lunes, 30 de marzo de 2009

así

cuando tenía como once o doce años un señor me regaló una peineta porque dijo que me había soñado con un vestido blanco en el mar frente a su camión.

sábado, 28 de marzo de 2009

anuncio económico



Esta es la portada de un plaquette en proceso de edición. el autor es fernando, bibliotecario del cereso 2 de hermosillo. se pretende publicar esta historia para acercar al autor al lugar acertado. procede que se pongan con monedas para acabalar el material requerido: papel, placas, costo de impresión. éntrenle. dejen aquí recado con la dirección a donde podemos pasar por su aportación. gracias. mambo rock. y que viva el amor.

viernes, 27 de marzo de 2009

Unison: rencinto político y un letargo para el pensamiento


Tarde de actuación, política, y artística en ciernes


Carlos Sánchez
Devastado. La emoción se hace añicos y la vida continúa.
En mi hombro la mano de Juan Pablo Maldonado, invidente, en mi corazón la palabra teatro latiendo.
Íbamos con entusiasmo a ver la obra, La cacatúa verde, en el foro del Centro de las Artes. Mientras lo guiaba, a él que es cantante y también estudió en la Universidad de Sonora, le dije que escribiría sobre el trabajo de esa tarde.
Ni una sola línea sobre la puesta en escena. Porque no pudimos ver la actuación, porque se nos anticipó un acto político en el puro corazón del Centro de las Artes, porque a un prominente ranchero se le ocurrió manifestar sus aspiraciones partidistas allí, en esa alma máter donde no sé desde cuándo se fundó el derecho de pernada.
Los políticos avasallan el espacio, y en este caso, los carros impidieron el ágil acceso al foro, y los minutos que no dan prórroga, nos mutilaron la posibilidad. Resignados Juanpa y yo, nos dirigimos a otro lugar, el que sea, él consolándose, “al fin que yo no veo”, insistía.
El lamento en la rabia. Los pinchis políticos tienen la culpa. Por qué si existe un recinto para las transas, allá a un costado del parque Madero, y se llama PRI, con un auditorio enorme, por qué se empecinan en apoderarse de un lugar donde se supone existe la filosofía, la sensibilidad, el estudio de generaciones que se gestan en la formación como profesionales.
Porque es negocio, dijo una empleada, la misma que nos informaba que no podíamos acceder a la obra de teatro, porque se pasaron algunos minutos y se cerró la puerta.
Es negocio, claro, la Universidad de Sonora es una empresa, al servicio del estado y sus pugnas partidistas. Y se alquilan sus entrañas al mejor postor.
No pudimos ver La cacatúa verde. Algunos padres de familia tampoco, y también el lamento fue inevitable: “la culpa es de los políticos”. Y de quienes le secundan.

Qué lamento

El cartel es diverso, por fortuna, y en este Festival de Teatro Universitario, la oferta es de dos obras por día. Por la noche, a las ocho, tuvimos otra opción, ahora en el auditorio Emiliana de Zubeldía,
Ya el Juanpablo andaba con sus ojos blancos buscando las monedas de la manutención en el Fiesta americana, ese hotel en el que canta para ganarse algunos días de la vida.
Supe que La vereda tropical, musical bajo la dirección de Marcos González, donde actúan alumnos de la licenciatura en artes, sería el motivo para olvidar la tristeza que da la impotencia cuando el cometido de observar el arte, no se logra.
Me dispuse en la butaca, con el deseo de entrar en la historia, solté los músculos, concentré la respiración. A salvarme de la incordia de esos entrometidos políticos rebotando en mis sienes.
Dieron tercera llamada. El oscuro cayó no supe cuándo, pero sigo sin entender lo que allí, arriba del escenario, ocurrió. Devastado otra vez. De qué hablaron estos muchachos, por qué cantan si no tienen, ya no digamos conocimiento de canto, ni una pizca de talento en la voz. Pensé que esa noche, como lo he pensado de las noches anteriores, en el teatro ocurriría algo para incitarme a la reflexión. Sigo sin entender, incluso, el júbilo de los espectadores al terminar la obra. ¿Obra?
Peco de inconforme, tal vez, empero, sin ánimo de erudición, un día aprendí que el teatro se realiza a fin de exponernos a los espectadores diversas aristas de la vida, una anécdota cuyo contenido, desarrollo, conflicto, clímax, resolución, es la oferta para motivar la conciencia, el pensamiento.
Al levantarme de la butaca, y caminar aún más con la derrota en los hombros, con un saudade implacable por la despreocupada valentía del director y sus alumnos que treparon a interpretar cancionzotas y las convirtieron en cancioncitas, sin miedo al ridículo, todo está perdido, me he dicho.
Y si en la Universidad de Sonora los políticos entran como Juan por su casa, y enarbolan sus banderas de la democracia, y los alumnos no se inmutan, menos las autoridades ¿autoridades?, agachar aún más la mirada es lo que procede. Porque de nada servirán estas letras, o sí: etiqueta de un tipo inconforme que va por la vida creyendo en la revolución, en los derechos de las sociedades a una educación que forme y no que aletargue.
El deseo por el respeto a los espacios educativos es a estas alturas de la vida un sueño simplón. Me veo entonces como un soñador que va derecho al desierto de la comprensión, porque no se puede coincidir con la sonrisa de los maestro, educandos, que juegan a formar sociedades pasivas ante los embates del estado. Aquí todo está bien.
Antes de abandonar el auditorio, en la rechifla adulando, ofendiéndome, topé con Roberto Corella, dramaturgo, director, quien afanaba con un par de muletas, para incorporarse. Qué pasó, me dijo. Mi respuesta fue: consternado.
Coincidimos: “Algo está pasando, esto no puede ser, supongo que estás maravillado, por eso tu consternación”.
Al fin sonreí, gratitud en los labios ante un pensamiento irónico y con afinidad. Esta noche hay teatro. ¿Iré?

miércoles, 25 de marzo de 2009

Desdén, de un baile reiterativo




Carlos Sánchez
La consigna es contundente: la soledad como destino. En el salón la algarabía contagia a los espectadores que no la piensan para el aplauso, celebración inminente de esos instantes felices producto del baile, la música, la poesía en versos de un mesero que disfruta su vocación.
En el teatro Emiliana de Zubeldía que es el Salón México se instala la pasión, y en una mesa fluyen los diálogos de cortejo, el devaneo, la inevitable presencia de la báscula indagando los porqués del amor o desamor.
Poco antes de las ocho de la noche la pareja subió los escalones del edificio de Museo y biblioteca de la Universidad de Sonora, iban caminando con elegancia y al encuentro con su cita: ambos cuerpos siguiendo el compás de las notas de un danzón.
Ya en el escenario, hubo entonces otras parejas en su entorno, la posibilidad de espectadores improvisando su oportunidad para prestar su nombre a un personaje pasajero. Veían con fruición los actores de paso, el desfile de contoneos en abrazos, la falda girando en la duela, con un toque preciso de iluminación; el zapato de tacón mostrando la punta como una nota precisa.
Supimos los espectadores la adrenalina que enciende el hecho de moverse en brazos de un ser extraño, trepamos al escenario y fuimos entonces un instante también de placer por el juego de moverse con exactitud.

