lunes, 21 de diciembre de 2009

alambres



la mirada inevitable cuando ya los carroceros levantan las herramientas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

el kaly


por las tardes regresa al barrio, viene de pedalear la vida y el horario de ayudante albañil como tarea. dice que de lonche lleva tacos de frijoles. su hermana debe todas las semanas ir a cambiar el cheque de su raya. porque él, que se llama alberto y le dicen kaly, no tiene credencial de elector. porque tampoco existe su acta de nacimiento. crecimos juntos, él un poco antes que yo. y trabajábamos en un taller de carrocería. desde morro me gustaron sus bicicletas, soñaba cuando grande tener una como las que él armaba. sigo sin conseguirla. este es mi camarada el kaly, el que una mañana me contó que lo único que no le gusta de vivir en el cerro, es esa luz que se enciende: "porque cuando voy a cagar, el pinchi relámpago me asusta".

lunes, 16 de noviembre de 2009

Donde habita el olvido: la alegría


Texto y foto: Carlos Sánchez


Los golpes en las percusiones llenan de ritmo la biblioteca. Las palabras hacen lo suyo. Estamos en el Cereso y la mirada de doña Lupita es un río que sumerge a los presentes en paz de agua cálida.

Doña Lupita tiene los años suficientes para los pasos en parsimonia. Despacio las palabras, despacio la sonrisa. Dentro de la cárcel su nombre es sinónimo de convocatoria a la literatura.

Y es la literatura la que esta mañana nos hace coincidir. Un escritor que radica en Chiapas, y que nació en un pueblo del sur de Sonora, Navobaxia, ha regresado a su tierra, para compartir las historias que conforman el libro de su autoría: al contado.

Después de compartir su vocación en la Feria del Libro de Hermosillo; al día siguiente en la Universidad del Valle México, después de firmar ejemplares con dedicatoria, de abrazar a su madre entre la multitud como testigo, Omar Gámez, el Navo, acepta feliz pisar el concreto de la cárcel para decir lo que se obsesiona desde su creación. Él es el autor de al contado, el cual, incluye un género híbrido: croni-cuentos.

Y sobre el contenido, el escritor Fernando Valencia Camoy, el Chino, dice que las escenas están muy bien logradas: “según mi punto de vista, porque al irlas conociendo, uno va sintiendo el sudor en su frente, la desesperación, el sofoco por falta de oxígeno, y por tanto cansancio.”

Las palabras del Chino ilustran. El rasgueo en la guitarra da pie al desgarramiento en la emoción. Se siente en el pecho la alegría lúdica que transmite el cantautor, y el escritor. Gaspar Madrigal, el Gaspior, es camarada del Navo, y también asiste a la cárcel, en compañía del Lalo, a poner ese toque de lenguaje universal que sólo la música posee.

Cantar y leer es la dinámica. Y si los párrafos en la voz del escritor son lúdicos, las estrofas del Gaspior no entonan mal Las mulas de moreno. Los internos que no son pocos, abren con deseo los oídos, acceden por éstos las lúdicas historias.

El entorno no puede ser mejor: libros, palabras, ritmo. La mirada de doña Lupita, los ojos de los presos: lupas para detener las imágenes en la memoria, para siempre.

¿Qué es lo que hace que una historia contada desde el autor despierte el interés de los presentes, o lo que es más: les arranque la risa en estruendo?

El Navo está hecho de eso, o yendo más a la precisión, los personajes de al contado son eso: la ironía descarnada. Por eso la risa, aunque implícito exista el dolor a cuestas de hombres y mujeres, no importa si púberes o infantes, madres que no encuentran a sus hijos, oficios diversos, desde el campo o la prostitución, la cerveza como móvil para una madriza en una tarde de cantina.

En la cárcel se escucha y se lee. La música dosifica la pena, y no es lugar común, porque podrían pensar los señoritos, los investigadores, los estadistas, los damos de la caridad, que en la cárcel sólo existe la delincuencia, la infamia, el extorsionador, el asesino, los ladrones. En la cárcel también hay margen para el error, así como en las conclusiones de la sociedad.

Después de la estadía entorno a los libros, en ese aplauso como clausura de la presentación de al contado, los presos, no sin antes apañar un puño de galletas, un café, regresan a su respectiva celda, el cantón, le dice la mayoría.

El Navo, el Gaspior, el Lalo, a un lado de la raza, acampamos a un costado del taller de talabartería del Rodolfo, ese hombre de peso al que todos miramos hacia arriba, para alcanzarle la mirada. Y nos advierten ya el Gilberto, la Sylvia, que desde la cocina enviarán una remesa de botana. Para que no olvidemos las tripas, para que recordemos que en el Cereso se conciente a los artistas, las visitas.

No alcanzan las palabras para esta mañana que de a poco se convierte en tarde. No cabe en descripción el rostro desorbitado del Rodolfo al apoderarse de la guitarra del Gaspior, porque el músico se lo sugiere. Y la humildad se apersona desde la voz del altote: “mejor voy por la mía, te la voy a ensuciar.”

Canta el Rodolfo, porque ante tan lindo sonido no puede evitarlo. El Gaspior golpea las percusiones, ambos, y ante el coro de la raza, llevan a buen puerto esa rola de Sabina que como estribillo tiene: donde habita el olvido.

Y no es ironía, porque aquí, en la cárcel, también habita la alegría, la literatura, las guitarras…

sábado, 14 de noviembre de 2009

El último periodista cultural


José Lius Espinoza era, con mucho, el mejor entrevistador del diarismo cultural


Después de tres años sin noticias suyas, Jorge Luis Espinosa me llamó una tarde para invitarme a que presentara su libro, un volumen que antologa más de veinte años de trabajo periodístico. Cuatro días más tarde recibí en la oficina un ejemplar de En memoria del fuego. Cuatro días después, alguien me llamó para decirme que Espinosa había fallecido. No se trata de una simple frase: Jorge Luis era el último periodista cultural que hubo en México. Con su muerte llegó a su fin una era. Lo que viene atrás, salvo algunas excepciones, es la improvisación, la ignorancia, la mediocridad. Tuve el privilegio de trabajar con él en El Independiente y luego en El Universal. Era, con mucho, el mejor entrevistador del diarismo cultural. Se había forjado en la vieja escuela: era incapaz de presentarse a una entrevista sin haber leído y subrayado la obra del entrevistado. Era un periodista que valoraba la erudición en un medio donde la erudición suele ser vista como un estorbo. Era un periodista que valoraba el estilo, en un medio donde el estilo está subordinado a las urgencias de la información.

Una tarde se despidió de mí. Dejaba el periodismo y sus sueldos miserables para irse a trabajar a una oficina de comunicación social. No olvido lo que me dijo: “Es horrible no poder vivir de tu trabajo”. Intenté detenerlo, hablé con los directivos del periódico: no podíamos dejar ir al mejor periodista cultural. No obtuve resultados. El vacío que dejó está a la vista. Ignoro cuánto tardaremos en volver a tener un periodista de ese tipo.

El día de su velorio encontré nuevamente las caras que me han acompañado a lo largo de la vida. Los periodistas peor pagados y más maltratados del medio. Los periodistas que han luchado contra todo para mantener encendida, en las páginas de los diarios, la luz de la inteligencia. Los primeros en ser corridos y recortados. Las víctimas eternas de las crisis eternas. Recuerdo unas líneas de Gabriel Zaid: la cultura le puso casa al periodismo mexicano y ahora vive como arrimada en la casa del periodismo mexicano. Cuando más, se le confina en los sótanos, los cuchitriles, los desvanes.

La voluntad narrativa fue la mejor tradición de nuestro periodismo. Hoy los diarios han desterrado esa tradición de sus páginas. Jorge Luis Espinosa fue uno de los últimos reporteros que la cultivó. En verdad ha terminado una era. Revisar las planas culturales es llegar a la conclusión de que sólo quedan los bárbaros. Sólo queda el desierto.

Héctor de Mauleón • demauleon@hotmail.com

viernes, 13 de noviembre de 2009

para huirme de mí




patita de perro, encender el pensamiento


El requinto, la batería, el bajo. Suenan diez minutos antes de la hora. Los niños y no tan niños, un solo grito. Aplauden el inicio del concierto. Patita de perro se llama el grupo, y en su participación en el marco de la Feria del Libro de Hermosillo, están más que puntuales

Boletín ISC No. 339 / Noviembre 12 / 2009: Año de la lectura

Al sonar la nota que cierra la rola, el vocalista advierte: “Esta es una prueba de sonido, para que vean que también tocamos, que no sólo tenemos cara bonita”.

Y la inquietud después del silencio. A esperar lo que falta para las ocho. Nadie se mueve de sus lugares. Al contrario, más oídos llegan.

Los tambores son el aviso para el inicio formal del concierto, al compás de un requinto, un bajo, y la voz, una rata se aparece tocando el saxofón.

Los rockeros, con un discurso hábil, lúdico, informan de manera tácita a los asistentes, que ni para ellos, ni para los niños, existen los imposibles. Es entonces que la libertad para crear se apodera de sus ideas. Pon pin es un muñeco, muy naco y barrigón. La parodia para la felicidad. El aval se convierte en aplausos.

Baila el padre con su hija, la madre con su hijo. Las cabelleras son árboles entre el viento. Una fila de adolescentes es una coreografía improvisada ante el ritmo del grupo que contagia.

Entre la diversión no se puede concluir quién goza más, el padre, la madre, los hijos. No hay cómo concluirlo. Cuando todos mueven sus manos acatando las consignas del vocalista, la risa no tiene manera de medir la intensidad del gozo.

Esa noche, entre el callejón Velazco y calle Allende, desde la actuación de Patita de perro, las mamás sugirieron con un grito rockero a sus hijos, que se pusieran ya el uniforme. La tiranía lúdica de los padres que exigen a los hijos. Perfecta manera de proponer para la corrección de los excesos rutinarios que se ejercen dentro del hogar.

En la carrera de diversión, una niña tamborileó sobre una batería imaginaria. Un niño requinteó al viento como si en sus manos existiera de veras una guitarra.

Los Patitas: Fehaciente realidad de la alegría como antídoto para la violencia. Incluso la familiar.

martes, 10 de noviembre de 2009

al contado, lectura lúdica y personajes con necesidad del llanto


Navobaxia existe y significa, en lengua mayo, tuna lavada. El escritor sonorense, Omar Gámez Navo, desenfunda su oración para aclarar que ante el nombre de su pueblo, el pecho se yergue


Boletín ISC No. 335 / Noviembre 10 / 2009: Año de la lectura


Ante la presencia de su madre, doña Panchita Guirado, el escritor, quien radica en Chiapas, y a decir de otro escritor, Armando Vega-Gil, triunfó esa noche de lunes en el Foro de Culturas Populares, en el marco de la Feria del Libro de Hermosillo 2009.

Presentadores de ligas mayores tuvo el narrador, a quien sus camaradas nombran El Navo. Y cómo no, si en la mesa y para describir el contenido de la obra al contado, publicada bajo el sello de Editorial La Cábula, estuvieron los también escritores: Josefa Isabel Rojas Molina y Joel Verdugo. Poetisa la primera; investigador y maestro, el segundo.

En su intervención, Joel Verdugo, pudo compartir la crónica de esos días de andar al lado del Navo, en esta ciudad que es Hermosillo. Con su característico tono lúdico, el maestro universitario transportó a los asistentes a la calle Veracruz y Guadalupe Victoria, allá al interior de un apando donde vivía el Joel García, un camarada en común.

Y fue allí que surgieron los primeros textos, de manera oral, del autor de al contado, en esas charlas en cuyo desvelo desfilaban las caguamas, la gélida nostalgia para ablandar el corazón y decir el sentimiento.

La poetisa Josefa Isabel Rojas Molina, en su intervención y ante la sorpresa de un lleno definitivo de espectadores para el autor, se preguntó: ¿Qué nos dicen las crónicas de al contado? Instante posterior compartió su respuesta:

“Nos cuentan, característico de las crónicas, principalmente de lo que ya pasó, y también de lo que está pasando en algunos turbios escenarios llenos de cemento y droga, citadinos pues, o en otros lugares envueltos con el celofán coloreado, vistoso e ingenuo de la sensación campirana, casi paisajes bucólicos…

"Los lectores crédulos de al contado, no pueden, aunque lo intenten, condolerse de los personajes, (del personaje principal sobre todo, el que algunas veces es también narrador) porque los hombres y mujeres que aparecen en este camino narrado no se dejan. Sácate de aquí que no estoy muerto, nos dicen, vete, ¿qué no ves que no puedo llorar si me estás viendo?..”

