domingo, 8 de julio de 2007

Infarto masivo / carlos sánchez

En la gorra azul un perro impreso cuida las gafas negras. Debajo de la visera los ojos empañados tiene luz intermitente. La barba cana sugerida es vestigio de esos años de cuando Ramón Gradillas trabajaba en los barcos camaroneros.
Es de Caborca, Sonora, tierra de poetas, pero su cuerpo lo ha llevado a Magdalena de Kino, tierra de mártires, donde quizá dentro de algunos años la muerte se apersone en su humanidad, vía un infarto masivo.
Sus manos, dos muñones que con habilidad se extienden para hilvanar versos, motivan la esperanza de que algún día su nombre firme la portada de un libro.
Le gusta la poesía. Vender mazapanes y chicles en la plaza le da los dineros para llenar de saldo su celular. Le gusta cortejar las nubes, el mar, la mujer tan presente en lo que escribir ya es un padecimiento. Porque sin saldo en su teléfono imposible sería escuchar la voz de su hija.
Apenas ayer lo vi trepado en su silla de ruedas por los pasillos del asilo, en efusivo abrazo con sus visitas, esas personas que le llevaron como vida un leño para avivar el fogón de sus sesenta almanaques.
Le contó su amiga Claudia, que un señor de la capital iría a charlar con él, que última hora y se pondrían de acuerdo para que la publicación de un libro se cuajara.
Apenas ayer entraba a la vida esta con la que ahora escribo, apenas ayer y ya sé que será para siempre.
Ramón tiene la inocencia construida en su vagancia, en ese tiempo de trampear en el tren carguero y escudriñar la república entera, desde Tijuana hasta Yucatán, volándole la greña jovial, entonando un son entre sus dedos, sus labios, de la verde limón, de la olor a zorrillo.
Cuenta de lo que ahora importa: escribir para decir por dónde es más fácil la vida, escribir para ellos los jóvenes. Eso dice.
En ese apenas ayer duele la imposibilidad de retratar todo en un texto, duele tanto como la derrota de la anciana que con sus manos cubría la cara porque no había cómo detener la cabeza. Era su cuerpo el perder ante la vida como un nocaut infausto que le llegó quién sabe qué día, quién sabe a qué hora y quién sabe por qué seguir con ese corazón latiéndole.
En ese entorno el tic tac en el pecho es una traición a la dignidad. ¿Por qué no se apaga la vida si vivir es nada más necesitar la muerte?
Ramón enciende su sonrisa cotidianamente, y se pierde entre las calles hacia abajo para llegar a la plaza, allí en derredor de esa capilla a la que diario llegan fieles a concentrar sus fuerzas para mover el plástico en un hábito que da vida a un santo famoso y aclamado.
Bendito lugar para Ramón, porque de ahí sale para los cigarros, para los chuchulucos, para el saldo del celular, que tal vez sea lo que menos importa, porque allí, en ese concreto que sirve de plaza, sale también para la ilusión de seguir siendo.
¿Soy poeta?, preguntó Ramón dejando escapar al niño tan presente en sus palabras, su discurso. Todos contestamos que sí. Porque realmente lo es, porque no sólo de versos existen los poetas, porque una imagen de resistencia sobre las calles es también una metáfora, la sutileza sugerida de la vida en movimiento.
Nada es tan poético como la inocencia y la necesidad de seguir viviendo, nada puede ser más poesía que el esfuerzo por esa fe en la ironía y el humor que Ramón posee.
Ya antes había confesado ser de la tierra de Abigael Bohórquez, el porta mayor de Sonora, y secundó una de sus frases, esa que por accidente escuchó en un programa de radio, donde el vate Bohórquez declaró que para escribir no hay edad.
Para Ramón la concepción de Abigael, es un remo en el mar crecido que significa escribir. Una herramienta para quitar el freno de la indecisión. Por eso ahora escribe, escribe, escribe. Y declama sus textos de memoria, de corrido, y sus ojo se encienden al hacerlo.
En Magdalena algunos lo conocen y reconocen su valentía de escribir. En Magdalena nos encontramos apenas ayer, y hoy sé que será para siempre.
No de barbas su nombre insiste en mi memoria, no de casualidad en esa huída del dolor del asilo, cuando hube ya trepado el camión, el celular timbró y contesté sólo para escucharle a Ramón decir: No te olvides de mí.
Hicimos un compromiso que es un pacto. De ahora en adelante estaré visitándolo, él escribirá la vida y yo entraré en ella. Porque me interesa esa historia de la Totoaba inmensa que un día pescó, sin red, sin cuerda y sin anzuelo.
Ramón en ese registro de su memoria, tendrá motivos para vivir, escribir, soñando que un día (es) será poeta. ¿Alguien pasará por Magdalena? Rayte.

