Jueves no es un día apropiado para lanzar señales de humo
País:México
Fuente:Periódico El Financiero
Sección:Cultural Tipo Nota:Columna
Fecha: 10/25/2007
Autor: Víctor Roura
Carlos Sánchez abandonó su Hermosillo dos semanas para internarse en las entrañas de la capital de la República, pero no vino de vacaciones sino por asuntos periodísticos, lo que es decir con los ojos y los oídos bien abiertos. Sin embargo no era un forastero, ni un alarmado y sorprendido turista que visita la tierra ansiada, sino un mexicano más que decidía corroborar por sí mismo cómo las tuercas de la política a veces no coinciden con los goznes informativos, casi siempre parcializados, envueltos en particularizados intereses, marcados por simbologías partidistas.
En su libro de efe, de manufactura propia, elabora 14 crónicas donde el padecimiento personal parecería ser el eje centralizador, pero esta pena no proviene, como podría malsanamente suponerse, de la desubicación geográfica, sino de los portentosos sucesos de los que fue un afortunado testigo. "En los ojos del reportero vive un niño más que asustado, sorprendido -dice el autor-. Perseguir la objetividad es un afán que en ese instante se convierte en falacia: ¿cómo encontrar equilibrio para el contenido de la crónica si a los disidentes de Andrés Manuel [por aquel entonces, y cómo pasa el tiempo, considerado el Dios de los pobres] parecería que se los tragó la ciudad?" Porque a eso vino Carlos Sánchez: a cubrir la contienda electoral, que en realidad no lo fue porque, a diferencia de los países que de veras quieren ser democráticos, la poca, escasa, casi nula, diferencia de votos no condujo a una segunda vuelta de los sufragios sino, sencillamente, se eligió vencedor a quien de antema no ya lo era. Y hubiera sido ganador el panista aunque sólo un voto lo hubiese diferenciado de su contrincante. Aquí los plebiscitos no tienen el significado que les otorgan los diccionarios. Tal vez en México quiera decir algo así como la plebe diminuta, nada más.
El reportero se introdujo hacia adentro de los campamentos perredistas. Habló con Gabino Palomares, lo escuchó, aplaudió sus canciones. "Los medios de comunicación -declara Palomares- están totalmente orquestados para denostar este movimiento. Dicen que nosotros estamos impidiendo el libre paso de las personas. Yo les digo: no, pásenle, lo que no están pasando son los carros." Y también tenía razón el cantor, que asimismo no ha dejado, nunca ha dejado, en paz a los santos conservadores de las costumbres milenarias. "Hace tiempo compuse una canción a los mochos -dice Carlos Sánchez que decía Gabino Palomares a su tumultuosa audiencia, en aquella Avenida Reforma paralizada por los manifestantes-. Se acuerdan que cuando entró Fox empezaron a querer hacer las gracias por todos lados: quemar obras de arte, a poner leyes que realmente dan risa, hicieron una cosa que se llamaba del buen vestir y del buen decir, o sea que los que decían una mala palabra en la calle se los llevaban y tenían q ue pagar una multa. Uta, con los chilangos se hubieran enriquecido [aquí hubo risas de a madres, aclara Carlos Sánchez, pertinentemente]. Y en lo del buen vestir era que si veían a una muchacha de minifalda también la llevaban a que pagara una multa. Qué pendejos, yo me la llevaría a otro lado", y aquí la raza soltó más risotadas.
"El miedo a la parcialidad es constante", dice Carlos Sánchez, pero sus ojos continúan siendo de niño sorprendido. "¿Pueden caer las almas como chubasco? Buscar cómo describir lo que se ha visto es inevitable", sentencia el reportero. "Algunos medios hablarán de cifras, de caos, de manipulación. Los ojos de niño sorprendido no pueden más que seguir viendo la fiesta, la emoción, la oportunidad del joven que ayuda a su padre a vender refrescos aprovechando la manifestación." Quizás asistieron más de dos millones de personas en uno de aquellos ritos postelectorales, mas el periódico Reforma (con fotografías aéreas) "puso alfileres en la cabeza de los manifestantes -nos recuerda Carlos Sánchez- para hacer su conteo exacto, y la cifra se redujo a 350 mil. Aparte de apoyar a la derecha, Reforma ahora hace brujería: encaja alfileres y desaparece a la raza", y él, por supuesto, después de esta apreciación, también ya se ganó la eterna exclusión en dicho rotativo.
El de efe despierta siempre, ocurra lo que ocurra, aunque se hayan manifestado millones de individuos el día anterior. "Porque no sólo de Paseo de la Reforma vive México -comenta Carlos Sánchez-; porque no sólo de política, de información, de análisis, de conflictos que generan los intereses del poder. Hay un rebozo que sirve para trasladar las bolsas de pan, y poner el puesto y elaborar las tortas, y ofertarlas al marchante. Es la vida y no se detiene." El cronista mantiene perfectamente abiertos sus ojos: "La ciudad está -dice-: vive y en silencio tolera la diversidad de corrientes ideológicas. El corazón del de efe late. Mientras, allá en Tele Aztecavisa, que juntos son lo mismo, periodistas más que de prestigio, famosos, seguirán aumentando sus ingresos. Porque ellos, como los políticos, nunca pierden: el rating les asegura una vida más cómoda."
Pero, bueno, aprovechando la visita, el reportero no podía dejar de visitar ciertos recintos míticos de la capital, como, digamos, Tepito o La Lagunilla, cosa que hizo sin pérdida de tiempo. "Son topos que caminan en rumbo inverso -dice Carlos Sánchez-. Es la raza que asoma sus ojos para encontrarlo todo. ¿Cómo enumerar las ofertas? La Lagunilla es un mercado perenne [y es cierto, parecería incluso que estaba allí mucho antes de que llegaran los aztecas, digo yo]. La prisa es un tic tac que sólo cesa en el instante de la transa: vender, comprar y avanzar. A unos pasos la capacidad de la transa aumenta: Tepito es un monstruo que yergue su pecho y mira vigilante a los consumidores acelerados. Controlarlo todo es su posición, fiscalizar el bolsillo del visitante, acariciarlo, dejar que haga su voluntad, mas no dejarlo ir ileso. Compra porque compra. Vende porque vende. Es la ley del comercio: la habilidad para seguir respirando, comiendo, existiendo."
