martes, 20 de julio de 2010

Tango libros



Carlos Sánchez

Nomás entrar y siento un cúmulo de abrazos. La paz es un digno apellido para ese espacio donde habita la inteligencia, filosofía como nieve incesante que cubre la ciudad. La Biblioteca Pública Mexicana de Cananea es un refugio, un bálsamo donde aliviar la soledad y sus tristezas.
Un lunes por la tarde, por ejemplo, encuentro en ese recinto a un grupo de muchachos con cámaras fotográficas en sus manos. Luego acomodamos sillas, mesas, encendemos abanicos y conversar. Hablamos de lo que somos, hacia adónde vamos, qué deseamos. En acuerdo y por acato de mis sugerencias, esa tarde – noche nos iremos a dormir con la consigna de que al iniciar el siguiente día, haremos fotos de nuestra cama, nuestro hábitat, el lugar donde somos conversación con nosotros mismos: un monólogo permanente de nuestras penas y alegrías.
Así la dinámica de lo que llamamos un taller de fotografía y literatura. Y es allí donde la paz es un suspiro perenne. Donde habitan los anaqueles, el olor a tinta añeja, el suelo cuya textura acaricia la suela de los zapatos, la disposición de las computadoras, el móvil para la consulta, el aprendizaje.
Las tardes de esa semana de junio se sucedieron veloces, entre las dinámicas de fotos hechas por los asistentes al taller, la conversación sobre temas que incumben, la infancia y tocarla con la memoria y escritura. Acordamos tácitamente la propuesta de intervenciones gentiles, comentarios sobre los trabajos del prójimo con ánimo de construir. Un día una de las alumnas llega para sorprenderme con una caja de dulces, y su padre puso en mis manos un libro que habla sobre el karma: tesoros desde la generosidad.
La fraternidad ronda ese espacio. Puntuales los tallerandos llegan para tocarme el corazón con sus miradas, con sus ejercicios, con sus historias como un alud de emociones y emocionarnos.
El miércoles llego media hora antes a la cita, que es a las cinco, desciendo por el pasillo central y me instalo en el último rincón de la biblioteca. De pronto los títulos de los libros me bombardean las pupilas, luego miro a Borges blandiendo el Aleph, a Enrique Serna mostrándome las razones de El miedo a los animales. Un vértigo escalofriante me arropa de placer y no puedo más que tomar libro por libro hasta llevarlos a mi pecho, mi rostro, mi pelo, formar caricias con la textura de sus pastas.
De pronto me veo bailando al ritmo de cumbia, una novela de Fernando del Paso me acompaña, caballerosamente la convido a la alegría, entonces siento entre mis brazos su cuerpo sólido, sus músculos nobles, su cabellera rozagante con olor a miel.
¿Bailamos?, le solicito, y con delicadeza me extiende su mano. Suena ahora un tango que brota de uno de los anaqueles, es Carlos Gardel dirigiendo proyectando su voz, la novela extasiada sigue mis pasos en silencio, el ritmo de los latidos avanza en cada una de las páginas como vientre de ese título creado por del Paso.