Los personajes en esa necesidad de llanto, a decir de Josefa, y los asistentes en la presentación, ya en la lectura de textos en voz del autor, la carcajada inevitable. Porque al contado, no son sólo fotografías de la memoria de quien escribe, ni un pretexto para el reflector; al contado es un constante sonreír, porque la habilidad del constructor lo propone siempre

sábado, 7 de noviembre de 2009

Feria del libro, oferta para la emoción, reconocimiento a Gerardo Cornejo


“Inaugurar una feria del libro es un acto de co-creación y repartición de uno de los goces, aficiones, hábitos más luminosos que puede disfrutar un ser humano: el de la lectura. Hay de aquellos pobres que no leen, yo les tengo mucha lástima, porque se pierden el lado luminoso de la vida”, palabras de Gerardo Cornejo, durante la inauguración de la Feria del Libro Hermosillo 2009.

Boletín ISC No. 328 / Noviembre 3 / 2009: Año de la lectura

La plaza llena de palabras. Y ritmo para los ojos. Al ponerse la tarde, la actuación de la Banda de Música del Gobierno del Estado fue el preámbulo para inaugurar la décima Feria del Libro de Hermosillo, dos mil nueve.

Si la existencia de la literatura es motivo de celebración para la humanidad, en nuestra sociedad sonorense, un motivo más de alegría es el reconocimiento para con las personas que van por la vida tocando vidas con sus obras.

Y en esa puesta de sol de viernes, el corte de un listón, las palabras de gratitud, fueron el escenario óptimo para reconocer al autor de más de una docena de libros, Gerardo Cornejo, hombre consagrado y dedicado a la construcción de imágenes y emociones.

Ante la presencia de funcionarios de la educación: Óscar Ochoa Patrón, secretario de Educación y Cultura, en representación del gobernador Guillermo Padrés Elías; Fernando Tapia Grijalva, director de Instituto Sonorense de Cultura; entre otros, el escritor oriundo de Tarachi, Sonora, construyó en su oratoria un relato de argumentos por los que hay que leer.

Y allí en la locación sede, la Plaza Zaragoza, frente a los anaqueles que exhiben sus libros, en ese stand que lleva su nombre, Gerardo Cornejo abrió una vez más las compuertas de su conocimiento. La humildad no es un plus cuando la gratitud se requiere. Así lo dejó ver el escrito al exponer sus motivos para la alegría.

Qué quieren que les diga, dijo el narrador, como si sintiera que en ese instante las palabras no alcanzarían para construir la oración a la gratitud. No obstante, la palabra que es su oficio, fluyó desde su voz:

“Dicen que hay cuatro grandes placeres en la vida, que se degustan en la boca: la comida, el vino, los besos y las palabras. ¿Dónde se recogen las palabras? Las palabras se generan en el intelecto y en el alma, pero se expresan en el invento más prodigioso que ha hecho la humanidad: el libro”.

En su exposición, el escritor construyó un ensayo efímero sobre lo determinante que es la lectura en los seres humanos, incrustado ahora en su memoria, porque lo advirtió: ese instante jamás lo olvidará.

¿Qué es lo que un intelectual que antepone la emoción para dejar sus huellas en la vida, puede agradecer? En una virada hacia su izquierda, el escritor, se topó con la mirada del doctor Fernando Tapia Grijalva, y acusó de no poder evitar la gratitud para con este promotor de la cultura.

Después vendría el anuncio de la antología de su obra, por parte del Instituto Sonorense de Cultura, el corte del listón para declarar inaugurada, en punto de las siete con veinticinco minutos, y por el secretario de Educación y Cultura del estado, Óscar Ochoa Patrón, la décima Feria del Libro de Hermosillo, que por buen nombre lleva, el del escritor Gerardo Cornejo.

La feria apenas empieza. En el corazón de Hermosillo, habita la posibilidad de la emoción. Y leer.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Café Tacvba: noche de concierto y una fábula de cenicienta



Los integrantes de Café Tacvba tardaron en salir a escena. El viernes por la noche, en Expoforum, con el frío cálido de la emoción, la raza se amontonó, dispuesta esperar. En primera fila estaba ella. Tal vez con sus labios rosados. Seguramente con la garganta preparada para la euforia.

Los cafés, los tacvbos, mientras tanto, se paseaban acompañados de Yuridia, la cantante hermosillense, por algunos antros de la ciudad. Antros de veras. De esos en los que las chicas encienden sus cuerpos al ritmo de una canción. Y se desnudan no sin antes gozar con los ojos abiertos la rechifla, los aplausos, la coreografía desde su creatividad.

No hay maestro que marque los tiempos, el rimo de la guitarra, la voz, el bajo, el sax. Se mueven las damas con la intuición de su origen, con el latido de la sangre en sus venas. Allí, en los teibol dans, ellas eligen la melodía, la historia en una canción. Soslayan las tragedias, inventan el placer. Están para cumplir su función: servir con la belleza a quien lo necesita.

Dicen que lo tacvbos, y no es cuento, previo a su concierto en esta ciudad del sol, se metieron al vientre de varios teibol, en busca de esa chava que como repertorio de sus coreografías tienen el toque musical de ellos. Y los músicos se emocionaron cuando les dijeron que en La Habana, allá, en la del periférico norte, una bailarina conoce a perfección el contenido de esas canciones, porque en su nómina de cuadros, apoyada de un tubo, las incluye siempre.

La chava de los labios rosados y garganta afilada, esperaba el arribo de su grupo consentido. Quería prender el ánimo viendo de cerca a los autores de ese ramillete de canciones que le acarician el alma cada que los escucha. Un grito, dos. Una cerveza. El olor del gallo encendido es sólo el antídoto para la desesperación. Empero, la ansiedad es inevitable.

A esa hora, en ese instante, los cafés continúan en la búsqueda de la dama del teibol, le tienen preparada una sorpresa: proponerle que se trepe al escenario para que mientras ellos cantan, ella baile, tal vez, la canción María, por su anécdota, porque al meterse el sol el oficio de la calle es un desliz al filo de la navaja. Sale sola de noche María / pena por la ciudad / recorriendo las calles que un día / negó besos en la oscuridad…

Los tacvbos en compañía de Yuridia, recorren la oscuridad también de esas calles que notan la ausencia de la bailarina que no encontraron. Y vienen con el corazón hecho una bomba, sabedores de que en ese concierto María no trepara al escenario para acompañarlos, porque no dieron con su cuerpo, la chava que les recomendaron, esa noche, simplemente, no se presentó a trabajar.

Ella, en primera fila, con la garganta lista y ya los ojos desorbitados, porque aparecen sus músicos predilectos, se dispone a gozar del concierto. Se desgañita. Baila. Canta a la par del vocalista. Mueve sus caderas, las que tantos ojos le han recorrido. Y la canción que pide no llega. Todas menos esa. No obstante su pelo está en el viento.

Los cafés hacen lo suyo. Encienden la ciudad. No cuentan la historia de esa búsqueda de en interiores de los teibol minutos previos al concierto, ni informan a los presentes que el motivo de su retrazo se debió a que insistían en sondear los terrenos por donde les dijeron que habita la bailarina.

Ella durmió para soñar en el concierto. A la mañana siguiente se enteraría que la noche anterior llegaron unos músicos a su trabajo, preguntando por esa bailadora que tiene como repertorio musical canciones de Café tacvba, esa danzarina que es ella. (carlosánchez)

domingo, 1 de noviembre de 2009

distintas miradas




cada quién observa desde su formación, su historia. los morros del taller de fotografía, en la cárcel, tienen su manera de observar el interior de sus celdas. esta es una muestra breve.

medio tiempo


Después de jugar una cáscara de futbol de dos horas y media, el sábado por la tarde, conversamos en el jardín a un lado de la cancha. Los presos y yo que les acompaño, supimos ese día que un balón puede sacarnos de la malía. Después de batallar y batallar para conseguir la pelota, nos pusimos a patear. Cayeron muchos goles y gotas de sudor. En esas dos horas y media más que euforía, alegría, rabia y pasión detrás de una bola, supiumos tambien que son dos horas y media menos de sentencia...

viernes, 30 de octubre de 2009

Como un juego de niñas: te te te te te


Es otoño. El frío se cuela por la ventana. En el parque juegan los niños. Llevan puestas sudaderas con gorro. Los miro detrás del cristal. Un te de canela empapa mis labios. Un árbol me incita a salir y tocarlo.

Las páginas de El Financiero también me convocan. Es la seducción de sus letras una butaca en el mejor de los cines, el teatro callejero, un partido de futbol en el llano.

Admiro ese cúmulo de letras. Leer a Malú Huacuja del Toro, sabiendo que desde New York escribe anteponiendo su honestidad. Siempre aguda en la crítica, pendiente o automáticamente cuidando de su estilo en el decir lo que sabe y siente.

Es otoño y duelen las hojas de los árboles sobre la tierra. La mirada de esos niños que juegan a la inocencia entre los columpios y sube y baja. Hay una pelota sin aire cuyo esqueleto duele al rodar. Siempre me he preguntado el por qué Esmeralda con sus cinco años de precocidad es quien guía la ronda de juegos sobre el parque. Y un día me pidió que le regalara una cámara. Algún día, tal vez esta navidad, me convierta en su santa clos para dejarle al través de la chimenea, su petición. Me seduce verla construir fotografías, desde luego que con treinta y cinco milímetros, porque lo digital me parece moderno y frío, como este otoño.

Esmeralda. Veo su infancia, sus manos, su mirada que siempre escudriña, cuestiona. Entonces me voy al niño que fui y soy. Recuerdo bajo el brazo algunos periódicos, mi voz en oferta en el crucero de Rosales y bulevar Hidalgo, siempre puntual desde las cinco de la mañana.

Es diferente el mundo de esa niña del parque con aquel mío que se forjó en los años setenta. Entro en su sonrisa y me hospedo en sus travesuras inconcientes. Le jaló la sudadera a uno de los niños, le golpeó la espinilla a una de las niñas. Esmeralda entra en este cuerpo que soy a través de un te de limón.

No sé si ya lo dije, pero es otoño. Los pájaros son negros y juegan en el cielo. Pillan como el silencio que me encuentra con los ojos desnudos al amanecer. Las cobijas se niegan a estar en mi cuerpo y en un impulso la mirada es presa del horizonte, desde esa ventana que me conduce al parque otra vez.

No sé cuánto tiempo tardará en llegar Esmeralda, ni sé si las hojas del nim, la benjamina, el mezquite, me convencerán para que sobre sus raíces desparrame el agua. Rutinariamente lo hago, y más que rutina es un placer, porque converso con esas plantas, porque en su textura se inventa mi tacto.

No sé si Esmeralda existe o es sólo que ese sueño de su sonrisa viene para abrazarme de solidaridad, no sé cómo la magia del sueño se ha enterado que permanezco en la búsqueda de esa niña que una tarde infausta y de verano, se me extravió.

viernes, 16 de octubre de 2009

javier gándara se llama...

la plaza en duelo. los políticos se sonrojan. su deseo es ver limpia la ciudad. y estorban quienes trabajan para el sustento de sus hijos. qué asco el artesano, la vendedora de frutas. qué ofensivo el triciclo, la motocarro, los pirulines de hielo y enmielados. eso no está bien. los ciudadanos desean una plaza limpia, sin la agresión de un bombón de azúcar. al presidente municipal le causa urticaria la microempresa.(carlos sánchez).