viernes, 6 de julio de 2007

Echaré la emoción en una bolsa de hule. En ella cabrán los timbres que te evocan. Puedo, por ejemplo, meter ahí la liga que recogía tu pelo, esa que dejaste olvidada una tarde de viernes cuando llegaste con un pastel de manzana.
Sabían tus ojos a nieve de vainilla, porque el sonido de un carro te asustó y el arrebato te hizo embarrarte la cara. Era de garrafa y la compraste en catedral, que para sorprenderme con ella, que para que refrescara esa puesta de sol, que porque el dulce tal vez podría arrebatarme el ceño fruncido de mi frente.
Siempre has sido huraño, exclamaste mientras quitaba con mis dedos la miel de tus párpados, a prisa, con el temblor en mis manos que tu olor de niña me arrancaba.
Encuentro debajo de este libro, del cual te leí un poema esa tarde, el que también echaré a la bolsa, la nota de remisión de los lentes oscuros, los que trajiste para mí. Para que no te vean los ojos cuando ves a las personas, me dijiste, porque siempre escudriñas los rostros como si desearas saber la historia de la gente, de toda la gente.
Te preocupaba mi manera de observar, porque no todos son pacientes, porque no todos saben lo que imaginas, hacia donde vas con los ojos. Insistías en que persiguiera la prudencia, que no me abalanzara hacia los rostros en la calle.
Los lentes ahora penden de las orejas y la nariz de esa cara de barro, la que construiste con tus manos, en tus clases en la universidad, donde aprendiste a amar la tierra.
A un costado de la cama está tu overol, el delantal y las espátulas. A veces me despierto para enterarme que dormí abrazado a ellos; debe ser que el olor a tierra mojada sigue impreso en el mango de la espátula, y en el overol tu sudor permanece.
En esta bolsa de hule deben caber las cosas que llenan mi cuarto de ti. Las canciones en la calle, el ruido del tren, los pájaros que emigran en estas fechas y se amontonan para desgajar un poco más, jamás sabré cómo apagarlos.
Allí frente a la mesa de luz, donde recorto las palabras para ordenar las ideas, está la escuadra de madera, aquella que rescataste de un bazar porque según tú lo viejo es más estético. No podré deshacerme de ella, mientras no encuentre con qué sustituirla.
Me recuesto con las manos debajo de la nuca, veo el techo y hay un graffiti que dice tu nombre, lo tatuaste con un encendedor, me enseñaste la técnica y parece imborrable la música de las sílabas que te nombran.
¿Recuerdas a Bach? Preguntaste cuando la lluvia entraba en nuestros pies al caminar por la avenida que rodea la universidad. No lo conocía, pero actúe perfecto y te conté una anécdota de un piano con el cual el compositor construyó una de sus canciones. La más famosa.
Que hombre perfecto, concluiste sin decirlo, me lo transmitiste con la mirada. Yo sonreí hacia a mí, sin exaltarme, creyendo en esa historia que improvisé por soberbia, por pudor, por lo que fuera, por la necesidad de hablar mientras nuestras manos chocaban con las gotas de verano y otra vez sin sol.
Me gusta la ceniza del cigarro. Decías que era como comerte el alma de quien lo fumaba. Aprendí a comerla despacio, esperando que creciera en cada bocanada, ponerla en mi lengua, desparramarla en mi boca, llenando las paredes de carne con ese sabor ácido.
Te comías el alma de quien te guiñara el corazón con la mirada. Cada tarde venías a contarme lo de la noche anterior, el pitar de los carros en los cruceros al verte pasar los conductores con su libido. Había también las historias mañaneras, la del carnicero en el mercado, dando gramos de más, complacido por tu blusa escotada.
Bailar. Cerrar los ojos para evocarte bailando está prohibido. Lacera ver tu pelo cayendo en tu espalda, tu cintura una avalancha que exige un marcapasos, una bomba para seguir con presión en las venas.
En esta bolsa van cayendo los objetos. Es pequeña pero suficiente. No son grandes como sí lo es la necesidad de aventarlos por ahí.
Me enseñaste una vez el valor de darse no por placer, tal vez por complacer a quien lo necesita. Dijiste que el cuerpo es sólo cuerpo, y que a veces un instrumento para que otros se sientan vivos.
Aquel vino sigue blanco, a pesar de los dos veranos dentro de la caja de madera. Lo trajiste un medio día, venías de recorrer la isla, dijiste. Te tumbaste los huaraches de vaqueta, un sombrero de palma cayó sobre la mesa de luz y sin más circo levantaste tu falda. Hacía calor y mostrabas las cicatrices de las aguasmalas. Te picaron cuando te quedaste dormida en la playa de Varadero. Amaneciste desnuda en una cama de una casa desconocida. Con la misma agua de mar te curaron. Era la abuela del cubano que durante el día anterior y parte de la tarde noche, te rodeaba la cintura con sus labios. Platicas que nadie ha tenido tanto calor en su lengua como él. Aquí en el cuadro de enfrente está tu foto e incrustado en el marco unos rizos de pelo negro, que juras son eróticos, que de tan sólo verlos encienden tu garganta y los dedos de tus manos se acalambran.
En esta bolsa de hule caben esos objetos que te pertenecen o me pertenecen. Cabe el ruido del botón del overol golpeando la espátula, el olor hecho un arcoiris. Cabe la inevitable necesidad de arrancarte de mí. Caben los ojos oscuros aplastados en esos lentes. Cabe todo, excepto la gana loca de saberme muerto en tu memoria. Y es un cuchillo que se embarra en mi recuerdo los días constantes.