Termina la canción y se inventa la angustia, seguro estoy que la novela y yo deseamos permanecer en el ritmo del bandoneón. Pero así son las reglas, y llegan en el momento menos deseado. La última nota del tango nos sorprende cuando ya la cercanía de los labios a punto está de escribir el colofón.
La novela y yo, no obstante el silencio de Gardel, continuamos tomados de la mano. De pronto desde otro anaquel un escritor mexicano nos hace una seña con el índice de su mano izquierda, Por aquí es, acoto mientras nos muestra El jardín de los senderos que se bifurca. Por ahí nos fuimos, corriendo a veces, saltando a intervalos del corazón aún alborotado. En esa carrera nos internamos en un bosque, una selva, en fin, un suelo bañado de sombras donde la única existencia de seres humanos se presenta en voces.
Reconoces quién es el autor de esas palabras, me pregunta la novela al escuchar la anécdota de un pueblo donde habitan los muertos convertidos ya en fantasmas. Me esfuerzo en reconocer la voz. Antes de atinar la novela me da pistas: es de Jalisco, escribió sólo dos libros. Al escuchar la frase Vine a Comala, la novela y yo suspiramos coordinados y nos disponemos a recorrer el camino. Podemos entonces bajo la sombra permanente, convivir con Pedro Páramo y sus obsesiones.
Un olor a urbanidad no hace virar la mirada, encontramos luces y ruidos de autos, la fantasía concluía, se dejaba ver ya la urbe y su estridente ritmo. No hubo más opción que de la mano de otro guía, un tal José Joaquín Blanco, saltar hacia el asfalto, acariciar con los sentidos la vida de esos personajes que viven de noche, a expensas de la suerte, en un volado para decidir donde amanecer al día siguiente.
De la sutileza a la perversión, de los tangos al paisaje en blanco y negro, de la parsimonia a la prisa. En la esquina de un anaquel las letras en color rojo nos incitan a una pausa para el análisis. De allí desciende la magra figura de Abigael Bohórquez quien nos muestra con valentía su deseo para decir lo que ama. Recita y mueve sus manos, sus labios en un ritmo incandescente nos hipnotiza. Gesticula, lee, dice, canta, llora, ríe. El poeta del desierto nos reta con su mirada, y sentencia como preámbulo para su partida: Como poeta soy un chingón.
El libro regresa a su lugar y entre la novela y yo miramos a un poeta marcharse a prisa entre dunas y un cielo rojizo.
En eso estamos cuando una de las alumnas del taller se acerca, me toca, estoy acostado en el piso y su frescura, entre cientos de libros que vigían mis ganas de seguir imaginando. Es la hora de la clase, uno a uno los alumnos se instalan, con una sonrisa permanente yo hablo de libros y fantasías, de Fernando Vallejo y su amor por la misantropía. En la biblioteca se siguen construyendo sueños. Y hay fotos como vestigio, alumnos para refrendar la inteligencia, el deseo de permanecer en el deseo.