martes, 13 de octubre de 2009

Descarga de hechos


Un perro rasgó la madera. Con los dientes intentó doblegar la puerta. Aullaba. Dicen que los poetas nacieron para morir solos. Los alcohólicos también. Y en soledad murió tu esposa (quien de poesía tenía sus manos en el lavadero), hace muchos años, en la misma casa donde ahora está ese auto de la Policía Estatal Investigadora, con agentes que intentan extraer tu cuerpo.
El perro que rasgó la madera está echado, debajo del lavadero por donde el agua y el jabón fue parte de la rutina familiar. El perro observa hacia la rendija que hay entre la puerta y el suelo. Su mirada cuenta un cuento de angustia. Los del gobierno aguardan la llegada de un cerrajero. No se atreven a derribar la puerta con la culata de sus armas, porque en estos casos, la violencia en los objetos alteraría el orden de la investigación.
Hace unos días, la raza te miraba entrar en los callejones del barrio, con el temblor de la resaca en los párpados. Venías de andar la vida con el morado en el ojo derecho, porque el Luis, tu hijo, te apedreó como respuesta al reclamarle que no moviera de posición la tele.
Y en el temblor estaban tus manos. En ellas la historia que nació en Nayarit, esa tierra a la que no regresarás. Porque según nos contaba el Luis antes de quedarse loco, que por venganza hundiste el puñal en el corazón de un tipo que le arrebató la pureza a tu hermana la menor. Corrías desde entonces. La mirada hacia tu espalda. Con el paso apresurado. Tenías en las manos el temblor de la desconfianza, los dedos en nicotina y un amarillo como evidencia de la adicción. Fumabas para alivianarte. Cuántas veces esa frase para conmover y te brindaran un cigarro.
Llegabas al barrio después de luchar la vida. Asmático ya de tanta mezcla y ladrillos, pintura y cemento. Venías con tu camisa suelta y los zapatos raspados de la punta. Con la memoria en el nombre de la Virginia, la madre de tus hijos, quien cometió adulterio cierta tarde de abril, en brazos de la muerte.
Al barrio. Allí donde por cuestiones de trabajo, alquilaste morada en una casa de asistencia. Entonces la mirada que te hizo toparse con su boca ya sin dientes y una peculiar belleza debajo de su pelo cano. Después nacieron la Ana, el Luis, el Fredy, la Julissa. Desde ti y la Virginia durmiendo en un catre, en el corral de la casa, entre las piedras que también un día rodaron desde el cerro. Para encontrarse.
En las uñas del perro se incrustó la polilla, de tanto insistir en el rasgueo contra la puerta, el aserrín con olor a húmedo formó una alfombra encima de la tierra. Un policía marcó una huella con su bota, la imagen quedó en la memoria de una cámara digital de la agencia del ministerio público. Días después, al juzgado cuarto, el policía iría a declarar como sospechoso de homicidio.
El cerrajero, cuestión de coincidencia, es el sobrino de Virginia, con el que apareces en una fotografía sosteniendo una veladora de primera comunión y está adherida a la puerta de ese refrigerador ya inservible. En sus manos el temblor es tan evidente como el de tus mañanas de resaca. No atina la ganzúa para abrir el candado. Pesa más que el sol sobre su rostro, la posibilidad de acertar con sus ojos la noticia que ya se rumora.
En el sonido de los radiotransmisores de los policías se escucha el nombre del Luis, tu hijo. A él le han preguntado por ti. Dicen que dijo que la última vez que te vio, estabas votado.
La ganzúa acierta ahora. El candado cede y los ojos de los vecinos se convierten en una cámara de alta fidelidad para registrar el instante. Los agentes acordonan el área, cobran derecho de piso con sus gritos y empujones. Cae entre las llantas de la patrulla, el Mechudo, el hijo mayor de tu esposa muerta. Adentro de la casa dicen que está tu cuerpo. El Mechudo grita que quiere abrazarte. Las manos y toletes le forman una valla inviolable.
Cobrabas la pensión del Seguro Social, para cambiar el cheque por caguamas. En carrera desenfrenada vaciabas los bolsillos. La alegría de tus amigos, las caricias de esa dama, que después de la muerte de la Virginia llegó para visitarte cada día de raya, estaban puntuales. Brindaban debajo del mezquite, en el patio de tu casa. Dabas un trago a la cerveza y después una dosis de de ventolín.
El Luis tu hijo no está, salvo su nombre en los radiotransmisores. Pero ha llegado el otro hijo, el Fredy, quien ahora es interrogado por los estatales. Y le abren la puerta para que te identifique. Sabe que eres tú. Reconoce tu camisa azul a cuadros. El tatuaje en tu brazo derecho con el nombre de su madre: Virginia.
Intentaste detener el cuerpo ante el dolor que te oprimía el pecho y te paralizaba la respiración. Te sujetaste del objeto equivocado. La lámpara no tenía cinta aislante en el remiendo del cable de corriente.

carlos sánchez

lunes, 28 de septiembre de 2009

Presentarán en Guaymas el libro Linderos alucinados


En Instituto tecnologico de guaymas, el libro del escritor hermosillense Carlos Sánchez



Guaymas, Sonora. Septiembre 27.- El Instituto Tecnológico de Guaymas presentará este miércoles 30, el libro: Linderos alucinados, del escritor hermosillense Carlos Sánchez.



La presentación se llevará a cabo este miércoles 30 de septiembre, a las 12:00 horas del mediodía, en el auditorio del ITG, y será presentado por Josefina Isabel Saucedo, Jefa del Departamento de Actividades Extraescolares del plantel.



Según publica el periódico Milenio, Linderos alucinados es un texto de retratos costumbristas e historias de locura y frenesí que condensan la fuerza narrativa, del escritor sonorense Carlos Sánchez.



Linderos alucinados reúne una serie de crónicas cuyos temas abordan el latido del barrio: sus personajes, sus circunstancias. Amor y desamor. Marginación y un lenguaje nacido entre los callejones y como consecuencia de la reinvención a partir de los días de prisión de algunos de los protagonistas de estas historias.



“Es un auténtico galerón de malos y malditos, de monstruos y canallas, donde la prosa del autor se expande en un argot ferozmente vivo, una jerigonza que reconstruye los escenarios más salvajes de Hermosillo, Sonora.”, cita.



"En Linderos alucinados se alberga a las criaturas de Sánchez: drogadictos, pendencieros, traficantes, vagos de diversas estirpes y plumajes cuyas voces poseen una extraña y potente energía que los redime de la harapienta condición de marginales para transformarlos, por raro que parezca, en una especie de antihéroes del caos, la violencia y la soledad, elementos que Sánchez dosifica en cada relato, donde tampoco faltan la ironía y el sentido del humor".



Linderos Alucinados ha sido presentado ya en la Ciudad de México, donde ha recibido bastante aceptación y ha recibido una buena cantidad de crítica en medios nacionales, como son los periódicos: La Jornada, Milenio, El Financiero, entre otros.



Carlos Sánchez (Hermosillo, Sonora, 1970) Ha colaborado en suplementos y páginas culturales de varios periódicos estatales y nacionales, programas de radio y televisión. Actualmente escribe en El Financiero. Es autor de: Linderos alucinados (Primera edición, 2000; segunda edición, 2001; tercera edición, 2008); Señales versos (2006); Desierto danza (2007) y de efe (2006). Dirige Ediciones La Cábula.


La invitación a esta presentación está abierta al público en general y durante la misma estará a la venta el libro, que tendrá un costo de cincuenta pesos.

lunes, 7 de septiembre de 2009

En el Reclusorio Oriente: ¿Qué es un bombón?




Carlos Sánchez
La rudeza es necesaria. Rueda el balón y no hay oportunidad para la gambeta, el drible. Ante el silbatazo del árbitro el tiempo es más que fugaz.

En el interior del Reclusorio Oriente, los presos no distinguen el día de la semana. Bien puede ser lunes o viernes. El deseo de patear un balón los arropa. Es su camisa de fuerza. La contención que les rige las mandíbulas. Apenas la señal de salida y ya el polvo se levanta en el corazón de la cancha.

No hay crédito para los lamentos. Si el rodillazo del rival alcanza las costillas, o el escupitajo descarado llena el rostro del contrincante, la vida sigue como si nadie supo, nadie vio.

La enseñanza de la rudeza que inició tal vez en la familia, se postergó en la calle y profesionalizó dentro de las celdas. Por eso ante el agravio nomás levantarse y sacudirse los brazos, limpiarse el rostro. Reclamar sería poncharse y entre cabrones eso significa traición.

El tiempo, ya lo dije, es más que fugaz. Los instantes son un pez que se resbala entre las manos. Por eso la mira siempre en el marco, buscar la red donde el balón se hospede es impostergable, por eso no hay margen para el reproche, el deseo del triunfo margina cualesquier pensamiento que no incluya la palabra gol.

El juego genera ganancias económicas. Se corre la voz en la oferta de gelatinas, pan recién horneado, chilaquiles de a diez con huevo incluido. Y es la cancha más que un ring para veintidós jugadores, un campo minado a punto de estallar. Una jauría que pretende hacerle el amor a una pelota dentro de un marco.

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Son las once de la mañana de ese viernes, preámbulo del sábado día de fiesta, del amor entre las casas de campañas elaboradas con cobijas, improvisadas como hoteles de paso. Y los internos que participan en un taller de literatura, entregan sus textos al maestro. El tema, con la intención de darle un descanso a la rutina del reclusorio, es la mujer.

Los ojos de una chica hablan. Describen el trayecto de las agresiones del novio, esposo, amante. No obstante su presencia es puntual en el reclusorio, para visitarlo a él. La voz de Alejandro comparte su creación con los integrantes del taller. La crítica es soterrada, y apunta en ella que durante el tiempo de visita, los internos (algunos) visten de carácter de urgencia la caricia, el coito. La palabra es la ausencia de cada semana. La carne siempre el trofeo anhelado. Similitud al deseo del gol.

Si es viernes debe ser especial. Lo del apellido social es un lugar común. Empero la orquesta marca su compás en el interior del auditorio, adónde los pasos ya de los alumnos del taller, se dirigen. Porque han concluido su actividad de dos horas en tres días, porque han terminado con producto de calidad el curso casi efímero, intensivo. Porque ya lo dijo uno de los involucrados por vez primera en las letras: desde ahora la vida es otra, desde ahora nunca más la apatía para la lectura.

Y celebrar ante la presentación de algunos grupos musicales, actores, declamadores, raperos, y pintores, internos del reclusorio, que muestran su oficio: recompensa espontánea. Y se disfruta.

****

Una ventana entre los labios evidencia la ausencia del diente frontal superior. Por ahí se escapa la emoción hasta instalarse en los oídos de los presentes. Canta el moreno de estatura bajita. Baila en su mejor esfuerzo. Levanta el micrófono y el cable se enreda entre sus pasos.

Delirio. Versos de este bolero clásico convertido ahora en una salsa con toques de blues. Bailan los internos, el respetable que agradece y aplaude. En el umbral del proscenio quienes componen el jurado calificador es un estímulo para los concursantes. Y un deleite a la pupila de los internos todos.

Silban ante la presencia de las caderas de una dama convertida en juez. Cuchichean y de pronto se exaltan las frases. Puntuales oraciones que describen a la dama como la similitud de una vedette de los años sesenta, de esas de los cabarets del México nocturno que ya no es.

Tal vez el mejor premio para el mejor de la tarde sería un acostón con la mujer del jurado. Alucina, sueña, el interno aficionado cuyos ojos penden del listón de la tanga morada que abraza esa piel de espesa leche.

Más tarde se sabrá quién es el victorioso. Más tarde, luego de que haya participado el declamador que casi arrancará un pedazo del corazón a quienes lo escuchen, porque su poema hablará de un matricida, que purga una condena por cegar la vida de quien le dio el ser. Decir contrastes dentro de un reclusorio, es un pleonasmo.

Asfixia la multitud. La emoción en desenfreno es un rostro contenido. A punto de estallar.

****

¿Ya se va? En el flanco izquierdo de un individuo ajeno a la cotidianidad del reclusorio, la voz es afable. ¿Ya se va? Insiste. De pronto desde un preso emerge un monólogo. Aquí, pues, aguantando. Taloneando, más bien. Dos pesitos para el pase de lista de la tarde. Porque luego si no lo paga uno le dan un bombón.

Bombón. El individuo ajeno a la cotidianeidad del reclusorio viaja a su infancia y rememora esos bombones en un tenedor, jugando con la lumbre para que el malvavisco se tatemara. Un bombón en el pase de lista, debe ser una balsa para remar contra el infierno, y antes de dormir, concluye.

Los pasos del recluso no cesan en la compañía de quien tal vez ya se va. La curiosidad es una bomba, y estalla: ¿Un bombón si no pasas lista?, inquiere. La respuesta viene: Un bombón es un madrazo en el rostro. Si no tienes esos dos pesos para pagar por la tarde el pase de lista, viene un guardia y te pide que infles los cachetes, luego te da un madrazo para desinflártelos. Ese es un bombón.

Elocuente. No hay más preguntas sobre la cicatriz en el labio, ni sobre el motivo de la herida dentro de la boca que a leguas se puede ver. Tampoco es necesario cuestionar el motivo de la derrota en la mirada. No obstante, antes de despedirse el ajeno a la cotidianeidad de la cárcel, escucha un poco más al preso, quien a manera de despedida, apunta: Si usted tiene a alguien, ámela mucho, regálele una flor y un chocolate.

****

El balón no perforó la red. Vendrá otra mañana dispuesta para el encuentro definitivo. No obstante, los chilaquiles con huevo, las gelatinas, encontraron su mercado. El árbitro esta vez no sufrió agresión. Los guardias quedaron tablas en sus apuestas.

Hubo varios ganadores en el concurso de arte, dentro del auditorio. Pero el premio no fue la alucinación de ese interno: una noche con la dama del jurado. Los ganadores obtuvieron de manos de las autoridades del penal, una placa a manera de reconocimiento. Y el placer del reflector. Lo bailado y lo cantado jamás tendrá un descanso en la memoria.

En la biblioteca se escribieron y describieron pasiones. La mujer fue el pretexto para varias horas de conversación. Y saber que la literatura existe.

