martes, 25 de octubre de 2011

Para Josefa: una feria del libro


Carlos Sánchez

El viernes cuatro de noviembre, por la tarde, estará recibiendo un reconocimiento a su trayectoria. Habrá emociones diversas. Sabrán, quienes son ajenos al oficio de la poesía, que el nombre de Josefa Isabel Rojas Molina está ligado a la escritura.
Sabrán también que como vocación tiene la fraternidad, y si los presentes se internaran en alguno de sus libros, entenderán porqué el oficio de la poesía es también una consecuencia, no una pose, no un invento desde la pretensión y la búsqueda del reflector.
Existen muchos, y muchas, que andan por ahí tras bambalinas de la literatura inventándose currículum y premios, asociándose para, en grupo, erigirse como escritores. Entonces orquestan encuentros, tocan puertas de instituciones gubernamentales, consiguen apoyos y pregonan gestiones que se encaminan a la promoción de la lectura. Muchos y muchas de los que allí se agrupan no saben siquiera leer. Pero escriben.
Quienes asistan a lo que será la inauguración de la Feria del Libro Hermosillo 2011, tendrán de frente la mirada de Josefa Isabel Rojas Molina, y tal vez sepan, en caso de que supieran leer las miradas, que la honestidad es un elemento invaluable para la construcción de versos. Conocerán también el respeto que los escritores netos le confieren a la poetisa quien sin pretenderlo ha construido la posibilidad de su nombre para quitarnos el sombrero al momento de saberlo, de escucharlo, de entenderlo.
Cuántos y cuántas van por la vida con sus libros debajo del brazo, como una pose para aparentar ser letrados o leídos. Cuántos y cuántas se colocan el gafete en el pecho para que todos vean que se asiste a un encuentro de escritores porque lo son. Cuántos y cuántas organizan tertulias, obtienen espacios en medios, electrónicos e impresos, y dicen y dicen sandeces y demás creyendo descubrir el hilo negro de la literatura. Cuántos son muchos. Y logran estos espacios gracias a la ignorancia de quienes los dirigen.
Y así van por la vida, auto nombrándose escritores, lectores. Y hacen de la literatura un botín para sus viajes, y obtienen trabajos con seguridad social, y organizan y se van a los festivales de renombre y hablan en nombre de la literatura sonorense, aunque quienes hacen realmente la literatura de Sonora, como Josefa Isabel Rojas Molina, por ejemplo, ni aparezcan en esas filas de afiliados a grupos que luego según nos representan en diversos escenarios del país, incluso en otros países.
Josefa vive allá. En Cananea, y muy poco baja a la capital. Es bibliotecaria y tiene como recámara el sótano de su casa, donde acompaña a sus padres, y a su hija Mariana. Lee un montón, escribe también un chingo. Un día me comentó que cada vez se le dificulta más la lectura, porque tal vez se le acabaron los ojos con tantas letras.
Ese día sentí una conmoción. Recurro a ella cada vez que evoco a Josefa. Pero no podría ser de otra manera. Apertrechada en las letras, y en su ciudad minera, ella eligió como oficio la permanencia con los suyos, y para demostrarlo, sin pretenderlo, está ahora este reconocimiento que se le otorgará en la Feria del Libro, un reconocimiento que no buscó, pero que le viene muy bien, porque a lo único que aspira Josefa, es a escribir y por ende a publicar. Este reconocimiento será un buen pretexto para que parte de su obra encuentre divulgación a manera de libro.
Estoy feliz, estamos felices, sus amigos, y los impostores, los que se dicen escritores, los que fingen sonreír al leer el nombre de Josefa, no les queda más que aplaudir ante la elección de esta edición de Feria del Libro. Seguramente estarán por allí, cuando reciba el reconocimiento, seguramente aplaudirán fingiendo alegría, y soñando que un día estarán en el lugar de ella, la homenajeada. Pero qué difícil se avizora esa posibilidad, porque los reconocimientos de la sociedad no se pueden inventar como se inventa un currículum o un premio. Se obtienen gracias a ese pacto que se hizo desde siempre con la honestidad, la sencillez, asumiendo las consecuencias.
Mientras esto ocurre, Josefa Isabel Rojas Molina seguirá siendo resonancia de pulcritud y honradez, porque nunca un tache. Así de fácil. Para constatarlo, están sus versos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Porque no los labios