…..

Así el inicio. Bailar y saber que la locación de la anécdota es una fiesta constante. Cotidianeidad de la época, los cincuenta. Y como conflicto el diálogo de lo que fue, lo que se desea ser: domar a la mujer que se resiste al sí.
Ella en la exposición de la circunstancia, él con el discurso de la posesión, a veces soterrado, en ocasiones con descaro. Y la vida sigue como dictan los cánones, las mesas con la iluminación perfecta, el refresco marca cocacola convocando a los actores, de paso y profesionales, a los espectadores mismos, al trago ante esa sed del calor que provoca el dancing.
Jaime Sabines llega en los amorosos en voz del mesero. Y entrelaza las escenas con la circunstancia de la pasión reflejada en la pareja que discute, ama, sonríe, vuelve al baile para no variar en el desvelo, a fin que ese es el móvil de la cita.

….

Entre baile y aplausos, rechiflas de contento por la propuesta de la alegría en el baile otra vez, el baile para siempre. Y así el trepar al escenario fue un ir y venir, en espera constante del vuelco del guión en este Desdén, el último danzón.
Que llegué ya, que se transforme ya, que se cimbre el cuerpo ante ese cuchillo que el varón promete hundir en la espalda de la dama que dice sí, no, te amé, después, “Todos estamos solos, venimos solos y solos nos vamos”.
Que la dramaturgia nos sorprenda, que el diálogo nos haga llorar de pasión que para eso están prestos los amorosos esta noche.
El letargo se nos vino encima, no supimos (no supe, corrijo), cuando la compañía Perro Teatro A.C. cerró el telón. Las palmas tronaron como estuvieron chocando durante el curso de la obra.
Agradecer debo, claro, esos instantes de regresarme la pasión por el baile que no se qué noche extravié en el clóset del pudor. Bailamos, bailé, si bien es cierto con torpeza. Pero fui libre otra vez. Yo que siempre soñé con treparme a un escenario e irrumpir en medio de una obra de teatro, esta noche de marzo y festival, he triunfado. Aplausos.

martes, 24 de marzo de 2009

*Linderos alucinados, de Carlos Sánchez


“Si recuentas una historia sobre un suceso, es probable que lo recuerdes bien. La narrativa es una de las estrategias clave del cerebro que ayudan a preservar una memoria.”
Diane Ackerman

Siempre he visto a Carlos presuroso, deseando hacer y decir. Ya.
Escribir para conservar. Algunos de los presentes tal vez escriban o deseen, a veces, hacerlo. De ser así, casi siempre la dinámica se desarrolla en estos términos: “escribiré sobre mi barrio, diré de mi infancia, hablaré de mi pueblo… cuando tenga tiempo, cuando me jubile, cuando no tenga otra cosa que hacer, luego de que cene, cuando crezcan mis nietos” Y no escribimos ni la tercera parte de lo que planeamos alguna vez o dijimos (en el peor de los casos, simplemente no escribimos)
La dinámica de Carlos no es esa, aunque tampoco me atrevería a jurarlo. Yo lo imagino escribiendo, no dejando para después el deseo de retener el recuerdo. Escribir, escribir para recuperarse uno mismo en el propio pasado escrito, eso le apura a Carlos. Me parece.
Del recuerdo. Hace algunos años hubo un periódico, un diario estatal que tenía un suplemento dominical. En este suplemento publicaron textos de historia y picaresca regional, poemas, ensayos breves, fragmentos de novelas… Un día leí una crónica de alguien a quien si bien ya conocía no frecuentaba como es debido. Nunca olvidé aquel relato “Dónde estás corazón”, y aquí está en estos: Linderos alucinados, de Carlos Sánchez. Me dije en aquella ocasión, hace ya años, que tal vez mi disposición era entristecerme con cualquier texto que leyera, que inventé la desolación y vacío que tuve luego de leerlo. Pero no. Lo he leído de nuevo. A mí, como lectora, estos textos me avientan de cabeza al pozo frío del dolor y la desesperanza.
Los cuentos-crónicas-recuerdos de Linderos… pareciera que son un callejón sin salida. Tal vez. Porque si pensamos en la vida como una escalera al cielo en vida, educación, bienestar, felicidad, comodidad… esta idea de vida está vedada a los personajes de este libro. Niños maltratados, mujeres lastimadas, hombres golpeados para quienes la vida es un batallar constante en medio o en busca del alucine, alucín, alucinación, de la vida, de la droga, de la enfermedad… Y en medio, o no, a un lado, casi sin verse, allá escondida atrás de unas piedras del cerro está asomándose la amistad maravillosa, el bello juego de los niños, el amor.
Los linderos de este libro son fronteras que no vemos, barreras que hemos inventado para distanciarnos de lo que nos hace o debería hacernos sentir culpables. Ellos allá, nosotros aquí.
Sin embargo Doña Lupe, Doña Sofía, el Vampi, el Chuchín, vivimos con ellos, los conocemos, cómo no, si todos tenemos y compadecemos en nuestra historia personal un Choky que no entendemos cómo, cuándo se quedó allá arriba o sabe dónde y porqué. Todos hemos sabido de tropezones y magulladuras en la infancia y sentimos empatía por los niños que sólo pretenden que los quieran y reciben de la vida y los adultos perdidos en sus propios llantos, nada.
En medio de todo esto que nos lastima también, a ratos nos sentimos aliviados y disfrutamos, nos divertimos porque leemos “El bautizo del Chanito” y recordamos a Chava Flores, hasta nos identificamos y reímos, pero…
Y después podemos leer casi de buen talante y con expectativas de reír tal vez “Serenata en el barrio”, donde los bohemios, aquellos del brindis tan conocido, no están “en torno de una mesa de cantina” sino en un callejón, con la temática del festejo del día de madres, pero…
Hay una crónica breve, “La Carmela” que desconcierta porque parece ser ella una de los pocos o el único personaje que puede dejar el alucine, vivir. Es este donde la voz narrativa se siente más alejada.
Todos los fragmentos de este mundo que está en la orilla de lo que somos y queremos ser, de lo que nos duele y lo que hacemos y que aquí en este libro llamamos crónicas es un regalo de la memoria de alguien que vivió lo que nos cuenta.
Carlos: “acuérdate de que no se te olvide”

*Texto leído en la presentación de Linderos alucinados, por Josefa Isabel Rojas Molina, en Cananea, Sonora.

lunes, 23 de marzo de 2009

Cananea: cuna de la revolución, colchón de la incertidumbre


Letargo económico, ansiedad de resolución al conflicto minero sindical, y ante estos factores, la pobreza dice presente.