viernes, 9 de julio de 2010

Disfraz de soledad


por Carlos Sánchez
Del erotismo al dolor, de la nostalgia a la alegría. La lluvia otra vez como un pretexto para hilvanar versos.
Versiones del porqué (editorial UNISON, colección Lengua de camaleón), de Josefa Isabel Rojas Molina, es un diálogo permanente con los motivos que transitan por los días. Aquí la brújula se convierte en sinónimo de vida y es entonces que toma de la mano a la mujer que escribe para andarla en compañía. Indicación de la existencia por donde se construye el placer que la misma escritora niña mujer madre hija, necesita encontrar.
Al sumergirme en los poemas un chapuzó de catarsis me trasmina el cuerpo: la palabra, la imagen, recorren la epidermis y se instala allá donde dicen me habita el corazón. Los latidos descienden porque la propuesta poética de Josefa es un alud de paz, una caricia que se impacta contra el pecho y me conmina a admirar. Y tiemblo entonces porque encuentro un más allá de estas versiones suyas que son tan mías: poesía al fin y porque la necesito me la apropio.
Leo mientras tengo en el tacto la textura del papel estraza de la portada de este libro, su fragilidad, el volumen, es una mezcla de emoción que se intensifica cuando ya los versos me horadan, inevitable observar en la imaginación esa balsa pacificadora que son los ojos de Josefa.
Agradezco este viaje a Cananea, al que he venido ahora lo sé con certeza, para encontrarme con este poemario que rubrica la cálida transparencia, la calidad humana de quien escribe para seguir viviendo. Josefa irreverente no se conforma con los cánones establecidos, toma en sus manos una margarita y en ella el juego del me quiere poquito nada, siempre desemboca en un sí. Porque jode hasta el hartazgo el constante no, por eso su deshojar es un constante sí.
En Versiones del porqué, más que la catarsis que no es despreciable, más que la filosofía, que también está vigente, más que la belleza en sus imágenes, está implícita la búsqueda de una nueva manera para decir las obsesiones. Josefa en estas páginas juega al periodismo y se entrevista a sí misma, luego toma recursos de la modernidad tecnológica y su poesía estalla en un diálogo extraído del Messenger. Un diálogo lúdico inocente intenso jovial que desemboca en una película, en una canción.
Ejerce la creatividad, hilvana apuntes para la construcción de una canción, el cuerpo es la investigación donde se reflejan las emociones: vapor que sube a las mejillas / los ojos casi adentro / del oscuro recipiente.
En este libro los versos son identidad, mirada constante al exterior, al interior, un derrumbe en el cuerpo, la edificación del alma. Un aposento donde al escribir, Josefa, se disfraza de soledad. Y mientras: Afuera ha llovido / por dos días / el agua es un lugar / y el tiempo. / Por suerte o por cuestión / climática / el cielo permanece gris.
Tiene la virtud entonces de reciclar los argumentos cotidianos, tomarlos entre los labios para no dejarlos ir. Josefa sabe que el mar y amar es inevitable, aunque se postergue, es necesario, por eso evocarlo (al mar y al amar) en ella es constante, como la lluvia y esos ojos verdes que en sus versos hablan solos de tristezas verdes. Y se va.
Existen pues, en estas páginas con letras impresas sobre papel revolución, versiones de un atardecer mojado, también una entrevista hecha a la mujer lluviosa en la feria invernal. Existen motivos para refrendar la honesta transparencia en los ojos, los pasos, la voz, el silencio y el sonido, elementos que engloban el significado del nombre Josefa a quien bendito el cielo, no le queda claro el mundo, no aprende a vivir, y muere viviendo.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cananea: la ciudad de Dios



por Carlos Sánchez