También visitó, cómo no, el Estadio Azul, sin aun decirnos si le va o no al Cruz Azul, o, más aún, si le gusta el futbol o no, si bien deja traslucir una admiración inquebrantable por el dribaldor nato que es el Chelito Delgado. El Cruz Azul ya se ha cansado, dice el cronista, de estrellar en las esquinas, de fallar, de ponerle balones a Richard Núñez y que éste los desaproveche, y pareciera que nos está hablando apenas del último partido de este equipo, acostumbrado a fallar y a andar en un sorprendente subibaja, como el futbol mexicano mismo. "Busco desesperado la última esquina de polvo guarecida en la bolsa diminuta de mi pantalón. Cavilo de impaciencia. Si tan sólo pusiera una línea de cocaína en la nariz de Salvador Carmona, tal vez la exactitud del trazo llegaría", y en acabando de pensarlo viene una jugada precisamente de Carmona para el Chelito Delgado quien la controla de pecho (la pelota, no la cocaína), ve al arquero, la bombea y el balón deja de moverse cuando toca la re d.
Cómo no visitaste el Tianguis del Chopo, Carlos Sánchez, cómo no estuviste en el concierto de John Fogerty o de los Les Luthiers, cómo no estuviste en la inauguración de la megabiblioteca. Qué nos hubieras dicho que otros no han podido mirar o que no quieren mirarlo. Cómo se distinguen los buenos cronistas. De inmediato, y sin necesidad de tener padrinazgos en la literatura.
viernes, 2 de noviembre de 2007
jueves, 1 de noviembre de 2007
Poesida para recordar a los muertos
por Carlos Sánchez
La poesía se propaga. Busca diferentes maneras de penetrar en la humanidad. Es el arte escénico también consecuencia de la poesía, o la poesía naciendo con el cuerpo y la voz.
Poesida es un libro de poemas, de la autoría de Abigael Bohórquez. Y tal vez uno de los textos más valientes y conmovedores del extinto poeta, tanto por su contenido como por la osadía de tratar el tema, que no es cualquier cosa: el SIDA. Palabra honda.
Para celebrar el día de muertos, el Colegio de Sonora montó un altar en honor a Bohórquez, con ilustraciones de Nadia Contreras y Violeta Silva. Trazos exactos y poemas en mamparas cobijando el altar.
Cereza en el pastel fue el trabajo escénico presentado por alumnos de Diplomado en Teatro de la Universidad de Sonora: ellos dirigidos por Jorge Rojas Fernández.
Siempre será grato encontrar la búsqueda en los ojos de los que pretenden decir. Los actores dramatizando textos de Poesida, logran con sus cuerpos y su voz la narración de esos textos épicos que no dejan de tocar la crueldad, de manera que cimbran al espectador.
Son los textos construidos con esa fortaleza que tocan la puerta del corazón. Y nos lo exprime. Son los cuerpos de los actores sugiriendo la muerte perenne.
Existen en esta puesta de Poesida, la virtud del atrevimiento, la ruptura con los escenarios convencionales, la inteligencia de la escenografía e iluminación. Pocos elementos, sólo los necesarios para marcar el cuerpo en movimiento y transmitir las emociones.
Esa noche de empezar noviembre y celebrar la existencia de la muerte, el COLSON se llenó de poesía. Y los aplausos fueron para los teatreros. Y El director de la dramatización de Poesida , Rojas Fernández, se pregunta: ¿Abigael estaría feliz de ver este trabajo?
La poesía se propaga. Busca diferentes maneras de penetrar en la humanidad. Es el arte escénico también consecuencia de la poesía, o la poesía naciendo con el cuerpo y la voz.
Poesida es un libro de poemas, de la autoría de Abigael Bohórquez. Y tal vez uno de los textos más valientes y conmovedores del extinto poeta, tanto por su contenido como por la osadía de tratar el tema, que no es cualquier cosa: el SIDA. Palabra honda.
Para celebrar el día de muertos, el Colegio de Sonora montó un altar en honor a Bohórquez, con ilustraciones de Nadia Contreras y Violeta Silva. Trazos exactos y poemas en mamparas cobijando el altar.
Cereza en el pastel fue el trabajo escénico presentado por alumnos de Diplomado en Teatro de la Universidad de Sonora: ellos dirigidos por Jorge Rojas Fernández.
Siempre será grato encontrar la búsqueda en los ojos de los que pretenden decir. Los actores dramatizando textos de Poesida, logran con sus cuerpos y su voz la narración de esos textos épicos que no dejan de tocar la crueldad, de manera que cimbran al espectador.
Son los textos construidos con esa fortaleza que tocan la puerta del corazón. Y nos lo exprime. Son los cuerpos de los actores sugiriendo la muerte perenne.
Existen en esta puesta de Poesida, la virtud del atrevimiento, la ruptura con los escenarios convencionales, la inteligencia de la escenografía e iluminación. Pocos elementos, sólo los necesarios para marcar el cuerpo en movimiento y transmitir las emociones.
Esa noche de empezar noviembre y celebrar la existencia de la muerte, el COLSON se llenó de poesía. Y los aplausos fueron para los teatreros. Y El director de la dramatización de Poesida , Rojas Fernández, se pregunta: ¿Abigael estaría feliz de ver este trabajo?
jueves, 11 de octubre de 2007
Doris Lessing, "encantada pero no sorprendida" con el Premio Nobel de Literatura

La escritora británica se alza con el galardón por su capacidad para retratar la "épica de la experiencia femenina"
Tomado de El País
Con una vitalidad extraordinaria para sus 87 años, la novelista ha tenido tiempo de regañar a la prensa y mantener su fama de mujer sin pelos en la lengua. "¿Cómo voy a estar celebrando con champán? No me ha dado ni tiempo a comprarlo. Ustedes, en lugar de venir aquí y hacer tantas preguntas, deberían haber traído una botella. A cierto punto, tendré que ponerme a brindar", ha contestado cuando se le ha preguntado cómo estaba celebrando su premio. Lessing ha revelado que "un mensajero" relacionado con los Nobel la avisó de que nunca ganaría el premio: "Me dijo que no les gustaba y que nunca lo conseguiría. Deben haber cambiado de opinión". "Yo creo que me lo han dado porque ya estoy muy mayor", ha subrayado refiriéndose a los organizadores del premio.