Allá, en el dormitorio cuatro bis, esta noche, un interno dormirá sin el dolor que le pudo haber causado un bombón.

martes, 1 de septiembre de 2009

LADO A LADO, nuevas coreografías de Antares


Carlos Sánchez

La poética con el cuerpo. En un salón de la Casa de la Cultura de Hermosillo, los bailarines de la compañía de danza Antares, ofrecen un fragmento de la coreografía LADO A LADO, de Miguel Mancillas, que estrenarán el 11 y 12 de septiembre en el Teatro de la Ciudad.

En el preámbulo del inicio del movimiento, el maestro y director de la compañía, reseña el contenido de la obra, sus argumentos, la persecución de la congruencia. Y en el ejercicio de la danza implícito el esfuerzo, la lucha a contracorriente: la ausencia de reporteros de la fuente, los requisitos que exigen los festivales para comprar funciones coreográficas, más las vicisitudes que se acumulen.

No obstante el campo minado que es el mutismo, la ausencia, de la prensa, (y lo señala Mancillas: el parto de una obra sólo se da ante los ojos del espectador), las palabras del coreógrafo proponen a la imaginación el escenario a los asistentes que son alumnos del Cedart, y unos otros.

Entre los espejos en ese salón de entrenamiento, los ventanales como cortina hacia el cerro de la cementera, la historia desarrolla su contenido al compás de la música. Entonces los cuerpos acuerdan los movimientos. El sudor en el rostro es síntoma de la pasión y un reflejo de lo que a través de la danza se cuenta.

Ternura violenta. Contrastes en este vaivén que es la vida. Dice Mancillas en letra impresa sobre una postal que reparte a esos invitado (que también deberían de ser los chicos de la prensa, y de entre los cuales sólo asistió de Dossier, la reportera Daniela Sáenz), que “Ante una alternativa, la acción aparentemente simplifica porque seleccionamos, optamos, pero si hay la conciencia del riesgo y de la incertidumbre que conlleva una decisión, es también una apuesta”.

Dentro de ese salón de clases, donde se construye cotidianamente la propuesta de Antares, hay cabida incluso para un perro salchicha que también es espectador. Las reflexiones de Miguel Mancillas abundan a partir de sus lecturas, de sus exploraciones como obsesiones y lo que desea decir.

Se reconoce arbitrario, en esa libertad de decir lo que se piensa. Y en su argumento sobre la coreografía, (impreso en esa postal) subraya: “Los eventos del día, de lo vivido, son inconexos. Sin embargo intentamos unirlos y creemos que hay un orden o lo suponemos y así coexiste el beso y el golpe, lo deseado y lo obtenido, los sueños con lo real”.

Al final de la presentación los aplausos son agradecimiento de esos preparatorianos, los más, como espectadores. La ausencia de la prensa debe ser esa apatía por difundir el arte como poesía, porque a estas alturas de la vida aún no comprenden, los medios, el significado de la palabra educación.

Aviso de nueva cuenta: Antares estrena coreografías el 11 y 12 de septiembre, en el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura. Admisión 70 pesos general, 50 por estudiante. El telón se abre a las 8 de la noche.

jueves, 27 de agosto de 2009

Historias de Oriente y sus reclusos

por Humberto Ríos Navarrete/Milenio

Por allá, a pocos pasos, algunos trasiegan. Los susurros salen de boca en boca y cruzan pasillos. Hoy es día de taller literario, donde plumas de presidio bosquejan relatos. En este espacio también celebran concursos, cuyos protagonistas son ellos, enjundiosos, moduladores de voces en obras de teatro, declamadores, ejecutantes de monólogos e intérpretes de cantos variados. Aquí corean y bailan raperos contestatarios y cumbancheros que excitan a la raza enjaulada.
Y cada quien su historia.
El ojo capta a esa mancha pajiza —lentos cardúmenes—, enfundada en cuerpos musculosos y esmirriados, igual que este hombre enclenque, solitario, que asegura haber trabajado con uno de los mejores fotógrafos mexicanos, cuyas películas han obtenido premios internacionales.
El individuo exhala rencor y engarza su historia. La sintetiza. Dice que durante 20 años acarició su venganza. No niega lo que hizo antes de que lo trajeran a este penal, un día de junio de 2000, acusado de “privación ilegal de la libertad”.
—¿Fue un secuestro?
Suspira.
—No, fue privación ilegal de la libertad.
—¿Y qué fue lo que hizo?
—Este cabrón violó a mi hermana cuando ella tenía 12, pero esperé 20 años para vengarme. Yo lo iba a matar, pero nada más lo torturé tres días. Con golpes.
—¿Sólo golpes?
—También le puse colaloca en los dedos —describe y clava la mirada en los peldaños de la entrada al “auditorio de la institución”, como se le conoce, y parece que por su memoria pasaran imágenes del desagravio.
No niega su rencor.
Lo reitera y lo extiende.
Dice que a partir del surgimiento de organismos civiles que luchan contra la impunidad y la delincuencia, su proceso ha sido trastocado, ya que la sentencia, de 15 años y nueve meses, está en revisión.
—¿Y por qué se lanza contra esos organismos?
—Deberían ser “los ricos unidos contra la delincuencia”—dice, parafraseando a la organización que preside la maestra Ana Franco.
—¿Y quién violó a su hermana?
—Un tipo con influencia en la policía federal.
****
El reportero, fotógrafo, dramaturgo y escritor sonorense Carlos Sánchez, con una vasta obra que incluye antologías de relatos, concluye un taller de creación literaria, impartido durante una semana en la biblioteca del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente. Lo patrocinó la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Los talleristas acaban de entregar su tarea. Uno de ellos analiza el libro Linderos alucinados, de Carlos Sánchez, quien lee el relato “Dónde estás corazón”, del que se elige un fragmento:
“Vuelvo al barrio y la muerte de la doña me revive la tranza que se aventó la Juanita, aquella chula de la que siempre estuve prendido. Clarito recuerdo su desliz por los callejones, con ese contoneo en su caminata, con las camisas de franela a cuadros, los dickies aguados, los convers blancos y ese collar con la imagen de nuestra señora de Guadalupe. ‘Esta es la que me cuida’, decía la Juanita, mientras besaba la medalla cuyo óxido tapaba el ojo derecho del rostro de la virgen”.
Los alumnos depositan en manos de Sánchez sus manuscritos. Uno de éstos, titulado La Cuquis, cuyo autor es Sinué Edgar Rafful Echauri, empieza así:
“La Cuquis era la pareja del Pelotas, alta y delgada, más que delgada seca, pues fumaba piedra a la par que nosotros, e imagínense cómo estaba de loca para andar con el Grande. Su artegio era el fardo, también nos acompañaba al asalto, el problema era que en medio del asalto empezaba a delirar y había que salirse de cuete antes de que se pusiera peor, pero su principal alucín era la celotipia. Tenía un hijo del Grande, el cual la familia de éste había regalado a una familia cristiana por el bien del bebé. La Cuquis nuevamente estaba embarazada y así andaba en la loquera, fumaba piedra como desquiciada, se veía cotorrístima con su pancita.
“Ya en un estado bastante grave y presa de una compulsión terrible por seguir consumiendo, pasó lo inevitable: se acabó la droga. El Beto, como siempre acostumbrado a utilizar a La Cuquis, le dijo haz el paro, tiéndete por unos gramos, te damos pal taxi, porque nosotros no podemos cinearnos, estamos bien quemados y aparte bien paniquiados… Se le descompuso el rostro y enmudeció… Y a regañadientes tomó el dinero y salió, la tienda de perico estaba como a media hora ida y vuelta, pero curiosamente regresó como a los 15 minutos. ¿Dónde están escondidas las viejas, hijos de su puta madre, dónde las tienen?
En ese momento supe que otra vez eran sus delirios de celotipia y fue directo a la cocina por un cebollero gigantesco, lucía como una mujer caníbal.”
***
Desde afuera se escucha la voz cantante del grupo tropical Lobos: “Un saludo especial para las damitas que forman el jurado”. Un declamador recita El matricida; después, dos raperos corean: “Sólo estamos atrapados físicamente, pero somos libres mentalmente”. El dueto MPC —gorras grises, pañuelos al cuello, pantalones cortos y playera blanca— entonan: “Mi corazón late-late y no pide rescate”.
Frente a la puerta del auditorio, los visitantes se despiden del presidiario que enfrenta un proceso por privación ilegal de la libertad, quien ofrece acompañarlos hasta el límite de sus posibilidades.
“Cuídense —aconseja—, porque la calle es peor que la cárcel. A mí ya me pasó lo peor y no hay nada que me espante en este lugar”.

martes, 30 de junio de 2009

así

tengo una catarina en medio del corazón

martes, 9 de junio de 2009

mensaje

una cuadra arriba o dos por la huitzilopoztli me senté bajo un árbol

miércoles, 3 de junio de 2009

constru-huir


En la buhardilla cabe su vida. No necesita más que las aspas del abanico. Un mingitorio para la urgencia en madrugada.
Encima de un taller levantaron cuatro paredes y un par de ventanas. El polvo se instala en el poniente y el sol cubre de naranja una región del cielo. Soledad es ahora un apellido. Comer tomates entre colillas de cigarros, botellas vacías, un ruido de violín en el fondo llena los ladrillos, el piso, el techo, el alma. La radio sintoniza “Tiempo de jazz”.
Dicen que fue su primo quien le heredó la habitación cerca de las nubes. Y un librero con polilla ordena los ejemplares que se deshojan a diario. Un termo para el calor del vientre. Las llaves del aire como única propiedad en sus ojos.
Recuerda a veces, con la vista en el techo, mientras los dedos se manchan de nicotina, los días de construir esculturas de metal reciclado. Iba en un triciclo por las calles de los barrios, levantaba las andaderas viejas, máquinas de cocer, cuchillos oxidados. En la ciudad se volcaron sus construcciones que soldaba con autógena, oxígeno y acetileno. Juntaba las piezas con alambre fundido. Levantaban la vista los espectadores en esas figuras que nunca apuntaban hacia el cielo.
Un genio en el maneral. La mezcla exacta entre los químicos para derretir el hierro. “La soldadura eléctrica sólo es para soldar puertas”, decía al sentirse hostigado del reclamo de su jefe en el taller. Por qué desperdicias el material haciendo cuadros de fierros viejos, le decía el mandamás.
“Desde niño le vino eso”, contó alguna vez su primo, cuando unos periodistas buscaban al autor de las esculturas, el que con el terror en la mirada huyó de reflectores, saltando pronto la cerca que daba detrás del taller y hacia el cerro.
“Su papá que era mi tío, era como él, bueno para reparar los carros, con delicadeza, le gustaba la perfección. Al primo jamás se le dio el oficio, desde niño juntaba las chatarras, hacía de los guardafangos y cofres unos dinosaurios muy curiosos”.
La nota imprimió las declaraciones en los diarios. En la pantalla y bocinas de las radios también la información, las esculturas.
Desde ese día le vino el pudor, el miedo creciendo. Se sabía libre y constructor de la magia por necesidad infantil. Nunca supo de clases en aulas, siempre urdiendo las letras y canciones en las revistas que su padre le llevaba al mismo taller donde vivían, trabajaban, existían.
Pasado el tiempo y la misma rutina. Los golpes de cincel para construir las formas, atmósferas.
Los gritos briagos del padre, las caricias sumisas de la madre desaparecieron pronto. El primo le adoptó y entró en su idioma. Sin voz, sin oídos. El alimento como tesoro desde sus manos. Y un colchón en el cuarto de arriba. Donde permanece aún. Con la rutina, conformidad de la mirada más allá, lejos ante la ausencia del sonido de palabras. Porque no le merecieron necesidad las conversaciones, las preguntas, las respuestas.
Solo en su mente como en sus piezas de metal, se dibuja siempre una figura fálica. Sus ojos se vuelven burbujas para trepar el cielo.