Carlos Sánchez
En el parque Juárez Ramón juega con su infancia a mover el agua de la fuente. En sus manos están los indicios de la pobreza. “Me da rasquera porque soy alérgico a la tierra y a los perros”.
En Cananea, Sonora, un día antes de iniciar la primavera, se vive la incertidumbre por la huelga en la mina, la que ya va para dos años y de su resolución, ni indicios.
También esta tarde de viernes los policías federales habitan las calles, los hoteles, la ciudad casi completa, como aves en desbandada.
Nadie sabe cuál es el motivo de la visita de más de trescientos agentes, ni ellos mismo están enterados, a decir de un uniformado que come un pan y toma leche en la recepción del hotel Alameda.
A la ciudad también arriban los mineros, los inscritos en el sindicato, los que por unos días tomaron la caseta de peaje de Hermosillo, adonde fueron, según dicen, a pie, para manifestarse por sus derechos. Los camiones de donde descienden los trabajadores se estacionan frente al edificio del sindicato, en cuyo umbral un rótulo impreso en una manta acusa de ladrón a Germán Larrea, accionista del Grupo México, quien administra la mina.
Nadie sabe si la presencia de federales es por la existencia del narco, o esas bandas de polleros que, aunque triste parezca, aportan a la economía de algunas familias.
En Cananea todos los caminos apuntan a la incertidumbre, a la crisis, y a la violencia.
Lo dice el taxista: “Los mineros ya se deberían de poner a trabajar, el sindicato sólo ha servido para convertirlos en holgazanes. Antier dizque se habían ido para Hermosillo a pie, usted cree que se van a ir caminando, apenas salieron y agarraron el camión”. Lo dice la señora que vende boletos en la central de autobuses: “Ojalá que ya termine la huelga, porque si no, esto se va a poner peor”.
El comentario sobre la apremiante solución al conflicto minero se generaliza. Todos saben que de la mina depende la economía, incluso la existencia de Cananea.
La historia de ser cuna de la revolución, en poco o nada ha servido a las actuales generaciones de cananenses. Un letargo se respira en la atmósfera. La palabra pobreza es toral en las conversaciones.

¿Qué son abusos deshonestos?

Ramón crea con sus manos un remolino de agua en el interior de la fuente. Al observar hacia atrás encuentra el lente de una cámara. “¿Me tomas una foto?”, pregunta. El fotógrafo dispara en la humanidad de Ramón, que posa bajo argumento de regalarle la impresión a su abuelita. “Porque en mi casa no hay ninguna foto mía”.
Ramón tiene siete años de edad. Asiste a primero de primaria, esa tarde acompaña a su abuelita que vende discos de música y películas en el umbral del banco frente al parque. Después de imprimir la fotografía en un servicio expres, el niño la observa y en sus ojos se enciende la alegría. “La pondré encima de la mesa”, dice, para después contar cómo es su casa:
“Vivo en la colonia El dorado, mi casa es guinda con blanco, tiene plantas pero no tiene cerco, hay tres cuartos, donde yo duermo tengo cuadros del spider man”.
Ramón se talla los brazos, la piel está apunto de estallarle, de insistir con sus uñas, pronto podría nacer un chorrillo de sangre.
“Tengo alergia, a la tierra y a los perros. Yo vivo con mi abuelita, mis papás viven en otra casa, mi papá también vende discos, igual que mi nana, los vende en las gasolineras, mi mamá anda cuidando a los niños, tengo dos hermanitos, pero uno tiene varicela, es el más chiquito”.
Mientras quita la envoltura a un dulce, Ramón dice que ya quiere que llegue el día de los Ramones, “para ver si mi papá me arregla la bicicleta, siempre dice que me la va a arreglar, pero nunca me la arregla. Le faltan dos cámaras, mi papá nunca me las ha comprado, mi nana sí me las compró pero no tiene nadie que me las ponga”.
La bicicleta se pasea en su imaginación, de allí Ramón fluye hacia los alimentos de ese día: “Comí nieve, y luego me dio un pollo mi nana. ¿Vamos para que me tomes una foto con ella? Luego le voy a sacar una copia, se la voy a llevar a mi tata al Cereso para que le haga un cuadro. Mi tata está en la cárcel porque una chamaquita pensó que mi tata quería violarla, y luego no la violó, y luego las chamaquitas se metieron adentro y luego mi tata se fue, no se metió adentro de la casa. Es una chamaquita bien mentirosa, siempre me pega en la escuela, ella tiene doce años, está en sexto, me pega porque dijo que mi tata es un violador, y no es cierto, y en la cárcel le pusieron abusos deshonestos, ¿qué es eso, deshonestos, eh?”.
No hay respuesta. Un niño ofrece un vaso de soda por lo que guste cooperar. Ramón desenvuelve otro dulce, da un sorbo al refresco, abandona la banca de la plaza y se dirige hacia el umbral de un banco, donde su nana vende discos.

Puras injusticias

“Nana, te trajimos una soda. Él la compró, y nos va a tomar una foto, mira la que me sacó”. El niño se sienta a un lado de su abuela, ésta sin preguntar observa al fotógrafo. En sus ojos está la angustia, el tedio de la espera. “He vendidos tres discos en todo el día”, se lamenta.
--Me dice Ramón que le tome una foto con usted, ¿cómo ve?
Abuela y nieto posan para la cámara. La inocencia llena el lente, mientras, los claxon de carros celebran la manifestación de una competencia de belleza, en el cofre de los autos los vestidos de gala y las manos de niñas en pubertad dicen adiós a los transeúntes, también tiran flores, y besos.
La abuela que se llama Leticia Camargo, conversa sobre su horario de trabajo: “Aquí estoy viernes, sábado y domingo, trabajo todo el día. ¿Eres de aquí? Yo tengo un hermano que es periodista, trabaja en la revista Proyección, él es muy buena onda.
“El trabajo aquí está muy flojo por los mineros que están en huelga, y no se les ve mucho ánimo de trabajar, por eso aquí se han cerrado tiendas, se ha ido gente a buscar la vida a otra parte. Yo tengo dos años trabajando en esto, y sale muy poquito.
“Ahora necesito completar para el pasaje a Hermosillo, andaba juntando dinero en un bote, porque mi nieto tiene mucha alergia, y no sabemos de qué le viene, ya lo llevé al DIF pero me mandaron para Hermosillo, no tengo dinero para los gastos, yo mantengo mi casa con la venta de discos que son de mi hijo, él me da veinte pesos por cada uno que vendo, ganamos la mitad cada quien, a veces me va bien”.
Una pausa en la conversación es inevitable, Ramón levanta su camisa y clava sus uñas en los brazos, doña Leticia le suplica: “No te rasques, amor”, el niño espeta: “Me da mucha rasquera”.
“De aquí me voy hasta las nueve, aunque ya me habían quitado, pero les gané porque saqué un permiso cuando estaba el otro presidente, el que acaba de salir, dice que en su lugar quedó un regidor, a ver si no me quitan otra vez”.
Doña Leticia no cesa su mirada en la piel agrietada de Ramón. Los párpados son una compuerta, casi al punto de la derrota.
“Y mi esposo está en la cárcel, (nana, ya le dije, dice el niño), inocentemente. Ni mi hermano me ha podido ayudar, porque no lo quieren, porque yo me junté con él, pero él es inocente. Pasado maña iré a verlo, la visita es jueves y domingo, pobre mi viejo, puras injusticias se cometen en este pueblo”.
Las palabras se atoran en la garganta de Leticia. Un mutis encierra la atmósfera, Ramón rompe el hielo al extraer de la bolsa de su pantalón un puño de dulces que ofrece al fotógrafo: “Son los que agarré cuando los carros llevaban a las reinas, los estaban tirando al viento, nadie agarró más que yo”.