El saludo de un agente de la Policía Federal es la aprobación para el libre tránsito. El chofer del autobús saluda y avanza hacia su próximo destino: Cananea.
En la central de camiones la mirada de un taxista se protege tras los lentes Ray Ban. En un auto sedan Ford de modelo antiguo, con palabras y gesticulación describe regiones de esa ciudad minera, cuyo guión está encadenado a un conflicto laboral que tiene en parálisis la actividad comercial.
“El nombre es lo de menos, mi amigo”, comenta a manera de respuesta el taxista, quien ya en su faena de conductor mete cambios, acelera, y conversa al ritmo del motor. “Si ves que están arreglando esas calles, es porque ya hay inversión, las cosas han cambiado de a poco, pero ya se ve algo”.
Son las dos de la tarde, un viento apacible se trepa en la atmósfera. En los pies de unos niños juega la inocencia a patear un balón, y nada importan esos días de huelga, gritan en celebración cada jugada: el mundial les permea de dicha el temporal.
El taxista sintoniza una radio local y tararea una rola. “A los cananenses nos gusta la música mi amigo”, y al tiempo que sube el volumen de la radio, la locutora rubrica la autoría del cantante en ocasión: “Nada más y nada menos que Sergio Vega, el Shaaakaaaa…”.
“Lástima que ya nos lo mataron, ¿supiste?, cada vez está más fea la cosa, ¿o no?”. Un mutis es la respuesta, la patrulla de la Federal pasa rozando al taxi y un no muy simpático agente bigotón escudriña el rostro del chofer.
“A veces uno no quisiera que se fueran los Federales, o que ya se vayan, hay sentimientos encontrados por todos lados, porque no se sabe si te van a cuidar o te van a chingar”. Una rola más es el preámbulo para la alegría, el taxista abre la cajuela canturreando, cobra cincuenta pesos por el servicio y se pone a la orden. ¿A qué dice usted que viene para acá, oiga? Eso es lo de menos, respondo mientras ya la puerta que me espera se abre de a poco. Para recibirme están los libros como una dócil compañía, un espacio para salpicar el deseo de aprender.
Receso
Salir a caminar en Cananea significa la posibilidad de un ocre hacia el poniente, la reunión de hombres de mirada afable y con ganas de palabras en derredor de un árbol en la plaza Juárez. En ese mismo sitio dos adolescentes juegan a eternizar un beso, y se toman de las manos como si en ellas existiera la última oportunidad para vivir.
Tienen esas horas de sol cayendo la energía para provocar un sorbo de café, y cae en las manos de los conversadores que al aire libre hacen un inventario de aquellos días, de éstos y los que vienen. Pantalones de mezclilla, botas de minero, gorras de beisbolista y camisas manga larga es el atuendo generalizado. La mirada afable, cierto, e incesante hacia los adolescentes que ejercen el cariño a través de la piel en contacto.
Cuentan los hombres bajo el árbol las peripecias vividas en la cima de la mina, en el corazón de sus herramientas para desarrollar su jornada de ocho horas y en ellas implícitas la recompensa en un día de raya. Los árboles que son álamos hacen lo suyo, aportan como pinceles diversos verdes para el contraste con el ocre que se intensifica cuando el sol baña el poniente de Cananea.
Aquí no todas las oraciones tocan la historia de un conflicto laboral, Cananea se llama vida y transcurre desde la resistencia, el esfuerzo, desde ese balón en los pies de los niños, desde los labios adolescentes, desde las palabras añejas y llenas de experiencia en los abuelos de la plaza. Cananea es también un lugar para nombrarlo la ciudad de Dios.
Hoy es el preámbulo para las voces que vienen desde el centro de las piedras. Mañana seguiré contando desde la mirada de hombres y mujeres que saben lo que significa la existencia de una estufa de leña para satisfacer la necesidad en el estómago de los hijos.