Carlos Sánchez

Estos son los versos de una canción que canta Jaime López:
El árabe tocaba / la armónica en la barda / y ella lo ahuyentaba / con piedras juguetonas / el siglo era joven / y ella una niña / que ya la alborotaba / el cuerpo las hormonas…
Y esta es la impotencia que me despierta la ausencia de Manuela Esmeralda, mujer de dieciséis años y a quien matara a golpes un tipo cuyo argumento para la violencia, según dijo al rendir su declaración, es la intolerancia ante el desdén. Quiso besarla a la fuerza, después de una fiesta, quiso tomarla porque sintió el derecho que según él le otorga el encaminar hacia su casa a una chica. Así lo dice un parte policiaco.
Al árabe en el patio, le daba de patadas / coqueta de reojo / saltándole la cuerda / y así el adolescente / fogoso insistía / tocándole a Angelina / tonadas muy muy viejas / porque la niña aquella / pequeña y tan traviesa / con cara de diablita / se llamaba Angelita / ay Angelita / ay Angelita…
La armónica y su sonido entrañable, nostálgico, y me hace penetrar la oscuridad de esas calles por donde caminó por última vez Manuela Esmeralda, con su nombre que también me remite a aquella escena cruenta de una historia que construyera el chileno José Donoso, y donde ese personaje, de nombre Manuela, también feneciera en manos de la violencia.
Manuela Esmeralda tal vez caminaba con sus pasos despreocupados, feliz de sus primeras canciones en compañía de los amigos de la escuela, del barrio. Y en su casa los padres para aguardar su llegada. Pero el error fue decir sí a la oferta de quien se ofreció acompañarla. Porque a esa edad ni dios ni la malicia estuvieron de su lado, a esa hora cuando el perfume se desgasta y la feromona invade el olfato. Ni la luna llena apareció.
Los golpes de la vida / un día le cambiaron / su pueblo de alacrán / de la tierra nayarita / sería un infinito / rezarnos el rosario / así que del vía crucis / mejor ni hablar ahorita…
Porque octubre trajo su inmensa luz de noche, pero eso fue ayer, antier. Esa madrugada no. Esmeralda tan sola bajo el cielo, sobre la calle, de la mano de la traición, de la violencia convertida en un manojo de músculos para doler en cada uno de los golpes contra el rostro, el cuerpo.
El árabe tocaba / la armónica y lo veo / en un recuerdo que / de repente se le sale / el siglo ya envejece / y ella con arrugas / retorna a ser la niña / que vino a ser mi madre / porque la niña aquella / pequeña y tan traviesa / con cara de diablita…
Y dónde la luz de un rayo para cegar la violencia, dónde la voz de Manuela Esmeralda para atrapar el auxilio, dónde los gendarmes, las legislaturas, las marchas para implorar, reclamar, la paz, los listones color rosa formando un moño que pende de la solapa, dónde un grito para ahuyentar la violencia, dónde la consecuencia de los rosarios a la hora de la misa, dónde los principios que le inculcaron a él, dónde los sueños de ella, dónde en la ciudad que es civilización cercanía también del valle del mayo.
Manuela Esmeralda ahora es estadística, móvil para el salario de un ministerio público. Manuela Esmeralda la resonancia dentro del cuerpo de sus familiares, y un motivo irrefrenable para sentir que la respiración se nos escapa. Idéntico se escapó su aliento antes del amanecer.
Y apareció allí, en la calle.
Ay Angelita / ay Angelita / ay Angelita / ay Angelita / ay Angelita…