lunes, 1 de junio de 2009

Más que un sorbo: el Yépiz


este es el yépiz en celebración de la vida

Carlos Sánchez

Le decían el Yépiz. José María Juvera es su nombre. Lo evoco y tarareo en el subconsciente una canción de Silvio Rodríguez, cuya letra narra el andar de un hombre siempre cuesta arriba. Y lo seguían los niños todos, sucios y locos, a celebrar la vida. Mientras él contenía en su mano el dinero de la tristeza, con el cual habría de mercar cerveza. Y caramelos para nosotros.
Apenas ayer lo miré con su discurso intenso, señalando la estulticia de los que nada saben del dolor impreso en el interior del pecho. Porque muchos le decían que el medicamento era un pretexto.
En la cocina de una casa como oficina, lo miré con sus ojos en las burbujas del agua, esperando el hervor para el café. Me dijo de corrido el nombre de cada una de sus pastillas, me mostró el documento firmado por un especialista y señaló con precisión el nombre técnico de la enfermedad. “Porque me pongo muy ansioso, y apenas la cerveza me calma un poco”. Luego el café en las tazas, para los camaradas, no para su garganta. Repartía con felicidad, con el objetivo claro de servir.
Incontrolable la ansiedad: levantaba las hojas de los árboles, barría la banqueta, iba a la tienda con velocidad permanente, hablaba con respeto, miraba a los ojos. Tenía dignidad.
El martes por la mañana (¿o el lunes por la noche?) dejó de respirar. Acostado en su cama individual, con el abanico espantando los fantasmas de los nervios encendidos. Lo fue a ver su más que camarada, y carnal, el Juan Pedro Robles. Le tocó el rostro porque el amor exige la revisión del cuerpo al que se aprecia.
Quiso entonces el Juan saber el argumento de la muerte. El médico diagnosticó deceso por infarto. Encima de su sábana el Yépiz lleno de paz abandonó los días para siempre. Juan Pedro supo entonces que tuvo su camarada muerte de poeta: Infarto masivo y sin agonía.
En la funeraria se dibuja la dignidad de su paso por la vida. Los amigos y familiares firmes: El Lalo, el Feo. Y desde su pensamiento allá tras las rejas, el carnalito menor: el Pío, presente desde la nostalgia y extrañarlo.
La alegría como paradoja por una muerte feliz. Porque no obstante que el Yépiz se dejó a la suerte de muchas noches de tráfico embriagado, no fue un puñal el que lo sorprendió por ahí.
Linda manera esta de irse. Encender el abanico y después apagar los sentidos. Como si la gratitud significara echarse a dormir y sonreír a la vida la oportunidad de ver el sol, conocer el alcohol, las mujeres, las plantas, los niños. El aire.
Cuenta su carnal el Juan Pedro, como un juglar naturalito, las habilidades del Yépiz. Y las anécdotas se vuelven un tributo para el amigo. Narra con el pecho inflamado de emoción las virtudes de su compita: los días de noviar en la universidad, la facilidad para el ligue, la simpatía para con los morritos de su barrio, la alegría de vivir con un trago en la panza. “Y en todas las casas de su barrio le invitaban a comer”.
Ahora todos juzgamos a favor. Porque no es de barbas que un camarada se instale en la simpatía. Juzgamos por la risa esa de su discurso para aprehendernos: “Verás que jodido ando, ¿no traes nada?” Y la complicidad presta para abrazarlo de afecto.
Anoche en el umbral de la funeraria estuve (estuvimos) felices de ver la capacidad de amar en esa solidaridad de Juan pedro. Sus camaradas, también conocidos del Yépiz, asistimos para decir presente ante un cuerpo inerme con rostro apacible. Porque la muerte nos reúne sin requisito, porque en ese instante es necesaria la presencia como colectivo para decir en silencio la palabra amistad.
Anoche supimos de ese Yépiz al que desconocimos. Cuán necesaria la palabra, y certera. Contar la vida de un hombre, desde otro hombre, y saber que la virtud se apersona apenas la muerte le ha tocado el corazón.
El Yépiz seguramente en su rictus de paz sabe ahora cuánto se le quiere. Porque la autoridad de su orgullo, ese presidente municipal, anoche llegó para abrazarlo de su presencia. Ese que es más que un funcionario, su camarada. Pues bien, Ernesto hizo una pausa en su agenda. Y se vistió de duelo porque duele.
Alguien cuchicheo por ahí que a Juan Pedro se le ha visto llorar. Y razones tiene de sobra, porque pocos carnales como el Yépiz, quien alguna vez le arropara los pies a su camarada Juan, mientras éste dormía.
Ahora es de día, y dentro de una caja, amanece al fin.

martes, 26 de mayo de 2009

Armario



Lamer antes de encender. La lengua resbala. Cierro la luz de mis ojos. Son dunas en mi lengua. El sabor de su piel.
Me gusta el olor de este closet herencia de mi abuelo. Lo hizo con madera de pino que alguna vez trajo de madrugada, cuando los vigilantes de la fábrica centraban su atención en las mujeres que se apeaban del tren.
Afuera la vida desfila en los pasos de mis padres, mis hermanos. Adentro y entre ganchos, bolsas, cajas y trajes que nunca más tendrán un cuerpo, los minutos me acarician de intimidad. Lamer el cigarro es tocar las puertas del placer.
Me gusta forjarlo con parsimonia, ir oliendo la hierba mientras mis dedos deshacen las colas verde limón. Postergar la elaboración es postergar también el inicio del gozo.
Una cantante blanca con voz de negra emerge desde la bocina de esta radio de bulbos. La radio era también de mi abuelo, muchas noches le acompañó en sus jornadas de velador en la antigua estación del ferrocarril.
Allí empezó la historia de mi gusto por el humo de la hierba. En su bastón el abuelo guardaba un tubo metálico, adentro los cigarrillos que antes de salir a su trabajo forjaba con tranquilidad, siempre explicándome la magia en el cerebro, en los sentidos: “El remedio de todos los males”, decía apretando la voz para no desperdiciar el humo.
Caminábamos hacia la estación con la radio encendida. En la maleta de piel había tacos de chorizo y en un termo el café para sortear la noche. Mi abuelo tendía un catre y mientras me trepaba al sueño, él narraba historias de héroes y leñadores. Era la magia verlo actuar las emociones, los diálogos, el peligro y la felicidad de sus hazañas.
Hubo una vez que de un furgón del ferrocarril salieron cuatro salvadoreños, en sus bocas se dibujaba la desesperación por un trago de agua. Mi abuelo tomó su cantimplora y sin preguntar se la dio al más viejo de ellos. Una manera divertida tenían en su acento. Los ojos de todos bailaban entre la luz de la lámpara del andén del ferrocarril. Los tacos puestos sobre una tarima, ni a mitigar el hambre alcanzaron. Los salvadoreños dieron santo y seña de su travesía, del arrebato que sufrieron en una ciudad del norte de Sinaloa. Nos tumbaron los culichis, con unas navajas bien filosas apuntándonos en el pecho. Y nos quitaron hasta los periódicos con los que nos tapábamos.
Recuerdo ahora ese tiempo y me pregunto por qué no lloraban mientras le contaban la historia al abuelo.
Qué ocurrente y cuánta razón tenía, a falta de comida que alcanzara, encendió uno de sus cigarros, y lo fue pasando a cada uno de los salvadoreños. Pude ver sus rostros llenos de risa, de optimismo, escuchar planes de vidas felices, construidas obviamente, en el gabacho.
La marihuana cura todo, repetía el abuelo mientras ya el tren y los salvadoreños encima de un furgón, avanzaban hacia el norte.
Lamer el papel es ver la lengua del abuelo en esas noches. Él dentro del cuarto donde un día el bastón quedó en un rincón. Porque la vida no es cierto que sea para siempre.
Ver la llama es acercarme al preámbulo, saber que en un instante ya los sentidos se agudizarán. Me llena de vida la soledad. Cómo decirlo, cómo contárselo al querido diario. Nunca he podido explicar la tristeza que me heredó también la ausencia del abuelo.
Sólo con este trance del humo, que también me heredó feliz, es posible acercarme de nuevo a su cuerpo, al olor de sus camisas de franela, su aliento lleno de tabaco, de café, del aire de madrugada penetrando en sus ojos.
Lamer otra vez. Y que el ruido de los pasos no pare, que al fin de cuentas me acostumbré al zumbido de la necedad. Por qué mis padres, mis hermanos, se empeñan en subir el volumen del televisor, por qué les duele tanto el canto de la cantante blanca con voz de negra. Y por qué los discos se me pierden de las manos en el menor descuido.
Hace un par de noches que la camisa de franela banca que dejó el abuelo, levanta sus mangas y me invita a bailar. Ocurre siempre antes de dormir, cuando ya los párpados se me llenan de hormigas acariciándome.
Debe ser porque su saco gris es el coordinado inseparable de la camisa, y porque desde que empezó el invierno duermo con él sobre mi cuerpo.
Ahora con esas prendas es más fácil regresar a ese tiempo en que las manos del abuelo me apretaban contra su pecho, allí, en ese cuarto en solitario, donde una de las hazañas favoritas del abuelo, era la actuación de su conquista de la hermana de su esposa, la tía Marla. Yo era ella, él era él. Caminábamos por el llano antes de entrar al cuarto nupcial. Me llenaba de rosas y en silencio ilustraba con su cuerpo sobre el mío. Qué aventura.

miércoles, 20 de mayo de 2009

ensolitodecir

no muerdas el tapabocas
no pidas la parada con tiempo
el pasamanos cultiva el virus
el resbaladero te llevará a la infancia
no le digas concha a tu suegra
no sonrías con el candidato
no escuches pactos de fidelidad
no desabotones tu blusa
no olvides el condón
márchate sin sombrilla
no apagues la luz de la cocina
conserva un peso de saldo
tírame un mensaje inconcluso

viernes, 15 de mayo de 2009

Mi hábitat y un café




En la estridencia del tráfico que soy busco un lecho para la paz. A menudo aterrizo en el restaurante del hotel Colonial. Nomás atravieso el umbral y ya el aire tiene otro color. Respiro ante un café, agua u horchata.
Leo veces, pendejeo las más. Me sumerjo en la imaginación y Pepe Revueltas me informa lo pequeño que soy. Vivir su precisión es sufrir la felicidad del arte en el discurso.
Anduve ya muchos años entre las rejas de agua en esos muros de las Islas Marías. Ahora el Luto humano, antes Los motivos de Caín. Así todos los días, sorteando las monedas para completar el pago del café, en este lugar donde se remunera cada instante, pagado con pocos pesos.
Hoy vino Lauro el mesero, me regaló como siempre la cortesía en sus palabras. A Lupita la cajera, esa mi mecenas consuetudinaria, no la alcancé, porque allá debajo del cerro su barrio que es el mío, y después de las tres, la espera su nieta, sus hijas, los perros, incluso. Escribir sobre ella me queda grande. No podría con letras narrar la historia de su solidaridad desde la adolescencia.
He llegado esta tarde de futbol en liguilla, me he instalado en la mesa catorce, la misma desde hace todos los años. Lauro me lleva agua de jamaica, pronto reconozco el dulce en exceso, el mesero ve algo en mi gesto y de facto me llega con una jarra de horchata. Revuelvo la mirada en el refresco y en el desatino de un tiro libre directo en la pantalla.
Susana es esbelta, el pelo recogido es requisito para su empleo. Sirve las mesas. Esta tarde, y en silencio, pone un plato de arroz con leche en mis ojos. Sólo sonríe y se va. Hace un buen que vengo sorteando esta suerte de los bolsillos desnudos. Y otra vez con su gesto, sin anotar el menú en la comanda, me arrebata el sollozo desde el pecho.
Me arranca también varias preguntas. ¿Por qué me da sin preguntar? Y es que a menudo también ocurre. Los presos con los que tallerero textos se quitan sus ropas para abrigarme. Me llevan de la mano al comedor y me ponen en el primer lugar de la fila.
Norma es cocinera. Trabaja en el Colonial. También me saluda al llegar. Varios postres me ha regalado, con sonrisa prendida. Desde la ventanilla levanta su mano. O a veces sólo nos miramos. Con eso basta para decirnos la simpatía.
Érica tiene turno de mañana. Adivina siempre lo que pediré para desayunar. Me cuenta su pasión para con su hija. Bailamos las palabras. Encuentra en mí al hermano mayor. Felicidad le abunda cuando el tema es resuelto con palabras y sabe que habrá beneficio para su muchachita que cursa preparatoria.
Pues es este mi hábitat. Me sumerjo en la paz del restaurante, aunque a veces en él irrumpen los políticos que todo lo tocan y echan a perder.
A veces descubro quién será el próximo candidato de equis partido. Porque los promotores de la democracia promueven también la estridencia, y gritan, y caminan erguidos, porque tienen el poder de levantar el dedo en una tribuna, y enriquecerse con mentiras. Hablan como en altavoz e informan sus transacciones. Me entero siempre.
Entre los trabajadores del restaurante y yo, nos reímos de la capacidad de mentir de estos políticos, o de la habilidad de escabullirse hasta dejar al último de la mesa para que corra con la cuenta. Varias veces he visto a Joel, otro de los meseros, correteando a los políticos para que paguen lo que consumieron.
La vida tiene estas aristas, y en una ciudad tan pequeña, difícil es escaparse de estos entes como funcionarios.
Pues hoy he llegado con la suerte de la soledad. Y permanece en esta tarde de futbol en la que un comentarista se desgañita por los yerros del delantero de Indios. Afuera la tarde empieza a caer, y no me queda más que seguir con la dicha feliz de los meseros, la cocinera. Los veo y son mi familia desde siempre. Y me dan lo que tienen: honestidad prendida de los labios. Mis ojos se pierden al través de los cristales del restaurante. En un niño que viaja en bicicleta por el lomo del puente de un río que se resiste a morir.