Arraigo paternal

Los hoteles están abarrotados. De algo ha servido la presencia de federales en Cananea: un respiro a la empresa, la fluidez de monedas aunque sea de maneara breve.
En hotel Safari las habitaciones que no son muchas, están ocupadas. Aparte de los federales, pernoctan allí algunos judiciales que resguardan algunos jóvenes en proceso. Unos están arraigados por homicidio, otros por robo a una casa de cambio.
Don Rafael Cruz es pensionado de la mina, muy temprano llega al hotel con un par de zapatos bajo el brazo, dice que los lleva a su hijo Jorge, que lo tienen arraigado por robo. A don Rafael no se le dificulta dejarle los zapatos a su hijo, los policías le permiten incluso ver al detenido.
“Qué cabrones, los tres arraigados estaban echadotes, no tienen madre, como si nada hubiera pasado”.
A decir del padre indignado, su hijo Jorge tiene un problema mental, porque de niño lo llevó a un siquiatra, y éste le diagnosticó una enfermedad que ni él sabe cómo se llama, menos cómo se cura. Si no lo cuidas, ese niño se meterá en problemas fácilmente. Eso le dijo el doctor, y así ha sido.
“Mi hijo es pendejo de tan noble, hace unos meses acaba de salir de la cárcel, duró cinco años encerrado, pero por andar con esas amistades y no decir que no, ahora está preso de nuevo. Tan bien que trabajaba en la gasolinera limpiando vidrios”.
El bigote le cubre la boca a don Rafael, en su cuerpo se reflejan esos años de andar en la mina, donde sufrió un accidente del que no se pudo recuperar, “por eso me pensionaron, por eso ya no puedo hacer cosas pesadas, ahora me la llevo limpiando los corrales de las casas, levantando aquí y allá para poder comer. Y ahora con esta chinga de mi hijo encerrado otra vez. Es igual de pendejo que su chingada madre, tienen la misma enfermedad”.
La voz al viento y sus ojos en la ciudad. Rafael Cruz observa atento el desfile de camionetas en cuyas cajas las ametralladoras están sujetas en las manos de agentes federales.
“Mira, ahí van los AFI, desde que empezaron a matar policías en Cananea, el gobierno mandó AFIS, policías estatales, inclusive a militares, a lo que aquí se manifiesta el asesinato de los policías, yo me entero de cosas que no me importan, se supone que es por la venganza de un narcotraficante, por eso han venido a hacer operativos a lo cabrón. Esto pasa en Cananea, y por el conflicto minero se han cometido muchos asaltos, robos, desmadre y medio, por los mineros sindicalizados en huelga, y la gente dice, han de ser ellos, porque antes de la huelga no había tanta delincuencia, y ahora en la pinchi huelga, sí. Mira que hasta las barricas de la mina se han robado, dicen que las venden hasta por doscientos pesos para ayudarse a mantener a la familia, pero yo digo, las barricas, no chinguen. En el problema minero nadie hace nada, ni los dueños ni el gobierno federal ni estatal, el gobernador Bours nomás se lava las manos”
La familia de don Rafael consta de cuatro hijos, tres casados. Ellos le ayudan desde que su ex esposa decidió irse a vivir con otro, el que ya se murió. “Pero mis hijos, ahora en diciembre cuando hacía mucho frío me llevaron a casa de ellos, donde vive mi ex vieja, me dijeron que me quedara allí, que si no, no podría aguantar el frío, ahora estoy con ellos, y allí está ella, pero yo la veo nomás de reojo.
“Y ahora esto de mi hijo, pobre cabrón. Él desde chamaco ha sido muy vago, pero buena onda. La primera vez que cayó a la cárcel le achacaron un asesinato, pero él no fue, porque nunca ha sabido manejar armas, el que sabe soy yo porque aprendí en el ejército, y cuidado. La mamá del muerto atestiguó a favor de mi hijo, porque su hijo tenía los balazos muy certeros, en la frente, ella dijo que mi hijo no pudo haber sido, entonces él salió, pero la bola de camaradas con los que se junta, lo envolvieron ahora en ese robo, todo porque no sabe decir que no.
“Ahora que la mamá de él está muy enferma, le acaban de hacer unos estudios, y le salió, entre otras cosas, el crecimiento del corazón. ¿Qué el corazón crece?
--Sí.
“Me lleva la chingada. Y a mí que me dicen que la acuse de abandono de hogar, porque se fue con un amante, si se quiso ir por su propia iniciativa, que le vaya bien”.
Cananea se resquebraja. Alergia a la pobreza. Ajustes de cuentas entre narcos y policías. En sus calles pululan los carritos felices, los que ante una llamada entregan la dosis de droga requerida. De ese negocio también comen muchas familias. Los saben todos y ni siquiera es un secreto a voces.
Cananea: cuna de la revolución. Colchón de la incertidumbre.

domingo, 15 de marzo de 2009

Morir en el cerro: una charla con el escritor Carlos Sánchez


Conversar es la consigna cuando un escritor construye. Proponer un diálogo con el lector es su objetivo.

Para compartir el desarrollo de su proyecto de investigación “Morir en el cerro”, auspiciado por el Fondo Estatal Para la Cultura y las Artes de Sonora, el escritor Carlos Sánchez ofreció una charla dentro de la semana cultural de beneficiarios del FECAS 2009, en Casa de la Cultura de Sonora.

Los temas de la infancia dentro de un barrio marginado, donde la violencia es consecuencia de la tragedia vestida de homicidios y suicidios, la conversación con los personajes que han ido desfilando hacia el dolor de la pérdida de sus seres queridos, fue el tema que el escritor hermosillense expuso en su charla.

Cómo es que la muerte llega de manera vertiginosa en las letras de este escritor: los motivos y sus causas fluyeron en su lectura, sus comentarios.

En su propuesta de diálogo, con el fin de hacer llevadera la tarde con los espectadores, los comentarios dispusieron diversas aristas, planteamientos sobre las imágenes en el contenido de los textos, las fotografías de la violencia cotidiana en un barrio paradójicamente ubicado a escasos metros de la post modernidad.

El barrio se llama Las pilas, y está asentado en torno al Cerro de la campana, exactamente en el centro de Hermosillo. Desde allí, el escritor desarrolla la reconstrucción de esas muertes de manera violenta que le ha tocado observar desde su infancia y hasta este tiempo de su ejercicio de letras.

En la charla-conversación, los asistentes compartieron su punto de vista respecto de las historias, el estilo de su construcción, el tema recurrente de la violencia, la posibilidad de hacer imaginar a los lectores con estos personajes, y la nobleza de mostrar con estos textos otro tipo de vida, otras actitudes, otras costumbres, otros valores.

Dice el autor que al principio fue el proyecto de investigación, después, ante el dolor de las voces que testimonian el deceso de alguno de sus familiares, el proyecto tomó un rumbo distinto, encaminándose hacia la novela, como recurso estilístico que le permite incluir también historias felices, como propuesta para un respiro en los lectores: “porque aquí la presencia de la muerte es vertiginosa, y me gustaría que este libro, como gratitud para quienes leen, pudiera contar también una historia de amor”.