Nacida en 1919 en Kermanshah, Persia (actual Irán), es conocida por El cuaderno dorado (1962), obra cumbre de la literatura feminista y de la narrativa fragmentaria postmoderna. "He ganado muchos premios, en toda Europa", ha confesado, pero "éste es el premio más glamouroso, porque todo el mundo lo conoce, pero esto no quiere decir que sea el mejor". En el anuncio del galardón, la Academia Sueca ha descrito a Lessing como la autora capaz de retratar "la épica de la experiencia femenina", al tiempo que ha destacado el "escepticismo y fuerza visionaria con la que ha examinado una civilización dividada".
"No se a lo que se refieren con eso, los hombres y las mujeres no son tan diferentes", ha dicho ceñuda. Para Lessing, lo que más ilusión le ha hecho de haber ganado el Nobel es que Gabriel García Márquez la hubiese telefoneado personalmente para felicitarla. "Para mi es algo maravilloso, porque se trata de un escritor magnífico al que admiro profundamente", ha revelado con una enorme sonrisa. Acto seguido, ha entrado en su casa para seguir recibiendo llamadas, sin olvidarse de despedirse haciendo un brindis alzando su vaso de agua. "Es ginebra", ha bromeado.
Nacida Doris May Taylor, creció en el seno familiar de un antiguo oficial del ejército británico que sirvió durante la I Guerra Mundial y una enfermera. En 1925 la familia se trasladó al sur de Rhodesia (actual Zimbabue). Lessing contó aquellos años de infancia en una granja en la primera parte de su autobiografía, Bajo mi piel (1994). Tras asistir a una escuela de chicas en Salisbury (Reino Unido), Lessing abandonó la escuela a los 14 años y empezó a trabajar en diversos empleos, desde niñera, telefonista, oficinista estenógrafa y periodista, e incluso publicó relatos breves.
En 1939 se casó con Frank Charles Wisdom, con quien tuvo un hijo, John, y una hija, Jean. Se divorciaron en 1943. Dos años después se casó con Gottfried Lessing, un inmigrante judío-alemán a quien había conocido en un grupo marxista comprometido con la cuestión racial. Poco después se relación con el partido laborista de Rhodesia. Tras tener un hijo con Lessing, Peter, la pareja se divorció en 1949. Fue entonces cuando la novelista se trasladó con su hijo a Londres, donde fijó su carrera como escritora. Lessing militó en el Partido Comunista Británico entre 1952 y 1956, y participó en las campañas contra las armas nucleares. Su crítica al régimen surafricano le costó la prohibición de entrar al país entre 1956 y 1995. Tras una breve visita a Rhodesia en 1956, también se le vetó la entrada en este país por la misma razón. Durante los últimos 25 años, Lessing ha vivido en la misma calle de pintorescas casas de ladrillo. Y siempre ha tomado parte activa en la vida del barrio.
En ocasiones se sienta a escribir en uno de los cafés de la zona, donde ambientó uno de sus cuentos de su obra London Observed, ha colaborado con la biblioteca y es cliente de West End Lane Books, la librería del barrio. "Es una mujer con mucho carisma. En ocasiones venía a leer a la librería, que se llenaba hasta los topes. Y también formaba parte de un club literario: hasta comentó con los otros miembros fragmentos de El Cuaderno Dorado", explica Jane May, empleada de la librería. En West End Lana Books también encarga la escritora sus lecturas y aunque en el establecimiento son reticentes a desvelar los títulos de sus lecturas para mantener la intimidad de su cliente, sí confirman que Lessing "lee mucho y muy variado. Es muy prolífica en sus lecturas y siempre está a la última. Lee obras de nuevos escritores europeos y gran cantidad de libros de no ficción".
Frida Kitchen, una de las vecinas que vive en la zona desde hace 30 años, se ha acercado a la casa de la escritora para dejarle personalmente en el buzón una tarjeta de felicitación: "Me alegro mucho por ella. Se lo merece. Es una dama excelente, y trabaja muy duro". En cambio, su vecina adolescente de la casa contigua, Chei Auguste, no se había enterado de la noticia. "¿Qué mi vecina Doris ha ganado qué? ¿Y qué premio es ese?, ha dicho sorprendida al salir a la calle. "Es una mujer encantadora, pero muy callada. Cada Navidades nos manda una felicitación. Tiene varios gatos y la veo cada mañana en el jardín dando de comer a los pájaros".
La obra de Lessing es amplia y aborda una gran variedad de asuntos, desde la cuestión de la identidad en culturas ajenas o la definición de salud mental y locura. Su escritura ha basculado entre la crítica social de sus primeros textos, considerados comunistas, como The grass is singing, las investigaciones psicológicas, como Los cuadernos dorados, y la incursión d ela ciencia ficción, como en la serie Canopus.
domingo, 7 de octubre de 2007
"La violencia sexual en Congo es la peor del mundo"
Tomado de El País
Cada día, diez nuevas mujeres llegan al hospital de la Bukavu, en la provincia de Kivu del Sur, al este de Congo, víctimas de sádicas violaciones que dejan dañados, en muchas ocasiones de manera irreversible, sus aparatos reproductivo y digestivo. "La violencia sexual en Congo es la peor del mundo", ha explicado a The New York Times el secretario general para los asuntos humanitarios de Naciones Unidas, John Holmes, quien califica de "terrible" el continúo aumento del número de violaciones, "la absoluta brutalidad y la cultura de la impunidad".