viernes, 16 de marzo de 2007

miércoles, 14 de marzo de 2007

violenciudad

Carlos Sánchez

Lo cierto es que nunca fui aficionado a las balas. Trabajaba en la Matanza, barrio en el que (legalmente) se aplicó la última pena de muerte en México. Se sigue aplicando, dentro y fuera de la milicia. A la sorda. Disfrazada.
Lijaba carros que después mis primos pintaban, y era religión tomar sodas y comer pan en las tardes. En esos días de los granos en el rostro, las ganas del mundo entero engulléndolo todo, el deseo de las miradas sobre mi nombre, la ausencia de la madre y el alcohol presente en el padre, hubo días de tirar cuetes y juntar balas. De correr feliz por la adrenalina del peligro.
El primer zumbido del plomo lo sentí al llegar a los catorce de existencia: el policía sacó su pistola y jaló del gatillo. Era la necesidad de asustarnos, de comunicarnos que el poderoso era él. Mis camaradas, igual que yo, sintieron el chorro caliente mojando sus pantalones. No paré de correr, hasta entrar en el callejón de la casa del Yoyo, allí la vida estaba controlada por mi adolescencia. Era invencible.
Al día siguiente el comentario y como héroe, me llegaba de los camaradas que presenciaron la escena: “eres una liebre, un coyote, el miedo no anda en burro”.
Y así las frases mientras erguía mi pecho.
La segunda ocasión fue la escuadra de un militar retirado del ejército: apuntó a la entrada del callejón por donde veníamos nosotros, yo iba adelante, fui el primero en asomarme al cañón y dar la media vuelta, gritando “trae pistola, trae pistola”. No me alcanzaron pero sí las oí zumbando por encima de mi cabeza.
Tuve la suerte de no encontrar con mi cuerpo el zumbido. Tuve la fortuna trágica (de no ser yo) de ver a los camaradas que caían inertes entre las piedras del barrio. Vivo para contarla, a la Gabo y sus ochenta cumplidos.
De lo que no me he podido salvar es de la paranoia de estos días. Ayer en el trayecto a mi casa, en el super Vocho, una caja de cartón de tamaño regular, impedía el tráfico, nadie se animaba a quitarla. Mi hijo que se llama Abigael y tiene setenta años menos que el Gabo, asomó su cabeza y dijo: ha de estar un policía muerto dentro de la caja”.
Tragué gordo, porque según yo que llevo a mi hijo a su juego de futbol, que le compro unos nachos y soda en el snack, que le cuento con mis labios besos de amor, él vive en similitud del paraíso de ese niño personaje de la película La vida es bella.
La violencia es inevitable, inocultable, y no sólo la de esas balas que se aparecen ahora para matar a policías, la violencia, más bien la divulgación de la violencia, es una ráfaga constante hacia la sociedad. Y no hay de otra, como lo señala el Meño Larios en su nota de antier, donde destaca los titulares de Expreso y El imparcial, medios que duramente compiten hoy con la i y Entorno, diarios que se han vuelto más rojos que el Bandido y su espectacular capacidad histriónica verbal en la radio.
Ningún ciudadano nos hemos podido salvar de la nota roja, porque es la que naturalmente se construye todos los días, con mayor énfasis estas últimas semanas.
Trabajar en la Matanza, crecer en las Pilas, fue una experiencia del encontronazo con las balas, los cuchillos, las piedras, las balas. Me resistí siempre a saber que es un modo de vida del que uno se acostumbra, he vivido en la búsqueda de otros escenarios, de otras cotidianeidades, de otras culturas donde la tolerancia sea rectora como oportunidad para seguir respirando.
Me doy de topes (nuevamente) con esta realidad violenta, en la que sé ahora distinguir las diferencias: antes veía la mano del hombre jalando los cabellos de su esposa, el cuchillo del padre perforando la piel de su hijo, el garrote de mi camarada en la cabeza de su hermano. Ahora son los dueños de los lujos, los de cadena en el cuello, los de al volante en el último modelo, los que mandan matar como si las mandaran cantar en cualquier cantina.
Son los años los que abren mis ojos para con sorpresa enterarme que el barrio no es un Macondo, un invento literario y es la ciudad y sus balas buscando policías y no, la que me llena de desesperanza.
Antes mi hijo comentaba los goles de su equipo predilecto, el túnel del Chelito a su contrincante, la reflexión de los comentaristas deportivos. Ahora cada que se me acerca me da miedo prever el tema que abordará porque si ayer fue la especulación sobre el policía dentro de la caja, antier fue su comentario sobre un “bato muerto y amarrado que encontraron rumbo a la Nuevo Hermosillo”.
Nunca me gustaron las balas, pero tuve cercanía con ellas. La violencia tampoco he podido evitarla, la he consumido como un aderezo del pan en todos los días. Y cuando creí que esa violencia la escribiría en mis memorias, que sé ahora será sobre mis muertos tristes, la ciudad llena la boca de mi hijo que me abre los ojos: “aquí están otra vez las balas”.