miércoles, 5 de octubre de 2011

Silencio ausencia




Escucho los pájaros. Tengo un té y la resaca. La cartera sobre el buró, vacía. Anoche fue la resurrección del pecado, el divertimento como una culpa.
Anoche me arroparon sus manos, resbaló por mi rostro con su tacto. Vino como aquella vez cuando niña y me susurró al oído el secreto que guardaba.
Tengo ahora el silencio, los pájaros que también acuerdan la desbandada, el té que aminora, mi madre un recuerdo y su nombre impronunciable en el interior de la casa.
Vino, dije, y estuvo entre canciones de radiola, con sonidos de acordeón y bajo sexto, bailando para mí, y para ellos que también la veían sin disimulo. Quién puede fingir indiferencia ante una luz que encandila de tanto brillo, y sobre todo cuando esa luz llena todos los rincones, y en esta ocasión vino para llenar la cantina.
Vino y no supe cómo llegó, de pronto estaba a mi lado, diciendo su nombre como si yo necesitara que me dijera quién es y dónde nos conocimos. Con una frase le expliqué todo, eres hija de Nacho. Y recordé entonces las mañanas que Nacho llegaba acompañada de su hija para dejarla de encargo con mi madre antes de trepar en el camión que nos llevaba a trabajar en la mina.
Recordé en ese momento también la manera con la que ella me miraba en esos años, recordé de a poco la ocasión que la encontré detrás de la cortina dentro del cuarto donde yo dormía, donde duermo. Recuerdo ahora que se recostó sobre mi pecho, y dibujó con su dedo índice un camino imaginario sobre mi piel.
Ella también lo recordó, pero no lo dijo, sólo me miró y empezó a mover su cuerpo, con una cadencia que ahora me deja más solo de lo habitual. Movía sus manos y mientras bailaba yo la sentía recorrerme con sus dedos, se paseaba por mis hombros, por mi rostro, y la veía y me preguntaba si serían ya los tragos que me hacían sentir lo que estaba sintiendo.
No paró de bailar, una y otra canción, una más. Así durante la noche, el ruido de sus tacones persiguiendo el ruido del bajo sexto. Yo a intervalos dando uno que otro grito que son rigor en el interior de una cantina.
Y allí empezó este sentimiento de tristeza, de a poco la alegría se tornó en vacío, afanaba por seguir sintiendo sus manos por mi piel, y nada, de pronto y como un rayo que llega y se va así se fue el divertimento. Ella iba de aquí para allá, y se ufanaba de tanta celebración de los otros quienes admiraban sus movimientos.
Quise entonces por honor a la familia de mi amigo Nacho, decirle que acá son otros tiempos, otras formas, que distinto, muy distinto es la fiesta a según de esos lugar de donde ella venía, pero no, no dije nada porque bien sabía yo que estaba mintiendo en mi intención de capturarla. Pretendía tal vez llevarla a mi lado, entrar en este mismo cuarto en el que algún día ella entró en silencio, en este cuarto que es el mismo en el que ahora despierto para encontrarme solo otra vez.
No recuerdo cuál fue la última canción, sin embargo sí recuerdo el final de aquél día cuando me trepó y con sus manos pequeñas dibujaba el camino imaginario sobre mi pecho.
Recuerdo que me le quedé mirando, no podía hacer más, no podía incluso ni hablar, sintió mi mirada y el camino que dibujaba de pronto encontró otras veredas, cambió de rumbo y en un instante su manos provocaron que de mí naciera un río. Ella sonrió antes de entrar en la corriente, después, también en silencio, desapareció con pasos pequeños.
Un día su padre la mandó a casa de sus tíos para que estudiara en la ciudad. Un día también a Nacho se le cayó la cara de vergüenza e intentó ocultar el nombre de ella. No la volvimos a ver, ni a mencionarla en las pláticas en el interior de la mina. Nacho, como es destino, también se fue un día. Para siempre.
Y la he visto de nuevo. Con otro cuerpo, con otras manos, con la misma mirada. No sé si volveremos a encontrarnos, no sé adónde me lleven estos recuerdos, no sé si me lo invento o los pájaros regresan para despojarme los silencios, y traerme las ausencias.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Adónde van los desaparecidos?

carlosánchez
Con la violencia de una piedra en la cabeza mataron a su hijo. Se lo devolvieron hecho pedazos. Sepultura del cuerpo y la pena de seguir en la espera. Porque al más pequeño quizá también lo mataron. Pero a él no se lo han devuelto.