Según la ONU, el número de ataques sexuales durante 2006 en la provincia de Kivu, fronteriza con Ruanda, fue de 27.000, lo que supone una pequeña fracción de lo que sucede en todo el pais. El este de Congo sufre un nuevo período de violencia en el que los ataques hacia las mujeres han alcanzado niveles nunca antes vistos. "No sabemos por qué ocurren todas estas violaciones, pero una cosa es clara, su objetivo es destruir a las mujeres", afirma Denis Mukwege, ginecólogo del hospital de Kivu del Sur.
Las elecciones celebradas en Congo el año pasado no han logrado unificar el país ni dotar al Gobierno de la fuerza necesaria para controlar a las milicias rebeldes. El sistema judicial y militar apenas funciona. Muchas zonas del país, especialmente en el este, están fuera del control de las autoridades por lo que los civiles quedan a merced de grupos armados, que arrasan los pueblos y violan a sus mujeres.
Honorata Barinjibajwa, de 18 años, ha relatado al diario estadounidense cómo fue secuestrada de su localidad por los Rastas el pasado abril y convertida en esclava sexual hasta su liberación en agosto. La mayor parte del tiempo permaneció atada a un árbol y sólo la desataban para violarla. “Me siento débil, enfadada y no sé como volver a empezar mi vida”, protesta Barinjibajwa.
Según los testimonios de las víctimas, ha surgido un nuevo grupo violento, los Rastas, misteriosos fugitivos que viven en el bosque, llevan ropas brillantes y camisetas de Los Angeles Lakers, tristemente famosos por quemar bebés, raptar mujeres y destruir toda aquello que se cruza en su camino, informa The New York Times. Según fuentes de la ONU, los miembros de Rastas son parte de las antiguas milicias hutus que abandonaron Ruanda tras el genocidio de 1994.
La violación es ya un fenómeno social
“Va mucho más allá del conflicto”, explica Alexandra Bilak, que ha estudiado varios grupos armados en Bukavu y en las orillas del lago Kivu. Según Bilak, el número de mujeres violadas e incluso asesinadas por sus propios maridos se ha disparado y la brutalidad contra las mujeres es visto como “algo normal”, por lo que se ha convertido en un fenómeno social.
Sin embargo, muchos trabajadores humanitarios congoleños niegan que el problema sea social. “Si fuera así, esto habría sucedido mucho antes, argumenta Wilhelmine Ntakebuka, coordinadora de un programa de violencia sexual en Bukavu. Para Ntakebuka, la “epidemia de las violaciones” comenzó a mediados de los años 90, coincidiendo con la llegada de milicias hutus que escaparon de Ruanda después de exterminar a 800.000 tutsis.
Cada día, diez nuevas mujeres llegan al hospital de la Bukavu, en la provincia de Kivu del Sur, al este de Congo, víctimas de sádicas violaciones que dejan dañados, en muchas ocasiones de manera irreversible, sus aparatos reproductivo y digestivo. "La violencia sexual en Congo es la peor del mundo", ha explicado a The New York Times el secretario general para los asuntos humanitarios de Naciones Unidas, John Holmes, quien califica de "terrible" el continúo aumento del número de violaciones, "la absoluta brutalidad y la cultura de la impunidad".
Según la ONU, el número de ataques sexuales durante 2006 en la provincia de Kivu, fronteriza con Ruanda, fue de 27.000, lo que supone una pequeña fracción de lo que sucede en todo el pais. El este de Congo sufre un nuevo período de violencia en el que los ataques hacia las mujeres han alcanzado niveles nunca antes vistos. "No sabemos por qué ocurren todas estas violaciones, pero una cosa es clara, su objetivo es destruir a las mujeres", afirma Denis Mukwege, ginecólogo del hospital de Kivu del Sur.
Las elecciones celebradas en Congo el año pasado no han logrado unificar el país ni dotar al Gobierno de la fuerza necesaria para controlar a las milicias rebeldes. El sistema judicial y militar apenas funciona. Muchas zonas del país, especialmente en el este, están fuera del control de las autoridades por lo que los civiles quedan a merced de grupos armados, que arrasan los pueblos y violan a sus mujeres.
Honorata Barinjibajwa, de 18 años, ha relatado al diario estadounidense cómo fue secuestrada de su localidad por los Rastas el pasado abril y convertida en esclava sexual hasta su liberación en agosto. La mayor parte del tiempo permaneció atada a un árbol y sólo la desataban para violarla. “Me siento débil, enfadada y no sé como volver a empezar mi vida”, protesta Barinjibajwa.
Según los testimonios de las víctimas, ha surgido un nuevo grupo violento, los Rastas, misteriosos fugitivos que viven en el bosque, llevan ropas brillantes y camisetas de Los Angeles Lakers, tristemente famosos por quemar bebés, raptar mujeres y destruir toda aquello que se cruza en su camino, informa The New York Times. Según fuentes de la ONU, los miembros de Rastas son parte de las antiguas milicias hutus que abandonaron Ruanda tras el genocidio de 1994.
La violación es ya un fenómeno social
“Va mucho más allá del conflicto”, explica Alexandra Bilak, que ha estudiado varios grupos armados en Bukavu y en las orillas del lago Kivu. Según Bilak, el número de mujeres violadas e incluso asesinadas por sus propios maridos se ha disparado y la brutalidad contra las mujeres es visto como “algo normal”, por lo que se ha convertido en un fenómeno social.
Sin embargo, muchos trabajadores humanitarios congoleños niegan que el problema sea social. “Si fuera así, esto habría sucedido mucho antes, argumenta Wilhelmine Ntakebuka, coordinadora de un programa de violencia sexual en Bukavu. Para Ntakebuka, la “epidemia de las violaciones” comenzó a mediados de los años 90, coincidiendo con la llegada de milicias hutus que escaparon de Ruanda después de exterminar a 800.000 tutsis.
lunes, 1 de octubre de 2007
sangre
por Carlos Sánchez
Eran ríos de sangre. Lo vieron sus ojos de joven. Eran los cuerpos reventados destilando el líquido que corría por las aceras, por el pavimento. Daban vuelta en la avenida, otras tantas calles arriba, los cuerpos encimados en los cuerpos, estaban.