viernes, 9 de marzo de 2007

tequila / por carlos sánchez

Noventa mililitros de Orendáin. Es lo único que me queda. Tequila blanco. Tengo la desesperación de la ausencia de cocaína. Hace unos días estoy convertido en guía antidrogas para con jóvenes preparatorianos. Sé que sueltan sus carcajadas cuando concluyo mi charla. La exposición de motivos para que no busquen incentivos mentales, físicos.
Tengo la desesperación en el cuerpo. Como todos los domingos de ociosidad. He abortado un par de libros, un cuentario, y una novela que habla de los últimos días de Hemingway en la Habana. Me trepo a una literatura menos pretenciosa, a un J.M Servín que me cuenta a manera de diario sus días en el Bronx: Por amor al dólar. Me entretiene la mirada en el metro, ante el pordiosero que brincando sobre su única pierna, sortea su vida con un discurso impreso en un cartón sobre su pecho. Pide para seguir viviendo.
Días atrás conversaba con un par de periodistas, ellas argumentaban la importancia del estilo, hacían garras las líneas de una que otra dama que promueve la banalidad en sus textos. Tú eres muy buena, comentaba una a la otra. Es que el estilo, manita...
Escribo ahora y mi única aspiración es que los minutos como lápida de este domingo de desencuentro caigan como coito en el lunes. Que se termine ya esta tarde noche en la que Sabina pálido destapa por tenerla más larga todavía que un lunes sin trabajo.
Un trago al tequila blanco, pachita le decía mi padre, la cual jamás pudo abandonar; la encuentro ahora como aliciente para soltar los músculos de la quijada que me apresan el rostro.
Afuera son cinco años los que celebran de existencia a un amigo de mi hijo. Mi padre vuelve ahora que escucho risas y el contar del tiempo mientras una niña parte con el palo una piñata.
Llega a estas letras mi carnal el Noé, al que muchas veces le rompieron la cabeza con los palos, en esas piñatas del barrio donde los dulces eran su éxito. Mi padre lo jalaba de un brazo, Que no te metas cuando le están pegando, te digo, ya te pegaron otra vez. Caía la tarde y en ese cuarto minúsculo sobre un catre reposaban también nuestros cuerpos diminutos. Mi padre seguía con su pachita y las paredes llenas de un radio que narraba el juego de pelota.
De madrugada escuchaba al “Peludo” recorrer las calles del barrio con su amante de esa noche, a la que sin duda y como religión arrastraría de las greñas por el piso de su casa. Fui creciendo y a la par la sed de revancha. Hubo un día en el que al “Peludo” que se llamaba como yo, lo aterricé de un madrazo en la frente. Bajaba a la fuerza, de un taxi, a su dama de compañía, era de noche, no soporté ver el pie derecho de él estrellándose en la cara de ella. El golpe fue certero, la sangre brotó, No te metas, me dijo. La dama ya era una sola carrera. Mi sorpresa se disparó al día siguiente al descubrirlos abrazados, llenado de besos las banquetas de Las pilas, mi barrio.
Afuera hay tambores, concursos de baile, sigo con Sabina en mis oídos, y un trago del tequila, blanco, como para no dejar que este instante muera, porque tener a mi padre dentro es un regocijo, y a mi carnal, y la vida de mi hijo latiendo en su voz, que va y viene.
Es domingo y un chiflo funciona con el aire de la infancia. No tengo más estímulo que la ansiedad de mis dedos en el teclado. ¿Por qué no se aleja la necesidad de no existir?
Mañana habrá vida en mis ojos y las horas serán de prisa, porque la velocidad de la rutina es un refugio para este pecho desmadrado que ahora continúa hospedado en la protección del recuerdo, de los versos, del tequila.
Hoy amanecí conversando con un hijo que no es mi hijo. Ahora debe tener veinte años. Lo encontré con su madre soltera y en unos meses aprendí a amarlo. Pensé que lo había olvidado, pero hoy –domingo al fin- la nostalgia me lo trajo de nuevo.
Era inocente en su sonrisa, despreciado como ser indefenso, por el padre, similitud que alguna vez se escribió en mi historia.
Lo bañaba, lo cambiaba, trabajaba para él. Tío era su manera de nombrarme. Me encantaba (me encanta) su sonrisa, y esa manera de llorarme a confesión de su necesidad de mis brazos cuidándolo. Soy ese niño que me abrazaba, que me abrazó hoy al despertar.
Dejo de escribir ahora que encuentro la imagen de mi padre con sus lentes empañados, él en silencio, porque las palabras le ahorcan la emoción. No puede hablar, sólo me mira. Es mi padre que como una daga me abre el cuello para que pueda respirar. Y seguir viviendo.