Hace unos días anduvo por la ciudad Rosario Ibarra de Piedra, compañera de dolor de doña Consuelo, madre de los hermanos Arana Murillo, activistas víctimas de la intolerancia. A ambos los desaparecieron.

Y hace un par de años visité a doña Consuelo. En la sala de su casa comimos coyotas, tomamos café. Me mostró algunas cajas con documentos de los trámites que ambas, doña Consuelo y doña Rosario, hicieron durante tiempo con la ilusión de encontrar a sus hijos.

“Todavía recibo cartas de ella donde me dice: Chelo, no te desanimes, ya verás que vamos a encontrar a nuestros hijos...” Eso, entre otras cosas, me contaba la doña. Y agregar que con la voz quebrada, sería ocioso.

Han pasado más de treinta años y nada más queda ya que el dolor, porque la esperanza se fue al caño junto a un torbellino demagógico: voces de políticos construyendo falacias. Es su oficio y la vía para la riqueza.

Doña Rosario cobra ahora como funcionaria, hace bien su trabajo, declara, defiende, persigue la congruencia y es probable que algún día la alcance. Doña Consuelo vive en su casa, derrotada ya del trajín en busca de su hijo. Los otros hijos, uno de ellos, otrora presidente municipal de Álamos por el PRI, no le dejaron continuar la búsqueda. Ni manifestarse contra los posibles responsables de la desaparición de Marco y Jesús. Y el cansancio también traiciona, porque el cuerpo se doblega ante el dolor y los años.

Marco y Jesús vivieron en la colonia San Juan. Dicen los que saben, sus contemporáneos, que ambos eran chingones para meter goles en los llanos. Que la risa les pertenecía. Indudablemente la ideología también, esa que los hizo desaparecer.

Unos años hace ya me topé con la tumba de Jesús, con un epitafio donde reza que fue un hombre que murió con la cara al sol. Me pavoneé y encontré en esa cruz la esperanza. Ahora que todas las rayas formando cruces en las boletas se destinan al PAN que es lo mismo que PRI y PRD, encontré en la muerte de él esa luz en este túnel infausto.

Creyeron en algo, defendieron lo que amaron. Y desaparecieron. No por gusto. La violencia del poder es implacable; seguirá siendo.

Ahora sólo me (nos) resta recordar a esos carnales camaradas y nostalgiarme de revolución el alma cada vez que paso por el barrio donde tuvieron su casa. O echarme otro sorbo mientras Víctor Jara convoca a desalambrarme la mediocridad. Gritar siempre será mejor que apretujar el cogote por el amor a unos pesos, o a la vida incluso.

(Y qué cabrón: en este momento escucho Casas de cartón. ¿Coincidencia?)

Pues viene a cuento esa visita de doña Rosario, en esos foros de las cámaras donde habita desde mi punto de vista la lentitud, la ociosidad, la vuelta y revuelta hacia el mismo punto. Qué obliga a la doña a su actividad en la política, me pregunto, y concluyo: la ilusión. Porque, ¿qué más puede hacer una madre que vive con la incertidumbre para siempre? La desaparición de Jesús Piedra es vigente en el corazón de Rosario, como debiera serlo en muchos de todos los mexicanos. Pero hasta eso tienen a favor los políticos, somos agachones y olvidadizos.

Por lo pronto la rutina de mis pasos seguirán saludando la fachada de la casa de doña Consuelo. Y en la memoria estarán esas cajas con documentos vestigio de la búsqueda de dos almas extraviadas, dos cuerpos que ocultaron los del gobierno para ocultar así su temor.