Eran jóvenes que necesitaban ser escuchados, eran la pasión defensa a ultranza de sus ideas.
Los vio con sus ojos que ahora rebasan los cincuenta años resistiendo el recuerdo. Dice ella que se llama Julieta Cárdenas, que hay una laguna en su mente, de ese tiempo, porque en la laguna de sangre se le perdió el control de su cuerpo, y la memoria se extravió también.
Ahora vive en el norte que es Sonora, lejos de su tierra, pero un estupor le hace presa cada vez que se acerca ese mes en el cual la luna es tan grande como la crueldad de ese día.
*****
En La plaza, la prosa es ilimitada en calidad y dolor. Luis Spota aguzado periodista narrador, cuenta esos días de sometimiento. Página 45:
--Batallón Olimpia.
Empezaron a gritar en coro, para hacerse oír en lo más nutrido del tiroteo:
--Batallón Olimpia, no disparen.
La sangre germinaba arrebatadora de sus vasos con la misma furia que fue encendida apenas un segundo antes de encontrar por dónde irse; sangre negra tendiendo a guinda, de las venas; sangre roja, rojo sangre, de las arterias; y era tanta la prisa de la sangre por lavar con sangre esa deuda de sangre, que de solo mirarla correr se le bajaba a uno la sangre de los talones, se le hacía a uno mala sangre, se le pudría, se le freía, daban ganas de gritar que la sangre llegaría al río, al río de sangre, no de excrementos, en la venganza que toda sangridad pedía.
Con el guante o pañuelo blanco en la mano izquierda pasaban continuamente, arrastrándose sobre los codos; no tenían al parecer manera de comunicarse con la tropa que abajo disparaba contra todo.
A nosotros / sólo nos extrañaba que tardaran / tanto en asesinarnos/
--¿Quién? ¿quién ordenó esto?
*****
Luego vinieron otros hijos que cayeron también. Los hijos mutilados por las piedras, por el silencio, por la oscuridad del recuerdo en que ahora los ven sus madres.
Es una de ellas doña Consuelo Murillo, la maestra del barrio, la que nos dio clases a los de las Pilas, la Matanza, la Hacienda de la Flor, el Cerro de la campana, la colonia San Juan.
Se retuerce aún en el dolor por los hijos idos, los mismo que le fueron arrebatados por la misma intolerancia. Suena su voz cansada, sus ojos en otoño, suenan como un río a punto de secarse, porque la alegría la opacó la angustia desde ese día que los del gobierno le decomisaron la sonrisa de sus hijos.
****
Ahora una canción se ha puesto de moda, y levantamos la cerveza mientras movemos nuestros cuerpos con alegría, festejando el ritmo y no la letra, ni el contenido. Rubén Blades quiso hablarnos del dolor; se nos fue el avión de la reflexión y trepados ahora en la embriaguez de felicidad coreamos todos “adónde van los desaparecidos” en la voz por demás insulsa de Maná. Porque somos revolucionarios en los billares, con el polvo entrando por la nariz. Somos disidentes de lo establecido, disidentes incluso de la conciencia. Destapamos otra cerveza, echamos otras monedas a la rocola. Es nuestra la revolución. ¡Que muera el maldito gobierno! Antes una línea más, un Marlboro blanco, el taco para encontrar la bola ocho. Los pies en el concreto, la moneda en el bolsillo, el reloj checador regocijado de nuestra puntualidad.
*****
Página 251, La plaza de Spota; fragmento:
...nos quedamos así, sentados a esperar, y a la diez de la noche volvieron los tiros sin que se supiera muy bien desde dónde tiraban... Las mujeres se aterrorizaron y empezaron a llamar a gritos, a pedir que les abrieran la puerta para poder refugiarse en su interior:
--Ábranos.
--Nosotros también somos mexicanos.
La puerta no se abrió jamás.
Eran ríos de sangre. Lo vieron sus ojos de joven. Eran los cuerpos reventados destilando el líquido que corría por las aceras, por el pavimento. Daban vuelta en la avenida, otras tantas calles arriba, los cuerpos encimados en los cuerpos, estaban.
Eran jóvenes que necesitaban ser escuchados, eran la pasión defensa a ultranza de sus ideas.
Los vio con sus ojos que ahora rebasan los cincuenta años resistiendo el recuerdo. Dice ella que se llama Julieta Cárdenas, que hay una laguna en su mente, de ese tiempo, porque en la laguna de sangre se le perdió el control de su cuerpo, y la memoria se extravió también.
Ahora vive en el norte que es Sonora, lejos de su tierra, pero un estupor le hace presa cada vez que se acerca ese mes en el cual la luna es tan grande como la crueldad de ese día.
*****
En La plaza, la prosa es ilimitada en calidad y dolor. Luis Spota aguzado periodista narrador, cuenta esos días de sometimiento. Página 45:
--Batallón Olimpia.
Empezaron a gritar en coro, para hacerse oír en lo más nutrido del tiroteo:
--Batallón Olimpia, no disparen.
La sangre germinaba arrebatadora de sus vasos con la misma furia que fue encendida apenas un segundo antes de encontrar por dónde irse; sangre negra tendiendo a guinda, de las venas; sangre roja, rojo sangre, de las arterias; y era tanta la prisa de la sangre por lavar con sangre esa deuda de sangre, que de solo mirarla correr se le bajaba a uno la sangre de los talones, se le hacía a uno mala sangre, se le pudría, se le freía, daban ganas de gritar que la sangre llegaría al río, al río de sangre, no de excrementos, en la venganza que toda sangridad pedía.
Con el guante o pañuelo blanco en la mano izquierda pasaban continuamente, arrastrándose sobre los codos; no tenían al parecer manera de comunicarse con la tropa que abajo disparaba contra todo.