domingo, 25 de febrero de 2007

alfilo

por carlos sánchez

Me lo envió una amiga que vive en el norte. Lo acaricio ahora contra mi pecho. Luego lo alejo unos centímetros para que de mi voz escuches ese poema de la página veinticinco. Trepo en una azotea porque sé que te gusta estar cerca del cielo. Y es como estar cerca de vos.
Ayer recordaba esos días de caminar la ciudad, de mirar los gatos trepados en la orilla de las bardas malabareando el instinto. Nunca has visto derrapar un minino sobre las piedras del cerro. Preguntabas. Y respondías. Nunca podrás verlo, eso sólo me ocurrió una vez, cuando aquel gato dolorido perdió el equilibrio y dio volteretas como una bolsa impulsada por el viento.
Supe que el descontrol del gato lo provocó el infarto masivo que su amada sufrió después de que las llantas de una motocarro le aplastara las patas. Vi cómo en su desesperación lamía sus ojos. Sufrió el impacto de la muerte y de mi vista al toparme con sus ojos. Sentí el filo de su mirada como un cuchillo abriendo mis párpados.
Me lo contabas como niña divertida, con la emoción agitándote el pecho.
Veo ahora la portada de este libro, amarillo en color como esas puestas de sol que descubríamos por la tarde cuando caminábamos alrededor del manicomio.
Por qué te gusta tanto este lugar, te preguntaba. Y la respuesta la repetías mecánicamente. Porque adentro está la paz que no tenemos los que habitamos afuera. Oíamos gritos de alegría mientras las papas fritas llenaban nuestras manos, nuestras bocas.
Dibujo con palabras esos versos rayando las hojas de la página veinticinco:
Hasta más no poder estoy colmado / con cada cosa tuya. / Soy el sitio a donde llegas a diario a visitarte: / a encontrarte contigo...
Leo para tus oídos como si supiera que la paloma que aletea por encima de mi cabeza te hará llegar mi mensaje. Sé que si el deseo bombea ese tibio paseo por mi pecho y hacia el vientre, sabrás que estoy leyendo ahora para ti. Viviendo para ti. Respirando por ti.
Encontrarte fue dar de sopetón con la vida. Tus pasos con pantalones flojos me lo advirtieron. Es la holgura la evidencia de la sencilla razón de ser, lo que eres.
Tenías trenzas mal hechas. Y los labios descoloridos. Sabiendo que la elegancia no es lo tuyo vivías. Me lo enseñaste todo con tus pasos de tenis desabrochados, de pantalones roídos.
Tarareabas una canción y a intervalos repetías un verso que hablaba de niños besándose. Bailabas de improviso dejando marcas en la tierra. Tenías negras las uñas, porque ayer jugué con chapopote, decías.
Hay esas imágenes, esos recuerdos. Tostadas con chile en tus dientes. Una pelota de esponja y tres piedras para inventar el juego de las manos ágiles.