Por lo pronto Rubén Blades me hace bailar con ironía y dolor, con ritmo de trompetas y tambores. “¿A dónde van los desaparecidos?” El estribo emerge desde la ventana de una casa de la Hacienda de la flor.

sábado, 1 de octubre de 2011



esta foto es parte de la serie Tendederos,es la número nueve. el año que entra subiré una más.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Reencuentro

Carlos Sánchez

Lo miré en el bulevar, con atuendo de overol azul y zapatos rojos. Ofrecía helados con una bolsa sobre su pecho. Parecía un canguro. Le compré uno con la intención de verlo a los ojos. Pensé que el Resortes podría reconocerme y recordar los días aquéllos, la historia aquélla.
Me miró sin parpadear y en lo que dura la luz roja entré en un túnel de la memoria. Vinieron entonces las imágenes intactas, de esos días cuando él llegaba al callejón, donde jóvenes discutíamos el fuera de lugar, el ponche sin estraic, la memoria tan ágil como los lanzamientos que hiciera el toro Valenzuela con los Dodgers de Los Ángeles.
Fue en esos tiempos, de la serie mundial, la fernandomanía, cuando una mañana llegó el Resortes a pedirme unos zapatos prestados, porque según le dijo su madre lo fueron a buscar los de la Judicial del Estado, y debía presentarse.
Sabía que no tenía bronca, según nos dijo, que por eso iría al Ministerio Público, para no andarse escondiendo. Así fue, se llevó los zapatos bien boliados, incluso una camisa que mi hermano el mayor me envió de los Estados Unidos. La camisa tenía un Cadillac rojo tatuado en la parte posterior.
Dicen los de la raza, quienes vieron al Resortes, otro día por la mañana, para ir a presentarse a la Judicial, que el loco iba bien línea, que poco antes su jefa le dio la bendición, que incluso le prometió que al volver estarían listas las almejas con chile colorado y jugo de limón. Que no se tardara mucho, le advirtió.
La luz del semáforo se puso en verde y al salir del túnel de la memoria entendí que el Resortes no me reconoció. Aplasté el acelerador y mientras manejaba, regresé a la memoria.
Entonces vinieron los días de ausencia, el Resortes ya no estaba en el barrio. Ya no volvió. Pero cómo, se preguntaba la Gina, su madre. Y todos apostamos por hacer una vaca y conseguir un buen licenciado. Su madre, y nosotros, no creíamos lo del Reé.
Era calmado, ya para ese entonces trabajaba en la albañileada, le gustaba el tequila y escuchaba al Scorpion’s. Se ponía línea los sábados, con overol de mezclilla y tenis converse, nunca compró zapatos. Había ocasiones en que llegaba al barrio en un taxi, y se apeaba sin pagarlo, se sumergía en los callejones y el chofer en turno no duraba mucho esperando aquella promesa de ahorita vuelvo, voy a con la jefa para que me preste para pagarte.
Luego venían las risas, el seguir conversando con alcohol, y uno que otro churro para tronarnos en el cerebro. Nos gustaba sacar la tivi de la casa, ponerla sobre la horqueta del mezquite a la cual le hicimos una ranura para que la tivi quedara más alta, y sentarnos sobre los ladrillos que al puro chingazo nos quedaban al momento de mirar el fut o el beis. Nos encantaban los deportes.
Un día el Resortes, o el Reé, que al fin de cuentas era el mismo, llegó al barrio con una maquinita tatuadora, venía de la fontera, porque ya para esa edad la ciudad le quedaba chica, entonces que empezó a viajarse, trepado en el carguero se iba para el norte, a veces para el sur. Cuando venía del sur traía huaraches de vaqueta, de Culiacán, nos los regalaba, y algunas estampas de ese santo al que tanto adoraba, por ese tiempo casi no lo conocíamos, pero gracias a él nos hicimos fieles de los milagros de Malverde. En la pared que da a la cancha le hizo el Reé un dibujo bien grande, y en el frente le estachó una cruz de fierro, negra, porque este bato fue un malandro, y los malandros tienen negro el corazón, eso decía el Reé.