A nosotros / sólo nos extrañaba que tardaran / tanto en asesinarnos/
--¿Quién? ¿quién ordenó esto?
*****
Luego vinieron otros hijos que cayeron también. Los hijos mutilados por las piedras, por el silencio, por la oscuridad del recuerdo en que ahora los ven sus madres.
Es una de ellas doña Consuelo Murillo, la maestra del barrio, la que nos dio clases a los de las Pilas, la Matanza, la Hacienda de la Flor, el Cerro de la campana, la colonia San Juan.
Se retuerce aún en el dolor por los hijos idos, los mismo que le fueron arrebatados por la misma intolerancia. Suena su voz cansada, sus ojos en otoño, suenan como un río a punto de secarse, porque la alegría la opacó la angustia desde ese día que los del gobierno le decomisaron la sonrisa de sus hijos.
****
Ahora una canción se ha puesto de moda, y levantamos la cerveza mientras movemos nuestros cuerpos con alegría, festejando el ritmo y no la letra, ni el contenido. Rubén Blades quiso hablarnos del dolor; se nos fue el avión de la reflexión y trepados ahora en la embriaguez de felicidad coreamos todos “adónde van los desaparecidos” en la voz por demás insulsa de Maná. Porque somos revolucionarios en los billares, con el polvo entrando por la nariz. Somos disidentes de lo establecido, disidentes incluso de la conciencia. Destapamos otra cerveza, echamos otras monedas a la rocola. Es nuestra la revolución. ¡Que muera el maldito gobierno! Antes una línea más, un Marlboro blanco, el taco para encontrar la bola ocho. Los pies en el concreto, la moneda en el bolsillo, el reloj checador regocijado de nuestra puntualidad.
*****
Página 251, La plaza de Spota; fragmento:
...nos quedamos así, sentados a esperar, y a la diez de la noche volvieron los tiros sin que se supiera muy bien desde dónde tiraban... Las mujeres se aterrorizaron y empezaron a llamar a gritos, a pedir que les abrieran la puerta para poder refugiarse en su interior:
--Ábranos.
--Nosotros también somos mexicanos.
La puerta no se abrió jamás.
domingo, 30 de septiembre de 2007
Ricardo Salazar, fotógrafo

Víctor Núñez Jaime (La jornada semanal)
Con su cámara Roliflex al hombro, Ricardo Salazar asistió a una comida ofrecida por el periódico Novedades a sus colaboradores. Era la época de esplendor del suplemento México en la Cultura , dirigido por Fernando Benítez. Los contertulios estaban reunidos en un hotel del centro de Ciudad de México. De pronto, alguien le avisó a Salazar que entre los presentes se encontraba Gabriel Zaid (a quien no le gusta ser fotografiado), y ya se disponía a retirarse. Mientras Zaid se despedía de sus compañeros, Salazar se adelantó a la salida. Entonces, al pie de unas escaleras, cuidándose de no ser visto, el fotógrafo disparó su cámara. El clic pasó inadvertido y se obtuvo así una de las poquísimas imágenes del poeta y devastador ensayista cultural. Al otro día la foto se publicó.
Poco tiempo después, en la entrada de El Colegio Nacional, Zaid se encontró a Salazar y, enojado, casi a gritos, le reclamó por la fotografía que le había tomado en aquella ocasión. “Supuse que comenzarían los trancazos y tendría que defenderme”, recordaría muchos años después Ricardo Salazar en una entrevista con Alejandro Alvarado. Pero, en ese momento, el elevador se abrió y de él salieron cinco escritores muy amigos de Salazar, entre ellos Salvador Elizondo, y lo saludaron efusivamente. Al darse cuenta de esto, el autor de Cómo leer en bicicleta desvaneció su coraje.
Para ese entonces, Ricardo Salazar ya había elaborado parte (quizá de manera inconsciente) de su crónica gráfica del acontecer cultural y en especial de la vida literaria del México contemporáneo. Desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado, en la Revista de la Universidad de México , “Emmanuel Carballo le pedía fotografías de los escritores y artistas de diversas generaciones, de hacedores de la cultura mexicana en pie, desde los más viejos hasta los más jóvenes, y de este y el otro sexo y el de más allá, y ya fuesen escritores o pintores o escultores o músicos o científicos o ya intelectuales inclasificables, etcétera, y Ricardo Salazar salía disparando a todos los puntos cardinales y a todos los domicilios de la ciudad, y a las salas de conferencias, de exposiciones, de cocteles, y a los cafés y a los bares y las cantinas y los restaurantes y las calles y las plazas, etcétera, para disparar con la cámara a los susodichos, fotografiándolos, clic y clic y más clics…”, escribió José de la Colina en el suplemento cultural Laberinto en noviembre de 2003, dos años y medio antes de la muerte del fotógrafo.
En Guadalajara, Salazar era uno de los habituales en las tertulias del Café Apolo en donde se reunían escritores y artistas, entonces noveles, que hacían la revista Ariel , entre ellos Alfredo Leal Cortés (novio de Pina , hermana de Ricardo) y Emmanuel Carballo. Cuenta este último que en aquel entonces a Salazar lo apodaban Lolito , “ya que sus fotos en algo nos recordaban a las de Lola Álvarez Bravo, la única influencia realmente importante en la vida profesional de Ricardo”.
En los inicios de 1953, Salazar se trasladó a Ciudad de México. Carballo dice ahora con precisión el porqué de ese viaje: “En Guadalajara, Ricardo Salazar violó a una muchacha y la embarazó. Entonces fue a platicar conmigo y yo le ayudé a que cometiera una vileza y se viniera a vivir a Ciudad de México. Pocos meses después, yo también vine a la ciudad con una beca del Centro Mexicano de Escritores. Pronto trabajé en Difusión Cultural de la unam y llamé a Ricardo para que fuera nuestro fotógrafo.”
