en esos sitios donde se aspira a recobrar la salud, o la libertad. Oportunidad fue la noche buena para sentir que extraordinaria es la existencia.
****
Vino año nuevo, no sin antes las prisas en el súper mercado, el tianguis, la fila en la mueblería, la desesperación por la ausencia de ese transporte urbano que tarda más de la cuenta, porque el número de unidades disminuye, porque también el número de usuarios es menor en estos días.
Llegó el momento del ruido de los cuetes, las canciones, no sin antes hacer fila en la tortillería para comprar nixtamal, la masa, en la carnicería los retazos, en el mercado las hojas, la harina, la manteca, el proyecto de los tamales y buñuelos.
A las doce la estridencia, aullidos de perros, abrazos febriles, gritos de celebración. A las doce el ulular de una ambulancia, lágrimas de amor por el hijo que vive en el otro lado y no vino ahora, porque no pudo venir. A las doce el brindis del bohemio quién sabe desde que casa y se escucha en todo el barrio. A las doce más ruidos y luces estallando en el cielo. A las doce bailamos, sí, cómo no, otra, una más, otra y ya, una más.
***
El reloj implacable. Tic tac puntual. Año nuevo que significa el primero de enero. La modorra no llega, porque el cuerpo resiste y la fiesta persiste. Recalentar el menudo, los tamales, el pozole, échale más agua a los frijoles que vienen los parientes, aquellos que hace mucho no aparecían por acá.
Más tarde en la conversación de familia: Fíjate que no ha llegado, que se fue desde ayer que disque a recibir el año y no ha llegado, iba muy guapa, llevaba el saco que le heredó la abuela y es de lana y le cubre hasta las rodillas. Y más tarde quién sabe si llegará.
El reloj en su sonido, el único guión sin concesiones, sin dislate, sin pausa. El primer día del año para irse como un papalote debajo del cielo nublado y con escasos grados centígrados de clima, el día que vuela y acerca más pronto que rápido el despertador para ese instante en el que informa otra vez la vuelta a la realidad, el reloj checador esperando por nuestros nombres.
****
Apenas antier la noche buena, la navidad, ayer el año nuevo, hoy la escoba suena en su música y la vida se ordena en el grito de una dama, de un señor, que piden la parada en la esquina. Apenas hoy el ruido de la escoba nos dice que todo pasó, y que todo empieza. Otra vez.
El ruido de la escoba es música posterior a las canciones de celebración. Ayer despedida, hoy bienvenida. Un año más, un año menos.
Después de un letargo, el ruido de los automóviles llena la ciudad y es síntoma de que la vida recobra su rutina, sus hábitos, los horarios establecidos para seguir: el empleo, la escuela.
Hace apenas un par de noches atrás las copas para estrecharse, el grito en la garganta, los cuetes en el cielo. Hace apenas un par de noches la antigüedad en el calendario de un año marcado por el diez. Hoy es dos mil once y los proyectos de ciudadanos, usted y yo, él y ella, compañeros, inician su curso hacia la realización.
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En noche buena comimos tamales, bebimos café. Brindamos dentro de una prisión, detrás de la barda al final de la calle en el barrio, en torno a una lumbrada. En navidad jugamos a ser niños, quebramos piñatas, saboreamos dulces, escuchamos la radio y le subimos al volumen para seguir bailando. En navidad nos entristecimos de alegría y lloramos de felicidad.
En noche buena jugamos a los mejores vestidos, el pantalón para estrenarse, las botas de avestruz, la zapatilla de tacón dorado. Jugamos a las sonrisas, a la bastedad de la comida, a las luces llenando las paredes frontales de la casa, a la rendija en el techo de cartón por donde se cuela el viento. En noche buena todos los rincones fueron sinónimo de fiesta, aun en esos sitios donde se aspira a recobrar la salud, o la libertad. Oportunidad fue la noche buena para sentir que extraordinaria es la existencia.
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Vino año nuevo, no sin antes las prisas en el súper mercado, el tianguis, la fila en la mueblería, la desesperación por la ausencia de ese transporte urbano que tarda más de la cuenta, porque el número de unidades disminuye, porque también el número de usuarios es menor en estos días.
Llegó el momento del ruido de los cuetes, las canciones, no sin antes hacer fila en la tortillería para comprar nixtamal, la masa, en la carnicería los retazos, en el mercado las hojas, la harina, la manteca, el proyecto de los tamales y buñuelos.
A las doce la estridencia, aullidos de perros, abrazos febriles, gritos de celebración. A las doce el ulular de una ambulancia, lágrimas de amor por el hijo que vive en el otro lado y no vino ahora, porque no pudo venir. A las doce el brindis del bohemio quién sabe desde que casa y se escucha en todo el barrio. A las doce más ruidos y luces estallando en el cielo. A las doce bailamos, sí, cómo no, otra, una más, otra y ya, una más.
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El reloj implacable. Tic tac puntual. Año nuevo que significa el primero de enero. La modorra no llega, porque el cuerpo resiste y la fiesta persiste. Recalentar el menudo, los tamales, el pozole, échale más agua a los frijoles que vienen los parientes, aquellos que hace mucho no aparecían por acá.
Más tarde en la conversación de familia: Fíjate que no ha llegado, que se fue desde ayer que disque a recibir el año y no ha llegado, iba muy guapa, llevaba el saco que le heredó la abuela y es de lana y le cubre hasta las rodillas. Y más tarde quién sabe si llegará.
El reloj en su sonido, el único guión sin concesiones, sin dislate, sin pausa. El primer día del año para irse como un papalote debajo del cielo nublado y con escasos grados centígrados de clima, el día que vuela y acerca más pronto que rápido el despertador para ese instante en el que informa otra vez la vuelta a la realidad, el reloj checador esperando por nuestros nombres.
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Apenas antier la noche buena, la navidad, ayer el año nuevo, hoy la escoba suena en su música y la vida se ordena en el grito de una dama, de un señor, que piden la parada en la esquina. Apenas hoy el ruido de la escoba nos dice que todo pasó, y que todo empieza. Otra vez.
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