domingo, 31 de enero de 2010

cierta tarde que algo dije



Miro al cerro. Caminarlo es medicinal. Aprieto los puños por esa inquietud que me ahorca los nervios. Nunca pensé que vivir me causara tanto temblor.
Decían las abuelas, esas que se perdieron por el tiempo, que el desasosiego se combate con un te de azahar, si es de limón, mejor. Vengo entonces a la casa de Abigael Bohórquez, poeta al que conocí cuando escribía para la sección cultura de un semanario ya fenecido. Él vive solo y es un campesino de la palabra. En su jardín colecciona aromas indescifrables.
Vengo, porque en esta casa encuentro un pebetero siempre encendido. Qué magia es ver sus llamas sobre el recipiente de peltre, adentro unas hojas de naranja agria, el blanco que es azahar y de vapor llena de atmósfera sutil para la respiración.
Cuando adolescente me gustaba oler el jardín de la casa de la tía Chabela. Acariciar el albahaca, lo rompía entre mis dedos para untarlo en mi cuello, la lengua, los labios.
Abigael Bohórquez es un niño que rebasa los cincuenta años, con sus huaraches de vaqueta le he visto recorrer los surcos que construyó con sus manos. Lo he mirado también sonreír mientras dice un poema de memoria. La satisfacción de la palabra le alumbra los ojos.
He venido a buscarlo otra vez. Debe ser por la urgencia de un te para amainar el temblor en mis manos. Un te desde las suyas. Admito también que es de tarde y la nostalgia de su voz me hostiga hasta venir a encontrarlo.
Me gusta silbar por su ventana, y ver cómo desde el fondo de su cuarto las notas de un piano acompañan a Edith Piaf, la cantante francesa. Reniega cuando le cuestiono su preferencia musical, y hierve de coraje como hierve el azahar en el pebetero. Me enfrenta para argumentar el desconcierto que le genera la monotonía de canciones que programan en la radio comercial.
Un día lo miré tomar un florero de cristal en sus manos, moverlo contra mi rostro y sentenciar que si no me callaba, lo hundiría entre mis dientes. Pensé que los poetas no se enfurecían, le dije. Porque además dicen en los libros que los poetas proponen la paz.
Fue un dislate, argumentó días después al encontrarme en la calle, dibujando un corazón con una vara de mezquite sobre la tierra. Y otra vez me invitó a pasar a su casa. Tomamos te de flores esa ocasión, porque era quincena y el periódico donde publicaba su página dominical, sobre poetas de la región, le pagaba al partirse el mes, y puntual.
Hoy he llegado a visitarlo, vine por mi propio pie. Miro la puerta cerrada, el azadón en la esquina del callejón que da al corral de su casa, allá donde los surcos esperan siempre por sus huaraches de vaqueta.
Mis silbidos no funcionan, Abigael Bohórquez no responde. La ventana está abierta, y un vientecillo suena desde el interior del cuarto donde habita la biblioteca, su mesa colorada y un montón de libros. La luz está encendida, la radio en silencio.
Abigael no viene hacia la puerta. Debo esperar, tal vez olvidó que es viernes, que el te es un compromiso tácito. El temblor aumenta. En la banqueta me siento. Las nubes son borregos que no encuentran pastor. Así estoy sin él. Vendrá.

sábado, 30 de enero de 2010

viernes, 29 de enero de 2010

atmósfera


como si tom waits cantara al oído

miércoles, 27 de enero de 2010

postal accidental


como si la traición de los políticos, de soslayar la oportunidad de arte, cobrara venganza con los accidentes de la naturaleza. aquí un retrato con intervención del sol, la lluvia, la pintura. y dice lo que sus ojos desean que diga.(cs)