Las órdenes de trabajo de Salazar consistían en retratar a escritores, ya fueran jóvenes principiantes o consagrados. Recorría las salas de redacción de publicaciones como Novedades , Siempre! y años después unomásuno y Vuelta . Y también se iba a esas otras “salas de redacción” que suelen llamarse bares y cantinas. Se reunía con sus amigos (Efraín Huerta, Jaime Sabines, Rubén Salazar Mallén, Jesús Arellano –quien le dedicó un poema: “Barbas para desatar la lujuria”– entre muchos otros) en el Salón Palacio y otras cantinas por el rumbo de Bucareli para departir con ellos y, al mismo tiempo, recoger con su cámara esas sesiones.
Alto, flaco, barba de candado crecida, anteojos grandes, pelo negro engomado, muchas veces de camisa y traje pero sin corbata, Salazar “fusilaba con la cámara” a sus personajes cada vez que se los encontraba. Su cámara era una más de sus partes vivas.
Conforme pasó el tiempo, Salazar acumuló cientos de imágenes. Se trata de rostros de hombres y mujeres quienes, solos o integrados a un escenario o paisaje, expresan su soledad, su amor por el trabajo, su desconcierto, su esperanza, su amistad, su inteligencia o hasta sus deslices. De esta manera, quedaron congelados los rasgos, los gestos, las actitudes de los principales exponentes de la literatura mexicana. La cámara de Salazar aguardó, rastreó, descubrió los secretos de una figura o un rostro, hasta arrancarle su expresión más profunda.
Son fotos que constituyen lo inmediato y lo lejano de los personajes de la literatura mexicana, luces que iluminan un instante y lo aíslan antes de extraviarse en el caudal vertiginoso del tiempo. Varias de esas imágenes se han quedado para siempre en nuestra retina: Arreola frente al tablero de Ajedrez, Reyes en medio de su capilla alfonsina, Elena Garro bailando, Agustí Bartra en la salida del viejo edificio del Fondo de Cultura Económica, Elena Poniatowska sonriente a los veinte años de edad, Siqueiros en Cuernavaca poco después de salir de la cárcel, Max Aub frente a los micrófonos de la radio universitaria, el Dr. Alt montando en un burro mientras observa los ríos de lava del volcán Pihuani, en Jalisco, Carlos Valdés, José Emilio Pacheco, Rosario Castellanos y Juan García Ponce en el décimo piso de la torre de Rectoría, por citar sólo unas cuantas. Varias de esas series fotográficas permiten ver cómo ha evolucionado la vida o la carrera de cada escritor. Salazar les tomó “la primera foto conocida”, “la foto de la suerte” o, de plano, “la foto clásica”.
Después de innumerables clics, de revelar varias de sus imágenes en el cuarto oscuro de su antiguo departamento de la avenida Colón en Mexicaltzingo y luego en el de Chapultepec; de elaborar, cuando así se lo requerían, estudios fotográficos de figuras de la cultura para sus “egotecas”; de recorrer los centros culturales, casas y caminos de Ciudad de México y otras partes del país, rescatando escenas, historias, referencias, Salazar se acercaba a los editores de las publicaciones culturales. De la Revista de la Universidad se iba a México en la Cultura de Novedades , posteriormente a La Cultura en México de Siempre! Tiempo después a Plural , a Vuelta , a El Semanario Cultural de Novedades , a Sábado de unomásuno .
“Vi a Ricardo innumerables veces en casi cincuenta años, porque me mandaba fotos para el Sábado de unomásuno , a través de Víctor Villela, quien sabía cómo dar con él. Le pedías determinadas fotografías de escritores y te traía un montón extra y te las dejaba “para cuando se ofrecieran”, insistiendo siempre en que “algún día” le pagáramos sus derechos. Nadie le pagaba o, si lo hacía, se le daba una miseria. No hay revista o suplemento cultural que no haya utilizado fotografías de Salazar, tantas o más que de su contlapache Héctor García”, expresa Huberto Batis.
Ese conjunto de imágenes es una sucesión icónica que, como un río, fluye por un lecho, desde una época remota a otra más reciente. La cantidad de retratos que circula por ese caudal de tiempo, ha arrebatado caras y hechos a su fluir. Ha soportado tormentas y crecidas para no evacuar o desbordar su contenido de vital importancia para los literatos. De ahí que para su conservación y manejo sean necesarios ciertos cuidados.
Apenas hace unos meses, diez cajas con rollos fotográficos, negativos de 6 x 6 cm, de 35 mm y transparencias de 120 mm, con innumerables tomas de distintos personajes, permanecían hacinadas en un rincón de la pequeña vivienda en donde Salazar pasó sus últimos días: el departamento 7 del edificio c , en la calle Avena núm. 110, colonia Granjas México.
Allí, entre montones de periódicos, revistas, ropa, libros y trastes, estuvieron durante años, apretadas, expuestas a la humedad y al polvo, las cajas con los rollos y negativos de las fotografías de Salazar. No obstante, varias imágenes, sobre todo las de escritores, habían sido clasificadas por nombre y fecha, y guardadas en sobres de papel bond por el propio Salazar y su esposa, Yolanda Álvarez de la Cadena, actriz de teatro, con quien procreó dos hijos: Ricardo Iván y María Ondina.
Cuenta Ricardo Iván que él no siguió los mismos pasos que su padre. Sólo le ayudaba a tomar y revelar algunas fotos. Y desde hace siete años, cuando a Ricardo Salazar le dio una embolia y posteriormente le amputaron la pierna izquierda, en el hospital Morelos del issste , Ricardo Iván permanecía junto a su papá para atenderlo en lo que hiciera falta.
Postrado a ratos en una silla de ruedas o en su cama, Ricardo Salazar vivía de su austera pensión, que recibía por haber trabajado en la Universidad Nacional, y pasaba los días con sus libros, periódicos y sobre todo con su televisión. De vez en cuando recibía alguna visita, principalmente de sus ex compañeros de trabajo y su hija Ondina y sus nietos.