Doy vuelta a la página y leo en voz baja. La desesperación me traiciona y me pone en cobarde encabronamiento. No puedo llenar el cajón del olvido simulando que nada importa. Tengo el corazón tatuado con tus ojos. Y estos versos certeros golpean sin cesar:
Esta mañana / como tu voz y tu silencio eran / todo lo que escuchaba; como habías / dejado en mí una lumbre y un secreto, / quise escribirte las palabras / que escuchas que te leo. / Ya las conoces: son palabras tuyas.
Ay este Rubén Bonifaz Nuño me convoca al revolcón en la arena como ese verso de su pez. Alzo la luz de mi rostro para encontrar el azul nebuloso. El deseo inevitable es trepar, viajar, llegar. Donde estás es un brinco que no alcanzo.
Sentado en esta cornisa de azotea me va el sentido hacia la búsqueda otra vez. Porque qué tan niña siempre ardes a borbotones y ni el dormir te puede apagar.
Sé, conozco, entiendo las necesidades y el marcharte abrupto de tu barrio que es el mío. Para volver a ese sitio al que rodeábamos por la tarde. Sabías que esa sería tu casa. Te lo pregunté algunas veces. Vengo para con ellos porque me dan la paz, repetías mecánicamente. Ahora lo confiesas en silencio, con tu ausencia. Y ya nadie me trae razón de tus ojos, aquellos que olvidaste arrancar del corazón que ahora te reclama.
La venganza es para conmigo. Porque ya la historia de gatos volando como bolsa entre el viento no será más el motivo para recordarte. Quiero antes de usar el último verso repetir la frase aquella que me susurraste al oído por vez última: vos por favor no te vayas.
Y ante este libidinoso espanto crepuscular, hundiré en mis venas el verso filoso del poeta. Que sirva de arma en el parto de esta vida que lleva tu nombre.

viernes, 23 de febrero de 2007

Norteado: dícese de la persona que se norteó

por carlos sánchez

La libertad convoca al regocijo. Es una carcajada al principio. Y la constante durante esos minutos de observar y sentir los pinceles lúdicos.

Manuel “el Meño” Ballesteros, construye con su cuerpo una serie de cuadros donde predomina la crítica irónica a ese popularcito mundo del cantante norteño.

Es de Cumpas el personaje, y reitera el origen orgulloso de su identidad.

Descifrar el contexto de Norte Arte me parece ocioso. Convoco entonces para esta noche( y mañana sábado a las ocho de la noche en Teatro de la Ciudad) a los amantes de la danza contemporánea y de la onda grupera. A los interesados en esa mezcla de lo electrónico y lo acústico. Vengan a presenciar el éxito rotundo de “el Meño” y la celebración de esas cincuenta representaciones, que hoy serán cincuentaiuno y mañana cincuentaidós.