Así la charla. Y el diálogo como bendición para una tarde previa a la primavera.

El mayor desafío al Abismo


Philippe Petit cometió un crimen de belleza sublime en 1974 al caminar por un cable de acero entre las Torres Gemelas de Nueva York. Un documental ganador del Oscar narra sus hazañas. Conversamos con el hombre que sueña con alcanzar las nubes.

por Barbara Célis / El país

Hay poetas que no utilizan la palabra. Prefieren las nubes. Y además, sonríen cuando se acercan a ellas. El francés Philippe Petit escribió la poesía más arriesgada del funambulismo un 7 de agosto de 1974, al colocar ilegalmente un cable de acero entre las Torres Gemelas de Nueva York y caminar entre los 43 metros que separaban los dos edificios durante casi una hora. Realizó ocho viajes a través del cielo, con los que desafió las leyes de la naturaleza y embrujó al planeta entero. “Me sentía como un explorador en un mundo diferente. Ningún ser humano había caminado sobre aquel vacío, así que para mí era como descubrir un nuevo continente. Me emocionó la belleza y la simplicidad de aquel acto, aunque no llegué a llorar. Un funambulista necesita sus ojos nítidos cuando está en el aire”. Pero sí sonrió, extasiado. Lo dicen las fotografías que tomó su amigo Jean Louis Blondeau, uno de los cómplices que hicieron posible aquel acto extraordinario que Petit aún califica a través del teléfono como “artístico-criminal”.
Son las únicas pruebas que existen de que estuvo allí arriba, puesto que sus co-conspiradores no pudieron grabar el golpe: la policía apareció antes de lo previsto y abortó la filmación.“Quedan las fotos y las historias orales de las miles de personas que, desde abajo, asistieron al espectáculo de ver a un hombre caminar por el cielo como si fuera un pájaro. En aquel momento me enfurecí, pero hoy me alegro. Soy un poeta y creo que es más bonito así, sin imágenes en movimiento, lo convierte en algo más legendario, como un cuento”.
A punto de cumplir 60 años, este mago, escritor, malabarista, emperador del equilibrio y, sobre todo, autor de lo que el escritor Paul Auster definió como “un regalo a Nueva York de asombrosa e indeleble belleza”, habla desde su escondite en un pueblo cercano al mítico Woodstock (al norte de Nueva York). Acaba de regresar de Los Ángeles, donde el pasado 22 de febrero hizo equilibrismos sobre el escenario del Teatro Kodak con el Oscar al Mejor Documental del año, Man on wire, del que es protagonista. Así bautizó la policía neoyorquina el crimen perpetrado por Petit, quien decidió aceptar en 2006 la propuesta del director británico James Marsh de transformar aquella persecución de la utopía en un documental que Robert Zemeckis planea ahora transformar en una película de ficción.
Basado en parte en el libro Alcanzar las nubes (Alpha Decay), escrito por Petit en 2002, el documental funciona casi como un thriller en el que el propio artista y sus cómplices (ex novia y amigos) narran cómo trabajaron durante seis años para hacer realidad el sueño de un visionario que se enamoró de las Torres Gemelas cuando aún eran sólo un proyecto. Petit vio en 1968 un boceto en una revista. Cerró los ojos y las unió instintivamente con una línea de bolígrafo. Quizá si no se hubiera encontrado casualmente con aquella imagen en la sala de espera de un dentista de París, hoy sería Funámbulo, el torero. “Ése hubiera sido mi nombre artístico. Torear era mi otra gran pasión. Empecé a hacerlo de adolescente, y a los 18 años viajé por España y Francia con dos toreros franceses con los que hacía de mozo de espada. Al mismo tiempo empecé a probar las alturas. Se me daba muy bien y me fui entregando a ellas”. Uno de sus sueños incumplidos es unir ambas pasiones: dibujar una línea sobre el cielo de una plaza de toros española y caminar sobre ella. Incluso inventó un paso, el torero, que, por supuesto, también practicó sobre el World Trade Center.
Antes de conquistar ilegalmente el cielo de Nueva York, se paseó por encima de Notre Dame, en París, y sobre la Ópera de Sidney. Y tras viajar por primera vez a la Gran Manzana en enero de 1974, puso en marcha un plan semicriminal que jamás se hubiera materializado sin los amigos que creyeron en su sueño (o en un mundo pos 11-S, obsesionado con la seguridad). Estudiaron planos, falsificaron identidades, introdujeron ilegalmente en las torres cajas y cajas de materiales y llegaron hasta sus azoteas. Pasaron toda la noche colocando y tensando el cable, hasta que llegó el momento de que Petit diera el primer paso sobre un vacío de 417 metros de altura.
“Nunca tuve miedo. No puedes tener miedo. Yo sólo lo siento cuando el espectáculo ha terminado. Una vez que avancé un poco, sentí una inmensa alegría de estar allí. Uno de los momentos más bellos fue cuando me tumbé mirando al cielo y vi una gaviota que se acercaba a curiosear. Mantuve un diálogo silencioso con ella, hasta que se fue. Hablé con todos los dioses, aunque no soy religioso. Cuando estoy ahí arriba, mis sentidos se agudizan. Soy como un animal salvaje que tiene su vida en sus manos y tiene que preservarla. Recuerdo una sinfonía de sonidos: la gente moverse y hablar a los pies de las torres, mi corazón latiendo fuerte, el sonido de mis pies sobre el cable de acero, el ruido que hacían las torres al ser balanceadas por el viento…”. Escuchar a Petit con su fuerte acento francés es como inyectarse una sobredosis de amor por la vida. Aunque su pasión, el funambulismo, esté inextricablemente unida al coqueteo con la muerte. “Es una asociación errónea; para caminar por ese cable hay que estar enamorado de la vida. Reproduces el milagro de vivir. Eso es lo que te empuja a pensar cada paso”.
Pero ¿qué le empujó entonces y qué le empuja todavía a abandonar tierra firme para convertirse en “un ser aéreo” que ha realizado más de 75 espectáculos en las nubes y aún sueña con cruzar el Cañón del Colorado? “Desde niño odié que me dieran órdenes. Aprendí a subirme a los árboles. Quería actuar en el circo, pero ninguno me admitió. El funambulismo fue una evolución natural. Hay una parte de mí que no quiere estar en la tierra. Me gusta volar sobre ella, mirarla desde arriba, ser inalcanzable. Además, después de haber sido arrestado más de 500 veces, es el único lugar donde la policía no pudo tocarme”.
Practicar mimo, magia o malabares en la calle, cosa que aún hoy hace por sorpresa en Nueva York, ha sido la causa de esos arrestos. Tras permanecer 45 minutos en el aire, también le detuvieron en las Torres Gemelas. Pero la presión popular obligó a liberarlo con la única penalización de hacer un espectáculo para los niños neoyorquinos. Petit se convirtió en héroe, se instaló en Manhattan, le llovieron propuestas para colaborar con artistas como Baryshnikov o Milos Forman… No aceptó venderse. “Un hombre en el cielo es un milagro, y esa sensación de que puedes cambiar tu vida, de que lo imposible puede ocurrir, dejaría de ser bello si se utilizara para vender un producto”.
Con su osadía catapultó al estrellato dos torres que entonces todos despreciaban en Nueva York. Las convirtió en uno de los símbolos de una ciudad que ha encontrado en Man on wire un elegante tributo: el filme evita mencionar el desastre del 11-S. Petit se niega a explicar lo que sintió cuando una vecina le llamó para decirle que se acercara a su televisor (él nunca ha tenido) para ver lo que estaba ocurriendo aquel trágico día. “Miré al cielo, era una mañana azul y soleada. Supe que no era un accidente. Pero demasiada gente perdió la vida para que yo hable de mis sentimientos personales. Además, es fácil imaginárselo, en mi corazón las Torres Gemelas estaban vivas”.
El documental ‘Man on wire’, ganador del Oscar, se estrena en España el próximo 18 de marzo.

