martes, 9 de diciembre de 2008

De a perritos

Mientras el sudor de sus manos mojaba mi cuello, la humedad de sus labios se incrustaba en los míos. Tencha es así: velocidad luz para el brillo de sus ojos abriendo la puerta de la libido.
Debajo del puente es la escala obligada. Son apenas cinco cuadras antes de llegar a su casa, y si no es allí, ya no será. Por eso en similitud de cámara rápida, suelto el broche de su pelo mientras ella hunde sus uñas en mi espalda, por sobre la camisa.
En eso estábamos cuando el olfato me golpeó el vientre, luego un líquido amargo, amarillo, surgió desde mi garganta. El olor provenía de las suelas de mis botas rebosantes de sangre, hundidas en las vísceras de un perro. Propuso entonces que lo rescatáramos. Nunca imaginé que después de sus labios en los míos, con su carita mustia, me pidiera que abrazara al animalito, y pa’cabarla de chingar, que le diera respiración con mi boca.
Me quité la camisa y la enredé en mis manos para revolver las entrañas de la perra muerta, antes de conseguir extraer al cachorrito, tuve que sacar lo que parecía un pedazo de riñón. El cachorro apenas respiraba, lo mismo que nosotros en medio de la peste. Tencha estaba emocionadísima, mi héroe, dijo, con un ademán dramático y acartonado como de película de los treinta.
Seguiría lo más insólito: cavar para, antes de llevar el recién nacido con nosotros, dar sepultura a la madre muerta. Nunca antes improvisé con la hebilla de mi cinturón un pico para levantar la tierra. El hoyo quedó en las dimensiones exactas, mis uñas formaron un circulo perfecto. En eso estábamos, al punto de echar al animal al agujero cuando las torretas de una patrulla me encandilaron.
--Joven, Joven, lo que usted está haciendo es un delito, mire que sepultar a un animal en plena vía pública. Tendrá que acompañarnos.
Traté de explicarle que la perra no era mía, que antes que cometer un delito, estaba haciendo un servicio social, haciendo el trabajo de la Secretaría de Salubridad, pero el policía no entendía razones. Tencha intervino tratando de ser simpática, incluso algo seductora, pero con el hedor que la envolvía solamente consiguió que el oficial se replegara y amenazara con pedir refuerzos si nos resistíamos.
Tencha, profesional del devaneo, recorrió con la punta de la lengua sus labios, miró sin parpadear hacia los ojos del oficial (¿por qué los policías usan gafas incluso de noche?). Mientras le decía algo en el oído, continué mi labor de enterrar a la perra. No supe en qué momento Tencha y el policía subieron a la unidad, en mi concentración por concluir la encomienda, de no dejar una sola parte del cuerpo del animal descubierto, perdí noción de lo que acontecía entre ella y él.
Terminé de cubrir con tierra a “la rubia”, ya hasta la había bautizado en homenaje a su piel clarita, cuando recordé al cachorrito envuelto en mi camisa. Al incorporarme para ir a revisarlo, quedé de frente a la patrulla y una certeza me devolvió a la realidad: los vidrios estaban empañados y un vaivén bizarro arrullaba al metálico armatoste.
No sé si sirva de consuelo, o si los camaradas de mi barrio me creerán. Tomé al cachorro, lo llevé a mi casa, y antes de dormir inicié el festín. Oír el llanto del perrito era recordar la imagen de los vidrios empañados. Allí descubrí el placer de los celos, puse rienda suelta a mi imaginación. Tencha era mucho más bella, ágil y zagas en los brazos de un policías. Cuánto placer me da desde esa noche y hasta hoy, imaginarla con los ojos en blanco, reflejados en el cristal de las gafas del oficial.

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