La imaginación como creación no tiene límites, Manuel Ballesteros lo reitera, y a varios años ya desde esa primera ocasión de verlo montado en su personaje norteño, en ese espacio de la escuela de letras de la Unison, la capacidad de impresionar en el cuerpo del intérprete, permanece.

Es un remolino, un girasol deshojándose, una reata en domingo de rodeo, un sombrero al aire, un corazón estallando encima del escenario. Un corazón reventado de humor apasionado.

Cuando lo vi en torno a ese jardín de la escuela de letras, me maravilló la ruptura con lo convencional de la danza contemporánea (por lo menos de lo que estaba acostumbrado a ver en esas pocas ocasiones de asistir al teatro), y me dije: esto es danza para todos. Y celebrar el chiflido de esas camaradas que me hacían gozar las virtudes físicas de Manuel.

Hoy la capacidad histriónica en el autor es un extra y los recursos escénicos una granizada que no sabe escampar.

Verlo en ese instante previo al levante del telón y la tercera llamada, en ese ejercicio de calentamiento, con la capacidad honesta para contar el recuerdo de detalles en su carrera, me abrió la puerta de esa fábrica de emociones que es Manuel. Y fácil entonces que el espectador enganche con su propuesta.

¿A quién se le ocurre trepar a un conjunto norteño a un escenario para desarrollar una coreografía de danza contemporánea? A Manuel Ballesteros.

Y bajar del escenario micrófono en mano, involucrar a los presentes, jugar a la multitud que grita en pos de su ídolo. El bailarín, bailador, logra ese enganche porque sabe de la importancia del arte proponiendo la identificación del espectador con lo que ocurre en el escenario.

Besar al cielo norteño hermosillense, es lo que provoca ahora la existencia de este compromiso social al través de arte que sinónimo es de Manuel Ballesteros.

¿Qué si no la convicción de pretender este viaje por la vida haciendo lo que se desea es el camino hacia la felicidad? Y la única vía para que el artista transmita la neta de lo que le está latiendo en los ojos, el olfato, la mente obsesionada que conduce a contar con el ingenio, y en este caso con el cuerpo y la voz como complemento del vehículo hacia los asistentes.

Dicen los díceres que a Manuel le dijo un día don Cayetano su padre que si por qué no bailaba algo que se bailara. Desde ese entonces el Tololoche chicoteado marcó la pauta, en la interpretación de Los Gallitos, para que el joven enamorado de la danza, quien a confesión de Adriana Castaños, sabe que su cuerpo le quiere, complaciera la propuesta de su padre.

Muchos hemos sido los agradecidos con este trabajo tan directo, tan de todos, tan de encontrarnos al observarlo.

Esa noche de colgar la placa de las cincuenta representaciones, es sólo el acta de confirmación de que Manuel es desde ese día de inscribirse en la licenciatura en artes, opción danza, y hasta hoy y siempre, un reo de su cuerpo que vive en búsqueda permanente del cómo decir la vida. Nos la cuenta con ligereza y siempre con acidez lúdica señalando, como queriendo y no, lo descarnado que a veces es esto de jugar a respirar para vivir.

Hay también en esa alegría de los personajes que son “el Meño” la pedrada al mundito banal con el que convivimos todos los días.

Cómo dejar, pues, de celebrar la capacidad del cuerpo y la mente para treparse en el escenario y decirnos la neta mientras felices de contento acompañamos con los ojos el ritmo del bajo sexto y la acordeón.

Manuel nos ha convocado esa noche para celebrar que tiene luz en los ojos y ritmo en la sangre. Hemos bailado al son de la crítica sutil a “la importancia” de los que triunfan. Y de paso a esa actitud racista de los que fabrican las figuras del espectáculo.

Arte comprometido es aquel que pretende abrir los ojos a los consumidores del arte mismo. Arte por el arte es para mí la insignificancia de los que buscan el reflector.

Manuel padece la virtud del compromiso, y en esas horas de crear debe sufrir también los acontecimientos que le laceran en la cotidianeidad, porque de no ser así, el creador jamás podría convencer con su discurso.

El cuerpo del bailarín se le ha prestado a su ideología, y es éste el arma certera para señalar lo que le incomoda o con lo que no está de acuerdo.

Maravilla la lucidez espléndida. Qué ganas de golpear las palmas una vez más para incitar a “el Meño” personaje en Norte Arte que seduce prende enciende. Cantemos esas cincuenta representaciones. Y arriba el micrófono.