martes, 26 de enero de 2010

Casa Palacios: una historia de agua y fraternidad

El canto de un gallo llena el corredor. Pasa un carro por la calle y su ruido dicta que también existe la urbanidad. Sin embargo, el murmullo de las hojas de un árbol, dibuja un escenario para el impulso de un pintor. Y trazar la paz en colores, atmósferas, armonía.
Aquí las voces de los dueños de la arquitectura colonial, que es la Casa Palacios, son un abrazo permanente de generosidad. Un café después de los buenos días, la invitación a la carne machaca con verdura en desayuno, el ponche con su piquetito de anís.
Es un privilegio atravesar la puerta de madera para encontrar a Silvia Palacios y Heriberto Álvarez. Nomás llegar y es tener la certeza de las puertas abiertas, el ingreso a una familia cuyos esposos son anfitriones de corazón. Sus manos profesionales de la solidaridad, sus miradas un refugio para nuestros nombres.
En la cocina se conversa, mientras que desde una radio informan la situación actual del clima, el canto del gallo, quien no obstante ser de mañana, insiste en su gorjeo. Aquí el temporal es intransigente al pronóstico del clima, y el agua se desprende de las nubes para llenar de música el viento que ya se cuela por las ventanas.
Cuánta ternura se desboca en el ritmo de las palabras de Silvia, Heriberto. Cuanta resistencia en esta vida en la que le caen ya más de setenta calendarios como historia en cada uno.
Son sus vocablos un cuento rulfiano, o bien la similitud de El luto humano, obra precisa sobre la lluvia constante, y escrita por José Revueltas, el mejor y mayor escritor de México. (En este momento, en que evoco a Pepe, don Heriberto me hace una seña y me convoca a la cocina, porque allá espera la nobleza en alimentos).
Con el estómago satisfecho por ese plato de pozole servido desde doña Silvia, regreso la mirada a las plantas, el ruido de las aves me incita a la catarsis, son también las nubes las que llenan de un tono cálido la ciudad que se llama Álamos, y es patrimonio histórico de la humanidad.
Esta mañana, muy de mañana, Heriberto me ha contado los arrebatos de la lluvia, la irreverencia de un río que hace poco más de un años doblegó su cauce hacia los barrios y sus casas. Fue el caos provocado por el huracán Norbert el que estremeció la ciudad. (En este instante pasa doña Silvia y me saluda ondeando su mano, le propongo que se acerque y me converse la vida, la señora sabe el oficio que ejerzo, intuye que lo que diga puede ser usado en alguno de mis textos, me dice dócil: orita, orita. Le pido que no me falle, y repitiendo la frase, sigue su camino: “no te fallo, no te fallo. Ah, mira, ai sale el sol, pero luego le da vergüenza y se esconde es muy tímido”.)
Deseo seguir en esa conversación de Heriberto, pero el ruido en la cocina me distrae, es tanta la música en los sartenes que la emoción se desborda, el impulso es cuasi irrefrenable por ir a contemplar a Silvia mientras construye el menú para la tarde y sus comensales.
Tengo, sin embargo, las historias de Heriberto. Me caen desde la cabeza hacia el pecho. En ocasiones un nudo en la garganta. Y es que el ritmo de sus oraciones es preciso, me lleva a la vida en ese desbordamiento del río. Necesito dejar que su voz cuente las anécdotas. Lo intento.
“Papeles, escrituras de casa, carros, todo se fue en el río, y el pueblo no se ha recuperado, ni se recuperará tan pronto. Y depende todavía de dónde, porque si no hay empleo, cómo se van a recuperar, al contrario, van pa’bajo. Se oía el ruido del viento, yo no salgo, me salgo pura frejada, a ver qué Dios dice, afuera estaba oscuro, no había luz, nomás en la noche mirabas brillar el agua. Había una muchacha hospedada y el dije que se saliera, porque ya el agua estaba inundando la cama. Había un lodazal apestoso, negro con gris, era un asco”.
En estos días de Festival Alfonso Ortiz Tirado, el agua insiste. Y ante la mirada de Heriberto, y con el antecedente del torrente en Álamos, donde además de que se inundó su casa, el río se llevó su carro, la pregunta parece irónica:
--Pero, señor, ¿a usted le gusta la lluvia?
“Sí, me encanta que llueva, haiga pasado lo que haiga pasado, el agua es la vida mi amigo, el agua es la vida”. (cs)

lunes, 18 de enero de 2010

como formando una cruz


de repente. y siguen aquí. entran con sus alas. se suspira desde los ojos.

domingo, 17 de enero de 2010

estocada en mazmorra


se levantó y su rostro como sombra se imprimió en la pared, en esa celda donde cuenta ya once años y meses. un día esta sombra librará las rejas. "el tiempo que me queda de prisión, sentado en el baño me los aviento". dice.

jueves, 14 de enero de 2010

retorno


después de los tacos paseados, la risa entre las horas.

miércoles, 13 de enero de 2010

indagar


en marcha y de regreso a la ciudad. después de inadagar la emoción en la cárcel.

domingo, 10 de enero de 2010

jueves, 7 de enero de 2010

celebrar



Después de los cuetes. El grito en el cielo. Los abrazos al mayoreo. El menudo, los tamales, el pavo. Después de los mejores deseos, el brindis, el baile, los leños en llamarada. Después de la última para despedirse: la nueva promesa, los kilos de menos, la dieta, el ejercicio.
Después de la calma posterior a la algarabía, la ciudad se enciende con estridencia. Las balatas en el tambor suenan. El ruido del motor desemboca en una nube gris que se disuelve en el aire. El camión urbano es un bálsamo para el viajero en busca de la vida que se descifra en ocho horas de rutina y labor.
Al abrirse la puerta de la escuela, al levantarse el portón del mercado, al escucharse el silbato del policía, los días recuperan el orden de la semana. Lunes o martes, miércoles o jueves, son los primeros en el mes de enero y significan castañuelas. Hoy corresponde al mes de abril, mañana al de mayo. Un calorcito se desliza en una gota de sudor. La frente empapa de sol a los transeúntes. La vida cobra su fuero en la ciudad.
Apenas ayer las filas para comprar la masa, el nixtamal, un perfume de regalo, la corbata impecable, el brindis y la posada. Cuán efímero y feliz el instante del descorche.
Hoy, ante la recuperación de los ojos instalados en la realidad, la escala ascendente es una pesadilla: los precios son metáfora de ese cuete que se perdió en el cielo una noche que en el pasado fue buena.
Subió la gasolina, y de ahí la fortuna para quienes deciden el rumbo de los precios en la canasta que también es un cuete disparado. Afortunadamente al pasar los días encontraremos en el calendario los números de que se dibujen formando diciembre. Y otra vez: celebrar.(carlosánchez)

lunes, 4 de enero de 2010

ayer


este es el cábula, y me contaba sus historias de viaje. nos reímos de sus romances, las palabras como piales. comimos tortas de pavo en la celda del ardilla.

sábado, 2 de enero de 2010