miércoles, 13 de mayo de 2009

La garganta es un pájaro que ladra


Sus alas contra mi pecho.
Hubo una vez que me llevaron a una pelea de gallos. Incesante y violento era el aletear de ambas aves en el ruedo. Se sorteaban la vida en sus patas. Pendían de ellas el filo cruento de las navajas.
Sus alas contra mis ojos.
Lo devisé con su camiseta untada e infantil. Supe esa tarde de su inocencia triste en la mirada. De la infancia para siempre en el tono de su voz. La fragilidad de sus manos que cuenta historias con un pincel.
Sus alas en mi piel.
Sentí el viento de sus palabras. Un embudo el corazón en cúmulo de imágenes narradas por él. Sus ojos en el ritual de una tribu Yaqui. En el corazón de lo que antes fuera un río en medio de la ciudad.
Acordamos con la mirada la prudencia. O fue tácita. Nos llenamos de sol y tardes. Café con viento. Palabras para enardecer los minutos. Fumamos delicados en medio de la noche y un cerro también como procesión de la tribu otra: los Yaquis en permanente entrega. Multitud en busca de un instante para el entusiasmo.
Una noche lo abracé con mi sueter. Escucharle fue encontrar a mi hijo con frío en los huesos. Le tapé la espalda y fue una caricia de ternura.
Fuimos dos en mar abierto hacia la soledad en coincidencia. Remamos también en busca del silencio. Besamos el aleteo de los pájaros y ejercimos el significado de la palabra solidaridad. Nos dimos, damos, el amor de hermanos. Porque no todos los días se nos revela el coincidir como autorretrato, porque en un costal se acumula la apatía por escuchar, oírnos, conversarnos.
Vino en un pájaro gigante de una ciudad del norte, venía de besar las manos madre. Vino y andó en las calles, trepado en la nave diminuta para recorrer callejones y paisajes de la historia de mi barrio. De mi vientre hecho añicos por los días de los besos no.
Supo y refrendó mi carnal Guillermo que donde el dolor se funda la vida es para siempre. En el vestigio de unos niños que no se dejan retratar, en las piedras siempre vigentes detrás de una foto: todos los caminos nos llevaron al cerro.
Indagamos juntos la banalidad de los importantes. Jugamos a burlar la academia. Fuimos un par de piratas montados en un avión de papel conducido por el gaviero. Pisamos la luna sin dar pasos importantes para la humanidad.
Aterrizo ahora y vuelvo al ruedo donde los gallos se engallan. Lo digo para no perder el piso. Hubo una vez que me llevaron a una pelea. Me tiraron en el ruedo y me apabullaron sin darme tiempo a la defensa.
Vinieron los días para pintarme canas en la barba, llenarme de palabras y ganar la voz para el amor.
Guillermo que entró hace unos meses al través de sus letras como pájaros, vino tiempo después y en semana mayor para sanarme del recuerdo. Las agresiones de la infancia me duelen menos ahora. Porque en ese embudo hacia el corazón encuentro compañía con sólo saber su nombre.
Qué fatal mi egoísmo para narrar. Porque se escribe aquí y ahora la gratitud de mi beneficio. De lo que he sido y soy después que sus ojos me tocaron, me tocan.
El rencor se despoja en un mes de invierno. Pocos días después de escuchar la amistad sabia de Braulio, el responsable de mi encuentro feliz con él pájaro que se estrella contra mi pecho.

sábado, 2 de mayo de 2009

Difunde La Cábula Ediciones títulos creados por convictos para romper su marginalidad

CARLOS F. MARQUEZ / LA JORNADA MICHOACAN

El sosiego campea leve en las exclusas y patios del Centro de Readaptación Social II de Hermosillo, Sonora, pero al menos campea. Las horas aquí no vienen cargadas de incertidumbre como aquellas que revientan en el Cereso principal donde también se quiere aprisionar la conciencia. Si no fuera por las bardas que niegan el lejano horizonte del desierto, la visita pudiera pensar que su estancia en ese lugar fue como una reunión sabatina de amigos que cantan, hablan de política, danza y hasta de literatura. ¡Sí, literatura!

Carlos Sánchez nació como cualquier persona: a fuerza de pujidos y empujones, y su respectiva palmada en las nalgas para comprobar con llanto que está vivo. Pero el destino no se cansa de darle bofetadas al Güero para comprobar el temple de su vitalidad, es así que creció en el popular barrio Las Pilas, ahí donde se ubica la prisión en la que se ejecutara la última pena de muerte en México y que hoy es el Museo de Sonora. Pero la muerte se quedó suelta para levantar el polvo y remover la mugre del barrio, de ello dan cuenta varios amigos de Carlos que sólo han dejado cruces sembradas por todas partes en la colonia.

Carlos entonces creció “pirata”, que es como él se refiere a aquellos que crecieron con las manos vacías, tomando la vida por asalto para recuperar algo de lo prometido. Creció tan “pirata” como para negar los estudios universitarios y forjarse de manera autodidacta. Pese a que no tiene grado universitario, fortuitamente ha sido “asesor” de algunos políticos en el terreno amoroso, aunque más adelante éstos utilicen sus consejos para flirtear con el pueblo en pleno apogeo proselitista y decir: “nada es tan mío como tus ojos cuando los miro”. Si la mentada frase tuvo efectos positivos en el hotel, que no los tenga en las urnas. ¡Carlos aborrece la mezquindad!

La Cábula Ediciones es el proyecto que desde la trinchera de lo independiente impulsa Carlos Sánchez y con el cual pretende restituir la voz a “los hombres del alba” para romper con la marginalidad, pero al mismo tiempo con el ánimo renovado de reencontrar sus orígenes y abrir el círculo vicioso para convertirlo en espiral que vaya al fondo de lo clandestino.

Bajo el sello de La Cábula se han publicado diversos títulos creados por convictos que han participado de los talleres de literatura en los dos centros de Readaptación de Hermosillo, algunos de esos títulos en los que se aborda el tema penitenciario son: Breve azul, de Silvia Arvizu que ya ha logrado el reconocimiento en certámenes internacionales; Alguien me observa, de Rubén López Delgado; Señales versos, del propio director de la editorial, y En el lugar equivocado, de Fernando Aristeo Valencia Campoy que presentó su libro esta semana ante los medios ce comunicación sonorenses y la propia población penitenciaria.

El Güero del barrio Las Pilas mantiene esa actitud de chamaco callejero: va de aquí para allá en Hermosillo; visita a la parentela por herencia biológica y a la adoptada por afinidad o amor, camarea con meseros y con Cuca que ofrece un café o un taco a los locos de la calle a cambio de que se pongan a leer, aunque a veces llegan tan grifos que no hay de otra más que darles el café de okis, o de a grapa pues para que se entienda. Carlos Sánchez es un genuino promotor ambulante de la lectura, a todos los lugares que llega se habla del libro En el lugar equivocado y la gente lo comenta tan entusiasmada como si estuviera hablando de una película o de la telenovela.

En la biblioteca del Cereso II se habla de lo mismo y uno de los de cuello blanco le reprocha al autor que falta más violencia en las páginas, más sangre... y quizás más dinero sucio fluyendo en las manos de los personajes. El Charlie argumenta que no es necesario, que eso se puede ver en exceso en la realidad concreta y el autor comparte más en corto que la intención de este libro es que “los de afuera” cambien su imagen respecto a “los de adentro”, que se den cuenta que “aquí hay gente capaz”.

El taller de talabartería parece ser el corazón intelectual del Cereso II. Esa es la parada obligada de El Charlie y punto de reunión con otros convictos en torno a Rodolfo, un hombre de dimensiones colosales en perfecta proporción con su generosidad. A Rodolfo se le pierde la guitarra entre sus gruesos brazos de trailero, no obstante, toca con delicadeza las canciones de Pablo Milanés o la rola Desapariciones, de Rubén Blades. En ese pequeño espacio del taller, entre herramientas de talabartería, se analiza a los candidatos a la gubernatura y se habla del festival Un Desierto para la Danza porque Rodolfo recrimina a Charlie que en su libro de entrevistas con bailarines sonorenses hizo falta la (Beatriz) Juvera.

Ahí, entre la discusión seria o el simple camareo, se afinan los detalles de la presentación. Rodolfo le propone a Fernando Aristeo El Chino, que vaya a pedir media cubeta de pintura para retocarse barba y cabello, y estar bien presentable. El Chino simplemente se ríe y le insiste a Charlie para que contacte a su hija y la convenza de asistir a la presentación.

Fernando Aristeo confiesa que lo que quisiera es que este libro llegara a su familia, que sirviera como especie de reconciliación. Y para que no quede duda de sus intenciones manifiesta en la dedicatoria de la obra: “A toda mi familia para que haga conciencia de que pude haber muerto pensando en ellos. Pero estoy vivo en el lugar equivocado”.

Los convictos avanzan en una sola fila por los estrechos pasillos del Cereso II y uno de ellos pregunta: ¿a dónde van a presentar el libro? “Vamos a la Casa de la Cultura”, responde otro sarcástico y echa al vuelo las carcajadas de los compañeros. Los reporteros hacen las consabidas preguntas de la fuente policiaca: ¿Por qué está aquí? “por delitos contra la salud”; ¿cuántos años lleva aquí? Nueve y meses, y ¿por qué se llama así el libro?: Porque estuve en el lugar equivocado y porque ahora estoy en el lugar equivocado”, manifiesta con seguridad El Chino que no se ha cansado de esperar con la mirada la llegada de su hija. El Chino dedica y firma libros, se toma fotos para los periódicos, responde preguntas para la televisión... Ella nunca llegó.

La gente se va, llega la hora de “la yegua” y Rodolfo prepara calabacitas con carne para El Chino y sus invitados. “¡Ah cómo se antoja una Tecate con limón!”, dice El Chino mientras da un sorbo a su soda. Entre tortillas frías y doble ración de pastel de mango, el periodista y escritor Arturo Soto habla de la silenciosa tristeza de Hungría, de la fama de desmadrosos que allá tienen los mexicanos y de lo mucho que les gustan a las mujeres.

Alan Etchechury escucha el relato con un centelleo en la mirada y en ese fuego quisiera consumir los nueve días que le faltan para irse por la libre, pero ahora sí hacerlo real, no como en aquel intento de fuga en que logró pisar la calle pero gracias al saludo de otro convicto fue descubierto y regresado al foso donde sólo brilla el sol una hora al día. ¡Esa deuda ya está saldada! El sabe que “afuera con la crisis está más cabrón”, pero le consuela pensar en que “no hay crisis que aguante 18 horas de trabajo”. También piensa continuar los estudios de licenciatura que cursaba becado gracias a su buen promedio antes de que pariera la leona.

El compañero de celda de Fernando Aristeo hace planes para distribuir el libro en todos los Oxxo que se ubican en las gasolineras de Hermosillo, “quizás así lo lea alguien conocido”. Fernando permanece en silencio por un momento, quizás piensa en la muerte o se convence de que todos estamos En el lugar equivocado. Sus ojos humildes se ven un poco sombríos y su mirada parece parafrasear el último párrafo del libro: “Quizá a los que yo amé y me amaron pese a mi vanidad, mis agravios, puedan hacer un hueco en la memoria, albergar un recuerdo que se irá consumiendo con los años, algunos tal vez llorarán, pero las lágrimas también se vuelven polvo”.

jueves, 30 de abril de 2009

Plasma interno sus vivencias “En el lugar equivocado”


Describe en su libro el terror que sufrió al ser confundido con un traficante

POR ALEJANDRA MEZA
amezan@imparcial.com
Fernando Valencia Campoy ha tenido en dos ocasiones la sensación de estar en el lugar equivocado; la primera vez estuvo a punto de morir, la segunda es su realidad actual: Estar recluido en un Centro de Readaptación social.
Gracias a un taller de literatura y con apoyo de la dirección del Cereso 2, el navojoense, de 55 años, logró plasmar sus sentimientos a través de las letras en un libro que tituló “En el lugar equivocado”.
“Siento una gran satisfacción porque al principio pensé que no se me daba la escritura, pero empezó como una tarea que me dejó el maestro y esto fue lo que salió”, comentó durante la presentación del libro.
En éste describe el terror que sufrió mientras se desempeñaba como transportista, cuando en una parada de un viaje en el que le tocó llevar una carga de pescado, fue amenazado con arma de fuego por personas que lo confundieron con un traficante.
Al final del libro narra su sentir actual sobre estar preso, acusado de delitos contra la salud.
Luego de más de 9 años de cumplir una condena en los dos Ceresos de Hermosillo, actualmente Fernando es el encargado de la biblioteca del reclusorio, tarea que la ha permitido encontrar en los libros una terapia para sanar su alma.
“He encontrado que aprendo mucho de los libros, sobre todo tratando de igualar a los escritores... estoy tratando de leer de todo: Novela, superación y didáctico, porque también estoy apoyando en la escuela de aquí”, expresó.
La experiencia de escribir, que por primera vez ejecutó, dijo, le enseñó a valorar a su familia y sobre todo lo ha motivado para planear una nueva vida al salir de ahí.
“Voy a echarle muchas ganas, trabajar mucho, tratar de recuperar el tiempo perdido... que ha sido demasiado”, puntualizó.
Carlos Sánchez, quien imparte el taller de escritura, comentó que su objetivo es proponerle a los internos la escritura como una herramienta para encontrarse con su historia, ubicar sus aciertos y sus errores.

lunes, 27 de abril de 2009

Presentarán libro en CERESO 2


Con el objetivo de estimular las capacidades de creación de los internos del CERESO 2Hermosillo, este miércoles 29 de abril a las 10 de la mañana se llevará a cabo la presentación del libro En el lugar equivocado, del interno Fernando Aristeo Valencia Campoy, en las instalaciones de dicho penal.