jueves, 17 de junio de 2010

Prisión y literatura



Los internos del Cereso Hermosillo 2, ejercen la literatura, como lectura y escritura, a través de un taller que coordina el Instituto Sonorense de la Juventud

Redacción.-
La literatura como una puerta hacia el interior. Descubrirse y saber entonces que la palabra ordena las emociones. Y nos llena de paisajes la imaginación.
La prisión existe en el cuerpo, más no en el pensamiento, en caso de que el ser humano cautivo así lo decida.
En el Centro de Readaptación Social Hermosillo 2, existe la oportunidad para la liberación del pensamiento, mediante el ejercicio literario. Esta práctica se ejerce con la coordinación del Instituto Sonorense de la Juventud, quien es el proveedor de los maestros de literatura, y diversas disciplinas artísticas.
Los internos que cumplen con el programa Reconstrucción personal, estudian, además de otras asignaturas, el arte de las letras. Y leen, escriben, conversan y analizan.
Durante cuatro meses, y en sesiones semanales, los integrantes del Taller de escritura creativa, impartido por el escritor Carlos Sánchez, volcaron sus emociones a través de anécdotas de vida, pensamientos hacia el origen: la familia, el amor, la amistad, la infancia.
En los renglones se volcaron pues, esos instantes de llorar y reír cuando niños. Los motivos disímiles o similares. Todos con un recuerdo inquebrantable sobre esos años en los que el coeficiente emocional se gesta. Y hubo trompos y canicas, balones y una cubeta con franela para lavar carros y tener esa opción como divertimento.
Humberto Martínez, el Tibio, vuelve al polvo de sus calles con la memoria: “En la infancia hubo un juguete que era mi preferido, me causaba mucha alegría, al solo verlo deslizarse por la cuerda, llegar al piso y bailar, me causaba una gran satisfacción. Recuerdo cómo me emocionaba cuando sacaba los trompos de la carcelita para quedarme con ellos, las alegatas cuando nadie quería perder, por eso los trompos fueron mis juguetes preferidos”.
En su recuerdo de niño, el Grande, Guillermo Renato Ortega, vuelve a ese momento donde la canica fallaba su impacto contra la otra y todos coreaban: “uuuyyyy”.
Paulo Tapia escribe: “Nosotros éramos muy pobres, y jugaba con litros de leche a los carritos, a los camiones”.
A Daniel Flores, nacido en el Distrito Federal, la infancia le vino entre franelas y cajones para limpiar calzado: “Daba grasa, vendía chicles, pero por lo regular todos los días me daba dos o tres tiros, porque el hambre estaba cabrona en el mercado de abastos”.
Francisco Arturo Valle rememora: “Me acuerdo cuando era morrito jugábamos al mundito, al veintiuno, o nos aventábamos una cáscara, jugábamos retas de basquetbol con morros de otro barrio. Algunos de mis compitas ya no viven, porque a ellos les tocó otra suerte, eso sinceramente me agüita mucho”.
El entorno: mezabancos, un pizarrón, librero breve y en él obras al azar. En la dinámica la atención es permanente y la sorpresa de un día menos al calendario, un día menos para la condena que se purga.
Hoy el tiempo escribe la consumación de una generación más de la clínica donde se reconstruye el cuerpo, el pensamiento. Los alumnos contarán como anécdota el aprendizaje por el paso de este proceso, y tienen como acervo en su vocabulario la palabra literatura.