En octubre de 2004, el fotógrafo jalisciense tenía ochenta y dos años y una invaluable obra fotográfica por haber sido, durante medio siglo, el fotógrafo de nuestros autores. El vestíbulo de la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la unam albergó su última exposición.
Para la muestra se utilizaron más de cincuenta fotografías seleccionadas por la fotógrafa Claudia Cabrera, la archivóloga Julieta Rivas y Angélica García, investigadora del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), quien había contactado a Ricardo Salazar con la intención de obtener fotografías para ilustrar un libro sobre el teatro de Juan José Gurrola y luego otro, preparado por el citru , acerca del grupo Poesía en Voz Alta.
José de la Colina atribuye que el archivo ha pasado inadvertido a la costumbre de Ricardo Salazar: mirar a los demás pero no a sí mismo. “Así como Ricardo fue generoso con su cámara –señala el autor de La tumba india –, no fue generoso con su archivo. Regalaba fotos pero parecía no preocuparse por su increíble maremágnum de fotos. Ricardo fue excepcional con su gran ojo fotográfico. Pero no tuvo ninguna vanidad de artistas, sólo disfrutaba hacer sus fotos como un carpintero disfruta hacer sillas. Simplemente vivía al momento, de lo que le pagaban por la foto publicada, que era muy poco.”
El 29 de abril de 2006 fue sábado. Hacía dos días que Ricardo Salazar Ahumada había cumplido ochenta y cuatro años de edad y poco más de seis años que persistía en cama y silla de ruedas debido a la embolia que sufrió. También estaba enfermo de diabetes. Había permanecido en el hospital, prácticamente inconsciente, durante el último mes y medio. Según los médicos, la mitad de su cerebro estaba muerto. “Ya no permití que le hicieran algo más, lo trajimos a la casa, pero sólo nos duró cinco días y le dio un infarto cerebral que le quitó la vida”, cuenta su hija María Ondina.
Ninguna autoridad cultural lamentó entonces la muerte del fotógrafo. “No hubo siquiera una esquela, seguramente por ignorancia. Pero Ricardo Salazar es uno de los personajes de nuestra cultura a quien el tiempo le dará un lugar notable en tanto cubrirá de olvido a las insensibles y estúpidas autoridades del Conaculta, para las cuales siempre pasó inadvertido”, escribió José Luis Martínez en El santo oficio, su columna en Milenio semanal , quien en los últimos meses ha recatado del olvido varias fotografías de Salazar en la sección Instantáneas distantes, del suplemento cultural Laberinto de Milenio diario .
La indiferencia fue tal que, incluso, varios escritores consultados para este reportaje no estaban enterados de la muerte de Salazar. “Me hubiera encantado acompañarlo en sus últimos días y acudir a su sepelio. Pero no supe cuándo murió”, dice Emmanuel Carballo. “¿Ya murió?... No sabía”, comentó con sorpresa Alí Chumacero, al igual que la fotógrafa Paulina Lavista: “No me había enterado de que Ricardo Salazar ya murió.”
Los restos mortales de Salazar “fueron depositados en una cripta de la Basílica de Guadalupe”, agrega María Ondina, quien hace unos meses, a bordo de un taxi, llevó el archivo fotográfico de su padre a las oficinas de Difusión Cultural de la unam . Así, se confirió a la Universidad Nacional el derecho de utilizar el acervo fotográfico con fines académicos y culturales, pero no lucrativos. L a Coordinación de Difusión Cultural se está ocupando de conservar, restaurar y difundir el material. El contrato de depósito lo formalizó el coordinador de difusión cultural, Gerardo Estrada. “No es un donativo ––aclara el funcionario–, pero obtuvimos la autorización de los familiares para trabajar en el ordenamiento. La idea es que el archivo quede depositado aquí por unos meses y después la familia decidirá qué hacer con él… y si obtenemos la autorización de la familia, podríamos digitalizarlo para que no se vaya a perder.”
En espera de que se cumplan esos propósitos y así la justicia post mortem le llegue a Ricardo Salazar, sus fotos de caras y hechos arrebatados al fluir del tiempo seguirán cobrando existencia cada vez que alguien las vea y las recuerde, aunque no piensen en su autor, pues siempre hay ese espacio en donde el espectador entra en la placa, se vuelve parte, cómplice de una imagen que ya jamás se alterará ni volverá a ser tangible en todas sus dimensiones, y pasará a formar parte de su memoria, de nuestra memoria. Porque “nadie –dice José de la Colina–tiene un archivo icónico de toda la literatura mexicana como él. Ahí estamos todos los representantes de la literatura mexicana del segundo medio siglo xx , desde los grandes hasta los pequeños. El que no está ahí es porque era un falso escritor o porque era una pura ilusión, un ectoplasma que no salía en las fotos.”
martes, 25 de septiembre de 2007
Melodrama citadino
Me revientan los ojos. Veo a lo lejos un disparo de humo que brota del vientre de la ciudad. Es la impotencia, la rabia, el cansancio de la raza. Tanta maroma cansa. Tanto ondear del sombrero del señor gobernador anunciando el progreso retrógrada. La voz que es el cuerpo atora la circulación a un costado del tianguis del Palo verde. Es la impotencia por la imposibilidad de avanzar hacia el trabajo, la escuela, los hogares. Es la manifestación.
Si todo lo hubieran dejado como estaba. Si la ambición de unas cuantas monedas más no fueran la fijación del gobernante, si el poder no tuviera como títere al político, la vida seguiría fluyendo. La ciudad seguiría su curso de robot apasionado. Tendríamos todos la máscara de ciudadano feliz. Y la palabra SUBA no significaría un cuento de terror. (carlos sánchez)
Si todo lo hubieran dejado como estaba. Si la ambición de unas cuantas monedas más no fueran la fijación del gobernante, si el poder no tuviera como títere al político, la vida seguiría fluyendo. La ciudad seguiría su curso de robot apasionado. Tendríamos todos la máscara de ciudadano feliz. Y la palabra SUBA no significaría un cuento de terror. (carlos sánchez)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)