El autor, quien funge como bibliotecario en el mismo penal, desarrolla en su texto un fragmento de su vida en la cual las circunstancias lo llevaron a enfrentarse con el miedo, en un terreno desconocido en el que fue sorprendido por la noche y la indefensión que otorga la oscuridad.

La anécdota lleva de la mano al lector, y se ofrece en el contenido, la vulnerabilidad de la vida, el dolor de saber que cualesquier ser humano puede dejar de existir en el momento menos esperado.

En el lugar equivocado fue publicado bajo ediciones La Cábula con apoyo de la dirección del CERESO 2. La construcción del texto es resultado de un taller de creación literaria impartido por Instituto Sonorense de la Juventud.

Dirección física de CERESO 2: carretera a la costa de Hermosillo, k m 21.

sábado, 25 de abril de 2009

Papáyanoquieroserpapaya


Un desierto para la danza 17. Danza Colombia


por Carlos F. Márquez

El término Papaya, por virtud del uso coloquial que le confieren los colombianos, ha dejado de ser un sustantivo para convertirse en un calificativo, incluso un modus vivendi a contrapelo de la pretendida solidaridad latinoamericana. Angela Bello, codirectora del grupo de danza contemporánea Cortocinesis, explica la connotación que adquiere la palabra en los sectores populares de Colombia, esa nación convulsiva en el aliento de Fernando Vallejo: “Papaya es una expresión que se utiliza en Colombia cuando aprovechamos cualquier oportunidad de que otra persona nos dé algo. Es una manera abusiva de hacerlo: cuando uno da papaya se expone y el que la toma aprovecha el papayazo que le dan”. En México le decimos agandalle.

Una vez referida la naturaleza del modismo se puede entender al montaje de danza contemporánea, Papayanoquieroserpapaya, como una ruptura generacional propuesta por el grupo colombiano Cortocinesis, que en voz de su director Valdimir Rodríguez expresa: “hay una postura generacional; nosotros somos una joven compañía, pertenecemos a la nueva generación de creadores y bailarines de nuestro país. Siempre hemos tratado de establecer una posición en cuanto a lo que hacemos y sentimos que los discursos que están en nuestro país no son los que nos identifican, no solamente por la manera de hacer este oficio y la manera en que el oficio se conforma respecto al contexto”.

“Nosotros decidimos que queríamos hablar de la identidad a partir de los clichés colombianos y latinoamericanos. Retomamos los más obvios, los más expuestos; estamos hablando del secuestro, de la guerra interna en nuestro país entre tres fuerzas que se contradicen (militar, paramilitar y guerrilla), el narcotráfico y la situación absurda de los países latinoamericanos de tener que solicitar permisos para traspasar fronteras entre nosotros mismos. Hay una globalidad que estamos tocando desde la localidad, pero hay un sentido de identidad mayor”.
Para entender este montaje desde la perspectiva de una ruptura generacional, es necesario cambiar la estructura de la sintaxis que confiere titulo a la obra; “Papá, ya no quiero ser papaya” : estructurado así el enunciado habla de una rebelión al talante patriarcal del sistema social y Vladimir Rodríguez lo explica de la siguiente manera: “cuando dijimos ‘Papá ya’ era como el hecho de referirnos a una autoridad que, a nuestro juicio, era la autoridad de la cultura y del mismo Estado que nos ha enseñado a vivir y responder a estas reglas que no son las únicas del juego”. Pero también está otra forma de nombrar la obra; Papaya, ya no quiero ser papaya: entonces el titulo nos habla ya de la herencia de un bagaje cultural atrapado en la inercia del círculo vicioso, casi como Saturno devorando a sus hijos.

Esta propuesta artística de Cortocinesis se fundamenta en la realidad de Colombia y la necesidad de las nuevas generaciones de construir un destino diferente, entonces el grupo ha transfigurado la convulsión social del país en una revulsión que opera desde la dimensión del arte. Al mismo tiempo reivindican la fuerza política de la danza tal como lo manifiesta Vladimir Rodríguez: “Tenemos derecho político también nosotros. La danza está eximida de ese derecho político, se le considera analfabeta en el discurso de lo político. Se le considera analfabeta también en el ámbito de lo teatral en el sentido de que creemos que el teatro nos concede el estatus que la danza por si misma tiene problemas para argumentar. ¡Todo eso es una conducta política!”

Papayanoquieroserpapaya se presenta está noche a las 20:00 horas en el Teatro de la Ciudad de la Casa de la Cultura de Sonora, durante la segunda jornada de la muestra internacional Un desierto para la danza 17.

martes, 21 de abril de 2009

y sueño que esta es mi casa



y unas sandalias cuentan la vida como un cuento urbano de placer infausto

simplemente veintiuno con uno

hoy hace once años que mi padre dejó de respirar. la risa que era su defensa, incólume me convoca a la misma risa. qué roble es el corazón cuando la felicidad se persigue como único objetivo para ser sintiendo. hoy hace once años de lágrimas en represión: porque en el cortejo alguien tiene que mantener el equilibrio en los pies. no desmayar para decirle a todos: gracias por la compañía. después una carcajada allá en lo oscurito, detrás de la carroza. un homenaje al nihilismo sempiterno de mi padre. y que viva el amor.

lunes, 20 de abril de 2009

corazao

http://www.youtube.com/watch?v=CLcvwMY9DRU

tarde de domingo con chavela en la radio

desliz cerro

sábado, 18 de abril de 2009

viento

arrojo la sección cultura de el financiero. ni la filosofía de eduardo galeano me aprehende. el viento que mueve los árboles, los colores naranjas de la tarde, los niños celebrando la vida con risas, apresan mis sentidos.

“Con frecuencia me decepciono de mis textos”


La periodista mexicana, colaboradora de publicaciones como The New Yorker, habla de su forma de trabajo y cuestiona la manera como se ejerce actualmente el periodismo en Latinoamérica: con escaso rigor y falta de imaginación.