domingo, 30 de mayo de 2010

La fraternidad en un sombrero



carlosánchez

La vida se compadece y pone en mi camino a Federico Campbell, escritor, periodista (que es un pleonasmo). Lo encuentro con su camisa blanca, pantalón beige, zapatos de gamuza, y en su mano una pluma trazando un autorretrato caricaturizado.
La vida se dispone y me ahorca la imposibilidad de decir todo lo que deseo. Quisiera en la redacción plasmar la emoción completa, contar que he visto gracias a la virtud de la conversación con el escritor, las calles de Irak y una botella de salsa tabasco que le perteneció a un soldado mexicano luchando por Estados Unidos.
No me alcanza la capacidad para narrar el placer, la catarsis de encontrar a Federico Campbell Peña (hijo de Federico Campbell), en las palabras de su padre, y poder explicar al lector cuán agradecido estoy de este instante, por la fortuna de que en una conversación me nacen motivos para la existencia: la encomienda de leer La carroza negra de Bush, obra que narra las muertes de los soldados mexicanos en Irak, y es escrita por Campbell Peña.
Ante un café, Campbell me cuenta que anduvo puebleando por el río, que comió en Guadalupe de Ures, que pernoctó en Banámichi. Su mirada desborda, al contar el recuerdo, la alegría del paisaje verde que es esa región de Sonora. “Otro mundo, es como un lugar aparte de México donde la gente no espera nada del gobierno, nunca esperó nada del gobierno”.
Me invita a recorrer el centro de Hermosillo, en busca de un sombrero para regalar a su amigo Salvador Aguallo, generoso anfitrión para con el escritor. Federico, en el recorrido hacia la sombrerería, hace un recuento de las calles por las que le gustaba caminar cuando estudiante, y destaca la avenida No reelección que desemboca con la arquitectura de la capilla del Carmen.
Su mirada es incesante, sus conversación igual. Campbell es la alegría puntual al sentir el pulso de los latidos citadinos. Ya encuentra una revistería, en el mercado, de manera veloz indaga los encabezados de los diarios y como conjetura expone que le dan una hueva inmensa los periódicos, “porque estamos viviendo un tsunami de la información”, acota.
Federico igual expone que pregunta, mira su derredor y encuentra la muchedumbre en el corredor del mercado: “¿Y éstos hombres qué hacen aquí?”, inquiere. Continúa sus pasos para increparme: “No veo ninguna sombrerería, se nota que no conoces tu ciudad”. Le señalo con el índice El Mezquite, la tienda donde seguro encontrará lo que busca. Entramos.
Los sombreros se apilan y es el paraíso en los ojos del escritor. Es como si le abrieran las puertas del cielo. Es un niño perdido entre malvaviscos. Masajea, con la pupila, las formas, la textura, los colores.
Ante la atención de una dama intendente, la compraventa se convierte en una conferencia sobre el origen de los sombreros: su historia, el contenido de los materiales, la etimología de sus nombres. Un encuentro de las pasiones respecto de ese objeto que es una caricia para la mente.
Lourdes Robles se llama la dama que atiende. Y le expone regiones del perfil de persona que es Federico: “Porque usted vive a partir de lo que siente”, le argumenta, “y por eso le molestan las etiquetas en la ropa, en los sombreros”.
Después de analizar varias medidas, el sombrero preciso entra en una bolsa y se paga la cuenta, no sin antes, en el curso de la conversación, algunas fotos para el recuerdo, las coincidencias para las preferencias en la estética.
Cuando Campbell dice su nombre, la madre de Lourdes, que es también gerente de la sombrerería, lleva las manos a su rostro, se desorbita, pide entonces una foto por favor a la vez que manifiesta ser un orgullo para ella que Federico esté allí, en esa tienda.
Acuerdan que por la tarde asistirán a la conferencia que el escritor impartirá en el callejón literario, en el programa de Fiestas del Pitic.
La sonrisa es más que júbilo en Federico, por encontrar el sombrero para su amigo Salvador. El regocijo es también por el encuentro con las comerciantes de sombreros, quienes cuentan con agradable lucidez y un estilo perfecto para ejercer lo que le apasiona: su vocación de vivir en ese empleo. Porque lo manifestaron en la conversación: “nosotras queremos ponerle un sombrero a cada uno de los que habitan el mundo”.
Campbell con el sombrero en sus manos reinicia el recorrido de su mirada hacia el centro histórico de Hermosillo, y de manera natural el cuerpo lo lleva al mercado donde ya ordena un taco de cabeza, uno más, otro. Mira su reloj y se entera que es la hora de comer. Paga la cuenta y es invitado por el taquero para que regrese al día siguiente, a desayunar.
La vida se compadece y permite que un domingo, en el cual tampoco contaba con monedas para la gasolina, el autor de uno de los libros más maravillosos que he leído, La clave morse, deposite en mis manos un par de billetes, y me convoque a ponerle combustible al Vocho.
Después juntos recorremos el camino hacia el hotel donde se hospeda, no sin antes recrear en la plática y con gratitud, el interior de la sombrerería, e indagar las capacidades humanas de Lourdes y su madre, intendentes de El Mezquite.
Un domingo perfecto, para comer tacos de cabeza, beber las palabras, degustar con los pasos el recuerdo de esta tierra que llega a sus primero trescientos diez años de existencia. Un domingo para encontrar las palabras de Campbell mientras encuentra un sombrero para fraternizar.