Con la tatuadora nos amanecimos pintándonos lo que se nos ocurriera, la aguja corría bien chilo sobre la piel, con un hilo en la punta empapado de tinta china, los nombres de las morras se nos fueron acomodando en el pecho, en los brazos. El tatuaje más loco fue el mismo que se puso el Reé.
Así la pasaba, era digamos, su adicción el divertimento, los viajes, la espontaneidad era su mejor invención. Le caía bien al barrio, las doñitas le abrían las puertas de sus casas sin empacho, un día para comer con una, otra tarde para cafecear en otra. Y así. Sin broncas.
Por eso cuando en el barrio se supo lo del Reé, no dábamos crédito, cómo puede ser, decíamos todos, y las doñitas nomás haciendo énfasis en las lamentaciones, porque creo que ellas fueron las más perjudicadas, el Reé no les quedaba mal nunca, para todas era la solución a sus nervios, dicen que el Reé tenía en su mirada el remedio para las tristezas, y en las palabras, por eso a las doñas les gustaba su compañía.
Cuando eso pasó todos nos apostamos afuera de la Judicial, a pedir explicaciones, a gritar consignas para que lo liberaran, a pedir información porque los policías no dijeron nada a nadie, ni a la Gina la mamá del Reé.
Pasaron los días y nomás nos trajeron con cuentos. Que saldrá libre, que parece una confusión, eso decía un chavo que trabajaba de mandadero en el Ministerio Público, era digamos la única persona con la que podíamos hablar, y esto creo yo porque los de la Judicial ya estaban cansado de tanto vernos afuera de la Procuraduría.
Pasaron los días y nos fuimos desanimando, ya ni el mandadero nos informaba, y pronto supimos que el Reé ya estaba en la grande y no en el arraigo dentro de un hotel. Poco a poco se nos hizo costumbre ver el fut sin él, el beis sin él, la madrugada ya sin las rolas del Scorpion’s desde su grabadora. No más huaraches de baqueta desde el sur para la raza. Y las doñitas en desconsuelo ya como una costumbre.
Un día dijeron que la bronca del Resortes era gruesa, que estaba ligado con un asalto a mano armada en una tienda de auto servicio, y que allí hubo un empleado muerto, otro día dijeron que lo embroncaron por el caso de un morrito al que violaron cerca del barrio, y como el Reé tenía tatuado un canguro en su hombro derecho, con los huevos de fuera, no hubo defensa que valiera. La Gina su madre contó que le dijeron los de la judicial que su hijo era un maniaco, y que sólo a una persona con esa mente se le podría ocurrir llevar en su cuerpo un animal tatuado con los huevos de fuera.
Unas cuantas cuadras más después de ese semáforo donde lo encontré vendiendo helados, tomé el retorno para buscarlo. El túnel que me abrió los años en la memoria, me provocó la necesidad de verlo, escucharlo, preguntarle qué fue de su vida, cuánto tiempo estuvo preso, qué fue de su madre, la Gina, qué fue de las canciones del Scorpion’s, si aún seguía escuchándolas.
Mientras aceleraba hacia el semáforo dónde lo miré, iba yo muy contento, porque su existencia me hacía regresar al barrio, el recuerdo de mi carnal el Camelio, mi jefe a quien le apodaban el Truchas. Y así.
Aceleré con mayor contento. Miré a lo lejos el overol azul, allá sigue, me dije. Entonces se me vinieron muchas preguntas a la mente, muchas sonrisas dibujadas en la cara del Reé. Aceleré tanto que no medí la velocidad. Cuando recobré el conocimiento estaba en una cama de hospital y a mi lado un policía leía la sección policiaca de un diario. Al verme señaló el titular de una nota, en la fotografía que ilustraba se veía un semáforo, y una sábana blanca sobre el asfalto.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Mi mundo adentro: una mirada hacia el interior