Víctor Núñez Jaime/Milenio

Desde hace treinta años, Alma Guillermoprieto —La Señora Crónica— se enfrenta a la vida con un cuaderno y un bolígrafo en la mano. Y desde entonces, también, tiene un vagabundo afán por descifrar a Latinoamérica. Lo hace, diría Kapuscinski, con los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir y pensar.
Alma se sabe emocionalmente vulnerable pero aprovecha la subjetividad para imprimirle a sus textos ritmo, colores, sabores, olores, murmullos, experiencias, sensaciones. “Si vives en crónica, entonces escribes en crónica. Si vives en
declaración de funcionario, entonces escribes
en declaración de funcionario”, sostiene.
Ella siempre va más allá de lo aparente. Retrata a la gente común y nos explica cómo sus destinos están regidos por una clase política sin escrúpulos. Si escribe sobre los pepenadores, también habla del subdesarrollo. Nos lleva a la guerrilla para revelarnos las obscenidades de la especie humana. Nos cuenta del tango y perfila una crisis económica.
Es su forma de vida. Es su pasión. Y la disfruta con toda la intensidad posible.
Pero ahora, sentada ante una pequeña mesa de una cafetería en la Ciudad de México, mientras bebe un capuchino descafeinado, Alma Guillermoprieto sufre. Su sonrisa se torna nerviosa y parece estresarse. Sufre porque no le gusta que la entrevisten. Sin embargo, su conciencia profesional y su generosidad pueden más.
***
En México, Alma Guillermoprieto comenzó a estudiar danza moderna a los 12 años. A los 16 se fue a Nueva York con su madre, y siguió bailando. Fue discípula de Martha Graham, Twyla Tharp y Merce Cunningham. Para pagar las clases trabajó como mesera y vendedora de zapatos. Para el otoño de 1969 Merce le dijo que había una oportunidad de ir por un año a dar clases de danza a Caracas o a La Habana. No estaba segura de aceptar y consultó la proposición con Twyla: “Yo que tú, aceptaba. No vas a lograr nada quedándote acá”, le dijo. Lo pensó, decidió irse a Cuba y ese viaje le cambió la vida.
Daría dos clases al día en la Escuela Nacional de Arte Cubanacán durante un año a cambio de 250 dólares mensuales. Pero al final sólo se quedó seis meses en la isla.
Llegó a La Habana el primero de mayo de 1970. Pasó sus primeros días en el hospital por complicaciones en las vías respiratorias. Luego intentó adaptarse a la vida austera de la isla, a la escuela y a sus alumnos. Le costó interesarse en “la Revolución”. Se sentía muy sola e incluso llegó a tener pensamientos suicidas. Todo esto lo cuenta en La Habana en un espejo (Plaza & Janés, 2005), quizá su libro más íntimo.
Un noche, antes de ver Memorias del subdesarrollo en la Cinemateca de La Habana, vio el noticiario del Instituto de Arte e Industria Cinematográfica. Era la primera vez que veía un programa de noticias. Nunca lo había hecho y tampoco había leído un periódico completo (“el mundo de los bailarines es tan absorbente…”, explica ahora). Y era la primera vez, también, que ante sus ojos se proyectaban las imágenes de la guerra de Vietnam: los muertos, los incendios con napalm, la gente huyendo, el estruendo de las bombas al caer... Salió impresionada del cine. “Y yo sin hacer nada”, se reclamaba.
¿Ése fue el origen o la causa de que ahora usted sea periodista?
Yo creo que sí. Sí. Hasta ese momento comprendí que existía un mundo que no era el mundo del arte y que el arte no podía auxiliar y en el cual el arte era irrelevante. Fue un descubrimiento culposo, como tantas veces en mi vida. Y fue un descubrimiento válido, también. Sí, sin eso que me sucedió en La Habana tal vez no me hubiera convertido a este oficio.
Casi ocho años después de aquella experiencia en Cuba, Alma Guillermoprieto cambió las zapatillas por la pluma. En agosto de 1978 se fue a Nicaragua durante los días de la insurrección sandinista contra Anastasio Somoza y empezó a reportear a lado de la fotógrafa Susan Meiselas. Susan captaba imágenes con su cámara y Alma con sus cinco sentidos para luego forjarlas en palabras.
¿Por eso dice que aprendió a reportear como fotógrafa?
Yo nunca fui a una conferencia de prensa y, hasta la fecha, no voy a las conferencias de prensa porque para mí no explican nada esencial. Es como ir a ver a un autor en vez de leer su libro. No entiendo qué se gana con eso. Los fotógrafos solamente pueden producir como material de trabajo lo que ven. Y yo, como reportera, sólo producir como material de trabajo lo que he visto. Dicho lo cual, los fotógrafos llegan al lugar y hacen clic después de lecturas, estudios, entrevistas... no es posible tomar las fotos llegando nada más al lugar. Y yo tampoco. Antes he procurado nadar en el material.
***
Alma Guillermoprieto ha vivido en Los Ángeles, Nueva York, La Habana, Managua, San Salvador, Río de Janeiro y a mediados de los noventa regresó a México para establecer su “base de operaciones” y planear sus constantes viajes. ¿El nomadismo como búsqueda de arraigo? “Vivo aquí y rara vez —y con pésimos resultados— he escrito sobre otra cosa que no sea América Latina, porque si bien hay cosas que me apasionan, no hay nada más que me pertenezca”, contó en el prólogo de su libro Al pie de un volcán te escribo (Plaza & Janés, 2000).
Para hacer sus crónicas, antes de subir al avión lee sobre el lugar al que va. Al llegar camina libremente y sin propósito para atrapar aspectos de la ciudad y de la gente. Entonces define cuál es el camino que podrían andar con ella sus lectores. Así, delimita el tema y comienza a identificar personajes y a reportear.
“Para ir a reportear me levanto más temprano de lo que quisiera. Si me ha ido bien, tengo unas cuatro citas o sé a dónde ir. Veo que tenga suficientes lápices y plumas, que tenga un cuaderno y que no lo haya perdido (alguna vez me ha tocado) y voy al lugar donde tengo que estar. Y si tengo la oportunidad de ir a un lugar que a mí me conmueva pues voy lo más temprano que me acepten y procuro estar ahí hasta que me corran. La pila se me puede acabar a la media hora, pero yo procuro estarme seis. Cuando puedo, me hago a un ladito y escribo todo lo que se me ocurre a lo largo de ese día”.
“A los hechos hay que acercarse con el cuaderno y con el corazón”…
Sí. Yo, como cronista, no puedo escribir si no estoy profundamente conmovida. Por eso estoy muy agradecida con Colombia. Ahí, lo que sucede es siempre profundamente conmovedor. Ése es mi punto de partida. No es nada intelectual ni de observación diletante. Es arriesgar en ocasiones hasta el pellejo. Pero no quiero dramatizar.
En efecto, el país donde se sitúan la mayoría de los textos de Alma Guillermoprieto es Colombia. “Colombia —explica— es un país que amo por muchas razones: por verde, por alucinantemente hermoso en su geografía. Lo amo porque, los bogotanos en específico, son devotos de dos cosas que me fascinan: la rumba y la lectura. Quiero a mucha gente allá y me quieren mucho a mí. Y tal vez lo amo principalmente porque me ha dado material para pensar. Como escritora amo los lugares que me dan ese material como para masticar, elaborar, reflexionar, meditar. El largo proceso de reflexión sobre los fracasos civiles de América Latina se me ha dado más ricamente en Colombia”.
¿Cómo le hace para establecer empatía con sus interlocutores?
Es un conflicto moral eterno: uno no quiere que sus entrevistados queden desprotegidos o sufran. Pero mi problema es el contrario: ¿cómo hago para que no me cuenten todo? Yo tengo una cara de enfermera o no sé... porque me cuentan todo, todo. El gran secreto para un reportero es confiar en que todos queremos contar nuestra historia. Todos. Todos queremos ser comprendidos. Escuchados. Y los reporteros, la mayoría de las veces, no escuchan. Van en busca del entrecomillado y no en busca de la verdadera historia que hay detrás del entrecomillado. Pero si uno va en busca de la verdadera historia, el entrevistado percibe eso y lo agradece más de la cuenta.
En la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez, dicen que Alma “tiene la virtud de hacer que los lectores avancen por sus historias sin tropezar con palabras mal puestas ni verbos enredados”. Basta leer cualquiera de sus textos para toparse con una prosa llena de ritmo, vocabulario y una musculatura verbal que propicia unos cadenciosos movimientos narrativos.
Desde niña comenzó a “atesorar palabras”. Leía, en la biblioteca de su madre, los libros de Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Ramón López Velarde, César Vallejo, Octavio Paz… Pero también leía con especial entusiasmo, número tras número, el New Yorker.
¿De ahí proviene su estilo literario?
En gran parte, sí.
¿Quién es su mayor influencia como escritora?
Mi mamá [la periodista Lita Paniagua]. Tardé muchos años en reconocerlo, pero es así… Mi mamá escribía en una revista un poco frívola, digamos. Escribía sobre su vida y lo que le interesaba. Yo creo que hubiera sido una gran bloguera en esta época. Era muy chistosa, muy ocurrente... El registro trágico no lo manejaba. Tenía mucha fluidez. Estudió en Estados Unidos y yo creo que sus grandes lecturas fueron en inglés, antes de descubrir a los hispanoamericanos. En Nueva York era secretaria. Finalmente logró graduarse en la universidad y conseguir la maestría. Sus últimos años en Nueva York trabajó en un programa sobre los barrios marginales de Harlem. Y eso también fue una gran influencia para mí: la cultura negra, el jazz.
Escribió en la revista Kena hasta que murió, a principios de los ochenta. Tenía un estilo muy personal, muy bonito. Yo creo que, inconscientemente, tengo mucho de ella en mi escritura. Y mucho del New Yorker. También gracias a mi mamá, uno de nuestros grandes placeres era la suscripción a The New Yorker. Cuando llegaba, los miércoles, el gran placer era sentarnos juntas primero a ver las caricaturas y luego a leer la entrada de la revista. Pero en ese momento ni siquiera pensaba en ser escritora. La danza para mí era lo único que importaba. Realmente jamás me pasó por la cabeza ser periodista o escritora. Sin embargo, yo creo que esas lecturas que me daban tanto placer se me quedaron grabadas. Los grandes textos de la revista eran reportajes. Ahí leí Hiroshima, A sangre fría... Sin duda eso fue una influencia profunda.
***
Durante tres décadas, Alma Guillermoprieto nos ha contado con espíritu etnográfico las tragicomedias latinoamericanas: las guerras de Nicaragua, El Salvador y Colombia; las características de los pepenadores y los mariachis mexicanos; la violencia y la corrupción en Brasil, Argentina, Perú y México; las vidas de Marcos, Evita, el Che, Fidel, Vargas Llosa; nos ha hablado de las muertas de Juárez y de los videoescándalos detonados por un payaso, de las cholitas luchadoras en Bolivia y del culto a la Santa Muerte en México. Cada uno de sus textos es “de largo aliento”: “Tardo como un mes para escribir una historia. Ahora los textos son mucho más cortos de lo que eran antes, pero no soy capaz de hacerlo más rápido. Me tardo tanto porque lo que más me cuesta son los enlaces entre los párrafos. Puede pasar un día y no le encuentro”.
Dice que nunca ha escrito más de cuatro textos al año. Siempre lo ha hecho en inglés, pues los publica en las revistas The New Yorker, The New York Review of Books y National Geographic. Lo único que ha hecho en español es su libro La Habana en un espejo. “Tenía que desenterrar recuerdos muy añejos. Me pareció que si no lo hacía en el idioma en que lo viví, no iba a lograr una buena reconstrucción. Por otro lado, me pareció que si lo escribía en inglés iba a entrar en un debate que me ha parecido siempre imbécil sobre Cuba: si es dictadura o no es dictadura, Fidel o no Fidel y el comunismo... y no fue así como viví esa experiencia. Entonces, obligadamente tenía que escribirlo en español para evitar entrar en ese discurso. Pero fue muy difícil. Creo que no lo volvería hacer. Llevaba 25 años escribiendo en inglés y perfeccionando el idioma con el que trabajo. Al tercer capítulo me quedé sin verbos, sin adjetivos, sin adverbios... era desesperante. No tenía el vocabulario, los recursos, el idioma, para seguir adelante. Yo creo que ésa es una de las fallas de ese libro. Es un libro hecho a hachazos en vez de utilizar un cuchillo de filetear. Me siento más a gusto en inglés. Soy muy irónica y el inglés permite unos vericuetos y unas cuchilladas bajas que quizá el español, más declarativo, no permite”.
Alma tiene sus puntos débiles a la hora de escribir y no le importa descubrirlos: “Siento que me falta estructuración. Muchas veces doy noticias y la gente ni se da cuenta porque lo integro demasiado al texto literario. Tengo una obsesión por los mismos temas. Tengo una cierta tendencia hacia el sentimentalismo. Siempre pienso que tendría que haber reporteado más. Y eso que nos preocupa y nos obsesiona tanto a todos: cómo integrar la información pura y dura en un texto literario... Frecuentemente me decepciono de mis textos. Mi primer libro, Samba, tardé años en quererlo. Me duele el hecho de no haber reporteado nunca bien a los malandros, a los narcotraficantes del barrio... creo que porque me dio miedo. Me falta orden. Y yo creo que mi escritura... carece de esa seguridad que tienen principalmente los hombres, aunque no quiero dividir por género, de decir: yo soy importante, léanme. Siempre tengo entradas sinuosas y yo quisiera poder entrar de una manera más declaratoria. Pero no sé hacerlo. Siempre que empiezo un artículo o que voy a la mitad, siento que no me va a salir. Entonces necesito leer un artículo mío para comprobarme a mí misma que alguna vez pude. Leo, de preferencia, un artículo viejo y digo: caray, no está tan mal... si alguna vez pude, puedo otra vez”.
***
Al preguntarle sobre el actual periodismo latinoamericano, Alma comenta: “Los periódicos en América Latina, me da pena decirlo, no son muy buenos. Hay contadísimas excepciones. Los reporteros jóvenes y muchas veces brillantes se quejan de sus editores, del sueldo... con toda razón. Pero tampoco son tremendamente imaginativos a la hora de proponer textos y enfoques para la realidad. La realidad latinoamericana es infinitamente rica, es mágica e increíble. Al periodismo latinoamericano le falta descubrir la forma de transmitir eso. Está el mundo por descubrir y está todo por escribir. Pero no se comprometen plenamente con eso. Tampoco los periódicos latinoamericanos se plantean todos los días cuáles son los seis temas que pueden cambiar un país, una ciudad”.
¿Qué es lo que más hace falta en los medios de la región?
Abordar temas absolutamente pendientes, como la ecología. Eso da para todo: para crónica, para reportaje científico o político. Pero todo el mundo lo asume sólo como un tema que hay que cubrir porque es bueno para la salud y le dedicamos media página. Entonces los lectores perciben eso y dicen: “la ecología es una hueva”. ¿Cómo va a ser una hueva nuestro futuro? Las grandes decisiones de la ciencia se toman fuera de nuestros países y nosotros no estamos ni siquiera en condiciones de entender qué son. Tampoco aparece el narcotráfico más que en su dimensión criminal, y nadie se ocupa del reportaje empresarial... ¿quién le ha hecho el gran reportaje a Carlos Slim? Con esos me quedaría nada más para arrancar.
Hace tiempo también hablaba acerca del periodismo quieto en contraposición al periodismo estridente…
Sí. Fue a raíz de una carta de un amigo mío que fue editor nacional del Washington Post. En América Latina tenemos la tradición del periodismo contestatario que cumplió un papel histórico muy importante en las luchas de independencia o contra las dictaduras... Pero desgraciadamente el periodismo contestatario se hace con la voz muy alzada y lo que queda después es un periodismo gritón. El periodismo gritón aburre a los que les gusta pensar, aturde y crea un público populista acostumbrado a las respuestas extremas siempre. El periodismo callado da explicaciones que permiten reflexionar y pensar, que es un paso necesario para la adultez cívica.
***
“Todos mis artículos son bastante apasionados y guardan cierto veneno para con los políticos, porque me parece que la falta de decencia en la política latinoamericana es una tragedia”, dice Alma Guillermoprieto.
Después de 30 años de recorrerla, ¿cómo define hoy a América Latina?
América Latina es una región más próspera. Los pobres son hoy menos pobres que en mi niñez y que hace 30 años, las tasas de mortalidad han descendido, la desnutrición es menos común... América Latina es hoy una región más esperanzadora. ¿Qué es lo que me desespera? Que haya dado a los tumbos con un camino a la modernidad que es en gran parte un camino hacia la cultura chatarra de Estados Unidos. Yo quisiera vernos independientes culturalmente, abocados a la búsqueda de las respuestas importantes y no al consumo en todos los sentidos: el consumo cultural, el consumo comercial de lo fácil, de lo frívolo, del oropel, de lo desechable.
A pesar de que durante algunos años trabajó de planta en el Washington Post y en Newsweek, prefiere ser periodista freelance. “Es que soy una persona complicada y supongo que aventurera, aunque la palabra me disgustó muchísimo durante años. Dependo mucho de mi propia libertad y fácilmente me siento muy encerrada. La rutina de depender de un jefe, de un sueldo, siempre me ha pesado mucho. Como freelance claro que asumo ciertos riesgos que con la edad se vuelven más amenazantes, pero a cambio tengo la libertad de crear. Entre las dificultades de ser freelance está, por supuesto, la económica... Pero levantarse todas las mañanas e inventarse la vida de pe a pa, no es poca cosa. Resolverse existencialmente todos los días, no es poca cosa. Es una gran posibilidad. Yo creo profundamente en las posibilidades de la libertad. Creo que es la manera más plena de vivir como ser humano, para mí. Y ése es el camino que elegí”.
Pero en la vida de Alma Guillermoprieto también hay tiempo para cuidar el jardín de su casa, salir a comer con sus amigos e ir al cine. “Las pelis y el internet son una distracción absorbente… ¡paso horas navegando!”, dice con una sonrisa. Ya han transcurrido casi dos horas desde que comenzó a responder preguntas y cuando contesta la última, mira fijamente al interlocutor y ella misma apaga la grabadora y suspira de alivio. La Señora Crónica ha dejado de sufrir.