jueves, 16 de abril de 2009

Hay un sorbo de café...


carlos sánchez

...es domingo y Andrés Calamaro canta Sus ojos se cerraron. La mirada que se refleja en el agua oscura tiene la borrosidad de siempre. Pesa el desvelo y un solo zumbido cobra fuerza en el cerebro.
Mi hermano tiene un cuerpo de carrizo, es débil, frágil, vulnerable.
Tiene también la honda pena de la muerte. Porque se le apareció certera en la vida de su mujer. Ella le dijo que ya, que el cuerpo tiene límites para el dolor, que necesitaba el caer de sus pestañas para no levantarlas más, porque no las podía, porque los metros cúbicos de químicos son sarro en las venas y mutilan las ganas, las fuerzas.
En el llanto de mi hermano encontré el mío. Aunque él valiente indicándole al doctor que apagara las burbujas del agua dentro del cristal, la que mantenía en tic tac el corazón, y ella agradeciéndole con el último apretón de manos. Y yo que no soy ni una mínima parte de la razón para entender el final.
Arropado en el cajón, hecho un harapo de ruido permanente saliéndole del pecho, mi carnal tuvo la osadía de gritarle que se fuera ya. Échenla ya, llénenla de tierra, báñenla de flores, que se muera de veras, que no sea más su presencia un piano desafinando el temblor de mis piernas. Mi hermano era un grito llenando la funeraria.
Lo tomé de su espalda, lo abracé como cuando era niño y debía calmarlo por el dolor de sus caprichos.
En eso apareciste, llena otra vez de infancia, con tus pantalones rotos de las rodillas, con un rosario en tus manos, porque venías a rezar por ella, a estar conmigo, para que yo viera que no sólo de nihilismo estás hecha.
Tomaste un crisantemo violeta que estaba encima del cristal empañando el rostro muerto, lo metiste en tu boca, lo sacaste para frotarlo en mis mejillas, en mis pestañas. Me tomaste de la mano, nos pusimos debajo del cielo, era madrugada y el sereno nos bañaba de frío. Trajiste un té de flores, me condujiste luego al interior del carro, sacaste un casete de tu mochila negra, lo insertaste en el estereo, salieron de ahí aquellas rolas con las que empezamos a bailar la tarde que te conocí secundariana, en un baile a beneficio de la candidata a reina.
El tiempo fue aumentando el calor en tus manos, siempre niñas. Las pusiste en mi cuello como unas tenazas al rojo vivo, acercaste tu boca a mis labios, te la comías efusiva, acelerada como tus pasos al encuentro con tu ritual nocturno.
Descendiste por mi pecho, arrancaste de un tiro el pantalón y un bocado bastó para que pusieras mis ojos en blanco.
El interior del auto de mi hermano ha sido el mejor lugar donde construimos un abrazo. En la funeraria el desconcierto, en el asiento de atrás una y otra vez tus piernas enredándose de mi cintura. ¿Por qué la cercanía de la muerte nos excita?
Las canciones continuaron, haciéndonos evocar los días de la tierra dentro de nuestros zapatos, porque huíamos de las clases, jugábamos en las cribas, escalando esas montañas de arena que nos hacían rodar de inocencia y carcajadas.
Adentro mi hermano seguía siendo un piano desafinado con sus notas maltrechas siempre construyendo un nombre de mujer.
La luz del día entró por la aleta del auto para estrellarse en tus ojos, moviste tus pestañas y tus manos en automático frotaron mi pecho, te oí decir que los carros se alistaban para salir al cortejo. Como pudimos sacudimos nuestras cabezas, avanzamos, fuimos los segundos de la fila, atrás de la carroza.
En la carretera no dejabas de cantar, le cantabas a ella, a la que nunca te quiso porque sólo me usabas. Un bolero siempre cae bien como despedida, decías, y encontrabas una hilera interminable de títulos, los entonabas todos, eras la compulsión sonora llenando el viaje.
A la entrada del pueblo nos recibió la lluvia. Había un santo grande abriendo sus brazos en la iglesia de San Marcial, lo abrazaste y besaste sus labios, tocaste traviesa el área donde el ombligo divide el cuerpo, la tiene más dura que tú, dijiste sonriendo sin dejar de frotar al santo.
Qué habrá dentro de ese cuarto, preguntaste, y sin dejar de caminar hiciste que te siguiera hasta encontrar las escaleras hacia un sótano al que descendimos. Había allí batas blancas y negras, tomaste dos, de distintos colores, la negra cayó en mi cuerpo, la blanca caía hasta rebasar tus pies.
Mientras arriba los cantos y rezos se vestían de ancianidad por esas señoras de experiencia para el ritual de la iglesia, tú levantabas despacio la bata, y hundías un dedo entre tus piernas. La señal para que me acercara la diste succionándote el dedo índice. Pediste que llegara más, obedeciendo levanté tu cuerpo y despacio lo fui soltando, al encajarte en mí se inventó la vida.
Tu olor con el mío. La madera vieja presa de los adobes, la cera en el piso. Un sótano lleno de humedad ahora con la nuestra agregada. Las batas mojadas de ti, la tierra de tu pelo cayendo sobre el cartón de esas pastas de Biblia con textura antigua. Todo ese olor reposa eterno en mi nariz.
Un suspiro lleno nos hizo abandonar el sótano, afuera la lluvia nos acompañó hasta el panteón, donde los versos de Te vas ángel mío marcaron la pauta para que la tierra tapara para siempre el cuerpo de la mujer de mi hermano. Él vino sonriendo, y de su voz emergió la frase que me hace recordarte: las mujeres jamás han de morir, esta noche me acostaré con ella.
Dejamos atrás el pueblo y volvimos a la ciudad, donde ahora te pierdes sin dejar rastro.

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