(foto de Briseidy Y. Ch. V.)


Carlos Sánchez

Después de poco más de un mes de taller, donde la actividad fue observar fotografías proyectadas en una pared, la programación de la película La vida es bella, del ejercicio escritural y de lecturas, las morritas internas en la Granja san Antonio de Instituto de Tratamiento de Aplicación y Medidas para Adolescentes (ITAMA), inauguraron el martes pasado su exposición fotográfica: Mi mundo adentro.
Auspiciadas por Instituto Sonorense de Cultura, dentro del marco de Fotoseptiembre, las chavas tuvieron en sus manos cámaras desechables, y en ellas la posibilidad de creación a partir de la mirada.
Antes de la exposición, como tallerista, me surgían las dudas de rigor: qué lograrán estas morras con sus cámaras, hacia adónde llegaremos cuando tengamos las fotos impresas, qué surgirá de todo esto.
Me llenaba de incertidumbre, porque el compromiso final de la propuesta de taller de fotografía, fue la exposición fotográfica.
Para mi fortuna, las morras que son más truchas que la gravedad de sus delitos, el resultado fue lindo, interesante, cada una en su propuesta discursiva concentrada en el tema que previamente escribió. Y lograron lo que se propusieron.
Aquí comparto los testimonios que acompañan cada una de las series expuestas en un salón de clases acondicionado como galería, gracias también a la labor del Natchío, coordinador de artes visuales de la institución que auspicia, de los museógrafos Nacho y Fidel, quienes montaron mamparas y el trabajo mismo.
Van los testimonios resultados de este taller de fotografía creativa:

La cocina
Cuando Carlos nos dio la cámara, no tenía ni la menor idea que fotografías iba a tomar¸ ni sabía cómo empezar a hacerlo, después me dio una idea y empecé a tomar fotos, me agradó mucho retratar los objetos de la cocina, me dio mucha alegría haber participado para esta exposición, gracias a que Carlos Sánchez nos enseñó a tomar fotografías, cuando tengamos nuestra libertad sabremos tomar fotos bien, y en un futuro podremos tomar en eventos grandes, también le agradezco a la señora directora Marielena porque siempre busca nuestro porvenir y aprovechamiento de cada taller en lo particular le agradezco porque gracias a los talleres que tomamos estamos aprendiendo algo mejor para nuestras vidas.
Beatriz M. S.

El tendedero

La verdad yo me sentí, muy feliz porque no me imaginé que pudiéramos tener una cámara, me sentí con libertad porque me encanta tomar fotos, también me sentí con mucha felicidad, porque yo sé que cuando salga voy a poder seguir tomando fotos y ser una fotógrafa muy feliz, con el apoyo de mi familia lo voy a poder lograr, me sentí muy feliz porque nos pudimos tomar fotos entre compañeras.
Diana. L. S.

Autorretrato
Yo me sentí contenta, porque las fotos que tomé son de mí misma, no me podía imaginar que algún día pudiéramos tener cámaras dentro de nuestra celda y hacernos cargo de nuestras propias cámaras, nunca me imaginé que íbamos a tener una cámara y poder exponer fotografía aquí adentro, me sentía toda una fotógrafa, lo que más me encantó de este taller de fotografía es que en diferentes partes del instituto fueron donde tomé fotos y que pudimos sacar curas entre compañeras, y sobre todo que los custodios nos estaban dando consejos de dónde podíamos tomar las fotos.
Yobanka. R. LL.

Anoche tuve un sueño

Me sentí emocionada porque me dieron la oportunidad de expresar mis sentimientos, pensamientos, metas, etc. Por medio de la fotografía, me sentí un poco libre de manera insignificante, pero al fin de cuentas libre, porque en pocas palabras le tomé fotos a lo que yo quise, me sentía como una niña con juguete nuevo, aparte de que me la pasé muy a gusto, la tarde estuvo muy bonita y divertida porque sacamos curas entre compañeras, estuvimos riéndonos de todo, y sobre todo me dio mucha risa que mi compañera Diana para poder tomar sus fotos tuvo que corretear a las chivas, esa tarde fue única e inolvidable porque todas estuvimos contentas.
Claudia A. L. L.

Las morras

En lo personal, yo me sentí muy a gusto con las fotografías, el tema que me toco fue muy bueno, yo no pensé que estando aquí adentro fuera a tocar una cámara, pues estamos en un lugar donde están prohibidas muchas cosas; al tomar las fotos no me sentí feliz por ello, siendo sincera, me sentí a gusto en el momento cuando nos dejaron salir a tomarlas, lo que me agradó mucho es que pudimos convivir más entre compañeras.
Grecia N. E. C.

