Carlos Sánchez
La rabia madre por Dios tengo frío. Es éste un verso de Días y flores, una canción de Silvio Rodríguez. La escucho y se me vuelcan a la memoria los ojos de Esperanza, señora madre de un periodista desaparecido hace ya no sé cuántos años. Lo secuestraron y no lo ha vuelto a ver. No lo hemos vuelto a ver.
Un día, no sé exactamente la hora, ella me lo dijo dentro de la cocina de su hogar, en Empalme, Sonora, “Soñé a Alfredo, estaba dentro de una celda, mojado, me pedía una camisa, me decía tengo frío”.
Esperanza tenía su mirada lejos ese día en el que no recuerdo la hora. Luego me contó la alegría de su hijo de oficio periodista, otrora fanático del buen comer y apasionado de la noticia que revela con pelos y señales.
A Esperanza se le abotagaban los ojos en cada frase para construir anécdotas de Alfredo Jiménez. En varias ocasiones sonrió al recordar la sonrisa de su hijo. La pasamos ese día, ¿o tarde?, dentro de la cocina, encima de una mesa. Bebimos café y comimos galletas. Allí Esperanza se convirtió en una esponja apretada por la fuerza de la nostalgia. Y gotear en líquido de añoranza por tanto tiempo ya sin la voz de él irrumpiendo en la casa, como lo hacía habitualmente los fines de semana, al regresar de la capital del estado, donde trabajaba, en el diario de mayor influencia de la región.
Esperanza me dijo que Alfredo está vivo, y que un día regresará. Han pasado ya algunos años desde esa exclamación de fe. Y ahora que ando por el rumbo de la misma búsqueda, en esa línea de conducta dispuesto a explorar mis dolores y los otros, regreso constante al nombre de madre Esperanza que significa no sé si ironía o coincidencia, si un pleonasmo o la implacable marca del destino que puso en ella la etiqueta desde sus primeros días de existencia.
Esperanza se me apersona en esta canción de Silvio, y me remarca la ausencia de su hijo el énfasis al escuchar la elocuencia de sus versos: La rabia bomba, la rabia de muerte / la rabia imperio asesino de niños / la rabia se me ha podrido el cariño / la rabia madre por Dios tengo frío / la rabia es mío esto es mío sólo mío / la rabia bebo pero no me mojo / la rabia miedo a perder el manojo / la rabia hijo zapato de tierra / la rabia dame o te hago la guerra…
Suenan los versos y miro la ciudad que se tiende dispuesta a recibir la infamia en las notas de un periódico que pregona códigos de ética, y el cual exhibe una fotografía de Alfredo, desaparecido, y al cual Esperanza su madre aún espera.
Suenan los versos y las imágenes de Alfredo en el sueño de su madre, mojado dentro de una celda y pidiendo una camisa, me impiden la fácil movilidad de mis mandíbulas, porque me toma con fuerza la impotencia. Y veo en los ojos de la madre mis ojos por la incertidumbre de lo que será en los años de mis hijos que están por crecer.
Ayer por accidente abrí las puertas de un hotel de la ciudad, allí se concentraban distinguidos militantes de un partido político. Uno de los presentes es ahora secretario dentro del organigrama del gobierno del estado. El mismo que coordinaba las labores que en el momento de su desaparición, Alfredo Jiménez realizaba.
Ahora este secretario es quien dicta los lineamientos hacia lo que deben decir y hacer los medios, de acatar las consignas dependen los contratos y las prebendas gubernamentales. Si se le contradice, el medio que se atreva, de plano a rascarse con sus uñas en el confinamiento similitud de Auschwitz. Se llama Jorge Morales, el secretario quien antes se dedicaba a hacer notas y entrevistas, después a dar órdenes de trabajo. Y fue que un día no previó las dimensiones del terreno adonde enviaba a uno de sus trabajadores más entusiastas, Alfredo Jiménez.
Se llama Jorge Morales el secretario, y va por la vida de manera tenebrosa, con arrogancia de dictador.
miércoles, 15 de junio de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
árboles voces
He vuelto a casa de la tía Lola. Vine a regar las plantas. Enamorado del limón que ya tiene crías converso con él. Le cuento que partiste una tarde en tranvía, sin dejar siquiera un número de teléfono, algún código postal. Vuelvo y le digo a los árboles tu nombre, el viento los mueve a la par de las sílabas desde mi voz. Al invocarte también se estremecen.
Los veo y sus ramajes me reviven la textura de tu piel. Recuerdo. Solíamos abandonar la penúltima clase de universidad, trepar el camión después de burlar el contador con una sola tarjeta.
Apenas nos completábamos para avanzar por la ciudad. Teníamos mochila y dentro de ella un montón de sueños. Tú cantabas para que yo bailara y así solicitar monedas a los usuarios. Un día tuvimos para un paquete de salchichas, pan integral y un frasco de mostaza. Primero mercamos una lata de mariguana, de la verde limón.
He vuelto a la casa de la tía. La tierra en mis ojos me construye una alegría perdida, vuelvo acá y te encuentro en toda la casa, dentro del patio. Te encuentro sin encontrarte. Una canción de Joaquín Sabina hace énfasis en su armónica. Aún conservo la Honnher azul que un día me regalaste. O me la prestaste y me la quedé. La canción de Sabina se va extinguiendo a la par del sol en el horizonte. ¿Habrá algo más nostálgico que una tarde llena de fuego en el cielo al ponerse el sol?
No voy bien con eso de las imágenes para decirte que volver a la casa de la tía me pone un tizón en la panza. Ni qué hacer ni cómo contarte que el comedor huele a ti. Te veías linda detrás de la estufa, inventando recetas de cocina, preparando panes mexicanos con harina francesa, y en un baño de miel elaborada de azúcar con agua.
Sabía rico el postre después de fumar. Y reíamos de las pobrezas. La precariedad era un incentivo para la felicidad. Reíamos de todo. Incluso de los ojos rojos manifestando sueños de tanto humo en el cerebro.
Vengo a la casa de la tía porque necesario es saber que un día estuviste. Que también hubo un momento, o muchos, de abalanzarnos sobre la emoción. Vengo acá para refrendar los días de inventar la vida feliz nomás por la fortuna de acompañarnos.
Sé, porque me lo han dicho los años, que los sicólogos mienten, pero que a veces las teorías que utilizan, a partir de la ciencia, también es un acierto. Y entiendo sin entender que la alegría permanece unos meses, las coincidencias sólo un tiempo, y mientras éstas estén, aprovecharlas, intentar mojar más los árboles de la memoria para así tener un buen recurso cuando ya el sol de las coincidencias se apague con las noches de paranoia, de incomprensión. O simplemente se marchiten porque ya era hora.
En la casa de la tía me contabas historias, despacio, apenas articulando oraciones. Las que más me gustaban eran esas aventuras que veía a través de tus ojos, cuando los ponías lejos, sin un punto fijo, entonces yo entraba en ellos y me trepaba en tu memoria, y allí encontrar la infancia, los dolores y alegrías. Reías mientras yo me asustaba de tu expresión.
Me gustaba verte correteando entre los árboles, escucharte conversar con los pájaros, aunque no entendiera tus palabras, te veías feliz. Tus huaraches mojados, tu pelo largo tendido sobre tu espalda para hacerte ver más niña, casi un ángel. Un día interrumpiste la llamada y sólo alcancé a escuchar el ruido del tranvía.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tengo una Catarina en medio del corazón
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