Morales entrega a los indígenas la tierra que confiscó a terratenientes extranjeros


Amparado en la Constitución recientemente reformada, el presidente Evo Morales ha iniciado la reforma agraria, que, según explicó, "pondrá fin al latifundismo en Bolivia"

Tomado de El país

El presidente boliviano Evo Morales ha entregado este sábado 34 títulos de propiedad de tierras a pobres indígenas guaraníes beneficiados con la expropiación estatal de campos de ricos terratenientes -propietarios de extensiones mayores a 5.000 hectáreas-. La política contra los latifundios está amparada en la nueva Constitución, aprobada por referendo en enero de este año. Morales ha distribuido alrededor de 38.000 hectáreas que pertenecían a cinco grandes estancieros extranjeros. Los propietarios fueron acusados de emplear a trabajadores en condiciones de semi esclavitud.
Miles de guaraníes asistieron al acto de entrega de las tierras en la localidad
boliviana de Santa Cruz. La concentración tuvo lugar a apenas 100 metros de distancia de una de las fincas expropiadas. Los títulos de propiedad que recibieron las familias indígenas no las habilitan para entrar a ocupar la tierra porque está pendiente de resolución la demanda que los terratenientes expropiados interpusieron ante los tribunales.
"La propiedad privada siempre será respetada, pero queremos que la gente que no está interesada en la igualdad cambie su mentalidad y se concentre más en las necesidades del país que en el dinero", ha expresado Morales en el discurso que pronunció antes de repartir los títulos. Entre los afectados por la política de distribución de tierras está el ganadero Ronald Larsen, que se ha convertido en uno de los principales opositores a la reforma agraria. Larsen y los otros cuatro estancieros han amenazado con bloquear la entrada de los indígenas a las tierras.
"Hoy comenzamos a poner fin al latifundismo en Bolivia", ha anunciado Morales. La transferencia de los campos ocurre seis semanas después de que el presidente aymara celebrase la adopción de una nueva Constitución socialista, que da más poder a la mayoría indígena, autoriza la reelección del presidente y asigna más facultades al Poder Ejecutivo para intervenir en la economía. La Constitución también limita la extensión de los campos, que no podrán superar las 5.000 hectáreas, y establece que la actividad agrícola y ganadera debe cumplir ciertas funciones económicas y sociales.
"Estas tierras no eran improductivas sino que en ellas se producían violaciones a los derechos humanos de los guaraníes, que, a partir de ahora, serán sus nuevos dueños", ha declarado el presidente boliviano. Morales, líder cocacalero, es el primer presidente indígena (lleva tres años en el poder). El mandatario es especialmente popular entre la población más pobre y los grupos indígenas aymara, quechua y guaraní que sufrieron siglos de discriminación en el país más pobre de Sudamérica.

sábado, 14 de marzo de 2009

Cuaderno de un reportero cultural


¿Qué pasa con la labor del reportero cultural hoy, ante un “Estado patrocinador” que impulsa proyectos culturales de poca calidad y destina gran parte de su presupuesto a la burocracia?

por Braulio Peralta/tomado de suplemento Laberinto, de Milenio

Pocos recordarán un filme de los 90, Cita con Venus, cuyo argumento planteaba el encuentro entre los, supuestamente, mejores cantantes, hombres y mujeres del mundo de la ópera, en París, para representar Tannhäuser. No era una película de buena factura según la crítica de cine, pero las dificultades que la trama muestra para montar la obra de Wagner, por los problemas sindicales, de divismo, de comunicación y de ausencia de amor por el arte, entre otras cosas, no está muy lejos de lo que sucede en nuestro país entre los artistas, el Estado e incluso las universidades, patrocinadores de las artes sin más interés, se dice, que brindar cultura a los mexicanos.