sábado, 29 de mayo de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

El cazador de gringos: un paliativo contra los dolores


por carlosánchez

Qué más si no la frustración nos lleva a la cólera, la reacción, la rabia. Insistir en el racismo es, en este instante, y desde tiempo ha, una gota de agua en el cráneo de México. Constante. Insisten los políticos estadounidenses, y crean sus corrales jurídicos para reprender a los que buscan el bocado, mediante su trabajo, en tierras gabachas.
No es de gratis, ni una coincidencia, que El cazador de gringos, del dramaturgo sonorense Daniel Serrano, toque el vientre del sempiterno y polémico tema de la migración. Lo plantea, esos sí, con desmesurada capacidad lúdica, como pretendiendo que nos duela menos la agresión, la burla, es escarnio del cual somos víctimas los de acá de este lado. Los güeros como victimarios. Sólo que en la creación de Daniel Serrano, y partiendo de que la mente cobra su libertad para hacer existir, los güeros son el objetivo en la mira del rifle de un mexicano.
Jorge Rojas Fernández, guatemalteco y por ende conocedor también de las vejaciones que se ejercen todos los días en la frontera en contra de sus coterráneos, en ese intento de cruzar hacia allá, reúne al reparto preciso y los va dejando ser en sus propuestas actorales: Vicente Benítez, Laura Hurtado, Arturo Velázquez, Jhonatan Tautimez, Juan Loaiza y Sarahí Noriega.
Ellos, algunos egresados de la Academia de Arte Dramático, otros maestros de la misma escuela, se trepan a esa azotea donde ocurre la vigía constante en esa obsesión de cazar a los gringos.
Heberto, que es Vicente Benítez, el actor, mantiene ese pulso de rencor prendido de su mirada, de su enardecido discurso, el cual, en el desempeño de la obra, hará saber mediante su víctima que es Tony (Jhonatan Tautimez), miembro de la Border Patrol, que las rencillas van más allá que la negación al acceso de los connacionales para ingresar al país de las barras y las estrellas.
El rencor se concentra también en la pasión por los hijos, y las consecuencias para la fijación contra los estadounidenses, es la relación de la hija de Heberto con un “gringo prieto”, que un día se la llevó.
Jugar con el tiempo en el escenario es una virtud del dramaturgo. Construir la escenografía es el acierto del mismo director: Jorge Rojas. La atmósfera precisa para hacer sentir al espectador que los personajes habitan una azotea, y con los mismos efectos de iluminación, se dejará sentir la resistencia, esa condición social que no va más allá de los ingresos de un salario mínimo.
Durante el desarrollo de la obra, aporta también a una atmósfera de frontera, la musicalización: sonidos de claxon, el ruido constante de motores den marcha, las canciones de identidad mexicana como La puerta negra y Árboles de la barranca.
Al leer el título de la obra, posiblemente uno como espectador pensará que es un guión escrito en venganza contra la ley antiinmigrante SB 1070, o tal vez la conclusión sea que la propuesta es coyuntural. Pero ocurre que esta obra fue escrita y publicada hace ya algunos años. Porque sabido es por todos que el problema del racismo, en Estados Unidos, tiene ya su historia.
Y posiblemente al conocer el título de la obra, uno se convierta en espectador y ya en la butaca a esperar el discurso ideológico, la protesta, la marcha, la consigna sobre una manta. Afortunadamente, el dramaturgo se despoja de cualesquier posibilidad de retórica o panfleto, y escudriña más que el planteamiento social (sin dejar de serlo), el sentimiento de un padre que por pasión va de a poco construyendo una idea de venganza. Al subrayar en el paréntesis la frase: sin dejar de hacerlo, el objetivo es que no se soslaye esa dosis de ideología que también está en la obra.
Se agradece la puesta de este texto, sobre todo en este instante (o cualesquier otro), porque la inteligencia es una esfera que engloba la obra misma, desde la dramaturgia, hasta la dirección y actuación.
El dramaturgo hace lo suyo mediante la creación de los personajes. Los actores prestan sus cuerpos, sus voces y nos llevan de la mano durante casi una hora al análisis de un tema que tratado así, nos provoca también la risa. El director tiene tacto, por eso en este tiempo El cazador de gringos fue el argumento para que ese miércoles de mayo, y por la noche, teatro Emiliana de Zubeldía no se diera abasto en sus butacas.
Reírnos de nuestra tragedia, se ha comprobado una vez más, en esta puesta, es y será un paliativo para disminuir los dolores, sobre todo cuando uno puede ver a un gringo sometido por un mexicano. La crueldad será la misma si la violencia es de aquí y hacia allá, contra los del gabacho, sólo que en la inteligencia del dramaturgo, las acciones de los actores arrancan la sonrisa del público. Porque la venganza a tanto desprecio, se da de a poco, y entre diálogos irónicos.
En esta obra de teatro, un integrante de la Border Patrol, por decisión del escritor Daniel Serrano tiene que enseñar sus papeles y dar explicaciones a un mexicano. ¿Eso no es realismo mágico?