Reflejos
Yo con mi cámara tomé muchas fotos y la cuidé mucho, me sentí feliz porque nunca me imaginé que aquí pudiéramos tener nuestra propia cámara y además que me sentí con libertad, entusiasmo y confianza a mí misma, además siempre me ha gustado la fotografía.
Angélica I. H. C.

El juego

Cuando empecé a tomar las fotografías me sentí libre, y muy feliz porque nunca pensé que algún día nos dejaran tener una cámara en nuestra celda, me sentí con mucha responsabilidad porque cuidé mucho mi cámara y al momento de tomar las fotos me sentí muy emocionada, contenta y libre de tomar fotos.
Isabel S. M.

Los pies

Cuando estaba tomando las fotos me sentí libre, relajada, con mucha emoción porque cuando me estaba tomando fotos con mis compañeras me acordé cuando me tomaba fotos con mi hermana, con este taller de fotografía nos ha ayudado a sacar emociones y tristezas, gracias esto podemos a prender más sobre la fotografía.
Deyanira A. L. Q.


La libertad

Mi tema se trató acerca de la libertad, porque es algo que ahora valoro, nunca me esperé tener la libertad de tener una cámara aquí adentro, me dio emoción al tomar las fotos que a mí me gustan, es algo nuevo, además salimos de rutina, me gustó la idea de exponer, y cuando estaba tomando las fotos, me di cuenta que hay lugares bonitos aquí adentro que ni siquiera me imaginaba, pude sentir la libertad a través de las fotos, fueron momentos que me hicieron olvidar donde me encuentro, pude viajar a otros lugares, me dio mucha satisfacción haber podido sentir esto.
Baudelia A. C. A.


Puertas

Estoy alegre por el proyecto de Fotoseptiembre, sobre mi sentir con este proyecto fue emocionante, porque nunca me imaginé estar dentro, me sentí libre al poder manejar mi cámara a mi antojo, sentí emoción, nervios y felicidad. Me gustó mucho el taller que llevamos porque gracias a esto pudimos aprender más sobre la fotografía, le damos gracias a Carlos Sánchez por su apoyo al realizar este taller, a la señora directora Marielena por habernos aprobado este taller y al personal del centro.
Francisca G. M. R.

La virgen
Sentí mucha energía, libertad, al hacer este trabajo, me reí, y sobre todo me motivó el tener una cámara en mis manos, nunca pensé tener ese objeto tan valioso y poder cuidar de ella y tomar fotos a algo que a mí me gustara, también sentí miedo y nervios cuando estaba tomando las fotos porque pensaba que iban a salir pésima, también me gustó tomar fotos porque mis compañeras estaban felices y libres tomando sus propias fotografías, cada foto que tomábamos la valorábamos y se reía de mi Nohemí porque parecía niña con juguete nuevo. Ese flash fue como una chispita de felicidad en cada instante de cada foto de mi compañera.
Fernanda G. E. R.

El taller de costura

Me sentí emocionada de haber tomado fotos al taller y que podíamos traer con nosotros las cámaras para tomar fotos, me sentí contenta por este taller.
Zulema Y. O. P.


El guardia
Cuando tomé las fotos me sentí bien, porque aparte de que ya tenía mucho tiempo que no tomaba fotos me sentí muy bien, la verdad me gustó tomar fotos a Martín porque pude platicar con él acerca del campo, también me sentí libre porque salimos a tomar fotos, me gustó mucho como tomé las fotos y también de haber agarrado una cámara aquí adentro.
Dalia M. S. G.


Ventanas

Sentí mucha libertad, me sentí feliz como cuando estaba afuera y me gustó mucho tomar fotos, sentí muy padre cuando me dijeron que iba a tomar foto aquí adentro porque nunca me imaginé tomar fotos aquí, hace mucho que no tomaba fotos y me gustó mucho haberle tomado fotos a las ventanas.
Briseidy Y. Ch. V.