Del hedor de descomposición que prevalece en el ámbito del Estado patrocinador de la cultura y el de los artistas y sus intelectuales, hay una corresponsabilidad tan grande que, todo indica, parece no tener fin. México cuenta con instituciones culturales de una infraestructura laboral que absorbe poco más del 60 por ciento del presupuesto anual asignado, dinero que tendría que invertirse en apoyo a los creadores de arte para que éstos generen, precisamente, obras artísticas, y que no obstante se destina a funcionarios y trabajadores del ramo. Salarios para sindicalizados. El resto del presupuesto es para los artistas e intelectuales de este país. (Nada tengo contra los trabajadores. Pero sí cuestiono el mal endémico de la burocracia en un país que no supo crecer adecuadamente, convirtiendo a sus trabajadores de la esfera cultural en la trampa para un enjambre por su envenenada ineficiencia, prepotencia y en no pocos casos su arribismo y saña, tal como lo describe a la perfección Gogol en el cuento El capote.)
El Estado, que funge como mecenas de la cultura, sostiene en realidad un aparato burocrático que mantiene más de mil espacios culturales públicos con escasa presencia de los artistas en sus foros. El recuento ya lo hizo muy bien Héctor González en estas mismas páginas de Laberinto, lo mismo que Juan Domingo Argüelles en un tenor similar. No me detendré en ello. Es muy fácil echar culpas por doquier sin encontrar las propias. Lo que siga corresponde a los funcionarios en turno y, sin duda, al trabajo digno, ético que hagan los medios de comunicación como intermediarios de esas políticas gubernamentales; que no se conviertan en simples voceros, sin cuestionamientos de ninguna especie. Hubo un tiempo en que el trabajo del reportero cultural era un oficio digno, sin boletines de prensa. No se trata de vomitar declaraciones y discursos de buenos principios, y publicarlos, sino de sugerir cambios, cuando se amerite, sobre las formas de producción cultural. El reportero de cultura tiene que investigar esos fondos y sus usos. Es un trabajo necesario. La descomposición no está para bombo y platillos.
A mi parecer, un artista, un escritor, un creador escoge el oficio por gusto, más allá de lo que determine el destino de sus obras, más incluso del éxito que pueda tener un hombre o mujer que se dedica a la creación. ¿Cuántas obras de arte dejan de existir a causa de que un artista se ve forzado a entrar en las rebatingas por las becas de las instituciones culturales? Por sí mismas las rebantingas son insostenibles desde cualquier punto de vista. ¿Bajo qué criterios se dan las becas, a quiénes y por qué?; ¿quién decide quién las otorga? ¿Un jurado que no siempre es justo en sus apreciaciones, que tiene intereses de grupo, que forma parte de una generación? Menudo problema tienen las instituciones culturales para ser árbitros de semejante dilema. No estoy en contra de que se otorguen becas pero sí de los procedimientos. Hay pruebas irrefutables de jurados que concedieron a sus amigos el dinero del Estado preservado para la creación. No hay criterios plenamente artísticos sino de connivencias. Y los nombres de los beneficiarios de estos procederes son secreto a voz en cuello. Es necesario que el Estado administre este malestar de la cultura donde los artistas pueden hacer lo que quieran con su obra pero no con el dinero de los impuestos de los mexicanos. Porque son los propios artistas e intelectuales los que han cometido estas anomalías. No el Estado. El Estado les ha permitido actuar de manera disipada, sin trabas. Sin razón el Estado se lava las manos. Hay becados que ya parecen vitalicios, sin que hayan experimentado ningún reconocimiento por parte del público, ni sus obras de un tiempo mínimo necesario. No menciono nombres, tan conocidos en el medio, y ni siquiera en investidura de fantasmas ante el público que los patrocina con sus impuestos.
Pero no sólo ocurre en la esfera de la cultura gubernamental. También en las universidades se cuecen habas de mala manera. Vean si no el elefante recién inaugurado en el Centro Cultural Universitario de la UNAM: el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, MUAC. Desde que empezaron a cobrar por entrar disminuyó enormemente el número de visitantes que, se presumía, eran muchos cuando la entrada era gratis. El MUAC, ya se ha denunciado bastante, es inoperable, objetable, vacío de contenido (como lo es el Centro Nacional de las Artes convertidos ahora sus espacios más hermosos en oficinas burocráticas, o la propia Biblioteca Vasconcelos, sólo por mencionar los casos últimos de dudosa reputación). Nadie entiende en qué se gastaron tanto dinero. Y no hay manera de saberlo salvo que las autoridades universitarias abran la caja de Pandora que tienen en sus arcas. Se dijo por ahí que iba a exigírsele al MUAC una auditoría por el costo de la adquisición de obra que se llevó a ese museíto. Nadie sabe por qué se detuvo. Hablo de la máxima casa de estudios. Imagínense cómo estará el resto de las universidades. Hablo de los impuestos de los mexicanos, a los que nadie rinde cuentas, salvo el pretexto anual del informe presidencial.
Recordaba las memorias de Voltaire sobre su tiempo: “malos libros impresos con aprobación y privilegio del rey”. Como aquí, que no en París, pensaba. Un ejemplo: la literatura. Las editoriales que no viven de las ventas de libros sino del presupuesto estatal sólo piensan en cómo emplear el fondo que se les concede, sin pensar siquiera en un remanente para devolver aunque sea un piquito al erario nacional. Que el Estado o las universidades publiquen a autores que ya dieron claras muestras de que nada tendrían que hacer en la literatura y siguen publicando ahí porque nadie lo haría en otra parte, pues quiere decir que algo no está bien del todo, ¿o no? Peor si esa editorial no tiene una cadena de distribución de libros cuya mayoría queda en bodegas exclusivas como si fueran reservas de papel inútil hasta el confín de los tiempos. La UNAM es un ejemplo ya reporteado innumerables veces. Los autores mismos se encargan de decirlo en las entrevistas motivadas por la publicación de sus libros en la UNAM: que no circulan.
Otro ejemplo de dispendio es la colección La Centena, dedicada “a recuperar esas obras significativas y a valorar a sus autores”, que desde su concepción ha sido un fracaso rotundo —la bodega oficial está saturada de miles de esos libros de autores que ya habían agotado su ciclo en sus ediciones originales—, o sea, un presupuesto destinado a la basura por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Conaculta de “Hacia un país de lectores”. Podría uno salvar de esos títulos apenas un diez por ciento quizá del total de autores publicados. No se comprende el criterio de la selección que más bien parece un comodato de nombres y generaciones que una selección rigurosa de lo prestigiado y sus nuevas tendencias. No es nada personal, aclaro. Es una defensa de los impuestos.
Un ejemplo más: la colección de Periodismo Cultural: obsoleta y sin criterio definido. Conste: asumo que caí en el defecto de verme publicado allí. Recibí 10 mil pesos y 100 ejemplares como pago. Habrá que redefinir las causas y los efectos de esa colección. Una editorial debería tener proyecto, ideas y metas. La colección ha sido manejada según el funcionario en turno, y de forma discrecional, sin explicación pública de los cometidos y alcances. Ahí tendría que estar lo mejor del periodismo cultural. No es el caso. Asumamos la autocrítica para que no se diga que nada más somos simples golpeadores de café. Un ejemplo contrario y bien definido es la colección de teatro que realiza Ediciones El Milagro en coedición con el Conaculta. Libros de impecable factura. Proyecto, ideas y meta. El Milagro tiene un gusto exquisito. Ahora necesitaría expandir su comercialización. Acaso el camino de la edición esté mejor sustentada por el de las coediciones, siempre y cuando haya pluralidad en el otorgamiento de los recursos. Se sabe cómo se le quiere, por ejemplo, a editoriales que se dicen independientes. Qué fácil es sobrevivir bajo la protección estatal. Es notoria la concesión discrecional de esas coediciones a los amigos de casa, contra otras editoriales —no comerciales— que quedan fuera del presupuesto. Eso tiene que cambiar.
Los impuestos dedicados a la cultura me parece que deben tener una transparencia (de la que tanto se habla), sin exceptuar ningún renglón administrativo. Nuestro país es un caso extraño: en el medio cultural son constantes las quejas de artistas e intelectuales que sin embargo son atendidos a cuerpo de rey a pesar de su escaso talento. No hay remedio. La mediocridad es un pozo de frustraciones. Un ego robusto que con la edad se acerba, ahoga y mata. Conozco la frase: “le dimos la beca porque está enfermo” o “ya está viejo, va a morir pronto”, o simplemente: “fue dedazo”. Todos nos hacemos oquis. Nadie quiere ver esa realidad. Como el otro pretexto es el hecho de que “es muy joven”, “que haga méritos”, “no tiene la suficiente trayectoria”, “quizá el año siguiente”.
No es tan fácil ser sincero en materia de cultura. Porque además lo que se diga tendrá siempre el enfoque de lo incierto, aquello que uno cree pero no todos piensan igual. Aunque si has tenido la oportunidad de cubrir los medios culturales, digamos, alrededor de 30 años, hay algunas pistas de las cuales puede uno fiarse. He visto pasar generaciones de escritores, por ejemplo, que fueron importantes en su momento y hoy a nadie interesan. Recuerdo un título de nota en el diario El Nacional donde una escritora señalaba que no ganar el Nobel no le quitaba el sueño. Una fortuna porque querrá decir que hoy duerme tranquila, pues todo indica que no lo ganará. ¡Se dicen tantas cosas!... Pero la gente olvida. No hace mucho un bieninformado declaró en un programa televisivo que un escritor mexicano, amigo suyo por cierto, debiera ganar el Nobel dentro de algunos años. Lo dijo como si nada. Y no digo el nombre del escritor porque estoy seguro de que se avergonzaría de lo dicho por el zalamero que está en todas partes y no da una. He sabido de otros que incluso hablan de la indumentaria que portarían en el momento de recibir el tan anhelado premio.
La cultura en México vive una especie de letargo que se ha prolongado ya demasiado tiempo. Parece la versión tardía de lo que significó el PRI en la política, cuando nos gobernaron por más de 70 años. Nombres que quedan pero que ya no escriben. Que lo que escribieron ya dejó de leerse. Se lo comió el tiempo, único criterio universal para el arte. Pero les queda el nombre. Vivir homenajeando un nombre sin obra, o con una obra de valía menor, sí que es el fracaso de la cultura de un país. Parece que el PAN, como gobierno, no se ha enterado de que es necesario aniquilar a ese priismo cultural que nos está aniquilando como posibilidad cultural, como país. La cultura no es una moda, aunque así se quiera hacer creer, como podemos ver con el pésimo ejemplo del MUAC, donde el arte contemporáneo no es otro que el trazado y dictado por curadores. La cultura se impone, como se levanta una figura que crece como si fuera un monumento. No basta con que le hagan a muchos pintores su museo: eso no los catapultará. No.
Adquisiciones de obras de artistas plásticos y de grandes colecciones realizadas por particulares es un tema difícil pero necesario. No hay política de adquisiciones. No hay defensa de colecciones en litigio. (Ahora mismo estamos viviendo la posibilidad de perder la de Jacques y Natasha Gelman, con pinturas patrimonio de México y aun el Estado sigue callado, sin defensa de esa colección que debería quedar en nuestro país. El trabajo de investigación de Arelí Quintero en la revista Nexos desnuda la necesidad de denunciar más este tipo de anomalías legales, contra las coberturitas de eventos que más que culturales parecen sociales.) Los museos necesitan de las nuevas vanguardias. No hay política definida y es necesario incrementar los acervos. ¿Hasta cuándo? Dejemos las fiestas de presentación y boato y vayamos al fondo de los problemas. Rinde más frutos hacia el futuro aunque tenga menos aplausos fáciles con eventos públicos.
Egoístas por naturaleza, los creadores creen que merecen todo. Pero necesitan acotarse, ajustarse a las leyes de todos. No hay razón para que sean la excepción. Becas, sí, pero con ética. Exposiciones, sí, pero de calidad. Espacios, sí, pero ganados con eficacia. No dádivas. No prebendas. No sé si realmente el Conaculta sea capaz de imponer la pauta, un cambio de un priismo cultural que se siente ya adocenado, copiado por el PAN y su gobierno y que necesita renovarse hacia una nueva forma de que los artistas y creadores se sientan libres pero comprometidos. Que se les atienda sin detrimento de los nuevos valores. El tiempo apremia. No basta con mencionar interminablemente a José Vasconcelos.


Braulio Peralta, editor y periodista. Autor de los libros El poeta en su tierra, Diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro y Los nombres del arco iris (Premio Testmionio Chihuahua 2007).

viernes, 13 de marzo de 2009

grandes son las raíces del árbol de la soberbia

martes, 10 de marzo de 2009

tarde para seguir viviendo al son del viento

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La tristeza es sólo un plus para el corazón

Carlos Sánchez

El madrazo es certero. En plena frente con el marrón. Cae inerme el sentimiento. Y a esas horas de la noche, donde la ciudad presta sus calles para la algarabía del poder, yo entro en la casa a lidiar mis tristezas.
Mi hijo me consuela con una sonrisa. Supo él de la jornada, de las esperanzas puestas en un hombre que en sus pasos construye la palabra ecuanimidad.
Algunos dicen que soy poeta y que no debiera expresar lo que siento respecto de las contiendas electorales propias de un partido que se ha encargado de explotar al país y fabricar la pobreza.
Dicen estos cuantos que la revolución es estar en contra de éstos políticos, que hacerles una seña obscena es lo que procede, que me deje ya de análisis y sobre todo, que los jodidos siempre estaremos jodidos.
Pueda que coincida con este paso por la vida siendo un jodido. Pero entonces me llega la lucidez y levanto la voz: no se trata de intentar dejar de estar jodido (que no estaría mal) se trata en todo caso, de que a través de la palabra, uno escuche y concluya quién conviene más para dirigir las funciones gubernamentales de un pueblo.
Es entonces que me sumerjo en las razones y me digo, les digo: cómo puede una persona aspirar a gobernar sin siquiera saber cómo exponer las intenciones, malas o buenas, que tenga para con la sociedad.
Hace un buen que me vengo preocupando, emocionando, relacionando con la lectura. Y propago esta emoción con la raza vulnerable, en las cárceles, en los barrios, con los camaradas. Y ante esta vocación, me duele entonces más la tristeza de escuchar las peroratas que provienen de un señor que por el hecho de tener dinero y cobijo político siente que merece las riendas de un estado como si fuera cualesquier caballo, o burro.
La tristeza me invade y es contundente de saber que nos hemos convertido en un estado metáfora de un potro dócil, complaciente.
Tal vez desatino en mi conjetura, tal vez debiera pensar más en los “perdedores”, ciudadanos éstos a los que un tropel nos arrastró con saña, enseñando el temor de entrarle a una carrera pareja. Estamos ahora con la tristeza en la mirada, pero incólume la dignidad.
Ni un peso nos costó decidir hacia dónde estaba mejor el porvenir. Que nos hayan mutilado la posibilidad, es cosa de una barbarie construida en el ansia del poder. El estado es su empresa, les pertenece, no quitarán el dedo del botín.
Después de esas horas trágicas, llegar casa es intentar apagar la luz del pensamiento, para abrir las puertas del sueño con ganas de encontrar historias dóciles, esperanzadoras, que se apersone otra realidad por lo menos en la vigencia de un sueño.
Despertar después es tener la oportunidad de gozar la supuesta derrota, acariciar la angustia que no es sino producto de la persecución de la congruencia, de apostarle a quien desobedece, a quien no pueden tener en un puño, al que no pueden mutilarle las ideas.
En el día post y de lunes para ser exactos, tuvo que venir la palabra para rescatarme, rescatarnos, otra vez de esa desazón vía el agravio de los todopoderosos. Y estuvimos para escuchar las conclusiones de un hombre al que decidieron, pero no lograron, cortarle las alas y la capacidad de exposición.
Así las cosas, existen quienes nacen para gozar con lo robado. Y su victoria, utilizando los elementos que sean, jamás les causará pudor, porque han nacido para disfrutar el dolor ajeno.
En esta triste mañanita de martes, gozo la libertad y dignidad incólume, porque pueden maquillar las voluntades con cifras compradas desde un billete de doscientos en esos rostros llenos de necesidad, y cómo decir que no cuando no se tiene ni para comer; pueden ahora hacer una seña obscena con el pecho erguido gritando “la victoria”, pueden seguir sintiéndose dueños de un estado, pero jamás, ni por asomo, tendrán en sus coeficientes, ni emocionales ni intelectuales, la capacidad para la sensibilidad y el encuentro con la honestidad.
Cómo pensar que un ser que miente, roba, manipula, puede tener la autoridad moral para ver a sus hijos a los ojos.
¿Ganamos, papá?, preguntará la hija, el hijo.
Ganamos será la respuesta, por dentro pulsará la culpa, en el punto exacto donde debiera existir el corazón.